Sí, ya sé que anoche prometí ir a tu casa; ya sé que hablé con ella (tu hermana) durante cinco minutos por teléfono, pues yo había llamado porque quería hablar contigo.Pero al no encontrarte me vi obligado a dejarte una razón, y fue entonces cuando le dije:
CONFESIONES
Sí, ya sé que anoche prometí ir a tu casa; ya sé que hablé con ella (tu hermana) durante cinco minutos por teléfono, pues yo había llamado porque quería hablar contigo.Pero al no encontrarte me vi obligado a dejarte una razón, y fue entonces cuando le dije:
-Mañana cuando ella salga del examen iré a visitarla.Se lo dices por favor.
Y eso fue todo.Yo colgué y fui a darme un duchazo, pues el calor era insoportable.Luego me puse a leer hasta las cuatro de la mañana; eran dos libros.En el primero, me hablaron de un joven historiador que por causa del anuncio clasificado de un periódico, entró en una lúgubre casa en la que sin saber cómo ni por qué, termina haciéndole el amor a la eterna e intermitente juventud de una vieja que entre santos y velones es vencida por el tiempo.(“AURA” de Carlos Fuentes)
En el segundo, me contaron la historia de una matanza gubernamental que aún no ha sido juzgada: “El asesinato de los huelguistas de la zona bananera, en diciembre de 1928”.(“LA CASA GRANDE” de Álvaro Cepeda Zamudio)
Luego me quedé dormido pensando en sus ojos negros, pero sin olvidarme de mi promesa: “Cuando salgas del examen, iré a visitarte”
Me desperté a las diez y media de la mañana, y empecé a disfrutar del silencio que casi nunca se siente en esta casa; todos se habían ido.
-Debo ir al hospital.Pero también tengo que cumplirte-Pensaba mientras me dirigía al paradero donde iba a abordar el autobús.Antes de llegar a mi destino compré dos barras grandes de chocolate, y me dispuse a esperar el transporte que arribó tres o cuatro minutos después.
Llegué pues, al hospital, más fácil de lo que esperaba.Tal vez fueron sus ojos, negros y en penumbra como ahora están los míos, o su piel blanca como la luna que dormía en el patio de mi casa, o mi silencioso deseo de querer protegerla para siempre de todo y de todos, quienes se encargaron de llevarme sin preguntas a ese detestable lugar donde sólo ella era lo más bello.
¿Sabes?, yo tenía una carta para ella; allí le hablaba de un perfume, de recuerdos, de deseos, de nostalgias y de otras emociones que forman parte de un sueño que se alimenta en la esperanza de un quizás, tal vez, jamás.Mas por haber un pacto que ella y yo hicimos sin decirnos nunca una palabra al respecto, nada te contaré de ese sueño.
Cuando salí de la clínica, tuve que abordar dos autobuses para llegar a tu morada; pero fue allí, a unas cuantas cuadras de tu casa, donde mi balanza se inclinó:
De un lado estaba ella, con sus manos blancas y delicadas como pétalos de rosas.Ella con sus gestos finos y bien medidos, que en silencio me daban a entender: -“Puedes sentir lo que quieras; pero por favor, aprende a controlarlo”.Ella con sus labios pálidos, ansiados por mi boca desde siempre.Ella que en silencio y a su modo, poco a poco ha ido aprendiendo a quererme.Ella que tan sólo con una palabra, habría llenado de colores el universo de mis sueños.Ella tan fina como todo lo que la rodea, y tan pura como mi camuflado anhelo de un día ser el padre de sus hijos.
Y del otro lado tú; que sumida en proyectos que no conozco, no has podido ni querido salvarme del “Quizás, tal vez, jamás”.Tú, demasiado bella y buena para vivir donde hoy está tu casa; un barrio viejo y peligroso, de calles asfaltadas, polvorientas y rotas; de jóvenes que malgastan lo mejor de sí, para sumergirse en el putrefacto mundo de las drogas.Tú, que con sutiles coqueteos me haces soñar con salvarme de su ausencia.Tú que de la nada apareciste con un religioso velo que se burla de mis sueños.Tú, que a la declaración de mis sentimientos respondiste con un contundente mar de silencio.Tú, que con manos frágiles, blancas y pequeñas, apenas rozas el umbral de mis anhelos.Tú, que si quisieras podrías salvarme con un beso.
Caía una llovizna fina pero demasiado persistente.Eran ya las seis de la tarde y estaba a pocos metros de tu casa.Yo flaqueé ante la inclinación de mi balanza, y lleno de vergüenza regresé a mi casa.
Como ya lo imaginarás, la balanza no se inclinó a tu favor; no se inclinó a tus ojos verdosos ni ante tu cuerpo delgado y esbelto.No ante tus blondos que de repente yacen enredados en mis dedos.No, se inclinó a favor de ella; mi infructuosa espera de tres años.
Tal vez soy un iluso al creer que te importen estas confesiones; tal vez soy un estúpido al pensar que algún día podrías salvarme, ¿pero de quién o de qué?
A lo mejor de la ausencia de los hijos que jamás he de engendrar.Posiblemente de una vejez solitaria y amargada.O quizás, del suicidio que he de cometer cuando escriba la última línea de estas insignificantes confesiones.
Autor: Wilson Perea Estupiñán.