Ese sábado había salido el sol, arrastrábamos demasiados días grises y fríos en Madrid. El invierno estaba siendo largo y crudo, nada que ver con aquel invierno de mi mili, en el que apenas llovió y casi todo el frío que pasé, se limitaba a un puesto de guardia en la gasolinera de carros o la nevada en el cerro de San Pedro durante las guardias en las FAMET. Por eso, pensé, hoy podía ser el día.
Me acerqué al viejo cuartel y, de nuevo, observé el candado colgando hacia afuera. Deduje que la vigilancia no era continua y que, puesto que quedaba poco que vigilar, los guardias debían de hacer rondas esporádicas y ahora no estaban.
Saqué la escalera
de la furgoneta y, con los nervios en el estómago, me dirigí hacia el vértice de la tapia donde un día se levantó la garita norte y que ahora era el punto más vulnerable en altura del otrora glorioso e inexpugnable baluarte de la División Acorazada Brunete.
Fue fácil, mucho más de lo que había imaginado, y aunque intranquilo y receloso por lo comprometido de la situación, si era sorprendido, la emoción de estar dentro me produjo un gran júbilo.
Llegué por "la trasera" del cuartel....
Continuará .../...