Isaac Adillo nos manda una serie de colaboraciones de un compañero suyo de un blog de armas que, a pesar de no ser exactamente wadrreras, pueden enriquecer el blog o, al menos, haceros pasar un rato agradable con su lectura. Como son varias os dejamos hoy la primera de ellas. Una historia que hemos titulado “El amigo del Capi” y que, posiblemente, hayaís vivido con algunos matices en ocasiones en que, bien de maniobras o en alguna actividad con invitados externos se pudo muy bien producir en el tiempo en que compartimos todo aquello que ahora sale a flote con estos recuerdos blogueros.
Gracias, Isaac y dale también las gracias a tu amigo.
Pedro A.
Todo empezó un día de junio, en un campo de tiro de carros. Aquel día estábamos en la línea 7 carros listos para quemar munición ya que se avecinaban unas maniobras grandes y había que instruir al personal. Así que municionamos, corregimos punterías, y...lo de siempre.
Poco antes de empezar, vi que mi carro tenía una fuga de aceite hidráulico del sistema y me puse a repararlo. Justo entonces oigo el ruido de un Land Rover. Me asomo por la escotilla y veo al brigada del escuadrón que saca del vehículo una mesa plegable, sillas, unas botellas de vino, cerveza y esas “cosillas" que conforman un almuerzo campestre.
Los jefes de carro empezamos a difundir la noticia por la radio:
¡Hombre, hoy el brigada esta rumboso!
Y mira por donde el brigada lo oye (los carros estaban parados) y se acerca con no muy buen talante. Para arreglarlo todo, en ese instante llega el TOA del capitán y detrás un Nissan civil y cuál es mi sorpresa que de él baja un "figurín" con botitas de punta fina como un macarra cualquiera, pantalón azul y un polo de color blanco. Imaginaros el gallinero por las emisoras de los carros.
Pero nosotros a la nuestra. Pedimos permiso y venga, a soltar pepinazos.
Aquel día, me acordare siempre, tiramos casi 20 disparos de HE rompedores y dos o tres de químicos. Luego 6 cajas del .50 por carro a repartir tres para mi y una para cada tripulante así como 2000 cartuchos de 7,62.
Yo estaba preocupado por la bajada continua de presión en el sistema hidráulico y no estaba para muchas bromas.
Cuando quedaban unos 15 cartuchos del .50 de mi última caja, me dice el capitán por la radio, que los dejara para que los tirara su amigo. (Si, el macarra...) ¡lo que me faltaba!
Sube el pajarito al carro y ni buenos días ni nada. Mal empezamos.
Imaginaos como estaba yo de calor y de aceite. Olía a pólvora y estaba de grasa hasta las orejas.
El tipo iba comentando que si este carro es tal modelo, que si este motor es un motor tal, que si la ametralladora es tal modelo, en fin dándoselas de enterado.
Si... ¡¡pues te vas a enterar, colega!!
Le quito el zuncho de retenida del automático a la .50, con lo cual cada disparo tienes que montarla y él, cachas la verdad, no estaba.
La siguiente es que se me pone de cuclillas para tirar... ¡buena postura para hacerlo, si señor! Así pasó lo que pasó.
Le explico un poco y me contesta, ¡no, no, tranquilo, se cómo se maneja que lo he visto en el cine! ¡Increíble!.
Primer tiro, a montar, segundo a montar, así hasta siete u ocho, porque al noveno, su polito blanco ya estaba sudadito, que pena.
Y ahora viene el clímax. El tío dice, ¡vale chaval! – chaval a mi - ¡ya no tiro más!, se pone de pie y se AGARRA DEL CAÑÓN de la .50 para bajarse. Aquello fue apoteósico. El bramido que se escucho, se oiría en Sebastopol, se le quedo toda la piel de la mano izquierda pegadita al cañón. Aquello olía a ternasco asado de Segovia.
Pero lo malo no es esto. Al bajarse, se le metió la punta de sus bonitas botas rojas en el asa de un cajón de almacenaje con lo que salió disparado hacia delante. Un salto que ni Superman en sus buenos tiempos. Pensamos que se había matado. Rápidamente, la ambulancia, el capitán mas blanco que un saco de pan, el tío que no hacía más que decir ¡hay madre, hay madre!
Yo, por aquello de que era mi carro, me bajé, pero estaba a punto de reventar de risa. Los colegas de los otros carros se metieron dentro de las torres como cuando a un caracol le tocas los cuernos.
Lo cierto, es que nos quedamos nosotros solos con el teniente y dimos buena cuenta del "ágape" del brigada.
Ya no supimos nada más de él. El capitán no quiso decirnos nada. Se marchó a los 3 meses de aquello...