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Friday 28/July/2006 20:39
Agradecemos esta entrada a TEODORO DE LAS HERAS. (Para subirla al blog nos hemos permitido limar algunas cosillas solo en aras del espacio disponible. Gracias compañero.)
Soñé que había guerra, que teníarnos que ir... Nunca he contado este sueño, pero hoy voy a hacerlo.
Claro que, sera mejor que aclaremos dónde, cuándo y cómo se produjeron las circunstancias que dieron pie a....
Bueno, empecemos. Estamos en 1970. Estoy en la mili tras cuatro prórrogas por estudios. Me había correspondido, no se mediante qué extraño sorteo que no fue público ni yo presencié, el Reqimiento Wad-Ras 55. En los papelotes que previamente nos habían hecho rellenar, yo había consignado que deseaba ir a Sanidad y en segundo lugar, Intendencia. Pues bien, a Infantería, a Wad - Ras. Estaba enclavado Wad Rass en Madrid, en el barrio de Campamento, y constaba de dos batallones: Carros y Mecanizado. A mi me tocó el de Carros.
NO se permitía decir "tanque". Aquellos vehículos eran "Carros de combate". La palabra tanque era poco más que tabú en el viejo cuartel.
Los carros de nuestro batallón eran los famosos M-47 que tan buen uso habían tenido en la guerra de Corea, claro que eso fue en los años 50...
Estaba claro que los 300.000 dólares que los mandos nos decían que costaba cada carro no se ajustaba demasiado a la realidad.
Se decían muchas cosas por aquel entonces. Algunas, incluso, cantadas, como esta coplilla que seguro que alguien recuerda...
Madres, si es que tenéis hijos y no queréis que os los maten, que no vengan a Wad Ras a los carros de combate.
A los carros de combate la segunda Compañia, donde no hay quien nunca duerma ni de noche ni de día: De día porque no puedes ya que siempre tienes guardia.
de noche, porque te toca Ia tercera imaginaria.
Yo era tirador de carros y estaba en Segunda Compañía de Carros. Más adelante me trasladarían a la Plana Mayor: "la plana", pero, para entonces ya me habían encuadrado en Extensión Cultural, o sea, maestro de analfabetos.
Y, ¿qué es un tirador de carros? No, no es el que va tirando del carro uncido a él como lo haría un borriquillo... El tirador del carro tiene como misión tirar, disparar. El carro va pertrechado con un cañón de 90 mm., una ametralladora antiaérea de 12 mm. y otra ametralladora de proa, manejada por el ayudante del conductor.
El tirador es el segundo de abordo de entre los cinco tripulantes que componen la dotación humana del carro: Jefe, Tirador, Cargador, Conductor y Ayudante de Conductor -cuando lo hay-
Había alegado antes de incorporarme a filas perforaciones timpánicas en ambos oídos, consecuencIa de las múltiples otitis que había tenido desde la niñez y que aun hoy sigo teniendo, pero... ¡¡a los carros, a las ametralladoras, que es el mejor sitio para un oído enfermo!!
El caso es que en Septiembre fuimos con los carros a un campo de tiro, en la sierra de Madrid, , cerca de Colmenar Viejo. Mi carro y algunos más llegaron a duras penas pero otros se quedaron por el camino.
El teniente Galán nos había explicado detenidamente lo que era el acimut, el telémetro y todo lo que intervenía en el disparo. El sargento Barroso y el alférez Castro nos mostraron como homogeneizar el cáñón y a medir la distancia de tiro.
A los cargadores les indicaron cómo debían empujar la vaina para que no les pillara la mano el cierre en su subida... como a los tiradores se nos avisó de que podríamos perder el brazo si olvidábamos levantar la palanca de la recámara del cañón... total, una instrucción de lo más completa. Lástima que la mayoría no pudo demostrarla al fallar los motores de los carros...
Y en Octubre,. de maniobras. Toda la división acorazada Brunete (si, la del 23 F) se preparó para ¿entrenar? -subir los carros al tren en Villaverde y desembarcar en Tarancón, en la provincia de Cuenca.
Subimos los carros al tren en Villaverde...
Luego, por carretera, llegaríamos a Almonacid del Marquesado. Bonito pueblo con un anciano castillo en ruínas y que estaba celebrando la vendimia. ¡Buenas uvas nos ofrecieron los almonacidenses. ¿Será ese su patronímico?.
En el recorrido, no lejos de Tarancón, cerca de Saelices, el carro comenzó a ratear...
- Mi teniente, ¿no nota usted lo mal que tira el motor?, -dijo por la radio el conductor, Rodrigo.
El teniente Merino le contestó afirmativamente mientras el cargador, Raris, afirmó entre dientes - ¡Ostias, a que nos quedamos en el camino!
(continuará)
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Wednesday 26/July/2006 07:28
Creo recordar que se acercaba el verano, aunque la estación del año se ha difuminado en mi recuerdo. Mi compañero antecesor y hoy cómplice de blog, Fermín, ya se había licenciado. El Brigada Centeno estaba haciendo el curso de Subteniente. La Oficina estaba a cargo de un inexperto sargento Máximo Peñafiel. Una persona excelente, compañero y camarada, de trato afable y totalmente alejado del chusquérío general. Se diría que era alguien cultivado y que el mundo militar no estaba hecho para el.
Llegó el momento anual de rendir cuentas de la Compañía ante no sé bien qué autoridades militares.
Cuadrar balances, buscar facturas... Fueron días de soledad y de angustia. Mas de una noche me dieron las tantas (me tienta reproducir alguna estrofa de Joaquin Sabina al respecto, pero moderaré mis ganas) bajo la luz mortecina de aquella oficina dando vueltas y mas vueltas a interminables hojas abarrotadas de datos, cifras que casi me bailaban y signos de sumar que giraban peligrosamente ante mis ojos convirtiendose, por lo menos, en aspas multiplicativas.
Nunca había hecho un trabajo semejante y el solo hecho de ser el responsable de presentar las cuentas ante un tribunal me abrumaba sobremanera.
Una noche, en el silencio del ronquido general -que traspasaba la escalera que separaba la compañía de la oficina- me encontraba dando las últimas vueltas a la documentación cuando apareció el teniente Vales, de guardia, para interesarse por aquella luz que habia observado desde abajo. Debió de ver mi angustia ya que inmediatamente me dejó solo no sin antes dedicarme una de sus famosas miradas, no se sabe si de desprecio, odio, consideración, lástima o sencillamente indiferencia.
Llegó el día. Máximo Peñafiel me miró con un ligero rictus de preocupación en su rostro. Un jeep nos estaba esperando para trasladarnos al lugar donde nos esperaban una colección de generales, comandantes y otros cargos a la espera de la documentación económica.
Literalmente me costaba trabajo sostener los libros de cuentas. De pronto parecían pesar toneladas. Las piernas no me sostenían. El gesto amable de Peñafiel parecía confortarme algo. Creo que se lo dije. También él, según me confirmó personalmente, estaba nervioso. Tampoco se había visto nunca en semejante circunstancia, con el agravante de que era el responsable de mis supuestos errores si es que los hubiera habido.
En ese momento nos sentimos unidos ante la adversidad. Pasara lo que pasara estabamos junto en aquello.
El jeep arrancó y en pocos minutos habíamos llegado a unas oficinas cuya localización, nombre y función exacta he olvidado. Quizá alguno de los lectores de este blog recuerde dónde se entregaba la economía de aquellos viejos cuarteles. Si es así, le agradecería que lo incluyese en algún comentario.
Nos hicieron esperar sentados en unos bancos corridos de madera en un pasillo impoluto que me hizo pensar en el tiempo que otros soldados como yo se habrían tenido que dedicar a su limpieza.
Máximo paseaba nervioso alrededor. Me senté y coloqué los libros junto a mi.
Se abrió una puerta oscura y un ligero resplandor nos iluminó. Había llegado el momento.
Como un actor en el justo instante de enfrentarse a su público, avancé con una inusitada seguridad. De pronto ya no me importaba lo que pudieran opinar de mi trabajo aquellos militares llenos de estrellas.
Los segundos pasaron disfrazados de minutos. Me miraron y dejaron que una ráfaga de amable condescendencia atravesara sus uniformes estrellados.
Me preguntaron, respondí. Mostré cuentas y listados. Cuadraban las sumas. Todo estaba en su lugar. Un asentimiento de cabeza. Una firma. Un sello.
De nuevo el jeep como en una nube. Sentí la mano del sargento Peñafiel en mi hombro. - Todo bien, dijo.
Asentí sin palabras.
El jeep se enfrentaba ya a la puerta de Wad Ras. Estaba en casa.
Pedro A
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Sunday 23/July/2006 16:24
Agradecemos esta entrada a TEODORO DE LAS HERAS.
La feria la tiene que contar cada cual según le haya ido en ella.
Los mayores disgustos que me llevé en Wad Ras me los proporcionó, sin duda, el teniente Gorila. Teniente Faustino, apellido, por buen nombre.
Lo de Gorila le venía, según versiones, porque para referirse a los soldados siempre decía: “Ese gorila, pitos...” o “Aquel gorila flautas...” A mí una vez me dio el encargo: “Mándame dos guripas para “ no me acuerdo qué. (Guripas, no gorilas). Otros aseguraban que en más de una ocasión se le había oido amenazar a alguien : ”Te vas a enterar de quién es el teniente Gorila”. Y no faltaba quien, con sorna, argüía: “Al Gorila, cuando le den la estrella de ocho puntas habrá que decirle: ‘A sus órdenes, mico mandante’ “. (No mi comandante, sino mico mandante). Pues, en efecto, con su cara delgada de corta nariz más se asemejaba a un mico que a un gorila.
En la compañía, la plana de carros, no había capitán; de modo que él hacía las veces. Bayán y Rodrigo, buenas personas, eran los otros dos oficiales.
Un día de Marzo (“Guárdate de sus idus”, le habían dicho a César) me mada llamar a su despacho y me espeta:
-- Camisón, voy a intentar que en lo sucesivo te ocupes de la gasolinera. Tendrás tiempo para ello, ¿no?
El cielo se me cayó encima. O los otros se me subieron a la garganta. O ambas cosas a la vez. Yo daba dos clases por las tardes en un colegio de mi primo en Alcorcón. Coger la gasolinera significaba tener que soltar el colegio. Con un hilo de voz, como buenamente pude, balbucí:
-- Pienso que sí, mi teniente.
-- ¡Ni tú ni yo – replicó airado – estamos aquí para pensar! ¡ Sólo estamos para recibir órdenes! ¡Y para cumplirlas!
-- Sí, mi teniente.
-- El comandante Villegas es el presidente del Patronato de Extensión Cultural, del que dependes, ¿no? Pues mañana iré a pedirle autorización para que te hagas cargo de la gasolinera, además de dar las clases que tengas que dar a los analfabetos.
Aquella tarde en Alcorcóncomuniqué atribulado la mala nueva a mi primo y a su socio, “No te preocupes – me decían – que si no puedes venir, ya nos las arreglaremos como buenamente podamos para atender a tus alumnos”. Algo me tranquilicé, porque el colegio y, sobre todo, los alumnos, estaban en buenas manos; pero las pesetitas que yo por las clases percibía, esas... iban a volar.
A la mañana siguiente, a eso de la una, llevé el prte de incidencias al comandante Villegas a su despacho. Todos los días tenía que llevárselo. En él se reflejaban las novedades habidas y se refundían cada uno de los estadillos de asistencia a las clases que me suministraban los maestros.
Entregado el cual:
-- ¿Ordena alguna cosa más, mi comandante?
-- No, nada. Puede Ud. Retirarse. ¡Ah! Un momento, Camisón. Ha estado aquí esta mañana el teniente Faustino a pedirme que autorizara el que Ud. Se hiciera cargo de la gasolinera. Y le he dicho que no y que no. Que a Ud. No se le puede cargar con otro destino más. Que se le necesita para que lleve convenientemente a cabo su cometido actual en Extensión Cultural. Así que ya lo sabe: De gasolinera, nada. Si el teniente Faustino le insistiera, que no creo, Ud. Viene y me lo cuenta, ¿eh?
-- A sus órdenes mi comandante.
Di el correspondiente taconazo y salí del despacho. Pero tentado estuve de abalanzarme sobre el comandante y estamparle un sonoro beso en su incipiente calva. Ya en el pasillo, sentí un irrefrenable deseo de ponerme a brincar. Deseo que, por mor de la compostura, pude reprimir a duras penas. Ahí es nada: No sólo podría asistir a mis alumnos en el colegio y había puesto en salvaguardia las pesetillas que me pagaban. Lo más importante: Aunque sin proponérmelo ¡había infligido una severa derrotaal teniente Gorila!
Albitos, gallego, fue finalmente el designado para la gasolinera. Pasado un tiempo le pregunté y me dijo que le iba allí muy bien; que la única pega era que no podía salir casi ninguna tarde, pero que a él eso le daba igual. A él, que a mí bien que me hubiera jeringado.
La venganza.- Poco después llegó la Semana Santa. A mucha gente le daban unos días de permiso. Comprobé que no iba a tener ningún servicio que realizar de los pocos en que no estaba liberado. Tampoco funcionarían las clases de Extensión Cultural ni las de Alcorcón. De modo que me dirigí al despacho del Gorila.
-- Mi teniente, deseaba pedirle un significado favor.
-- ¡Si es muy significado ya vas mal! ¡A ver, dime!
-- He comprobado que no tengo ningún servicio estos días de Semana Santa. Así que, si me lo permitiera, desearía marchar a mi pueblo donde están solos mis padres, que ya son ancianos. – No me inventaba nada en lo que le decía.
-- ¡Ud. es muy importante aquí! – Bramó -- ¡Aquíes muy importante lo que Ud. hace! ¡Hace mucha falta Ud. aquí! ¡Ud. de aquí no puede marcharse porque esto no funcionaría sin Ud.!
El muy... Siempre me hablaba de tú, y ahora por sorna, por recochineo había cambiado al usted. Total que mis ancianos padres tuvieron que pasar solos la Semana Santa, y yo en Madrid la única que en toda mi vida allí he pasado.
En suma: una pobre venganza perpetrada por un pobre hombre.
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Tuesday 04/July/2006 09:27
Contar anécdotas, relatar momentos que van completando una historia de un periodo intenso y complicado, tenso y extraño, pleno de experiencias nuevas dentro del carácter de unos jóvenes que eran todavía proyectos de hombre y que, supuestamente, al salir serían definitivamente adultos hechos y derechos; solo de manera aparente. Eso nos decían…
Es caminando el día a día, cuando uno se forja como persona y por ende, como hombre.
En mi caso, asumo decir que siempre fui persona de pocas palabras, de pocos amigos, por elección propia, debo reconocerlo; con esa idea pensé seguir durante el periodo militar, pero en pocas horas, digo bien: horas, supe que de continuar apartado, el recorrido se haría realmente doloroso. El caso es que llegué al CIR y recuerdo que agudicé mucho mas el observar, una forma también de sobrevivir al pesar y a la tristeza mas profunda. Aquello, reconozcámoslo de una vez, era un verdadero encierro, algo muy cercano a la cárcel, siendo lo peor, saber que eras…“inocente”.
Si de algo me di cuenta, era que había muchachos que lo estaban pasando realmente mal, incluso peor que yo mismo. Recuerdo que hubo un caso, el de Juan V. (llamémosle así) que me marcó de forma especial. Yo no se por que extraña razón, pero Juan se unió a mi de manera casi pelma, hasta que me di cuenta de que el refrán “Dios los cría y la mili los arrejunta” (evidente adaptación personal) era algo cierto. Juan, creo, vio su propio sentimiento de soledad muy afín al mío; hablaba poco, pero miraba mucho, dejaba notar que su necesidad en aquel “nuevo” mundo en donde el vivir era en realidad un “sinvivir” la de estar unido a alguien, para él, algo del todo básico, casi una necesidad, una protección. Llego pues un momento en el que Juan casi era responsabilidad mía, él no sabía hacer nada sin tener al lado la figura del soldadillo que era yo en ese momento. Callados ambos, pero con la sintonía de saber que por un lado, yo me sentía útil cuidando de Juan y él a su vez mas tranquilo de estar con quien el pensaba se desenvolvía de manea mas correcta.
Juan nunca había salido de casa, nunca, hijo único, literalmente había estado unido a sus padres, por lo visto ya algo mayores. Una tarde, al par de semanas creo recordar, Juan me pidió que le escribiera una carta dirigida a sus progenitores, precisamente. Yo no entendía muy bien la situación, no alcanzaba a ver del todo aquello: ¿cómo era posible que un joven de 19 años no supiera si quiera como empezar una carta? Con el tiempo era evidente que Juan, nunca, repito, nunca debió ser llamado a filas para la mili, no era persona preparada de ninguna manera para pasar catorce meses, en su caso, realizando el servicio.
Una tarde, un grupo de chavales, visionaban pornografía; en aquel año 1.979 ver revistas de esa índole, era algo novedoso y espectacular; ver a una mujer desnuda suponía un encontrarse con la sexualidad en estado cuasi-porno y por lo tanto con la emoción de ver algo prohibido. Recuerdo que miré a Juan y me extrañó su rostro, realmente aquello era nuevo para muchos de nosotros, no lo negaré, incluido yo, pero para Juan me pareció que no eran tantos las imágenes, como el sorprenderse mucho al averiguar que una mujer desnuda era algo…bello de verdad. Cenamos juntos y notaba que Juan seguía en estado… catatónico por lo menos.
¿Cuál es la línea que separa en el recuerdo, lo real de lo inventado?... ¿el propio tiempo, que hace del recorrido algo que se acerca a lo ficticio, aunque no lo sea? Pues lo que sigue ahora habrá quien piense me lo invento, pero sucedió, lo recuerdo bien.
Sobre la media noche, dormido como yo estaba, Juan me despertó y acercándose para ser oído solo por mí sin que el hablase alto, me dijo:
-¡Ayúdame!
-¿Qué ocurre Juan?
-Creo que me he meado.
-Bueno, levántate ve a los servicios y cámbiate de ropa interior ¿No?
-Es que…
-Es que… ¿qué? Juan, son las tantas de la…
-Es pis blanco.
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