Me encontraba convaleciente de una operación quirúrgica, cuando mi buen amigo Pedro me envió un libro, aún a sabiendas de no ser lector asiduo. El caso es que el citado libro me enganchó de tal manera que en pocas jornadas y ayudado por ese tiempo obligado del descanso por enfermedad ("la baja") ¡quien me lo hubiera dicho!... lo terminé. Me había sentido totalmente identificado con la historia que se narraba. El título de éste libro era "Ardor guerrero" y narraba en sus páginas el servicio militar de un soldado de la misma edad que yo mismo tenía y cuyas vivencias militares se desarrollaban en el mismo periodo que el mío, el año 1979.
El autor, Antonio Muñoz Molina, escritor ahora mismo sobradamente conocido, desgrana de manera autobiográfica, su periodo militar de tal manera, que uno no puede por menos que verse reflejado en cada página.
Para quienes quieran disfrutar del éste libro, facilito éstos datos:
"ARDOR GUERRERO"
Género: Novela.
Fecha de Publicación: 15-2-95
Editorial: Alfaguara, colección Narrativa.
Páginas: 392
"Yo me llamaba J-54". En el otoño de 1979, un joven que sueña con ser escritor se incorpora por leva obligatoria al Ejército español. Su destino es el País Vasco. Su viaje es un lúgubre tren que atraviesa la península de sur a norte es el preludio de una pesadilla. "Conejo, vas a morir".
Así serán recibidos los nuevos reclutas. Tendrán que olvidar su identidad y, en gran medida, su condición humana también. En las paredes de los cuarteles colgaban todavía los retratos de Franco y su mensaje póstumo. Aquel recluta, J-54, se llamaba Antonio Muñoz Molina. Con el tiempo, sería premio nacional de Literatura en dos ocasiones. Muñoz Molina nació en Úbeda (Jaén) en 1956. Cursó estudios de periodismo en Madrid y se licenció en Historia del arte en la Universidad de Granada. Posteriormente se trasladó a Madrid, donde vive en la actualidad. Es miembro de la Real Academia Española. ¡Nada menos!
"Ardor guerrero" es un libro que quema en las manos y que el lector, sea cual sea su estación de partida, vivirá desde el primer fragmento con la intensidad de lo inolvidable, crónica incisiva de unos años clave en la historia de España... Y algo más. La prosa de Muñoz Molina, que alcanza un fulgor expresivo como aquel grito de "¡Aire!" que rompía filas en su cuartel, marcó con esta obra una nueva frontera en la narrativa española.
Lo que más me gustó, además de la cercana narrativa del libro y de su historia muy conocida para todo aquel que hizo el servicio, fue la valentía de narrar su propia "mili", cuando todavía no se llevaba, para nada, decir ni una palabra de dicho periodo; era "tiempo pasado y perdido", se comentaba tan solo, ó "mejor olvidar aquello".
Para quienes ahora puedan pensar que solo queremos contar batallitas, nada mejor que hacer nuestro, el deseo de origen que el escritor puso en su novela:
…por medio de una memoria valerosa y narrativa desnuda de florituras, gesta un documento implacable, una historia humana y sobre todo un alegato contra la intolerancia.
Que me (nos) permita Muñoz Molina, hacer nuestra la sinopsis de su obra de cara a éste blog, en el que igualmente, sin tapujos queremos contar nuestras anécdotas más intensas, corrosivas, leves, graciosas ó incluso recuerdos enquistados que por el hecho de ser expresados, dejan de hacer daño en la memoria.
Aprovecho para dar las gracias al autor, por hacer de aquella convalecencia, algo mucho más llevadero, acercándome al recuerdo del mundo verdicaqui y azul del cuartel. Este blog es en gran medida, suyo también.
Ahora que han pasado varios años (bueno, varios…un buen puñado de años) recuerdo la peculiar manera de formar a la tropa de uno de esos personajes inolvidables que todo el mundo ha conocido en la mili, y que sin querer han sido fuente de inspiración de comics, películas, chistes y demás, peor que en el momento de cometer sus habilidades en el campo de la formación militar se las hicieron pasar putas a mas de uno.
Uno de estos personajes fue el Sargento Amigo en aquellos lejanos días del Wad Ras.
Estaba adscrito a la Plana Mayor de Carros, concretamente en la Secciónde Morteros, lo cual significaba que durante las maniobras, si no llevábamos los tubos, se hacia cargo de la Sección de Reconocimiento (SERECO) verdaderos especialistas en emboscadas fracasadas, marchas a la brújula puteras (con escaqueo incluido) y entrenamiento con diversos tipos de armas, que es a donde voy a parar.
Digamos que su manera de entrenar a la gente se apartaba “un poco” del libro… pero te quedaba grabado para siempre. ¿Ejemplo? Entrenamiento de fuego con ametralladora MG-42.
En principio se necesitaban dos voluntarios para actuar de tiradores mas uno para hacer decargador que asistiría a los dos.
El primer tirador se situaba en el suelo, alimentaba la cinta con ayuda del soldado cargador, montaba la maquinay soltaba la primera ráfaga normalmente muy corta porque nuestro querido sargento “olvidaba” explicar que la palanca demontar de la maquina (una especie de asa vertical de unos 10 cm. de longitud) había que volverla, manualmente, a su posición delantera porque si no lo hacías así con el primer tiro volvía ella sola a toda leche pegándote una hostia en el primer nudillo del índice con el que disparabas. En ese momento se acababa la participación del primer tirador que se retiraba jodido y sobándose la mano donde esperaba el resto de los soldados que alucinados escuchaban decir al Sargento Amigo“primera lección, monstruos: la palanca de montar hay que volverla a su lugar de origen porque si no la maquina, que es mu lista, tiende a joder las patazas de los torpes”
En esos momentos entraba en juego el segundo tirador que ya, aleccionado por lo ocurrido anteriormente, volvía insistentemente la puta palanquita hacia delante. No fallaba nunca: al iniciar nuevamente el fuego, el 90% de los tiradores situaban su mano izquierda justo debajo de la boca de expulsión de vainas (igual que cuando cogías un CETME) con lo que, cuando volvían a hacer fuego de nuevo paraban, porque sin darse cuenta acumulaban en la mano seis o siete casquillos ardientes de 7,62 con el consiguiente alarido o gritito (que de todo había en la viña del Señor) y la charleta durante la pausa para reponerse que nos endilgaba el inefable sargento: “Monstruos: la segunda lección es que la mano que no tira se apoya siempre encima del culatín de la maquina y no como si cogierais una escopeta”
Al final la cosa se sobrellevaba como se podía, tirábamos cada uno de la sección unos 50 cartuchos y a final y después de haber cambiado de cañón varias veces, llegaba siempre la ultima lección, esta vez a expensas del pobre cargador: cuando terminaba el ejercicio nuestro sargento invariablemente le decía al cargador “hala, coge la maquina y déjala dentro del camión para limpiarla después”… ahí venia la ultima lección: siempre el recluta de turno agarraba la maquina por el culatín y por la bocacha que literalmente estaba al rojo vivo, abrasándose la mano para regocijo de nuestro sargento que invariablemente decía“¡ ¡ ¡ monstruos mas que monstruos ¡ ¡ ¡… el arma nunca se coge por la bocacha porque quema.. Y tu caraculo (dirigiéndose al cargador)…Vete a ver al sanitario,que te eche pomadita, y luego te vuelves para acá para limpiar la maquina... eso por tonto y por monstruo”.
Nunca fallaba…. el siguiente ejercicio con la maquina salía siempre de puta madre… eso hasta que llegaban los nuevos reclutones, momento en el cual se repetía el ritual.
A petición del "distinguido público" elevamos a la categoría de entrada el comentario de Carlos Antonio:
Cuando ví vuestra foto en Ciberpais me estremecí. Han pasado cuarenta y dos años y todavía tengo algunas vivencias "castrenses" muy próximas a mí. Todos mis compañeros supervivientes están cumpliendo 65 años éste 2006 y algunos se habrán quedado en el camino, ójala quélos menos posibles.
Para muchos de nosotros aquel paso por Wad-Ras 55 debió suponer un auténtico calvario; eran años difíciles y celebrábamos 25 años de Paz, con un, perdonad el "aggiornamento", super-guay desfile conmemorativo.Antes, algunos de nuestros "padres veteranos", habian pasado por el amargo trance de protagonizar un horroroso fusilamiento qué, estoy seguro, no habrán podido olvidar. Eran otros tiempos y debemos celebrar que hayan pasado. Naturalmente que pasamos momentos divertidos, !a la fuerza ahorcan!, fuimos extras de cine en las superproducciones de la época. A mí me tocó un "peplum", La caida del Imperio Romano, con Sofía Loren y Stephen Boyd, entre otros.
Mi papel de plebe romana, con una túnica y unas zapatillas, ambas seis o siete tallas superiores a las que me correspondian, me daban un toque elegante comparado con el astroso uniforme de paseo, de segunda o tercera mano, del que el ejército me había dotado. En la época era muy usual licenciarte con el honor de que, a tí, no te habia tocado ninguna guardia, tabarra que luego repetirías, hasta la saciedad, a novia y a amigos. Debía ser verdad pero a mí me tocaron casi todas: Guardias en el cuartel, guardias en el pabellón psiquiatrico del Gomez Ulla, guardias en la cárcel de Carabanchel, etc. Creo que éramos soldados con un derecho a plus de actividad qué, lamentablemente, nunca nos será reconocido. El balance que , puede que a pesar de todo fuese positivo,me dió la oportunidad de conocer a excelentes seres humanos, entre mis compañeros y entre algunos mandos, y a individuos mezquinos qué por simple comparación elevan en la memoria a los otros. Tuve buenos y muy heterogéneos compañeros, de Orense, de Madrid, andaluces, valencianos y algún catalán. Fué, en lo humano muy, muy enriquecedor, pero afortunadamente de la experiencia se ha librado mi hijo varón, por excedencia de cupo y, espero, qué también mis nietos si las cosas no cambian.
Al hilo del comentario fechado el 19/06/2006 por Carlos Antonio en entrada al blog titulada: *El blog en el País* es interesante reseñar que efectivamente se aprovechaban los cuarteles madrileños, el Muñoz Grandes, el Goloso ó el mismo Wad - Ras, repletos de soldados y que ya puestos a realizar el servicio militar, se convertían en "pequeñas (muy pequeñas) grandes estrellas del celuloide".
El caso de Carlos como extra de "La caída del imperio romano" fue característico, pero parece ser que el film mas notable, no a nivel calidad, pero si en cuanto a participación militar ocurrió con la filmación de "La batalla de las Ardenas". Lo que cuento es básicamente lo que en aquel año del 79 en mi 3ª compañía de carros de combate, me relató el Brigada apellidado Centeno, con el que por cierto hice buenas migas.
Corría el año 1965 y el cine en nuestro país bullía en superproducciones estilo peplums, así que eso de ver gente de toda España, reciclados por cuarteles varios para ser romano (La caída del...), chino (55 días en Pekín), judío (Rey de Reyes) morisco (El Cid) ó ruso (Doctor Zhivago) era algo cada vez mas normal.
El caso fue, que para una película de cine bélico como "La batalla de las Ardenas" no solo era necesario tener soldados varios vestidos como tal, es que había que reproducir carros de combate y en algunos casos trucados ó no... lógicamente conducirlos. Mi brigada, presumía de haber sido un muy buen conductor de carros y por esos días, mediados de los sesenta, estaba en pleno apogeo militar; así que le eligieron para ser uno de los conductores de carros que salen en el film. Ciertamente le fastidió saber que a él realmente no se le vería, como a otros compañeros que corrían y caían en secuencias vistosas, pues en un film cuyo protagonismo era el de los muchos carros de la batalla, él como conductor no tendría un papel para nada relevante. El caso es que por total casualidad, le tocó llevar algunas jornadas a un gran actor de cine subido en el vehículo como "jefe de carro". Cuando lo llegó a conocer y saludar físicamente, le dijeron el nombre del astro, pero el Brigada no sabía quien era realmente, un actor VIP sí, pero solo sospechaba haberlo visto alguna vez; si le sonaba, que lo había visto haciendo de malo, muy malo en una peli de James Bond.
Luego, con el paso del tiempo supo que Robert Shaw se hizo famoso dando mamporros a Connery en aquel film del agente secreto titulado "Desde Rusia con amor" y que un tiburón "manejado" por Spielberg, literalmente se lo comió.
El Brigada cuando veía la película, si que reconocía las secuencias donde el conduce e incluso supuestamente muere, cuando todo el carro de combate literalmente explotaba.
-¡Al jodío aquel se lo come el tiburón de la película famosa! ¡Que jodio! Iba de rubio, como un nazi y hacia de malo otra vez.
Dicen que una movida como esa a nivel película de guerra con carros, no hubo otra igual, hasta que por Almería rodaron "Patton".
Me gustaría saber si ahora, con los DVDs, mi brigada, ya mayor, claro, les dirá a sus nietos al visionar en casa la película:
"Ese que conduce el carro...soy yo"
Y con ojos atentos intentaran adivinar a un actor efímero, casi invisible, embutido en un carro de cine.
Algo inclinada ha salido la foto; pero no por eso Francisco de la Osa se va a caer. Es el jinete. De un lugar de La Mancha que no es que no quiera acordarme; es que, sencillamente, no me acuerdo. Se ha puesto el gorro por montera: muy con su carácter.
El caballo o jumento sobre el que cabalga es Antonio (se me olvidaron sus apellidos), cabo 1o , como yo.
Oliverio (también se me han olvidado sus apellidos), de un lugar de La Mancha llamado San Clemente, nunca supimos si pretendía con su gorro colocar bien el suyo a De la Osa, o colgárselo de la oreja izquierda.
Manuel Fabero Frías mira al frente como buen soldado y, al igual que Antonio, está enfundado en el uniforme de granito esperando el momento, el toque de la salida. A buen seguro que lleva en los bolsillos alguna bala de mentirijilla, o cosa por el estilo, para embromar al primero que se le ponga por delante.
Al fondo, cual firme puntal dispuesto a sostener el lado derecho de la puerta de la biblioteca de oficiales, nuestro cubil, nuestro centro de reuniones, pòker incluido, y merendolas, el lugar donde se supone que pasábamos las horas muertas seleccionando archivos y confeccionando fichas de libros (hay que echarle imaginación al asunto para suponer tal cosa)... o mejor, como moderno Can Cerbero con gafas dispuesto a defender a ultranza aquella guarida, nuestra guarida... se encuentra (y luego les chocaba que yo me llamase Camisón) Jesús Evangelio Rodríguez, madrileño.
El que está en primer término, sentado en el poyo, mirando sonriente la escena, con el gorro reglamentariamente colocado, faltaría más, y un libro abierto en la mano, faltaría más, no te digo… ese... ese es un menda. Un menda que entonces tenía 26 años, y hoy todo lo contrario: 62; con los guarismos invertidos: Camisón, para estos compañero; Camisón, para los superiores y los subordinados; Teodoro de las Heras Camisón, en la vida civil.
En la foto no estamos sino una pequeña parte de los compañeros de Extensión Cultural. De los que aún recuerdo nombre y/o apellidos: Barambio, manchego; al igual que Oliverio y yo aprobó las oposiciones de Magisterio durante su estancia en Wad – Rass (todo no iba a ser malo, caramba). León León (no, no era leonés; pero no me acuerdo de dónde, ni de su segundo apellido). Gregorio Martín Mateos, de un pueblo de la Vera cacereña; paisano mío, por tanto. Francisco de Laca López; tenía un hermano gemelo en el batallón Mecanizado; él estaba conmigo en La Plana de Carros, al igual que Gregorio y Barambio. Los demás en la del Mecanizado.
No lo negaré, la idea de entrar en el carro de combate AMX30 de alguna forma me seducía; ya puestos en el tema, al menos había que sacarle jugo al hecho de vivir aquella ¿imposible? aventura militar.
Un capitán, del que ciertamente no recuerdo su verdadero apellido, pero al que todo el mundo apelaba "cariñosamente" Mortimer, era famoso por dar un par de tortas a quien decía la palabra "tanque" ya que, según el barbudo (que lo era) mándo, no se decía "tanques", -invento de las películas americanas de la segunda guerra mundial- siendo su nombre correcto el de carro de combate... y punto. (O torta).
Normalmente mi labor militar en el cuartel había comenzado en la oficina de cocina, así que cuando terminé allí, teniendo asignado como todo el mundo un lugar dentro del artilugio, era cuestión de tiempo el meterme en esa maquina y ver su interior. Mi puesto asignado fue el de radio cargador.
Estaba incluso ilusionado, si bien algún compañero me había informado que por dentro la cosa no era nada del otro mundo, pero muy cinéfilo como era (y lo soy aún) poco menos que me imaginaba el interior del carro muy similar a cualquier rincón del interior de la nave Enterprise.
Hacía ya tiempo que a la mayoría les habían explicado el uso del carro`pero esa mañana nadie me dijo de que iba aquello, solo supe que las ordenes eran de dar unas vueltas por la parte trasera del cuartel, campos yermos que se usaban como base de recorridos bélicos ficticios para manejarse y aprender el uso de aquellos AMX30.
Así que un alferez como jefe de carro, un cabo como tirador, un soldado (bajito, claro) como conductor y un servidor dispuesto a conocer de pleno el uso de la radio comenzamos la andadura como caballeros andantes del Paseo de Extremadura.
Adelante.
El caso es que cuando entraba por el agujero (literalmente) recordé que desde siempre he tenido claustrofobia, así que lo primero que hice fué buscar alguna ventanilla. Hacia falta ser gilipollas para buscar una ventanilla en un carro de combate, pero las habia, muy pequeñas, eso sí, pero ahí estaban, con un cristal que jamas (seguro) se había limpiado antes; gracias a esas ventanitas, muy parecidas a unas gafas pegadas a "la piel del carro" conseguí sobrevivir a mi fobia.
Luego me di cuenta de la enorme oscuridad, de lo lúgubre de su interior y para colmo, te sentabas en una banqueta tipo fotomatón, que en mi caso, estaba estropeda y giraba sobre si misma... a solas, sin obedecer ordenes de mi trasero.
Aquello arrancó y yo...caí de la banqueta al suelo. El casco se me salió de la cabeza, cosa ya dificil, pues cabeza y casco se acoplaron demasiado bien, casi en exceso; mis rodillas chocaron con hierros que sobresalían a cada lado de la ya citada banqueta y varias magulladuras me acompañarían, en algun caso ya para siempre...
Aquel vehículo recorrio, estoy seguro, no solo la mencionada tierra muerta de la parte trasera del cuartel; se me hizo tan largo que, para mi, recorrió Madrid entero (háblo de la provincia). Estuve más tiempo fuera de la baquetilla y colgado de los varios asideros, que pendiente del entorno del puesto como encargado de la radio.
Salí el último del vehículo. Recuerdo la sonrisa malévola del cabo primero, la mirada lánguida del tirador y la indiferencia total del conductor. Ya parados, en el suelo, me di cuenta de que sangraba un poco en la barbilla por un cortecillo leve que se camuflaba entre mis barbas.
Lo recuerdo bien, el Brigada Centeno me preguntó:
-¿Qué tal con la radio?.
De pronto recordé ...¡que yo era el radio cargador!
-Bien, mi Brigada, muy curioso el aparato.
Mentira, en mis multiples caidas como si hubiera estado en una batidora, reconozco que de primeras, en aquel viaje, me bajé sin saber donde paraba la radio. Ciertamente me enteré poco de su interior.
Camino del botiquin personal, me acorde de la madre del capitan...Kirk.
Aunque ya hay una entrada más abajo en la que os agradecemos, de forma general, vuestro ánimo, queremos dejar constancia de aquellos "soldaditos" que han guardado la llama del WAD RAS y que, a poco que han recibido el soplo de la nostalgia, han corrido a desempolvar sus viejos álbumes de fotos, sus casi olvidados recuerdos, aquellas insignias que guardaron en un cajón...
Gracias a Bernardo Sainz, José Antonio Jiménez, Fernando Rosell, Teodoro de las Heras, Jesús Acebrón, Alejandro Horcajuelo, Ramón -parisbab-, Pepe -de Valencia-, amonal.... (Espero no dejarme a nadie).
Como habréis visto muchos de nuestros visitantes, a los que les agradecemos su paso por esta página del recuerdo del viejo Wad Ras, nuestro blog ha aparecido recomendado en el suplemento de informática de EL PAÍS, (CIBERPAIS, 15 de junio, página 2).
Desde ese momento muchos antiguos compañeros se han puesto en contacto con nosotros, bien añadiendo comentarios a alguna de las entradas, bien directamente por email indicándonos su intención de aportar sus fotos, recuerdos, anecdotas, historias, personas... que conformaron su mili allá por los años setenta y ochenta "del siglo pasado". (Es que vamos "pa" viejos con una velocidad....)
Animamos a todos ellos, a los nuevos lectores, a sus amigos, a los antiguos compañeros con los que aun tengáis relación, a uniros a este pequeño proyecto que no quiere sino revivir en la medida de lo posible aquel tiempo de mili que siempre sale en todas nuestras conversaciones, aunque nuestras mujeres nos miren con cara de .... !! otra batallita ¡¡.
Gracias a EL PAIS también por hacerse eco de la página. OS ESPERAMOS.
No dudéis en enviar todo lo que tenga para vosotros ese recuerdo especial de la nostalgia a flor de piel... ¡¡Pasamos tanto -bueno y malo- entre las paredes de aquellos hangares, cocinas, paredes, camaretas,....
Hasta ya mismo. Venga, poneros a escribir y a rebuscar aquellas fotos en que vestíais de caqui militar o de azul mecánico...
Corría el último tercio de los recordados setenta. Se acababa la década. Los cuarteles bullían los fines de semana con pase y sin pase. Algo olía distinto en el Paseo de Extremadura. El sudor concentrado de mañanas a golpe de paso ligero, de carros oxidados, de servicios en cocina o de guardias en garitas inmundas se vestía de ducha fría y de lingotazo de colonia Atkinson.
Las taquillas sonaban con un desacostumbrado portazo metálico cuando abandonábamos el hogar cuartelero en busca de ligues festivos, de aire fresco, de humilde diversión disociada del marcial ambiente militar.
Una mañana de un domingo cualquiera de una primavera setentera decidimos dar una vuelta al parque de atracciones de Madrid.
No era entonces el recinto tematizado de hoy en día. Sus instalaciones rezumaban una cutrez espeluznante. Un poblado de indios, que parecía sacado del almacén de maniquies olvidados de la planta de caballeros de El Corte Ingles, te asaltaba tras un tunel pintado de negro en un ferrocarril quejumbroso.
Unos espejos presa del oxido te devolvían imágenes distorsionadas en una caseta que bien podría haber sido la vivienda del guarda tiempo atrás.La montaña rusa se me antoja ahora como una pieza de museo novecentista al estilo Eiffel.
Unos puestos ambulantes de algodón dulce daban el toque castizo, complementado con aquella inefable señora que giraba el mando de la pianola que desgranaba chotís al aire fresco de la mañana…
No era muy alentador el paseo, pero aquellos soldaditos intentaron divertirse. Subieron aquí y allá. Devoraron frutos secos y coca cola. Sudaron hasta hacer olvidar el perfume del Atkinson y se acercaron a donde una multitud gritaba.
Eran los aledaños del auditorio. Unas enormes pancartas anunciaban un concierto del programa EL GRAN MUSICAL de la Cadena Ser.Joaquin Luque, Pepe Domingo Castaño… (bueno, quizá no eran ellos todavía, pero la memoria juega malas pasadas) dejaban oir sus voces por los altavoces.
Nos acercamos casi arrastrados por la masa de chavalas enfebrecidas, algunos chicos de dudosa orientacion sexual y ciertas parejas de mediana edad.
El concierto era, nada menos y nada más, que de LOS PECOS. Nos miramos e intercambiamos una mirada de entre risa contenida, desprecio obvio y curiosidad malsana. Quizá pesó más este último concepto porque… entramos al recinto.Nos quedamos en la andanada superior. No teníamos una vista esplendida del dúo, pero oíamos los acordes de sus canciones. A más de uno, -nunca lo reconocimos- alguna de aquellas canciones quizá nos traía recuerdos de lances personales, pero había que ser fuertes. ¿Escuchar a aquel rubio amanerado y a su hermano?
En un momento determinado, la masa de jóvenes en celo –ellos y ellas- decidieron apoyar con sus gritos una cierta canción que he olvidado con el tiempo. El fondo verdoso que decoraba la gran concha de hormigón del escenario se vio cruzada de pronto por un huracán de bragas y sujetadores de los más variados colores y surtidas formas. ¿Los llevarían sus propietarias guardados en bolsas al efecto o... se los quitaron allí mismo?. Nunca resolvimos esa duda tan existencial cuando se vive apartado de todo lo femenino en un cuartel.
Llegó el momento para escapar de allí. Iba siendo la hora de comer. La música nos fue acompañando mucho tiempo, como metida dentro de nuestros tímpanos. En breve se vería sustituida por un toque de corneta y todo aquello pasaría a ser un recuerdo. Hasta hoy.
.Tal era el ahogo que allí se respiraba que muchas veces y en contra de los principios de uno mismo, por salir del cuartel, se hacían cosas como la que cuento ahora.
Mi época de furry de cocina, enero del 79; no recuerdo bien, creo que fue con mi compañero de fatigas Luís, futbolero él, quien me anunció que el Real Zaragoza jugaba con el Atlético de Madrid en el Vicente Calderón un domingo ya próximo.Un servidor solo ha ido dos veces en su vida al fútbol, la segunda hará algo mas de un año y porque el "divino" me ha castigado con vástagos que les gusta el tema del esférico y por aquello de llevar a la pequeña a ver un partido, así que un tanto moralmente obligado fui yo también.
La primera vez, es la que relato ahora. Encontramos entradas a primera hora de la tarde, era lógico, mucha gente no acudiría a ver el partido, hablamos de puro invierno y creo recordar que ambos equipos no iban muy decentes en la liga de aquel 79. Para mi el entrar a un estadio de fútbol, literalmente era algo nuevo; debo reconocer que me impresión el estadio del atlético. Recuerdo perfectamente que lo que yo llamaba fila, allí era el..."vomitorio" el número 63 concretamente, es decir que la entrada era de las mas baratas, ¡bien altos! de forma que los jugadores eran como puntos de colores que pululaban por una planicie verde.No era del agrado de mi amiguete que le hiciera según que comentarios respecto al fútbol; eran tiempos que hablar solo de mujeres, sindicatos y fútbol, poco menos era tema obligado y si no lo hacías te tachaban de raro, tirando a gay; era a mi a quien se lo parecían los jugadores que se me antojaban pendientes de meter un gol...para meterse mano.
Comenzó el juego y un tipo enorme con un bombo mas enorme aún, desde la salida de los jugadores al estadio, no dejó de tocar el tambor, lo mismo que otro tipo, este mas bien enjuto y con gorrito que con una trompeta hizo lo mismo en igual espacio de tiempo, es decir: ruido. El del tambor a un lado y el del trompetin al otro...hicieron de aquel partido una de las torturas mas increíbles que yo haya vivido. El Zaragoza perdió 3 a 1, pero debo indicar que los cuatro goles que entraron en portería...sencillamente no los vi, fueron visto y no visto, ni me di cuenta y para colmo... ¡como no repiten la jugada...!. El segundo tiempo, para el del tambor y el del trompetin seguía siendo un único y mismo periodo de algarabía, sencillamente no dejaron de tocar sus instrumentos, de vez en cuando incluso gritaban algo.En fín, que una vez se manosearon bien los jugadores (cuatro veces para mas señas) el señor de negro determinó que aquello terminase; al querer moverme me di cuenta de que el frío del mes de enero había hecho mella en mi cuerpo, comenzando por las rodillas. Una vez pude reaccionar e impulsado por la alegría de no escuchar ya al del bombo (el del trompetin seguía) me esforcé en salir del vomitorio e ir bajando escaleras a cientos.
Un pequeño esguince finalizó la jornada, poco antes de llegar a una acera junto al río Manzanares, en donde mi amigo me preguntó: ¿Te ha gustado el partido?
Como decirle que apunto estuve de darle sentido al vomitorio 63.