Aquel saco de dormir, rebuscado con ardor guerrero entre los suministros de la furrielería, era de los que podríamos denominar como de "uso medio". Se mantenía en un apreciable estado de conservación, no olía a fluidos descompuestos y su textura interna podría calificarse de agradable.
Las tardes, con un verano a punto de florecer, era plácidas en aquellos parajes castellanos donde nos trasladamos, una vez más, de maniobras.
La noche, por el contrario, caía como un telón de grueso calado sobre nuestros cuerpos cansados y el clima, refrescado, te empujaba a aliarte con el saco en sutil amancebamiento.
Mis dos compañeros de tienda dormían ya plácidos, dados al ronquido lento que presagia huracanes posteriores. No hacía frío. Mas bien al contrario. Saqué los brazos de interior del saco y los agité despacio como tratando de repeler el húmedo calor del plástico pegado a la piel.
Dejé caer el brazo inzquierdo sobre el piso de la tienda, un plástico endurecido de color marrón verdoso, cuyo repentino frescor calmó mi inquieto movimiento.
Noté, como en sueños, un ligero pinchazo, un pequeño calambre quizá, entre la mano y el codo. Sería algo nervioso, por la postura forzada, pensé...
Poco a poco me hundí en el sueño, quizá en el mismo ronquido de aquellos dos soldados que dormían en el reducido ambiente de la tienda.
Abrí los ojos. Un leve resplandor iluminaba desde fuera nuestro cálido refugio. Intenté levantarme sin despertar a los compañeros. Quise levantar el brazo. Me costó un enorme esfuerzo conseguirlo. ¡Se me habrá dormido!, pensé.
Mecánicamente bajé mi mirada hacia el brazo. ¿Era aquella mi extremidad superior izquierda?. Entre la muñeca y el codo, todo era una hinchazón roja inflamada. Notaba la piel tensa como a punto de estallar. Un dolor difuso me impedía pensar con claridad. Alguien se movió a mi lado. ¡Joder, tío, ¿qué te ha pasado?, me dijo.
A la luz del día, el espectáculo era aterrador. El diametro de mi brazo había aumentado en muchos centímetros alrededor de una pequeña incisión que aparecía supurante, justo en el centro. Era una picadura. No cabía duda. Los dos soldados de ronquido suave entraron a la tienda dispuestos a encontrar al malvado atacante, más como prevención de su propia salud que como venganza por mi estado. Nada consiguieron. El insecto, o reptil que saboreó mi cuerpo había desaparecido.
Un "bocadillo" de antihistamínicos me fue ofrecido en la tienda-enfermería. Sus efectos tardaron más de tres días en hacer regresar a la normalidad mi dolorida extremidad.
Dos días más tarde, al tocar a su fin nuestra experiencia bucólica en los campos castellanos, levantando la tienda...
...observé un exraño ser en latierra bajo lo que había sido nuestro suelo. Una especie de ¿insecto? ¿gusano? con aspecto de caracola enrollada pero de tacto tierno y color terroso estaba enganchado al plástico con un gancho o estilete que parecía salir de sus mandíbulas. Aquel ser, repulsivo, del que nunca más he vuelto a ver un ejemplar, debió ser el causante de la picadura. Cogí una rama seca y lo golpeé hasta que su trompa soltó el suelo de la tienda. Lo pisé con saña hasta que un extraño líquido -también color caqui- inundó la suela de mi bota.
Doblamos la tienda, recogimos el campamento y subimos a los caminones con la alegría de volver al cuartel para poder ducharnos tranquilamente y dormir en nuestras literas.
Al agarrarme a la trasera del camión para subir, una punzada me recordó la herida. Al pisar la caja del camón, aun mi huella dejó un rastro de aquel inmundo ser...
Pedro A.