¿Qué fue de ti, gigante?. Años y años sirviendo de bastión a la Patria. Lustros de instrucción a generaciones y generaciones de jóvenes arrancados de su vida diaria, de su trabajo, sus estudios... a los que el amor casi recién nacido, les quedó lejos, a la espera...
Ahora ¿cómo te ves?, viejo cuartel.
La herrumbre ha hecho mella en tus cromados. La aséptica limpieza -alcanzada a base de sangre y sudor de reclutas inocentes- es ahora polvo, desolación, abandono.
Tus níveas paredes lucen ahora infernales grafittis que esperan lánguidamente al sol que la piqueta los traslade a los más profundos infiernos del desprecio y el olvido.
Ya no suenan en tus ecos los áridos gritos de corneta y vibran con ardor guerrero tus banderas al viento generado por compañías imberbes desfilando.
Tus puertas lloran lágrimas de óxido y tus ladrillos se deshacen de desesperación. Tu, cuartel, que lo fuiste todo, que te creiste alguna vez depositario de las más profundas esencias de los valores patrios, solo eres una ojerosa sombra raída por el sol inmisericorde.
Nada ni nadie te recordará cuando miríadas de nuevos habitantes inunden las viviendas sociales que te sustituiran. Nadie vigila ya tu pudor militar desde garitas desvencijadas y masturbadas noche tras noche. Los adoquines que soportaron el glorioso peso de los AMX30 o de TOAs ligeras y casi femeninas han perdido el cemento que los mantuvo unidos y, como una vieja dentadura inutil, se mueven con chasquidos llenos de verguenza cada vez que un pájaro desconcertado acierta a posarse sobre ellos.
¿Qué fue de tu galanura? ¿Dónde quedó tu soberbia?
Ya solo vivirás en el recuerdo de los que intentaron volar agarrados a tu águila pero que solo consiguieron, como vulgares gallinas de corral, dar saltos alrededor de tus muros. Fuimos tus víctimas pero nos duele ser tus verdugos, ya ves.
En el fondo nos une a ti un extraño e impensable cordón umbilical. Quizá colaboraste en cierto modo a que viéramos el mundo de otro modo. (No mejor, solo distinto). Quizá nos acostumbraste a vivir de otra manera. (No mejor, solo diferente).
Alguien seguirá recordándote siempre, viejo Wad Ras. Y no como en esta foto testigo de tu cruel agonía sino como el abanderado de la gallardía, el adalid del sentido militar...
No se lo digas a nadie, Wad Ras, pero ¿sabes? creo que algunos te añoran; otros te recuerdan con una mezcla de odio y cariño indistinto; Fuiste importante en un momento importante de nuestras vidas. Descansa en paz.
Era la primera vez. Aquella mañana estaba nervioso. Algo me decía que la revista previa a la salida tendría algún problema. El pelo, -siempre el pelo- o las botas; quizá los correajes o algún botón. Todo dependía del interés de aquel mando que podía con un solo gesto echar a perder tus ilusiones.
Noté su aliento tras de mi. El sudor empezó a recorrer mi espalda desde el cuello. El tiempo se detuvo.
No recuerdo cuántos segundos, minutos, horas, ¿días? pasaron mientras aquel sargento inspeccionaba nuestros cogotes. Cuando "desperté" giré levemente la cabeza y atisbé su paso lento junto a algún compañero que no había tenido mi misma suerte. No distinguí las palabras -malsonantes y despectivas- que le estaba dirigiendo al soldado. Solo pensaba en aquella puerta abierta al Paseo de Extremadura. En aquel Madrid que me esperaba por primera vez desde que había dado con mis huesos en el cuartel.
Aquel uniforme, sin embargo, era demasiado delator. Y siempre existían las leyendas urbanas .-para novatos como yo- que asustaban con un policia militar tras cada esquina.
Todo tenía solución. Un ajado bar frente al cuartel, en la acera opuesta, del que he olvidado el nombre, ofrecía por unas monedas la posibilidad de guardar el uniforme en un almacenillo trasero -firmemente sujeto por un candado (¿Qué hubiera sido del soldado sin el candado?) y salir a la libertad vestido de persona.
El corazón latía casi desbocado. Ingenua situación vista treinta años después, pero fuerte y poderosa en aquel momento con el añadido del supuesto desafío a la legalidad.
Las alambradas que rodeaban los cuarteles vecinos parecían mirar desafiantes nuestro paso, tímido al principio, notando el sol en la piel sin el caqui añadido.
Unos metros más y bajaríamos las escaleras de la estacion de metro "Campamento". Madrid estaba esperándonos. No le fallaríamos.
Por esos azares de la vida y gracias al compañero Bernardo Sainz, hemos tenido acceso a estas espeluznantes escenas del "cadaver" del viejo cuartel Wad-ras 55.
Como podrésis apreciar ya no es lo que era, y eso que las fotos no nos lo muestran -todavia- en toda la crudeza de la destrucción. Ya sabréis que están demoliendo aquel "templo en que ofrendamos bastantes meses de juventud" en aras de un "amor a la patria" del que, quizá, nunca estuvimos muy seguros...
No obstante, apreciaciones personales al margen (Cada cual hablará según le fue en aquella mili), el caso es que esta es una de las últimas ocasiones en que podréis disfrutar imaginandoos de nuevo entre aquellas paredes, en las COmpañías, en las Garitas, en los hangares de los Carros, entre las TOAS...
Dejad vuestra mirada pasear por estas fotos y... dejaos llevar por el tunel del tiempo. (Gracias, Bernardo)
Nos dijeron que lleváramos el uniforme deportivo aquel, el del día de los "troncos", (Ver entrada anterior en este blog), pantalón azul corto, camiseta blanca pero…¡ojo!no hacian falta las zapatillas deportivas y había que llevar jabón de baño. Aquello me mosqueó, ciertamente. El caso es que fuímos a realizar carreras varias, sobre todo de cara a la instrucción, algo así como lecciones de correr y andar en plan militar. Pero lo curioso es que ibamos vestidos con el uniforme caqui habitual, solo que esa tarde teníamos que llevar la citada ropa deportiva. El caso, es que trás casi una hora de variadas marchas, sudorosos en grado sumo, nos acercan a un nuevo barracón, otro desconocido edificio del conglomerado del cuartel, a la espera por nuestra parte de ¡oh Dios! saber que amparaba en su interior. Algun sargento gritó, que nos quitáramos la ropa caqui y nos pusieramos la deportiva, dejando la vestimenta de diario...en el suelo mismamente. Vestidos con atuendo deportivo pero... con las botas negras reglamentarias, es decir con una pinta que ...
¡A las duchas!!!! Gritó ...alguien.
-¿Qué duchas? se oyó en voz baja de algun recluta. Nos condujeron al mencionado barracon y una vez dentro nos mandan desnudarnos para entrar a las duchas, que recuerdo llamaban "duchas generales". Me di cuenta de que algunos muchachos se negaron a entrar con los consiguientes insultos de los cabos de primera, alférez varios y sargentos, incluso que los insultaban llamándoles “maricones de mierda” y otras barbaridades. Mientras el resto con nuestro jabón en la mano sin mas que discutir ( para ¿qué?) nos adentramos en un maremagnun de pasillos con duchas a docenas; de alguna forma y bien mirado no nos importaba darnos un bañito.
Me preguntaba si aquello que un día alguien de la oficina me contó antes de venir a la mili sería ahora cierto, si ya una vez dentro, esas docenas de jóvenes reclutas, desnudos y enjabonados se quedarían sin agua y a medias en su fase limpieza corporal, por cortar el funcionamiento del agua, a manos de sabe Dios quien. A la pregunta le llegó una rápida respuesta; las duchas se quedaron sin agua y los reclutas enjabonados mirándonos unos a otros como idiotas esperando regresase el líquido elemento para poder quitar del cuerpo la porquería de la caminata. Invito al supuesto lector, imagine a docenes de cuerpos desnudos, cada cual con el físico que Dios le dió y con espuma del jabón resbalando por mejillas amen de otras partes del cuerpo. Lo que mas recuerdo de aquella escena, en la que no sabia si llorar ó reir, eran las miradas de cada uno de nosotros, con caras de idiotas; de pronto y obligados una media docena de compañeros, de los que se habian negado a entrar, se metieron finalmente en las duchas y recuerdo lo mal que lo pasaron. El resto intentamos ayudarles sin meternos en el asunto.
El agua volvió, fué ese minuto que en ocasiones se hace eterno. Lo ridículo de la situación se amplió, cuando limpios y mas ó menos secos, al salir al exterior un alférez mandó colocarse las ropas sucias de la caminata nuevamente en el cuerpo, que por cierto nos dijeron habia que dejar en el suelo antes de entrar, así que .... ¿para que sirvió entonces la ducha? . Quizás para distinguir a los soldados supuestamente de “la otra acera” como así les llamaba. Nunca lo supimos. Lo que me llamó la atención, es que en el C. I. R. ya eran muchas cosas las que me habian contado como mentiras y yo... ¡mierda! las estaba viviendo. (A título de ejemplo, las entradas "MATACIA", "TRONCOS", "PISTA AMERICANA" de este blog)
En la cena, recogiendo las sobras, alguien, nunca supe si era recluta ó mando de baja alcurnia, en voz baja pero cercana a la par que para siempre ya desconocida en su origen, expresó: ¡Buen culo, recluta!.
¿Y si -precisamente- lo del bromuro era mentira?. Trague saliva.
.Nuestro amigo y camarada Bernardo Sainz se anima a contarnos una de sus vivencias en una noche que ya ha entrado en el imaginario nacional: el 23 de Febrero. Os dejamos con sus palabras:
No hace muchos días, y con motivo del aniversario del 23-F me vino a la mente el famoso día, allí en el viejo Wad Ras 55, con 20 añitos y a falta de 5 o 6 meses para colgar el candado de la taquilla en la valla de protección de la carretera de Extremadura (justo debajo de la garita denominada “Principal” que, junto con la de “Armas” y “Calabozo”, eran las tres autenticas bolas que podían tocarte cuando entrabas de guardia)… tal y como hacían los veteranos cuando se licenciaban (ni que decir tiene que estaban las vallas hasta arriba de candados en diversos estados de oxidación).
Llevaba ya 13 meses de mili (voluntario) y eran las primeras maniobras de las que me iba a escaquear ya que toda la BRIMZ 11 se iba para San Gregorio en unas maniobras denominadas Beta, que eran el 2º nivel más alto de concentración de hombres y material de maniobras. Así que como comprenderéis estaba la mar de contento y feliz quedándome (en aquella época ya era Cabo Primero) de semana continua durante 15 días y de reten de Carros permanente, junto con una tripulación en uno de los carros AMX-30 (el 002) que no salieron por estar cambiándole las zapatas de goma de las cadenas, un conductor de Land Rover y otro de Camión Pegaso, quedandola compañía de Plana Mayor de Carros reducida a su más mínima expresión (la gente de Destinos, los enfermos y un cupo reducido de soldados para los servicios de Cuarteleros, Cabos de Cuartel, Reten e Imaginarias ya que todo el mundo se iba para Zaragoza).
Los primeros cuatro o cinco días fueron de escaqueo brutal, pero el día 23, lunes, una vez que tocaron marcha a las 17:00… nos fuimos para la Cantina para merendar (¿os acordáis de los bocatas de mucho pan y una o dos rodajas de chorizo o salchichón?) y de paso pillar unos cubatas (ya sabéis, cogías la coca-cola, la pegabas un trago mas bien larguito y te rellenaban el resto directamente de la botella de ron, ginebra o Dyc).
A las 17:30 entró la “VM” (los chicos del Brigada Vaz, ya sabéis, de la Unidad de Destinos) en la cantina y mandaron a todo el mundo a las compañías. A los 5 minutos tocaron “generala” y ya todo el mundo, a la puta carrera, directamente a los destinos asignados: los francos de servicio a las compañías y la gente de Reten a los Retenes. En mi caso y para mas desorientación me tuve que presentar en el reten de Carros para acto seguido salir cagando leches a la compañía al objeto de recibir instrucciones del Capitán de Cuartel, que no me acuerdo quien era ese día ( el Tcol de mi batallón, Santos Bobo estaba de curso de ascenso a Coronel y llevaba dos meses fuera.. y se presentó a las 18:00) El coronel Centeno “descanso y cubrirse” la verdad es que no sabíamos donde andaba, si en San Gregorio o por Madrid, total un caos.
El Tcol de mi batallón nos reunió a los que, en ausencia de mandos, hacíamos las veces de “Jefes” de Compañía y nos ordenó llamar a los pernoctas así como controlar el numero de la “fuerza” de cada compañía, dándole novedades cada media hora según fuese llegando la gente. Lo cual nos hacia sospechar que nos iban a terminar de fastidiar por medio de unas maniobras llamadas “Erizo” en las cuales un número determinado de hombres tenían que estar listos para salir de maniobras de 3 días de duración, en un máximo de tres horas.
A los que andábamos además de Reten de Carros se nos ordenó poner las antenas, así como establecer la malla de comunicaciones y lo que nos dejo acojonados: municionar a tope, llevando el carro desde el hangar al polvorín, manteniendo motores en marcha de forma permanente (lo mismo daban calentones que alarmas de incendio) así que, cuando terminamos la tarea y llegamos a la compañía la gente que estaba de Cuarteleros nos dijeron que había habido tiros en el Congreso, la cosa se puso bastante fea.
Como buen hijo lo primero que hice fue intentar llamar a mi casa, pero a eso de las 19: las cabinas que estaban al lado del cuerpo de guardia estaban fuera de servicio con lo que echando leches me fui directo a ver al telefonista del regimiento que era de la Plana de Carros y me dejo llamar a casa un minutillo, lo justo para tranquilizar a mi madre que estaba bastante asustada.
Dimos de cenar a la gente de forma ordenada (creo que fue lo que mejor salió de todo) ya con la noticia de que los carros de la División Motorizada (su Jefe, Milans del Boch, fue el padre de la División Acorazada) estaban por las calles de Valencia. A las 23:00, una hora después de silencio, tocaron de nuevo reten (¿os acordáis del sonido de la sirena del reten?) y allí la verdad, yo pensé que salíamos… recuerdo un brigada de la 3º de Carros que le dijo a su Radio-Cargador “a partir de estos momentos cualquier orden que te de, la cumples sin rechistar y si no”… a continuación se palmeo la funda de la pistola. Luego otra gente me contó que mas tarde también le dijo a su Tirador que si le ordenaba disparar mas le valía que apuntase bien o que le pegaba un tiro.
Como podéis imaginar la nochecita fue de las de ensueño, luego vino el discurso de Rey y la cosa se fue diluyendo para, finalmente allá a las 04:00 nos ordenaron parar motores, después de vaciar los carros de pepinos “Rompedor 105” en el polvorín.
Años después y a base de leer e investigar, me entere que teníamos que haber tomado Plaza de España en una maniobra de pinza con la gente del Goloso que quedase en el RIAC Alcázar 61, que entrarían en Madrid por la N-1, uniéndose a nosotros.
Lo mas cachondo es que la gente que estaba en Zaragoza nos contó, cuando llegaron días después, que a ellos se lo pusieron muy claro desde el principio y que se iban a mantener fieles a la Constitución, al Rey y a la legalidad Vigente… y yo pensé que, a nada que alguien hubiese echado para adelante lo mismo no nos hubiésemos licenciado hasta 2010, fecha en la que, aproximadamente, hubiésemos terminado de arreglar el asfalto de las calles que hubiésemos dejado hechas puré sin las zapatas de goma de las cadenas.
Cabo 1º Bernardo Sainz / Cia. Plana Mayor de Carros
Quizá uno de los deseos de quienes echamos a andar este blog era, además de ir contando esas pequeñas historias que conformaron nuestra mili en aquel ya desparecido Wad-Ras 55, era servir de punto de encuentro de todos los que alguna vez pasamos por sus instalaciones, montamos en sus carros, comimos aquel "cafe con leche, bollo y bocadillo" de cada mañana...
Y el primero en llamar a la puerta ha sido el Cabo 1º Bernardo Sainz de la Cia Plana Mayor de Carros, Voluntario del 1º del 80.
Aqui están algunas de sus fotos con unas impagables vistas de las taquillas, las literas, los hangares de los carros...
Pasea tu vista, tu recuerdo y tu mente por el viejo Wad Ras 55 con estas fotos del compañero Bernardo.
Y mandanos las tuyas si quieres compartir con todos algun recuerdo de aquel tiempo ya lejano en que también estuviste vestido de caqui (O de azul).
-Para mi que es una leyenda militar; el caso es que al éste del recinto, dicen que hay una pista americana.
-Una pista …¿qué?.
-Si, se trata de ir pasando pruebas tipo pasar por debajo de una alambrada y todo eso…
-¿Y todo eso…? ¿Qué quieres decir con…y todo eso?
Pues que hay prueba incluso peores que la que te digo.
Esta ingenua conversación con Luis, fue la antesala de lo que era sin lugar a dudas una de las jornadas mas determinantes del periodo militar. La pista americana no era desde luego una leyenda, era algo real y tangible; había una pista, un lugar apartado y raro, con troncos, cuerdas, alambradas, hoyos, cuestas de cemento…en fin, un escenario extraño, casi irreal.
A la mañana siguiente de aquella premonitoria conversación, luego del desayuno se nos dijo que iríamos a realizar un ejercicio militar, dentro del mismo recinto y que había que estar bien uniformados, cetme (“novia”) en ristre, ya que la cosa iría en serio. La paradoja era indicarnos a la tropa que se realizaría “algo” en serio en aquel lugar.
Sobre las diez de la mañana, nuestra compañía, los casi doscientos cincuenta reclutas, desfilando al son de la dichosa canción de turno, en cuyas letras siempre habíauna mujercilla que nos esperaba, llegamos hasta la zona del campo, sin salir del recinto militar y ya preparado todo para… la “batalla”, con el fin de realizar elpaso de diferentes obstáculos que tenía la famosa pista…americana. Lo primero que llamaba la atención es su nombre: “americana” siendo como era una jautadadestroza tobillos y brazos, que mas daba de donde provenía su origen!, si bien el tiempo le ha dado cierto sentido al origen, quiero decir que…¿de que otro lugar podría venir el nombre?
El espectáculo dio comienzo y uno tras otro, los reclutas fuimos pasando por la pista, que comenzaba con las alambradas; lo peor no eran en si las propios pinchos, eran los cabos primeros, alféreces y demás ralea gritándonos para pasar deprisa y sin pincharnos encima. Aquello dejo totalmente sucio el uniforme, las botas, incluso el bigote que aun conservaba…
Luego el muro, después aquella pared como tumbada, con una cuerda que giraba sobre si misma para dejarte de golpe con la espalda clavada en el cemento. Pero de todas las pruebas, donde se formó un verdadero submundo fue en aquella especie de piscina vacía de agua, con algo más de dos metros de profundidad, a la que tenías que tirarte para luego…subir por el otro lado, algo impensable con el cansancio que ya teníamos en nuestras articulaciones. Los reclutas nos empezábamos ya a mezclar, algunos sencillamente no se podían levantar del suelo y es que luego se supo que hubo esguinces y roturas de tobillo, algún brazo roto igualmente y muchas, muchas magulladuras. En aquel agüero infernal cuando de un salto bajé, me encontré con casi cinco solados más,en el maravilloso arte militar del escaqueo, hasta que un cabo primero salido del averno, gritando como alma que lleva el diablo, como si aquello fuese realmente con él, llegó aamenazarnos a todos al calabozo, palabra mágica donde las haya para, no se bien como, subir todo el grupo de golpe por el borde, y seguir el …camino.
Recuerdo que terminadas las pruebas al dirigirme a mi amigo Luis para ver si se encontraba bien, pensé en para que servía esto en una época donde los botones destroza-ciudades lo dominaban ya todo. Luis llevaba barro en la cara, mezclado con un poco de sangre de algún arañazo. Teníamos magulladuras hasta en las pestañas.
Estando ya en Wad Ras, meses después, alguien comentó que en base a la reducción de tiempo en días de los llamados CIR, la pista americana ya no se haría más.
Cinco soldaditos en una tarde de domingo. Un cine del centro de Madrid. Un estreno rutilante. El más espectacular que daba la técnica de los años setenta…
La película estaba llamada a ser la nueva vía de la ciencia ficción: ALIEN, EL OCTAVO PASAJERO.
Ninguno de nosotros sabía nada sobre la trama, pero el cartel era realmente sugerente. “En el espacio nadie puede oír tus gritos…” Un lema atractivo que nos hizo comprar las entradas de entresuelo, eso si- para enfrentarnos con actores tales como John Hurt, al que unos años mas tarde llegué a ver en persona tomando un café en el restaurante Guría de San Sebastián y mi adorado Ian Holm, con un personaje que lo situó directamente en la historia del cine con humanos-robots incluidos.
La barandilla del entresuelo casi formó parte de la nave Nostromo cuando empezó la alucinante proyección. Todos y cada uno de los ruidos de los motores, la respiración de los personajes, el sonido del silencio del espacio…. parecía que estábamos inmersos en el particular universo de Ridley Scott. Quizá viajar lejos, muy lejos del cuartel era uno de nuestros objetivos y aquella nave servía perfectamente para nuestros propósitos. Sigournie, la protagonista, estaba pero que muy bien y un ligero toque erótico siempre viene bien a la vida del soldado. La música de Goldsmhit, sublime. Quién me iba a decir que conocería personalmente a este gran músico de cine en un concierto en Lérida allá por el año 2000.
Cuando la criatura, Alien, aparece finalmente, a todos se nos antojó una de las bestias del cine mas espantosas y portentosas que se han creado; No me refiero al que sale del pecho, claro, aunque ese momento en que rompe el pecho de John Hurt… difícilmente podrá ser retirado de las antologías.
Aquel domingo regresamos al cuartel desencajados. Yo particularmente, como cinéfilo (cinéfago) reconocí que habíamos asistido al nacimiento de una obra maestra, una renovación del cine de ciencia ficción mezclado con terror. Esa película marcaría un antes y un después.
Aquella noche me tocaba imaginaria.Como siempre me ponía la peor, la de 2 a 4 de la madrugada. Me levanté asustado posiblemente por la tensión acumulada tras la película, además de que el recluta que me despertó no fue precisamente suave:
-“Levanta, tío, te toca…”
Me senté en una silla metálicas en medio del pasillo que daba a las ventanas. Fumé mi consabido cigarro, compañero fiel sin duda, cuando de pronto entre el humo vislumbre la figura de …”algo” que entraba por la puerta de la Cía. Solo fue un segundo, pero un ALIEN clavadito al del film entraba a la Tercera de carros; de pronto la compañía entera era como el interior de la nave Nostromo, sus pasillos, la suciedad…. todo.
El caso es que quien entraba por la puerta no era otro que Fermín Esteban, alias “super rancher”, con su mono blanco (el Alien era negro) pero eso sí, adornado con la grasa que solo él sabía llevar con aquella galanura.
Me levanté asustado, calando cigarro hasta el final.
Fer Rancher se dejó caer en la litera tal y como llegó. Le oí comentar que venía muy cansado. Volví a sentarme y no dejé de mirar en ningún momento a la puerta…por si acaso.
A estas alturas del blog quizá sea necesario hacer un pequeño alto y comentar que todas estas batallitas, historias verdaderas que sucedieron en un lejano tiempo militar, no están escritas desde la añoranza del pasado. Al contrario, es una ligera capa de crítica sutil lo que les va dando forma. Es una forma, casi un exorcismo, de quitarnos de encima aquellos meses de encierro infumable, aquella aplastante sensación de inutilidad permanente, de pérdida de identidad, de….
Tras esta aclaración, nada mejor que pasar a introducir, casi cinematográficamente, una de aquellas ¿estúpidas? movidas con que nos encontramos poco antes de llegar al viejo Wad Ras. Noviembre del 79, C.I.R. de Alcalá de Henares. Martes, jornada de gimnasia general. Esa fatídica fecha era la marcada en la agenda de no recuerdo qué general de brigada para presenciar unas tablas gimnásticas llevadas a cabo por cinco barracones al completo.
Nos avisan con urgencia que nos pongamos el uniforme de gimnasia, es decir, camiseta blanca de manga corta, pantalón corto azul marino, calcetines blancos y sus correspondientes zapatillas, todo ello según el vestuario reglamentario. Así de aparentes nos sacan (en realidad no íbamos nunca a parte alguna, nos sacaban...) a formar y corriendo a paso ligero llegamos hasta unos barracones que hasta entonces no sabíamos lo que contenían.
Ese día lo supimos: docenas de troncos. ¿Troncos...?
Si. Troncos de casi cuatro metros de longitud. Separados por un metro más o menos, cada tronco llevaba pintado un aro azul oscuro.Sendos reclutas fuimos invitados a que lo cogiésemos para llevarlo, nuevamente corriendo a paso ligero, (-pesaba lo suyo-) esta vez a las pistas deportivas, futuro escenario de las juras de bandera, por cierto.
Una sencilla operación matemática nos permitirá hacernos cargote la situación:500 troncos a cuatro reclutas cada uno….2000 soldados.
El show consistía en colocarlos todos en la pista deportiva y separar cada grupo-tronco a unos 2 metros aproximadamente. Los cuatro reclutas de cada tronco, eran numerados del 1 al 4. Me correspondió el 1 por suerte y/o por desgracia. Unos altavoces, señalaban los pasos a seguir en aquel demencial espectáculo que se estaba preparando, precuela de unos todavía inimaginables juegos olímpicos de tercera.
Estaba claro que los mandos militares, con el general de brigada a la cabeza, realmente iban a disfrutar de algo grandioso.
El altavoz, para mi desgracia, indico que los números 1, -es decir yo-, debían trepar al tronco de casi cuatro metros mientras que los otros tres componentes nos sujetaban.
Debo señalar que cuando era jovenzuelo, la clase de gimnasia era un verdadero suplicio para mí, en especial cuando se trataba desubir la cuerda. Por tanto aquella experiencia fue obviamente traumática. Incluso recuerdo que parte de mi virginidad acabó “limada” con aquel tronco.
El caso es que ...subí; pise las cervicales de uno de loschavales, el hombro del otro y luego al tercero,mas pequeño -ese fue quien sufrió más- le pisé su bien rapada cabeza para impulsarme a las alturas. Mientras, un grotesco brigada chusquero no cesaba de gritar como un poseso animando a los tres (ya amigos míos para siempre) a sujetar bien el "palo" y a un servidor a subir tanto, ¡tanto! que poco menos me faltaban metros para elevarme mas, quizá solo para escapar de aquella pesadilla.
¿Terminaba allí la historia? ...No, solo era el comienzo. Mi mente, elevado como estabaen las alturas, presenció el espectáculo más impresionante que llegue a visionar durante toda la mili.Docenas de troncos, la mayoría con alguien arriba y tres reclutas debajo en plan macetero.
En lo alto, ansioso por terminar, esperaba oír las órdenes de descender, pero el oficial que hablaba por el altavoz quizá hubiera muerto. No decía nada, que bajáramos, por ejemplo, así que desde allí arriba, el visionado se hizo aún más original, ya que los troncos empezaban a girar sobre si mismos debido al cansancio general. Hubo troncos que caían al suelo con recluta incluido y que chocaban con los deal lado…
La situación se hacía cada vez más insostenible. Mi tronco comenzó a girar y con él mi cabeza.Deseé con todas mis fuerzas que los de abajo hubieran desayunado bien para poder sujetarme un rato más y me enfadé con el destino por no saber con exactitud que mal habíamos hecho para merecer semejante tortura.
El altavoz habló finalmente, pero no fueron buenas noticias. Es increíble, pero ordenó sujetarnos a los de arriba con el brazo izquierdo y el derecho ponerlo en cruz. Recuerdo que llegué a pensar en serio que si luego nos decían de colocar en cruz el brazo que ahora nos sujetaba, las narices serían sin duda parte importante del ejercicio.
No obstante, a los pocos segundos, quizá observando el triste las órdenes cambiaron: podíamos bajar al fin. (Bueno, bajar ya pocos, muchos habían caído hacía rato).
Mas que descender, caí literalmente sobre mis tres compañeros. Menos mal que estaban tan cansados que ni lo notaron.
Los mandos, probablemente, ya ni nos miraban. El del altavoz ordenó recoger aquellos "fálicos" troncos y llevarlos de nuevo al barracón.
Poco después, sentado en aquel gigantesco comedor, noté que la gente hablaba menos de lo habitual, que las cabezas estaban cabizbajas y que las miradas hablaban por si solas. ¿Los doce meses restantes...serían igual?
Luego supimos que hubo heridos en las caídas, aplastamientos por troncos, patadas no deseadas y, sobre todo, una sensación de inutilidad enorme.
Por la tarde, algunos mandos de la compañía nos preguntaron “orgullosos" qué nos habían parecido aquellos ejercicios…
Los destinados en la oficina de la Tercera Compañía de Carros rara vez teníamos que realizar servicios de guardia, retén y otras actividades similares. Sin embargo, cuando aquel día vi a mis compañeros llegar de Los Monegros, tras dos semanas de maniobras en el desierto aragonés, decidíponer mi granito de arenay,para paliar en la medida de lo posible, su cansancio, sus agujetas y su poco ánimo, decidí colocarme voluntariamente una guardia con lo que el salto de turno les permitiría descansar algo más.
Recuerdo que, a lo largo del servicio,me tocaron tres garitas, pero fue enla llamada "garita norte", -la más famosa de todas, muy alejada de la vida del cuartel ylúgubre como ella sola, donde viví una de esas historias que en la lejanía del tiempoparecen quizá algo "tontas" perocuyos minutos vividos me marcaronde forma tajante.
La noche era oscura yun viento sibilino de dientes afilados recorría aquel apartado rincón.
La garita estaba colocada a cierta altura y disponía de unas escurridizas escaleras más semejantes a las que podríamos encontrar en un castillo medieval que a las de un punto de vigilancia militar.
Las tres de la madrugada acababan de dar en el reloj que apretaba mi muñeca.El viento silbaba como en una escena depelícula de terror barata.La sensación de soledad era absoluta.Unnauseabundo e indescriptible olora humedad, semen, orina y miles de fluidos corporales de soldados aburridos atufaba mipituitaria. Ni las entrecortadas ráfagas que atravesaban el ventanuco lograban despejar el ambiente.
Aquella noche estaba de guardia el Capitán Goytisolo y eso solo podía significar que a todos los sentimientos que corrían por mi mente había de añadir uno más: el miedo.
Este oficial tenía una mascota muy famosa ya por todo el cuartel. Un perro lobo de lustroso pelaje y estampa fiera.Un animal de espíritu castrense que tenía muy asimilado su papel como vigilante de los vigilantes.
Sobre las cuatro de la madrugada hasta el aire parecía haberse silenciado. Me encontraba encogido, dejando solo los ojos las manos a la intemperie.Entonces lo vi.
Sigiloso, tan sibilino como el viento,se había acercado hastala base de las escaleras. Sus ojos se cruzaron con los míos y ambos noscomunicamos temores mutuos, quizá amenazas.
El animal jugo sutilmente la primera carta colocando sus patas delanteras en el primer peldaño. La boca abierta entre ruin y furiosa. Un extraño brillo recorría diente a diente lo que podía ser una sonrisa.En ese instante tomé una decisión extrema: disparar a bocajarro las veinte balas del cetme en el caso de que el maldito can subiera a por mí.
Pero el horrible animal parecía saber lo que hacía.Para él era un juego cotidiano asustar a los chavales, guarecidos metidos en una garita cual ataúd de cemento, que mantenían en vilo sus nervios en mitad de la madrugada.
De pronto, lentamente, sin apartar sus ojos de los míos,bajó las patas, ladró de forma atronadora sacudiendo todo mi cuerpo con un espasmo de terror, se giró y salió corriendo, al mismo tiempo que todo el vello de mi cuerpovolvía a su estado de reposo.
Pensé que hasta las estrellas se habían marchado estremecidas.
El gélido abrazo del miedo me alteró todos y cada uno de los músculos, aflojó unos y tensó otros en una alocada carrera por evitar huir, gritar, escapar…
Terminada la guardia, llegando de nuevo al Cuerpo de Guardia, al depositar el cetme en el
armero, algo se cruzó entre mis piernas: era el perro que, sin reparo alguno, se tumbó a mi lado como burlándose del miedo que él sabía que habíamos compartido. Segundos después, un silbido del capitán Goytisolo hizo que el animal se levantara, poderoso y agil. Antes de salir volvió su mirada y con esa boca abierta que yo ya conocía, esbozó de nuevo una irónica sonrisa. Aun recuerdo el brillo de aquellos dientes…
No volví a ponerme “de motu propio” guardia alguna. Habían sido demasiadas emociones.
Salir de maniobras siempre me produjo sensaciones difíciles de expresar. No solo se trataba de absurdas escapadas a parajes perdidos en los que dar suelta a las ensoñaciones guerreras de un grupo de oficiales ociosos. A veces, ese estúpido deambular por tierras mesetarias avivó en mí sentimientos que no he podido apartar, más de veinte años después, de mi mente.
En una ocasión, bastante memorable, llegamos con toda nuestra batería de camiones, tiendas y otros avituallamientos a Tarancón. Cadamañana nos trasladábamos a poblaciones cercanas con las más disparatadas excusas. Emboscadas, ataques sorpresa… en suma la mayor parte de las veces todo se reducía a arrastrar el cuerpo por el suelo, a veces polvoriento, otras embarrado,para conquistar puestos de ese enemigo que nunca se veía y al que siempre había que imaginar.
Un radiante mediodía, mientras el grueso de la compañía descansaba, decidí perdermeentre las callejuelas de uno de aquellos pueblecillos en el que colocamos el campamento base. He olvidado su nombre aunque no su vívida imagen.
Con un pitillo como única compañía fui adentrándome en el antiguo laberinto de calles y plazuelas hasta que, sin apenas darme cuenta, el bullicio de la soldadesca dejó paso a un silencio completo y profundo. Paré en seco mi marcha casi asustado. No se veía a nadie. La tropa parecía haber sido abducida por alguna extraña máquina de guerra. Los lugareños quizá estaban adormecidos en sus sofás frente al televisor. Nada ni nadie osaba alterar aquella paz, aquel silencio que supe y pude apreciar hasta casi sentir el dolor de la ausencia de civilización alrededor.
Mis pasos me llevaron, inopinadamente, hasta esa indefinida linea que separa lo construido del espacio abierto. Las casas bajas que me acompañaron en mi deambular se habían ido quedando apartadas, huidas ante mi paso y ahora solo un horizonte luminoso se abría ante mi.
Posé mi mirada en aquel exuberante mar de amapolas que me vigilaba sumido en la quietud.Entre algunas hierbas altas asomaban cientos, miles de amapolas lanzando destellos rojos al tórrido sol que las bañaba. Era tal la sensación de belleza, de paz, de naturaleza virgen y cálida que necesitépararme en seco de nuevo. Disfruté de aquel momento que se me antojó eterno en el que se conjugaban la luz limpia del fin de la mañana, la queda brisa campera, el irisado destello de las flores y el azul paternal de un cielo adolescente presto a derramar sus bienes sobre mi.
MI mente me transportó a lo que no podía ser mas que un virtual paraíso dentro de aquella pesadilla militar. Algo me dijo que nunca olvidaría aquella escena perfectamente cinematográfica.
Al fondo, en la lejanía, una ladera interrumpíael paso a los campos. El cielo, huérfano de nubes. Todo me pareció indescriptiblemente sencillo, puro, natural…
He olvidado cuánto tiempo permanecí absorto contemplando aquel perfecto decorado. No quería romper el mágico hilo que me conectaba con un “mas allá” de atrayente presencia. No obstante, la realidad, siempre dispuesta a asaltar nuestra vida, me llamó en boca de mi amigo Luis. En principio sus voces se confundieron con el íntimo rumor de las hojas y la brisa. De pronto noté su presencia tras de mi. Levanté la mano como indicándole que no hablara y él permaneció en silencio a mi lado.
Me giré hacia él y con un movimiento de brazos le indiqué que no se perdiera ni un solo ápice de aquel grandioso espectáculo. Me miró sorprendido y movió la cabeza como preguntándome.
Luis no pareció darse cuenta de aquella escena. Quizá solo pensó en las secuelas que la vida militar estaba dejando en su amigo. (Posiblemente llevaba razón). Mi supuesto éxtasis no conectó con su percepción de la realidad.
Me puso la mano en el hombro y me indicó que debíamos irnos. Dimosla vuelta y regresamos atravesando de nuevo las callejuelas del pueblo, hasta llegar a la zona donde varios camiones esperaban que llegara la diseminada tropa, y regresar así al campamento base en Tarancón.
Cuando nuestro camión arrancó no puede dejar de seguir con la mirada anhelante el trozo de paisaje que la lona dejaba al descubierto. Quería ubicar en aquel horizonte el lugar en el que las amapolas rendían culto al sol, al silencio y a la paz. No lo conseguí.
Muchas veces, a lo largo del tiempo, he recordado esta “secuencia”, este momento mágico con especial afecto, especialmente cuando necesitaba apartarme de los problemas cotidianos o relajarme ante una situación adversa ó negativa.
La hilera de camiones,renqueantes y oscuros, se trasladaba por carreteras secundarias al campamento base. Atrás, quizá solo en un perdido rincón de la memoria, un campo de amapolas seguía meciéndose al cansino ritmo de la brisa matutina. El sol, en su cenit, observaba la verdosa serpiente militar. Sabía que alguien, dentro de uno de los camiones, guardaba en la retinasu luz reflejada en un pétalo rojo de amapola.
Casi no había nadie en la Cía. La primavera era preciosa aquella tarde. Incluso el aire,en aquel barrio de Campamento, parecía limpio, respirable, bajo una cálida temperatura acariciadora.
Por uno de esos azares del destino, al acabar una de mis anodinas tareas burocráticas decidí descansar y no salir con algunos compañeros a dar una vuelta por las calles de siempre, fieles testigos de nuestra cotidiana existencia militar. Tampoco la cantina era destino de mi devoción, así que me acerqué a mi litera dispuesto a saborear ese cigarro que ejercía de calmante de mil nervios escondidos, de frustraciones ni siquiera reconocidas, de ilusiones aplazadas, de vida en estado de suspensión.
A través de una vaharada de humo puede distinguir entre el bosque de hierros que formaban las estructuradas literas de dos plantas, justo al fondo, tocando una de las ventanas, la figura de JCT encogido en postura fetal.
Algo en él me dijo que necesitaba ayuda. Me acerqué. Su reacción no hizo sino confirmarme en mi sospecha; me miró directamente a los ojos yobservé en los suyos el poso de mil lagrimas.Una compungida tristeza en su semblante me invitó a acariciar su frente, quizá a pasar mi mano por su pelo en un intento de transmitirle algo de esa energía que parecía haber escapado de su cuerpo. No me dio sensación de fiebre. ME senté junto a él en el preciso momento en que alguien, desde lejos, susurró con un tono de voz bastante audible: Joder, tio, ¿no lo ves?. ¡Necesita “chocolate”!.
Giré la cabeza y me topé de nuevo con un JCT balbuceante que asentía sin necesidad de articular palabra. Necesitaba su dosis, me comentó entre casi sollozos, y estando arrestado como estaba, le era imposible regalar a su cuerpo, a su mente, ese extra de vitalidad que necesitaba.
Trate de animarle y lo tapé aun sabiendo que una simple sábana nunca podría aplacar la gélida sensación de abandonada soledad que, imaginé, la droga le producía.
-No se lo digas a nadie, por favor!, volvió a susurrarme con una mirada asustada.
Me pareció evidente que un cigarro podría ayudarle. Fumamos juntos en una extraña comunión que no he olvidado. Nunca dije nada tal y como me pidió. No quise preguntarle qué tomaba, cual era "su droga". Le sentí calmarse a mi lado y noté que me invadía una agradable sensación de haber sido útil.
Pasaron lentos los minutos aunque ni él ni yo supimos distinguirlos en la escasamente acompañada soledad de la compañía.
Se acercaba la hora de la cena y JCT, con otro “Ducados”-calmante en sus labios, me cogió la mano. La apretó fuerte con la suya y me miró. Esa mirada quedó clavada en mi memoria para siempre.Fue una mezcla de dolor, pena, impotencia, quizá agradecimiento. No dijo casi nada, solo me dijo que me fuera tranquilo a cenar. Él no quería nada, no iba a bajar. Se quedaría solo, quieto, pensativo hasta la hora de pasar lista.
Dejé el resto del paquete de cigarrillos junto a él y bajé la escalera con algo parecido a una lágrima asomándose a mis ojos.
Nunca tuve una relación estrecha de amistad con JCT, pero desde aquel momento, una complicidad especial fue naciendo entre ambos. Algo que, lejos ya en el tiempo, no sabría explicar con exactitud.
Algún tiempo después, el día que terminé la mili, vestido ya de "normal" a punto ya de salir,le vi a lo lejos, sentado encima de una taquilla. Levantó su mano a modo de despedida. En su cara se dibujó una sonrisa leve pero franca. Nunca volví a verle.
Ahora he dejado de fumar. Quizá aquel “mono” de JCT haya tenido algo que ver.
El Capitán Rodrigo irrumpió, como era su costumbre, rápido y enérgico, en la nave de la compañía. Un tímido soldado de guardia en la puerta susurró casi un “Compañía, el Capitán” que puso en cuidado a todos los que habíamos librado ese día de bajar trotando a la parte baja de los patios donde dormían los carros.
Se dirigió a mí. Casi no me conocía aun. Yo sabía que quedaba poco para que una de las plazas de escribiente en la oficina quedara libre. De algún modo él sabía de mis aptitudes con las máquinas de escribir, con el lápiz, con el juego de la mente intentando no sucumbir a aquella decadencia.
Me miró y aquellos ojos claros parecieron taladrarme. –Nos vamos la semana que viene de maniobras, Yera. –Me dijo. Sería conveniente hacer un diploma como madrina de nuestras actividades a la esposa del alcalde del pueblo. ¿Te encargas?
Y yo, con una cara destilando sorpresa, me apresuré a decir que si. Aquello era un primer paso, pensé, para que “fuera llamado a su presencia” y apartarme del cotidiano y monótono ir y venir cuartelero.
-En la Plana Mayor tienes de todo, me dijo mientras daba media vuelta y volvía a salir por la puerta metálica verde, vigilada por el águila pintada en la pared, que daba a la escalera.
Por unos momentos casi no pude dar crédito a lo que había pasado. Recorrí las zonas nobles del acuartelamiento hasta dar con el escondrijo de varios soldados que parecían sobrevivir rodeados de rotring, mesas de dibujo y papel en sus más diversas formas y presentaciones.
No me miraron demasiado bien cuando interrumpí su apacible existencia. Les pedí cartulinas, reglas, rotring de varios diámetros, plantillas de letras… Me lo dieron sin mayor resistencia y respiraron hondo cuando cerré la puerta tras de mi dejándoles de nuevo en su descanso permanente.
Volví a la tercera compañía. Un inmenso vacío me recogió. Todos estaban en los carros o en algún servicio. Me sentí feliz por unos instantes. Todo aquel enorme salón me pertenecía. Era el dueño y señor de aquellas dependencias por algunos minutos, quizá horas. Y los rotuladores y plantillas iban a ser mis cómplices en aquella placentera experiencia.
Diseñé, de forma manual y casera, un primoroso certificado alabando las dotes de la señora alcaldesa de aquel pueblo que iba a soportar a una miríada de soldados anhelantes de libertad y a una piara de carros de combate dispuestos a arrasar los cultivos que osaran interponerse en su camino.
El tiempo pasó lentamente. Fueron tres días de concienzudo y solitario trabajo en una de las mesas que recibían el sol que caía a través de los enormes ventanales.
Una vez terminado se lo enseñé al Capitán. Solo una mirada. Solo un gesto de cabeza. Ahí quedó su aprobación. Ningún aprecio, ningún agradecimiento especial. La semana siguiente partimos hacia aquellas maniobras. El Capitán Rodrigo nunca me comentó nada del acto en el que entregaron mi diploma de madrina a la señora alcaldesa. Nunca la vimos.
Una de aquellas tardes, varios carros arrollaron los sembrados que flanqueaban la carretera. La madrina nunca apareció a saludarnos. El Capitán Rodrigo me miró al pasar. Juraría que me había sonreido.
La guardia se había desarrollado bajo el manto de la rutina. Pasear por los adoquines del patio en busca de la garita. Rememorar la libertad tras el ventanuco rectangular. Una mañana sencilla sin nada que rememorar…
Sin embargo, cuando ya los estómagos pugnaban por desbordar sus ácidos, una noticia nos sobresaltó el ánimo.
Una partida de habitantes de los calabozos del Cuerpo de Guardia, ignoro ahora si del propio cuartel o trasladados de alguna otra dependencia, iban a comer junto al grueso de la tropa. Y… ¡había que vigilarles!.
Por unos momentos la rutina se convirtió en acelerado golpeteo de un corazón inquieto. Vigilar a unos soldados ¿peligrosos? tenía reminiscencias de cine negro, de aventura policial, de Bogart fumando impertérrito mientras los gansters desfilaban ante él…
Nos formaron y nos aleccionaron. A cualquier movimiento…. disparo al aire. Las armas cargadas. El espíritu alerta.
El corto recorrido hasta el calabozo –casi en la entrada del cuartel- fue eterno. El fusil pesaba más de lo habitual. Notaba un sudor frío recorriéndome la espalda.
Escenas cinematográficas circulaban por el fondote mi retina mientras mis pies me llevaban sin remedio hacia aquellos ¿delincuentes?.
Barba de varios días, pelo alborotado, cierto olor a sudor recalentado…. Esas fueron las únicas señas de identidad de aquellos muchachos cuyo mayor delito quizá fue contestar a alguien vestido de galones o dudar sobre la rápida realización de una orden irreflexiva emitida por la garganta agria de un superior. Nunca nos dijeron sus faltas. Ni sus nombres. Eran unos uniformes jóvenes con cara alegre. Si. Su semblante no estaba cariacontecido ni ojeroso.Reían y gastaban bromas entre si mientras sus vigilantes, yo entre ellos, debíamos mantener la rígida compostura de la autoridad.
Dos filas armadas y ellos en el centro. Paso lento como de pies arrastrados. Los pulidos guijarros amansados por años de instrucción refulgían con el sol del mediodía. Los metales de los cetme irradiaban también el calor de una mañana casi veraniega.
Las cristaleras del enorme comedor a la derecha del edificio central estaban abiertas. Dos sargentos observaban nuestra llegada. Olía a un indescriptible guiso de lentejas con arroz que nunca más he conseguido tragar desde entonces.
Los prisioneros tomaron asiento en una mesa situada al final de la nave. Nosotros debíamos permanecer con el arma dispuesta mientras ellos comían.
Los observé mientras se esforzaban por engullir aquel endiablado menú.Podían ser como nosotros, como aquellos que dormían en la litera de al lado cada noche, como los que trotaban delante a paso ligero cuando bajábamos a los carros cada mañana, como cualquier otro soldado. Y, sin embargo, ejercían en mi una particular fascinación. Ya no me sentía su vigilante sino un omnipotente fiscal –quizá defensor- que horadaba sus actuaciones, sus miradas, sus gestos para adivinar la causa de su castigo.
Pensé en sus vidas reales, en sus trabajos, en aquellas que compartirían con ellos las horas de asueto, de cama…
En un momento la mirada de uno de ellos se cruzó con la mía. Bajé la cabeza como sintiendo vergüenza de tratar de atravesar su vida. Él volvió a su plato y yo, instintivamente, hice una suave presión en el gatillo de mi cetme para sentirlo ahí, frío ante mi cálida presencia.
Cuando algún tiempo después regresamos al comedor tras haberlos devuelto al calabozo, aquella mesa del fondo, vacía ya, todavía parecía mantener sus palabras, sus risas en un éter inabarcable que se diluía en los sucios reflejos de la bandeja del autoservicio…
Nunca más los vimos. La guardia volvió a la rutina. La tarde ya caía, gris plomiza, sobre el Paseo de Extremadura.