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Tiempos de mili en Wad Ras 55

Recuerdos, fotos, aventuras, nostalgias y añoranzas de la mili en el viejo cuartel WAD RAS 55 en el Madrid de los años setenta.

 
 
     
 
Sunday 26/March/2006 19:28

Sopa Castellana


Los rayos de un sol desperezado azotaban, ya de mañana, el patio de acceso a la cocina. Los soldados de servicio nos acercamos a las inmensas entrañas que abastecían los cuerpos y las mentes de aquellos reemplazos de juventud arrancados de su realidad.

Hasta ese día la cocina era solo un pulcro comedor gigantesco con olor a desinfectante. Pero todo estaba a punto de cambiar.

Nuestro paso, reflejado en los blancos baldosines de las paredes, era inseguro, incierto, desasosegado. El tacto de los adoquines exteriores era duro, recio, diríase viril según el vocabulario militar. Ahora, por el contrario, nuestro caminar se adentraba en un pavimento grasiento, rojizo, resbaladizo. El vientre del monstruo necesitaba alimentarse a través de grandes bocas de acero inoxidable de las que sobresalían enormes palas de madera ennegrecida. Fregaderos dantescos recorrían en todas direcciones las otrora blancas paredes. Un olor indescriptible parecía brotar de cada uno de los utensilios, de los muebles, de los quemadores…

Alguien nos indicó a dónde debía dirigirse nuestra curiosidad. Las titánicas ollas a presión parecían llamarnos con cada uno de los giros de sus tapaderas. La batería de fregonas y escobones silbaban aquella hipnótica canción con que las sirenas pretendieron abducir a Ulises camino de Ítaca y, por supuesto, atrajeron a varios compañeros.

Un bullir de verduras frescas guiñaba sus ojos ante los sorprendidos ojos de algún soldado que, cuchillo en mano, habría de sacrificarlas en aras de la vorágine hambruna de la muchedumbre.

Solo quedábamos tres soldados atónitos ante aquel infernal panorama. Una mano salida de la nada nos reclamó hacia el fondo.

El suelo pareció dejar su gelatinosa consistencia y se transformó en un polvoriento valle de harinoso tacto. También los aromas cambiaron del “grasa mugrienta” a “tahona”. La vomitiva sensación del comienzo de nuestro periplo abandonó las pituitarias. Ahora podíamos respirar e imaginar, quizá, aquellas panaderías de la infancia repletas de pan humeante recién parido por la portezuela ígnea del horno.

Bollitos_pan.jpg.jpgLos tres supervivientes fuimos conducidos hacia una habitación de aproximadamente cuarenta metros cuadrados en la que solo se podían dar dos pasos hacia delante. Algunas palas y una carretilla impedían el paso hacia el interior. Claro que, aun si los obstáculos, nos hubiera sido pan_moho.jpgimposible penetrar en aquel recinto: hasta donde alcanzaba nuestra vista el horizonte se limitaba a mostrar bollos y más bollos de pan. Si. Debían ser las sobras de los tradicionales “chuscos” de cada comida, de cada cena. Habían sido depositados allí sin orden, sin cuidado, sin la más mínima condición higiénica.Por un momento pensé que nuestra tarea sería ir cargando aquellos panes duros y depositarlos en algún vertedero próximo. Todos nos miramos. Podríamos haber ejercido de escaladores o quizá jugar como en los parques infantiles en esos pozos de pelotas de colores.

Fijé la mirada en aquellos bollos. Pertenecían a distintas generaciones; desde los casi tiernos que debían llevar un cautiverio de apenas días hasta los desahuciados que arrastraban una leve capa de moho verdigris. Una puerta abierta en algún alejado rincón de la nave hizo que una vaharada de húmeda consistencia atravesara mis fosas nasales. Había olvidado el agradable olor a pan que nos precedió hasta llegar a la habitación de los chuscos olvidados.¿Habríamos de proceder a su legal desaparición?. Eso parecía.

Pero no. El cocinero se acercó con parsimonia. Solo dijo:-Ya sabéis. Hoy hay Sopa Castellana…

Y la carretilla, con nuestra impotente colaboración, depositó los que antaño habían sido orgullosos bollos calientes junto a las inmensas bocas express que los engulleron rápidamente.

Tres soldados anónimos, sentados al fondo del comedor, no probaron aquel día el primer plato.

No recuerdo si tampoco el segundo…

Pedro A.


 
 
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Wednesday 22/March/2006 19:56

Al otro lado del muro


En las hojas de un arrugado calendario corría octubre del 78. Algo mas de veinte días habían transcurrido desde que la puerta del CIR de Alcalá de Henares se abrió para mi. Aquella tarde, de pronto, sin razón aparente, necesité estar solo. Me alejé del grupo de amiguetes que ya me había forjado y, sin decir nada a nadie, caminé en silencio, diría que emocionado, hasta los límites del CIR, un muro de ladrillo rojo desde el que podía divisar... la calle, la vida real, el “espacio exterior”. Necesitabaestar solo y saber que el mundo seguía existiendo fuera, tras los muros.

 

No puede dejar de observar a lo lejos a una muchacha que saludaba aleteando las manos y  con pequeños saltos a otro soldado que, apoyado en el muro, respondía absorto con la mirada palpitante.

 

tras_el_muro.jpgUn halo de polvo se acercaba por el viejo camino que se unía más tarde con la carretera que llevaba a Alcalá. Una zona arbolada, quizá un parque en construcción, aportaba una extraña serenidad a la escena.

Miré al soldado. Envidié ese lazo de comunicación con la vida al que se estaba aferrando. El exterior, la libertad, el mundo…Había tantas cosas alrededor de aquellos muros carcelarios…

Si por un extraño sortilegio nuestras dos mentes hubieran podido conectarse, el afán de ser libres, de amar, de sentir un cuerpo joven bullir y revolverse; la necesidad de abrir en la mente el boquete que nunca podríamos horadar en el ladrillo… ¡tantas cosas hubieran resultado compartidas!

 

 

De pronto me di cuenta que algunos soldaditos habían pensado lo mismo. El humo de un cigarrillo añoraba volar sobre rejas, piedra y encierro. Todos estábamos añorando la libertad. Esa que nos arrebataron a golpe de ley obligatoria.Ese preciado bien cuya pérdida nos dolía en órganos desconocidos hasta entonces. ¡Qué le duele a un soldado a quien han arrancado de su hogar, de su incipiente trabajo, de un amor en ciernes, de unos estudios de futuro, de una vida que comienza a ser la propia…?

 

 

Lo que solo debía ser un paseo, un ratillo para despejarse del encarcelamiento, llegó a ser un suspiro de la eternidad a que se nos había condenado.Un recién nacido otoño adornaba las jornadas con hermosos atardeceres aunque la lágrima de cruel impotencia, del absurdo encierro, no siempre nos permitía disfrutarlos.El de aquella tarde, no obstante, fue inolvidable.

 

El sol aparecía arropado entre nubes, entre rojos irisados, naranjas celestes y azules diáfanos. Un sol que consoló mi soledad sencillamente por ver en él al amigo que me acompañaba tiempo atrás por los campos del valle del Jalón, allá por mi pueblo, cuando finalizábamos de recoger la fruta…

 

Mi reemplazo, fue el último que permaneció sesenta y tres días en el CIR, de los cuales 36 fueron una lenta condena sin posibilidad de salir del infierno. Solo caminar uniformados por las calles rectas de bordillo blanco. Del comedor a la compañía. De las duchas a los talleres. De la granja al Cuerpo de guardia.

 

Muchas otras tardes volví a aquel muro a reencontrarme con la muchacha saltarina, con los coches flotando en el polvo, con aquella isla verde en el horizonte lejano. Y siempre, día tras día, el sol me ofrecía su último saludo. Allí en lo alto. ¡Libre!.

 

Mas tarde, agrupados todos en formación, las calles ya no eran iguales mientras desfilábamos al son de la vieja canción… :  "Adiós mi linda muñequita, cuando me marche no llores por mi..." El sol ni siquiera estaba ya sobre nosotros.

 

 Fermín A.


 
 
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Friday 17/March/2006 19:01

Luis, siempre Luis.


Luis, se apellidaba Franco -¡nada menos!-. No sé bien como nos conocimos. Entre doscientas cincuenta y pico almas recién llegadas al CIR de Alcalá, es difícil rebuscar el momento exacto en el que nuestros caminos se cruzaron.

Miro hoy la foto oficial de aquel reemplazo enplan “¿Dónde esta Wally?” y le percibo, unas filas mas abajo, con su rostro entre triste y enojado, mirando con perplejidad al objetivo. Luis miraba así. Siempre me llamó la atención su mirada.

luis_franco.jpgYa en Wad Ras 55 llegamos juntos hasta la puerta, como no queriéndonos separar, formandoequipo ante un futuro que intuíamos negro y oscuro. Hablando, comiendo juntos, paseando por las callejuelas del cuartel y observando las noticias del telediario en el teleclub fuimos transformando la amistad en complicidad. La mera cercanía en intimidad. Compartimos dolor y esperanza.

Luis era la ternura personificada. Su humanidad, fuera de lo común en aquel lugar, le hacía comprensivo, paciente… No negaba su necesidad de afecto; no se hacía el valiente ante lo que consideraba denigrante; pedía cariño, ser escuchado…

Tenía una novia añorada allá en la vida “real”. Leía con emoción las cartas que recibía, hablaba continuamente de ella. No me cabía duda de su amor.

Salíamos los fines de semana yalgunas tarde por Campamento. ¡Cuántas palabras, vivencias, emociones y sensaciones compartimos en aquellos paseos! Es curioso como el tiempo nos aleja y aparta de las cosas que nos rodean en el momento, pero siempre haysituaciones y personas muy en el interiorde cada uno que perduran férreamente, que viven en un eterno bucle y que siempre están a punto de brotar cuando el recuerdo fluye.

Luis fueun amigo en aquel final de los años setentapero su presencia aun hoy me hace poner en solfa si el tiempo borra en realidad situaciones compartidas. Dejo volar el recuerdo y huelo de nuevo el tren, elaire nuevo que inunda el vagón cuando abro la portezuela para bajar en mi estación y Luis siguehasta Barcelona.Nos parecía que se arrancaba algo de cada uno al darnos la mano y mirarnos fijamente, despidiendo dos vidas unidas en aquel universoverdicaqui.

Ahora, pasados tantos años, lo imagino casado, siendo un padrazo y persona muy vital, con esa sonrisa que ya entoncesse apellidaba como él: franca.

Nunca le dije que para mí fue un pilar importante, que soporté aquello gracias a tener personas como él a mi lado… quizá ahora es el momento.

Aquellas tardes de paseo, aquel zoo que una vez nos cobijó en un día en que el verano empezaba a despuntar, aquel apretón de manos… El convoy partió definitivamente y nunca más nuestros recorridos se cruzaron pero Luis me sonríe todavía desde la ventanilla del tren de la vida. Gracias, amigo, por haber estado…por estar ahí.

Fermín A.


 

 
 
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Wednesday 15/March/2006 19:40

Águila"


El orondo Sr. Carlos me recibió con su particular mirada desasosegante: el ojo izquierdo miraba a la derecha y hacia arriba mientras que su otro ojo, el derecho, lo hacia con mirada baja y aún mas a la derecha…

No supe a qué atenerme. No me gustaba la cocina. Odiaba aquellos cálculos ingentes de calorías aplicadas a un rancho que, lamayor parte de las veces, no alcanzaba el teórico nivel que me esforzaba en obtener.

Circulé por aquellas dependencias como alma que lleva el diablo durante algunos días, pero el tiempo, esa inmensa balsa en la que nadábamos en el cuartel, me hizo ir cambiando de opinión con la rápida lentitud que solo la vida cuartelera es capaz de imprimir a cualquier decisión.

Aquel peculiar cocinero jefe no estaba solo. Y no me refiero a sus acólitos, ayudantes y personal de a pié que, servicio a servicio, se encargaban de mantener en alto el poderoso vientre del monstruo militar.

aguila_cocina.jpgHabía alguien más en aquella cocina. Era, sencillamente, “Águila”. No era el mote de un bruto muchachote del norte, ni el apodo del Capitán de cocina. No. Era, en verdad, una rapaz que pululaba por las cocinas sin que nadie supiera ni recordara su origen ni el tiempo que llevaba haciendo su particular “mili”.

“Águila” era portentosa en su físico, de figura rotunda; en algún momento de su existencia quizá fuese un animal limpio y de bellísima figura. Pero ahora una espesa capa de grasa cubría sus plumaje. “Águila” era ahora lo más parecido a un perro pulgoso de un barrio de arrabal.

Me encariñé del animal. Y yo que siempre fui algo reticente a dar de comer a cualquier bicho con pico, alimentaba de vez en cuando a la rapaz con trozos de carne fresca y robada del almacén…

Mi cariño hacia aquel ser triste y solitario –quizá éramos almas gemelas- me hacía sentir cierta ternura hacia ella. Mis caricias y atenciones ocasionaron que el animal de vez en cuando me siguiese a todas partes, con el consiguiente disgusto de Carlos el cocinero, que decía que le molestaba en los momentos cumbre de “su” cocina.

Pretendí en ocasiones librar a “Águila” del grasiento envoltorio de sus plumas pero me fue imposible: aquella capa inmunda formaba ya parte de su anatomía. Recuerdo sus ojillos, mucho mejor colocados que los de cocinero jefe;sus pasos seguros por las baldosas de la cocina, siguiéndome como si yo fuera su única esperanza, quizá su único amigo en aquel recinto casi carcelario para ella.

mas humano que muchos de los que paseaban por el cuartel. “Águila” no volaba, nadie sabía si alguna vez lo hizo, pero se intuía que no, pues supuestamente lo recordaría y de ser así seguro que hubiera “volado” de éste lugar.

Eran meses de invierno y “Águila” se posaba a mis pies. Me daba calor y afecto en aquel mundo donde era tan difícil conseguir un atisbo de humanidad.

Terminó mi estancia en la cocina y me marché de permiso sin tiempo siquiera de despedirme a mi amiga rapaz.

Mi vuelta tuvo un objetivo casi único: volver a sentir el calor de “Águila”.

En aquel momento, Carlos removía una gran cacerola, parecida en tamaño a la de Asterix y sus pócimas. Le pregunté por “Águila”y no me contestó. Seguía removiendo el contenido de la gigantesca olla de metal. Me acerqué y observé el lento girar de una sopa espesa. Sin saber la causa sentí un escalofrío.

Volví a interrogarle. Levantó uno de sus ojos hacia mí. Titubeó. –Desapareció hace unos días, me dijo.

Una voz preguntó el menú a lo lejos. Carlos giró su otro ojo hacia un punto indeterminado a su izquierda y gritó:- Sopa de …… pollo.

Aquella noche no cené.

 

Fermín A.


 
 
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Tuesday 14/March/2006 21:10

Tarde de Aplauso...


 

Aquella tarde festiva algo opresivo me arropaba. Frente al televisor de la compañía, en el ahumado teleclub, sentado en un ajado sillón tapizado en cuadros negros y amarillos, mi interés se posaba en el rayo de luz que atravesaba la pared. Pocos soldados quedaban en aquella semidesierta habitación. Olía a joven humanidad efervescente trufada con tabaco y sudor. Pero no era un olor que sacrificara mi olfato. Recuerdo un telefilme de los “Estrenos TV” con temática familiar aunque era el sol acariciando el muro quien realmente merecía mi atención. El recuerdo pugnaba por remover conciencia y realidad y la desesperada huída para olvidar que, ese fin de semana, no había habido pase.

Echaba de menos la vida que brillaba fuera de los muros cuarteleros, quizá no tan real como la que vomitaba el televisor.

El olor ambiental podía recordar el de ese vagón de tren en el que habitualmente regresaba a casa. La pantalla del televisor ofrecía ahora una tontorrona sintonía publicitaria. Quizá la película había terminado. El sol llenaba ya más de la mitad de la oscurecida pared.

Dos soldados se levantaron y se marcharon. Tras la puerta entornada pude ver, extensa, gélida, la nave repleta de literas y taquillas. ¿Era el mismo sol quien las iluminaba?.Una cisterna de los cercanos baños alteró mi abstracción. Un moscardón ronroneaba alrededor del metálico marco verde de la ventana entreabierta. Ninguno de mis más cercanos amigos estaba allí. Solo el Sol. Y el televisor encendido.

aplausotve1.jpgMe arrellané en el sillón moviéndome para evitar clavarme uno de sus muelles desvencijados. El sol se acercaba ya peligrosamente por el pavimento tras haber invadido la totalidad de la pared frontal.

Levanté la cabeza y observé el otro lado del patio. Ningún movimiento. Nada ni nadie parecían alterar la calma. El Sol estaba a punto de lamer mis botas.

La pantalla reclamó mi atención de nuevo. Si. Era APLAUSO. La voz de Uribarri me trasladó de nuevo. En ese momento, los Pecos cantaban una canción… para Pilar.

El moscardón ya no se oía.


 
 
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Sunday 12/March/2006 14:14

Pásate por el directorio de blogs


No solo quienes compartimos aquel tiempo en Wad Ras tenemos este blog para rememorar aquel tiempo. Otros grupos de amigos, compañeros, etc. también lo tienen.

Si quieres pasarte a verlos estan en:

 

www.directorio-blogs.com

 

Saludos a todos. Navegantes. Gracias por venir.


 
 
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Sunday 05/March/2006 21:29

La noche me miraba...


Dormir vestido, cargado con un arma muy pesada, con botas, correajes y sobre una litera prostituida por cientos de personas en similar circunstancia, no es algo deseable. Aquella noche el invierno había dejado paso a un tímido escarceo primaveral con lo que todo aquel vestuario empezaba a pesar más aun. La segunda guardia me permitiría echar una cabezaditaantes de volver a escuchar el machacón toque de diana, así que intenté cerrar los ojos y dejarme llevar.

Alguien roncaba abiertamente en aquel cuerpo de guardia maloliente. La luz parpadeante que atravesaba el muro tampoco incitaba al descanso. Un inmisericorde transistor, supuestamente con poco volumen, se dejaba oír en una indefinida lejanía.

Un cetme cayó al suelo con el estruendo propio. Los cetme dormían junto al soldado, como la sublimación de un sexo imaginado. Podía sentir el mío junto a mi costado derecho en una erección perenne y fría recordándome el próximo despertar.

Entre aquella marabunta de ruidos, recuerdos y sueños con los ojos abiertos, el reloj avanzó cruel hasta que una mano me zarandeó el hombro. Era el momento.

Un grupo de soldados se había levantado también y se disponían a crear una lánguida formación que acompañaría al cabo hacia la búsqueda de la garita perdida.

El caminar cansino me permitía saborear la brisa nocturna no especialmente desapacible bajo el tabardo. Con ritmo autómata unos soldados subían y otros bajaban a las distintas garitas del recorrido. Algo me decía que mi destino estaba al fondo, en la última garita del último rincón del cuartel.

garita03.jpg
En efecto. Tras la cómica contraseña y el intercambio de miradas con mi antecesor, subí despacio las escalerillas que ascendían hacia aquella caseta blanqueada. Casi instantáneamente escuché el rumor de los pasos que se alejaban. Estaba solo frente a la inmensidad de la noche.

El suelo estaba húmedo. El aire, ligeramente enrarecido, destilaba un dulzón aroma a sexo solitario. Mi antecesor debía haber viajado al séptimo de los cielos a la espera de su rescate terrestre. Miré por aquel recuadro abierto a la vida que quedaba frente a mis ojos. El resplandor de la noche madrileña se dejaba ver más allá del universo conocido. Los alrededores, en aquella última parcela cuartelera, se reducían a ramas secas, escombros y piedras en suspensión. No era posible que en aquel olvidado rincón se produjera una invasión, ni que nadie tratara de huir. Nada ni nadie interrumpiría mi complacida vista.

Fijé mi vista en la continua riada de luces intermitentes que serpenteaban por el inquietante y lejano horizonte. Me apoyé en la pared y abandoné mi mente. El rígido cetme respiraba tranquilo con la empuñadura sobre la untuosa superficie del suelo. Las estrellas parecían reír y susurrar entre ellas. Una sinfonía de claxon inquietaba a las escuálidas ramas que azotaban el muro. Un gato ¿quizá una rata? Cruzó veloz mi campo de visión.

La noche me miraba.

Pedro A.


 
 
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Sunday 05/March/2006 09:53

Bocadillo de hígado con aros de cebolla… (Fermin el Ranchero. Parte II)


Las últimas luces de la ciudad, a lo lejos, parecían brotar tras los muros con una cadencia melodiosa. No se escuchaba el rumor de la vida en aquel exterior hipnotizante. La compañía estaba sumida en la tenue oscuridad del primer sueño. Alguna litera chirriaba al compás del giro cansino de algún soldado insomne. Un pestillo mal enganchado dejaba entrar ráfagas de brisa nocturna al fondo, junto a la puerta del cuarto de la televisión.

El imaginaria estaba apoyado en una de las ventanas. Podía distinguirlo desde mi cama. Quizá añoraba otra noche, otro tiempo, otra compañía…

La litera inferior estaba vacía. Fermín, el intrépido ranchero, aun no había terminado su ronda de cazuelas y ranchos pero yo lo esperaba. Aquellas charlas a media voz, aquel intercambio de soledades, ese humano calor que hace olvidar el abandono de la vida real…. eran momentos por los que valía soportar todo un día de anodina disciplina militar.

Una sirena apagada pareció limitar mis pensamientos. El Paseo de Extremadura bullía a esas primeras horas de la noche. Las luces del Cuerpo de Guardia brillaban opacas junto a las farolas exteriores.

bocadillo_higado.jpg.jpgDe pronto, la puerta metálica de la tercera compañía de Carros se abrió con el alegre sonsonete que solo mi amigo el ranchero podía imprimirle.

Si. Era él. Me volví en la litera y le vi llegar con su andar inconfundible. Su mono, verde grasiento, su peculiar efluvio a cocina, a condimento, a salsa y fritura, me envolvieron. Pero no era una sensación desagradable. Era el olor de la vida dos pisos más abajo. Como en las mazmorras, los almacenes de los cargueros, las plantas inferiores de las naves estelares a cargo de Kirk y Spock…

Se acercó sonriente en medio de la penumbra. Acercó su mano hacia mi en un gesto de investigación sobre mi estado de vigilia. Levanté la mía y ambos supimos que empezaba otra pequeña confesión, otro sutil intercambio de experiencias pequeñas y sin importancia, otro comienzo de noche preludio de una mañana repetida hasta el infinito.

Se sentó en su litera. Yo bajé también. Me tendió algo envuelto en un papel aceitoso. Algo caliente que hizo que todo mi sistema digestivo se pusiera en posición de ataque.

Sonrió de esa forma peculiar suya de ofrecer su humanidad a quien la necesita. Abrí el envoltorio. Un aroma de tasca repleta al atardecer, de tapa arropada de amistad, se elevó desde aquel bollo tierno –recién sacado del horno- relleno de tiras de hígado frito con aros de cebolla.

Nunca un bocadillo así me supo tan a gloria. Entonces empezó la conversación, queda, susurrante, en medio de un mar de ronquidos o de algún naufrago masturbador al fondo, junto a la ventana que dejaba entrar ráfagas de brisa…

Pedro A.


 
 
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Tiempos de mili en Wad Ras 55
 
     
   
 
     
 
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