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Tiempos de mili en Wad Ras 55

Recuerdos, fotos, aventuras, nostalgias y añoranzas de la mili en el viejo cuartel WAD RAS 55 en el Madrid de los años setenta.

 
 
     
 
Thursday 16/February/2006 20:14

Noche de poesía


La luz tenue de las farolas del patio central del cuartel dibujaban formas cambiantes en la pared empapelada. El Capitán Rodrigo había decorado su despacho con viejos muebles, quizá de deshecho, quizá sobrantes en alguna remodelación de su casa. Otra luz, también mortecina, se dejaba ver en uno de los rincones somnolientos.

Acababa de terminar alguna de las rutinarias tareas del día. La nave de la compañía estaba empezando a quedar desierta. Me senté en aquel sofá de “skay” cuarteado que, sin duda, había vivido horas de mejor gloria. Sus cojines verdes denotaban el cansino paso de los tiempos.

Paseé mi vista por la colección de fotos de trajes militares antiguos que adornaban la pared. Los movimientos de la luz del crepúsculo, unidos al resplandor de la lámpara de mesa, los hacían titilar a mis ojos. Quizá corrían en un pomposo y celestial desfile, en una parada militar que solo para mi tenía lugar…

lampara cuerno.jpgLa lámpara, un curioso ejemplar con un cuerno de ciervo como mástil, dejaba caer sus lánguidas luminarias alrededor. Un clima fresco invitaba a mantenerse despierto. Al fondo, la corneta gemía haciéndose eco de alguno de los toques vespertinos.

Abrí el libro. Una antología poética. El verso, mi amigo, mi compañero, me proporcionaba momentos de paz en aquella orgía de sinsentidos. Dejé pasar el tiempo sin rozarme. Él circuló a mi través sin yo notarlo. Y el poema se hizo noche. Ya solo la lámpara horadaba mi presencia. El libro se hacía más y más páginas. El verso renacía en cada una de ellas.

Un brillo especial me distrajo. Un rayo tímido acariciaba la punta tétrica pero bruñida del proyectil de carro que el Capitán había colocado junto a su mesa. Un peculiar sentido de la decoración. Un toque de lucha. Una pizca de bombardeo. Un soplo de muerte. Un espejo de horror.

De pronto el reloj se hizo presente y la manecilla de la puerta se abrió. Era él. Había olvidado que ese día estaba de Capitán de Cuartel. Estaba dando una vuelta por “su” compañía.

-¿Qué haces, Yera?

-Leo, mi Capitán. (Hice ademán de levantarme para saludar)

-Quieto. No te muevas. Tranquilo. ¿Qué lees?

-Poesía, mi Capitán.

-¡A ver!, me dijo, extendiendo el brazo para que yo le tendiera el libro.

Lo miró extrañado. Sus ojos pasaron de la sorpresa al asombro. Volvió a mirarme y me devolvió el libro.

Ni él ni yo supimos qué decir.

-Buenas noches, Yera. –Me espetó mientras daba media vuelta y su bigotillo rezongaba.

-Buenas noches, mi Capitán. Contesté.

No cerró la puerta. Observé sus pasos pequeños. Siempre andaba así. Se alejó en la semioscuridad y oí que entraba a la compañía. Escuché al primer imaginaria, aturullado.

¿Qué hora será?, -me pregunté.

Cerré la puerta y volví a sentarme.

Un nuevo verso me esperaba.

Pedro A.


 
 
  Sin comentarios  · autor: ferapaly  ·  sección: General  
     
 
Tuesday 07/February/2006 07:27

"La grapadora voladora" o "Nunca las primeras impresiones fueron las correctas"


Allí estaba. Había vuelto de uno de los innumerables permisos que tenían los “oficinistas” de la compañía. Su gesto era huraño, quizá engreído. Seco, Adusto. Austero. Su voz transmitía autoridad. Podría haber sido un mando de la compañía. No me cayó nada bien en un principio. ¡Qué había hecho aquella persona para tener una vida mejor que la de los pobres reclutas que llegamos días atrás!

fer_pedro.jpgLe recuerdo saliendo de lo que llamábamos el “teleclub”, una habitación que apestaba a tabaco y en la que unos sórdidos butacones rasgados dejaban descansar nuestros asustados cuerpos mientras hacíamos como que veíamos la televisión.

Se acercaba despacio, majestuoso, como en un pedestal móvil o un paso de la semana santa. Quizá me saludó. Quizá no.

Pasaron los días y un inexplicable giro del destino aunado con un bucle de la providencia hizo que nuestras voces, nuestras miradas, nuestras manos, se unieran de nuevo. He perdido los detalles del encuentro en el largo camino del calendario pero la imagen siguiente me devuelve a un Fermín –sí, hablo de él- humanizado pero no descendido de su estrado. Su concepto de la perfección, de la rutina, de la actividad cotidiana, no podía ser contrapuesto, ni discutido, ni alterado. Las cosas eran y debían ser de la forma y manera que él disponía.

Hasta grapadoras me arrojó en alguna ocasión cuando, presa de la desesperación, intentaba hacerme volver al redil de las reglas marcadas, de la orientación fija, de la verdad absoluta…

Fermín era la norma inextinguible, la ruta prefijada, el guión estudiado. Y todo eso, en aquel universo de autoridad sin respiro, de obediencia sin pausa, no dejaba de tener su encanto.

Ese encanto se fue adueñando de aquel gruñón compañero de fatigas. Juntos cogimos en volandas al Brigada Centeno –Saludos, D. Fernando- y reorganizamos la oficina de la tercera compañía del batallón de Carros. Cuando él se marchó, el traspaso de poderes fue sencillo y emotivo, cariñoso y eterno. Tan eterno que hoy, a punto de cumplirse tres décadas de aquel momento, el lazo sigue firme, la amistad ha florecido y sus raíces han penetrado tan profundamente que ni él ni yo podríamos extirparlas de nuestra alma.

Entre los enfados y los malos entendidos siempre hubo un guiño a la complicidad, una mirada comprensiva, una mano tendida, una sonrisa solidaria, una búsqueda común.

Terminado el encuentro militar, un cuadro de los primitivos flamencos –creo recordar- fue el detonante de una nueva etapa de papel y taquígrafos. Nuestra vida se “adocenó” disfrazada de sobre normalizado. Uno enseñábamos las cosas del saber, el otro catequizaba almas ingenuas y las preparaba en el santo camino de Altabás. Uno tendía la mano a los cuerpos jóvenes para que saltaran los obstáculos de la ignorancia. El otro aportaba su brazo a las almas adolescentes que quizá buscaban algo en el escalón siguiente al del mundo cotidiano y miraban hacia un creador en busca de respuesta.

Uno y otro, al fin, miramos al progreso y lo fuimos encontrando en las pupilas de alumnos y estudiantes, de aspirantes a vestirse de futuro con nuestra ayuda.

Fermín creció en Diego y en Laura, yo en Alba. Y ambos bebimos el néctar de los dioses de mano de Inmaculada y de Ana, enviadas, sin duda por el Olimpo para ofrendarnos cuanto de excelso nos deparaban los tiempos.

El perfeccionista Fermín se vistió de persona; yo, acaso, me disfracé de maestro. (¿No es acaso un disfraz anteponer el conocimiento ajeno a la propia ignorancia?) Y las grapadoras que una vez nos buscaron en el éter espeso de una oficina militar se transformaron en papeles, cartas, emails,en los quela vida fue transcurriendo sin descanso.

El huraño oficinista del principio se transformó en la íntima sombra de la conciencia; el adusto soldado en amigo del alma; el engreído en luz que acompaña; el “mando” en compañero…

¡Cuantas confesiones, emociones, lágrimas, compartimos¡ ¡Cuánto calor nos dimos¡

Pêdro A.


 
 
  Sin comentarios  · autor: ferapaly  ·  sección: General  
     
 
 
     
 
Tiempos de mili en Wad Ras 55
 
     
   
 
     
 
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