Le recuerdo saliendo de lo que llamábamos el “teleclub”, una habitación que apestaba a tabaco y en la que unos sórdidos butacones rasgados dejaban descansar nuestros asustados cuerpos mientras hacíamos como que veíamos la televisión.
Se acercaba despacio, majestuoso, como en un pedestal móvil o un paso de la semana santa. Quizá me saludó. Quizá no.
Pasaron los días y un inexplicable giro del destino aunado con un bucle de la providencia hizo que nuestras voces, nuestras miradas, nuestras manos, se unieran de nuevo. He perdido los detalles del encuentro en el largo camino del calendario pero la imagen siguiente me devuelve a un Fermín –sí, hablo de él- humanizado pero no descendido de su estrado. Su concepto de la perfección, de la rutina, de la actividad cotidiana, no podía ser contrapuesto, ni discutido, ni alterado. Las cosas eran y debían ser de la forma y manera que él disponía.
Hasta grapadoras me arrojó en alguna ocasión cuando, presa de la desesperación, intentaba hacerme volver al redil de las reglas marcadas, de la orientación fija, de la verdad absoluta…
Fermín era la norma inextinguible, la ruta prefijada, el guión estudiado. Y todo eso, en aquel universo de autoridad sin respiro, de obediencia sin pausa, no dejaba de tener su encanto.
Ese encanto se fue adueñando de aquel gruñón compañero de fatigas. Juntos cogimos en volandas al Brigada Centeno –Saludos, D. Fernando- y reorganizamos la oficina de la tercera compañía del batallón de Carros. Cuando él se marchó, el traspaso de poderes fue sencillo y emotivo, cariñoso y eterno. Tan eterno que hoy, a punto de cumplirse tres décadas de aquel momento, el lazo sigue firme, la amistad ha florecido y sus raíces han penetrado tan profundamente que ni él ni yo podríamos extirparlas de nuestra alma.
Entre los enfados y los malos entendidos siempre hubo un guiño a la complicidad, una mirada comprensiva, una mano tendida, una sonrisa solidaria, una búsqueda común.
Terminado el encuentro militar, un cuadro de los primitivos flamencos –creo recordar- fue el detonante de una nueva etapa de papel y taquígrafos. Nuestra vida se “adocenó” disfrazada de sobre normalizado. Uno enseñábamos las cosas del saber, el otro catequizaba almas ingenuas y las preparaba en el santo camino de Altabás. Uno tendía la mano a los cuerpos jóvenes para que saltaran los obstáculos de la ignorancia. El otro aportaba su brazo a las almas adolescentes que quizá buscaban algo en el escalón siguiente al del mundo cotidiano y miraban hacia un creador en busca de respuesta.
Uno y otro, al fin, miramos al progreso y lo fuimos encontrando en las pupilas de alumnos y estudiantes, de aspirantes a vestirse de futuro con nuestra ayuda.
Fermín creció en Diego y en Laura, yo en Alba. Y ambos bebimos el néctar de los dioses de mano de Inmaculada y de Ana, enviadas, sin duda por el Olimpo para ofrendarnos cuanto de excelso nos deparaban los tiempos.
El perfeccionista Fermín se vistió de persona; yo, acaso, me disfracé de maestro. (¿No es acaso un disfraz anteponer el conocimiento ajeno a la propia ignorancia?) Y las grapadoras que una vez nos buscaron en el éter espeso de una oficina militar se transformaron en papeles, cartas, emails,en los quela vida fue transcurriendo sin descanso.
El huraño oficinista del principio se transformó en la íntima sombra de la conciencia; el adusto soldado en amigo del alma; el engreído en luz que acompaña; el “mando” en compañero…
¡Cuantas confesiones, emociones, lágrimas, compartimos¡ ¡Cuánto calor nos dimos¡
Pêdro A.