Dicen que los amigos que uno hace durante el servicio militar, son amigos ya para toda la vida. Pienso que es así, empezando por los que incluso ya nunca más has vuelto a ver, esos que llevas en el recuerdo, ese tipo de personas que en un momento dado te escucharon, ayudaron, acompañaron y en definitiva estaban allí en el momento justo.
Luego los hay que por circustancias mil, han seguido manteniendo una relación. De entre todos aquellos, quisiera destacar a una persona que es el más claro ejemplo de amigo con raiz militar que resulta ser para siempre: mi amigo Pedro.
Pedro era y es fundamentalmente dos cosas: poeta y maestro. Lo de maestro lo lleva por verdadera vocación, aunque de primeras no lo quisiera reconocer y lo de poeta es por devoción.
Pedro es de físico grande, pero por necesidad, lo que el cuerpo necesita justamente para poder llevar un corazón enorme; ese es su caso. No quiere que se le noten flaquezas ni lágrimas, si eso ocurre se inventa un poema y punto, a los amigos les sobra con eso, salimos ganando incluso.
Mi amigo lo es desde le 79, cuando el último día de marzo pedí comerme un recluta crudo y se me topó delante.
Nuestra relación es curiosa, básicamente nos hemos conocido mejor luego que durante la mili y…por escrito, a base de bolígrafo, sobre y sello, de máquina olivetti y ahora por moderno ordenador, mediante el correo electrónico. Hablo de docenas de cartas, repletas de variados contenidos, llenos de sentimientos, broncas, curiosidades, malos tragos, viajes de impresión, pormenores laborales…un sin fin de trozos de vida, muchas veces encontrados a nivel opinión, pero que precisamente por ello, nos hemos acercado mucho mas de lo que imaginábamos en aquel servicio militar.
Pedro enseña sobre la vida básicamente, entre las materias que tiene que impartir introduce la opción humana, descarga corazón y solo pide que algo de lo que dice, impregne a los chavales, para mejorar, para apreciar lo mejor del entorno vital.
Para mi ha sido… lo es aún, un maestro igualmente, sin querer serlo. Pero es inevitable que cuando uno ejerce el oficio por el que seguramente ha nacido, sin querer enseña.
Del servicio militar, al menos del que yo hice, solo dos cosas de valor conseguí aprovechar: apreciar lo que tenía en casa y el comienzo de una “hermosa amistad”.
Dice el dicho: “El amigo nuevo es como el vino nuevo, mas deja que se haga añejo, y entonces lo beberás con deleite.” Por ello, ahora que hace27 años que nos conocemos que nos hacemos añejos cual vino de buenas cepas, aprovecho aquí, donde hablamos sobre la mili, para darte las gracias.
Si supieras lo mucho que me ha servido tu lección sobre las pupilas de los niños; la de cosas que he visto ahí dentro, las de sensaciones que se pueden apreciar en ellas.
En fín, estás ahí Pedro, justo dentro de un poema que un día me regalaste y aparcó en mi interior. Ya no hay forma de arrancarlo.
“Café con leche, bollo y bocadillo”. La cantinela era siempre la misma. La escuchábamos formados bajo el caer crepuscular. Se leía la orden para el día siguiente y quedábamos todos enterados de quien asumía el mando, los servicios de plaza y aquel único artículo inicial que decía:-otra cantinela-“La fuerza de este regimiento se dedicará a instrucción con arreglo al programa”.
El programa siempre era el mismo.También nosotros. Tampoco variaban mucho los menús que ocupaban siempre la última parte de la “Orden general de la Brigada…”
Más o menos ya nos habíamos aprendido que con tal o cual capitán en las cocinas generales “del reino” comeríamos más o menos pero las variaciones eran escasas. Antológica aquella “ensaladilla nacional” o las aguadas “lentejas con chorizo”.
Citar las fuentes llenas de huevos fritos o la infecta sopa castellana es solo tentar al destino. Era en las ocasiones especiales cuando aparecía el pollo a la cerveza e incluso las almejas a la marinera…
Todo ello regado, siempre, por el consabido “vino, gaseosa y fruta” que daba fin a la lectura.
El acto de comer, precedido de la ceremonia de no sentarse hasta recibir la orden, era un momento de competición. Nunca sabías si, al dar la vuelta por todos los compañeros de la mesa, la fuente tendría algún bocado para ti, asi que era primordial colocarse en los primeros pasos del giro sorpresivo de la comida y afianzar la posición con uñas y dientes.
El “Capitán inspector de comidas” fue, por épocas, Rafael Tejero Casajús, o José Varela Ampuero pasando por Jesús García Muñoz entre muchos otros cuyos nombres se borran en el devenir de los años.
Pero por encima de sus nombres, de su imagen ya borrosa en la distancia, siempre quedará en mi oído el sonsonete cansino del soldado que leía la orden cada noche… Jamón York con guarnición, cocido castellano, patatas con chorizo…. “Selectos y equilibrados menús que retorcíancuerpos jóvenes mucho más preocupados por “otros órganos” que por el estómago…
Los copos de una nieve esponjosa y sutil empezaron a arropar los patios y los tejados que divisábamos desde los ventanales de la compañía. Los prolegómenos de la navidad habían hecho mella en los soldaditos que dejaban la noche caer sobre sus gorras capadas. Unos ya no estaban y nos los imaginábamos llegando en trenes y autobuses al cálido abrazo de sus familias; otros tenían ya en la taquilla el pase firmado para huir durante unos días del universo militar envolvente que arañaba las páginas del calendario haciéndolas pasar lenta, imperceptiblemente despacio.
Los más aguardaban con una sonrisa nerviosa noticias sobre su situación. ¿Podrían mirar a los ojos al fuego del hogar? ¿Alcanzarían a besar tiernamente a sus novias para brindar por el año nuevo? ¿Correrían tranquilos por los parques vestidos de invierno en sus pueblos y ciudades de la mano de ese amor soñado cada noche?.
Los copos arreciaron. Jugaban deleitosos con el vaho cansino de los cristales como tratando de violar aquel sagrado recinto de jóvenes almas en suspenso.
De pronto alguien cogió su tabardo azul –un toque de malévola ironía en un mar de caquis irisados- e instó a los pocos que allí quedaban a unirse, como otros copos más, a la incipiente nevada.
El patio había perdido su piel de adoquines perlados y ofrecía una tierna moqueta blanquecina sobre la que deslizarse.
El frío era intenso. La emoción de sentir en la cara los copos acariciadores lo era más.
Risas; bolas de nieve estampadas sobre los azules abrigos como estrellas y constelaciones en el cielo eterno del soldado; oscuridad alrededor; alguna canción popular sobresaliendo de otra compañía; luces que se encienden aquí y allá…
Una estampa navideña, un pesebre en el que todos, sin distinción, éramos a la vez niños recién nacidos, burros aguerridos en el duro transporte, vírgenes sonrientes esperando una señal en forma de pase de permiso, ángeles anunciando la libertad que estaba por llegar, pastores de nuestras doloridas almas encerradas o –quizá en mayor grado- ovejas reunidas por el gran pastor en aquel redil rodeado de garitas inmundas.
La nieve no caló dentro de nuestros espíritus alborozados. La noche empezaba a tomar la luminosidad que la gran ciudad –cercana pero inaccesible- emanaba atenazando al cielo. Dentro, muy dentro, todos esperábamos el regalo de un Papá Noel dispuesto a llevarnos volando con sus renos al reino fantástico en el que llevábamos viviendo veinte años antes de que alguien añadiera la palabra “recluta” a nuestros nombres.
La Navidad siguió. De aquellos soldados de la foto, solo tres recibieron el ansiado permiso. El resto cambió las lágrimas por sorbos de anís seco; el nudo en la garganta se suavizó con orujo y la cara de circunstancias se disfrazó de hombría y de falsa fortaleza.
¿Quién era -es- Fermín "el Ranchero", alias Rancher? "Rancher", es un personaje entrañable, cariñoso, humano, acogedor, achuchable, encantador, amistoso, afable, comprensivo y presto a la más tierna de las interacciones, el estado de levitación es consustancial con su misma esencia. Las noches militares me lo devuelven arropado en grasa verde -el lo entenderá- y aromatizado en aceite caliente oliendo a calamares, higadillos o cebolla melosa. Y ese perfume, hundidos todos en la fría glaciación del paseo de Extremadura, sabía a cálido hogar. A mano abierta. A hombro donde dejar caer la lágrima del crepúsculo o la del amanecer. Ahora mismo imagino a nuestro "Rancher" sumido en el duermevela de la fiebre griposa y la imagen me devuelve el ambiente gélido de una tienda de campaña en los Monegros, o en Siguenza, en la profunda Castilla o en el árido Aragón. O el traqueteo inmisericorde del tablón en el que íbamos sentados camino de alguna maniobra en la caja nauseabunda de un camión desvencijado y sudoroso. Mi "Rancher" y yo, -ese es el orden correcto- volvemos a mirarnos en el vaporoso sueño de la fiebre. En el untuoso caer del calendario. En el lejano aleteo del bronquio dolorido. En la cerrazón pituitaria que evita el escozor de una respiración obligada. Y en medio de todo eso -a punto de derrumbarse por el ibuprofeno, el paracetamol o el mucolítico- aparece la nave desapacible de la tercera compañía de carros. O el pegajoso pavimento de la cocina, de su cocina, de ese infierno dantesco donde él era el satán mayor, el diablo recolector de almas, el que ofreció parte de su propia carne para sacarnos a todos de la desesperación... Mi gripe terminó hace unas semanas, pero me uno a la suya en un esfuerzo desesperado de reunir de nuevo las respiraciones, los alientos cansados, los ojos llorosos, las miradas perdidas, las manos extendidas... El lecho del dolor no siempre duele. A veces es la puerta de regreso al futuro o de llegada al pasado nunca olvidado. El vaso de la ouija duerme el sueño de los éperos. El boligrafo que escribía en automático, también. El botijo que envidiaba el agua de Tenerife en aquel cartel turístico que iluminaba nuestra oficina, dejó tiempo ha de refrescar el agua con regusto a orujo. Ni siquiera estarán ya pronto los adoquines que soportaron nuestros trotes en aquel paso ligero que tanto odiaba. Pero queda el sueño de la fiebre. Queda el universo escondido bajo las sábanas calientes. Hay un mensaje bajo ellas. Unas lineas escritas entre mantas, edredones y embozos. Las palabras se enturbian con el temblor febril. Pero están ahí. Alguien las dijo suavemente cuando acababan los años setenta del siglo pasado. ¡Hace tanto tiempo ya!. El mensaje sigue teniendo el mismo destinatario. Y las mismas inquietudes. Solo que pasadas por el tamiz que el tiempo fabrica con su paso. Que Fermin Esteban Miguel (Tres nombres, tres almas, tres amigos en uno) lo escuche desde su fiebre despejada. Que lo busque más allá del prospecto del jarabe o de las instrucciones del radiador. Él sabe cual es. Él siempre ha sido el alma de las ouijas, de las escrituras automáticas, de las sonrisas enigmáticas, de las ojeras pintadas de barba de tres días, el soporte de la deseperanza, el ánimo del decaimiento, la sonrisa de la búsqueda...
La botella de vino hace buen juego con el frasco del antitusivo, incluso con las grageas amigas del pulmón. ¡Qué no arregla un sorbito de vino al calor de la hoguera del recuerdo! ¿Y el mensaje? Esa es le pregunta. Y también la respuesta.
Puestos ya en el tema, esta es una foto reciente de Fermín Alonso; como se puede apreciar los años no pasan sin más.
25/11/1.978. Cuantas preguntas en un mundo tan diferente y extraño, tan duro e irreal. Pero allí estaba el chaval, viviendo días nulos y negativos en cuanto a trabajos sin sentido, pero creando cada vez más lazos de amistad con el resto de los que allí se encontraban y que eran de alguna manera parecidos en las formas de ver las cosas, la vida en general. En ocasiones charlaban en los ratos libres de cosas trascendentes, como si les hiciese falta tener que hablar de cuestiones con sentido para alejarse del irreverente mundo caqui.
Se acercaba el dos de diciembre, llegaba la Jura de la Bandera y la instrucción cada vez era más y más dura, pero también salía mejor. Se notaba a la tropa algo contenta, los militares de oficio creían que por llegar a la Jura, ya que en realidad los chicos notaban que terminaba el tiempo de instrucción militar más duro; luego suponían que ya en sus destinos, con trabajos más fijos y normales todo sería algo más relajado. Todo ello les animba y se reflejaba en los desfiles; el caso era terminar.
Imborrable sería aquella tarde en la que a toda la compañía ensayaría el himno de Infantería, sobre todo por ser uno de los protagonistas Fermin, ya que él sería uno de los cuatro reclutas a los que se les mandó cantar, a solas, a capela el recién aprendido cántico; el muchacho, muy nervioso, subió a un escenario que se improvisó en un patio interior de la compañía, desde donde un alférez joven e instruido por lo visto en la música, daba ordenes a los soldaditos para cantar de manera acertada el himno. Pero a Fer no se le notó apenas su nerviosismo a la hora de cantar el “Ardor Guerrero”:
Ardor guerrero vibre en nuestras voces y de amor patrio henchido el corazón entonemos el Himno Sacrosanto del deber, de la Patria y del Honor ¡Honor!
Alfredo garabateaba con su majestuosa pluma unos versos –que aun conservo- apoyado en una de las mesas que tantas noches hacían oficio de casino, de tasca, de noble escritorio, de puerta al más allá. Destilaba ese efluvio con que solo la poesía es capaz de asolar la pituitaria del entendimiento. Sus palabras parecían caer suavemente, como desprendidas de su imponente humanidad, y posarse con extrema y cariñosa cautela en sus acompañantes.
No era posible olvidar sus pasos por los pasillos de la Compañía, sus retazos de vida contada al hilo de unas páginas vestidas de “Alauda”, su sonrisa amplia, franca y sincera.
Alfredo era la calma, el sosiego, la paz. Su brazo no nació para empuñar más arma que un poema. Jamás un subfusil adquirió un rango más literario que en su mano.
Con Alfredo Ybarra, la conversación tomaba tintes de confidencia, de susurro, de confesión íntima, de cálido intercambio.
Cuando volvía de un permiso –lo recuerdo- su presencia tapiaba de nuevo los huecos que la soledad del viejo cuartel horadaba en sus compañeros. Era un amigo, un alma gemela, un espejo donde reflejar la existencia y un eco con retorno que satisfacía las ansias de escapar, de volar fuera de las garitas y los pabellones.
Algunas noches, muy pocas ahora en el recuerdo, Alfredo colocaba su dedo firme junto al gélido cristal del vaso comunicador que nos ponía en contacto con el infinito. Y su cara cobraba color de misterio y matices de diabólica complicidad.
Cada mañana, con cada toque de diana, Alfredo volvía a recordarme que la vida existía más allá del cuerpo de guardia y de la última garita junto al campo de tiro. Aquellos días, aquellos meses en el viejo Wad Ras nos abrieron el cuaderno de la vida de Alfredo y nos sentimos, por momentos, partícipes de sus páginas, protagonistas de un minuto de su vida, de un poema perdido en su Alauda, de una lágrima –acaso compartida- en espera de la libertad.
No sé si Alfredo recordará estos instantes, ahora congelados en el arcón de la memoria. Tampoco recuerdo si una vez le dije “gracias” por haberme hecho sentir tan igual y tan distinto en las pardas tardes monótonas de la vida cuartelera.
Veintitantos años después quizá sea el momento de reparar los olvidos históricos, de reflotar los viejos sentimientos… “porque somos un mismo canto”.
Si, así se llamaba uno de sus versos que me mira ahora, descarnado, vestido de papel amarillento en el fondo de su carpeta azul antaño.
Leo aquellas palabras y algo dentro de mi se estremece.“Compañero, nos quedamos solos,/ solos con nuestra garganta/ en la ignorancia del momento”
Solos los dos/ insatisfechos/ …/ Son momentos de sueño/ cuando el caudal de la sangre/ se desborda/ llenando aquellos rincones/ que la absorben/ y nos vemos solos,/ Pedro amigo…
Alfredo, amigo, desde el pábulo de la vela noctámbula atada a las alturas, hoy te invoco hasta mí de nuevo. Te llamo en tus palabras… “nuestras fuerzas son las flaquezas que aparecerán… perdidas las ilusiones. Y nos quedará una caja medio vacía con la imagen de un niño y su eterna pregunta bajo el brazo…”
Ya no existe aquella mesa en que me dedicaste el verso, ni siquiera las cuatro paredes que acogieron espíritus juguetones y velas insomnes. El águila pintada en el escudo de aquella pared voló también, desmembrada, al vertedero infame de los escombros profanados. Solo quedamos tú y yo sobrevolando un mar de arena, “de polvo en el que nosotros, como granos, nos escondíamos”.
La piqueta sacudió con gran estruendo el muro derecho. Un trozo de pared cayó al suelo. Un cartel de madera, pintado a mano, se desprendió y vino a caer a los pies del operario.
El obrero, absorto, pisó aquel pequeño adorno que una vez, en un tiempo lejano con sonido a clarín, un tembloroso recluta pintó a mano con todo su esmero.
Sobre fondo blanco, con trazos dorados y negros, el obrero habría podido leer: 3ª Cia. Carros.
Pero no lo leyó. Otros cascotes cayeron inmediatamente y lo sepultaron.
Entre ellos sobresalía un trozo que parecía ser.... si. No hay duda. Una cabeza de águila -pintada en una esquirla de yeso desprendido- parecía desafiar el final...
Corrían tiempos difíciles. Atentados, nerviosismo... terminaban los años setenta. La Transición, el ejército...
¡¡Carros a la calle!! se oía en algunos pasillos y en bocas a quienes no pondremos nombre...
Y nosotros, los pobres soldaditos de este blog, vestidos para la ocasión, guardábamos los flancos de un entierro. Un general. Tras nosotros, empujando ferozmente, grupos de ultraderecha gritaban hasta desgañitarse invocando al anterior jefe del Estado. Intentaban romper nuestras filas, invadir la calzada... Una señora de bastante edad blandía un bastón de madera noble rematado con una espectacular cabeza de felino seguramente de oro. Otro individuo, pasos atrás, vociferaba hasta perder el aliento consignas contrarias al gobierno.
La comitiva desfilaba en un silencio interior solo retocado por las marchas militares de las bandas que acompañaban los restos del finado y por los comentarios del público.
Algún soldado, en la otra acera, cae como fulminado. Nos miramos y hacemos un gesto de impotencia compasiva. Nada podemos hacer sino mantenernos firmes en nuestro lugar, con el arma en "presenten".
Por momentos el miedo hace mella en nuestro ya de por sí decaído espíritu. Ni recordamos a qué hora nos han levantado. Limpieza general de armas, de dorados, de botas... revista para estar "guapos" y militarmente presentables ante el pueblo.
El cortejo es interminable, o al menos eso nos parece. La música nos marea. El ruido nos aturde. El miedo nos tambalea. La vejiga se llena lenta pero perceptiblemente y notamos cercana la necesidad de vaciarla.
¡¡Carros a la calle!! se oye tras nosotros.
Y pensamos que, ¿quién sabe? si eso ocurriera, nosotros seríamos los conductores, los ocupantes de estos carros a los que nunca pudimos llamar tanques mas que en las peliculas de la segunda guerra mundial...
Por un momento, mi mente se desconectó del espectáculo -dantesco y desorbitado- y se meció en el melosamente ruidoso traqueteo de uno de los carros que nos trasladaba a unas maniobras. Llegábamos a uno de los muchos pueblos. Los chavales corrían a vernos. Las señoras se apartaban con sus bolsas de la compra. Alguna joven se asomaba la balcón y quizá vislumbrábamos en ella a aquella otra que nos esperaba o sospechábamos que era ella quien echaba de menos a uno de nosotros...
La calle principal del pueblo -entonces no había circunvalaciones- retumbaba a nuestro paso. ¿Y si fuéramos una fuerza de ocupación?. Veleidades de soldadito aburrido. O de vigilante asustado a ambas orillas de la Puerta de Alcalá que, impertérrita, veía subir al armón rodeado de banderas.
En la margen derecha, dos manzanas por debajo, un soldadito cerraba los ojos y recordaba...
En el pueblo alguna vez había visto el “mondongo” ó la matacía, es decir, matar los tocinos y sacar de ellos todo el provecho posible, con sus morcillas, longanizas, jamones y demás surtido de alimento porcino. Siempre habían matado uno ó dos cerdos, cada año.
Aquella mañana, tras la instrucción, un teniente, un par de sargentos y varios cabos de primera, reunieron a la compañía cerca de las cocinas del cuartel, del CIR (Centro Instrucción Reclutas) en ALCALA DE HENARES y aquello, no era habitual. El teniente preguntó a los reclutas si sabían idiomas. Un recluta le dijo a Fer poco antes, intuyendo lo que podría suceder, que ni se le ocurriese levantar la mano para nada. Cuando parte de la tropa fue distribuida por diferentes lugares: limpieza de corrales, también de letrinas, algunos para depositar los platos en la multitud de mesas del comedor (hablamos de casi 5.000 reclutas en aquel reemplazo), con los correspondientes vasos y cubiertos. En un momento dado un teniente pidió carniceros y aquel recluta que avisó a Fer le dijo que ahora sí, que levantase su mano. Evidentemente Fer no tenía ni idea de tal oficio, pero que mas daba; elegido a su pesar, lleno de dudas, fue con un grupo de unos diez muchachos. Los llevaron a la cocina central y en una antesala enorme como de un almacén, de uncamión salieron un docena de cerdos que bajaban por una cuesta colocada para tal uso, de forma que cuando llegaban a un punto concreto con un montón de gente, se les colocaba unos electrodos enormes de oreja a oreja de cada animal para…¡electrocutarlos! literalmente.
¡Como saltaban y chillaban aquellos animales!.
Una vez realizada la enorme matanza, diez tocinos eran colgados de unos garfios y de allí se les lavaba con sumo cuidado con mangueras especiales hasta que, en un momento dado los depositaban en unas mesas de mármol largas, muy largas para en se momento, los carniceros comenzar su tarea: cortar a trozos y filetes los cuerpos de diez tocinos. Ahí estaba Fer.
Fer, vestido con un delantal de un blanco inmaculado, cuchillo en ristre y acompañado por otros nueve muchachos, esos sí carniceros hizo lo que pudo, que fue poco y mal; sus filetes eran gruesos y desde luego lo pasó mal con tanto corte a trozos de carne todavía fresca, aunque ésta fuera de cerdos, vivos hacia unos minutos y en sus manos de carnicero novato y torpe ahora.
Pasadas ya unas horas, notó que incluso cierta habilidad había aprendido, se fijaba todo lo que podía de su reciente amigo, incluso cuando le dijeron de que aquello terminaba, se miró el delantal de plástico blanco y rojo sangre y pensó que éste comienzo era una especie de premonición: blanco, cerdos, sangre, todos un sin sentido.
Aquella carne abastecería a los reclutas del CIR durante mucho tiempo, sin duda, pero seguro que los mejores chorizos nunca llegarían a la tropa.
Al terminar agotado aquella tarea, marchando a cenar se encontró con Luis al cual le preguntó como había vivido el día, el muchacho se le quedó mirando con rostro triste, muy triste y luego le explicó su destino: levantó su mano al preguntar a la tropa por gente con idiomas y fue así como lo mandaron a limpiar a los cochinos, en éste caso vivos, un corral entero. ¿Qué tenía que ver una cosa con otra?, nada en realidad y eso precisamente sería el tono general de la lógica durante el tiempo de instrucción, lo contrario precisamente: la ilógica total, el rebajar a la persona, prepararla para… nada.
Así que uno limpió corrales y cerdosy otro los descuartizó, ¡vaya pareja!
Ellos no sabían aún, que aquello fué el inicio de una bonita amistad durante el servicio, tanto en éste CIR como en el Campamento de Wad Ras, 55.
Una larga caravana de camiones caqui cargados de jóvenes cansados. Carros de combate interrumpiendo el tráfico. Cocinas móviles camino de inhóspitos desiertos...
Asi eran las maniobras. Semanas de acampada bajo lonas circulares o en pequeñas tiendas donde no más de tres soldados se arremolinaban para huir del frío.
Y ejercicios de tiro, comidas al aire libre, camiones ducha de indescriptible aspecto, polvo en suspensión en los más recónditos pliegues cutáneos, heridas de unas botas demasiado crueles, cabezas embotadas, frío, mucho frío en los parajes desérticos de Los Monegros, en Corral de Almaguer, en Brihuega...
Las maniobras abrían pequeños horizontes en la férrea y compartimentada vida militar, pero ¡a qué precio!.
Tras una dura jornada, el descorazonador descanso sobre un maloliente saco de dormir usado por generaciones anteriores que no dudaron en cumplir cualquier necesidad biológica -húmeda- en su interior. Y excursiones de insectos curiosos que acudían presurosos a olisquear al soldado dormido para exprimirle venas, arterias y cualesquiera otras sustancias absorbibles...
Tiros sin diana, punterías retorcidas, rancho cálido a la bruma arenosa, sol de justicia y frío, mucho frío... (No es una contradicción: tras el caluroso día, la gélida noche).
Y en medio de la desolación, unas confidencias casi susurradas de los unos a los otros al calorcillo tenue de una hoguera ridícula o apretando cuerpo contra cuerpo sin más atisbo erótico que el impedir tiritar los músculos o castañetear los dientes.
Ese amor reciente dejado en el pueblo; esa nostalgia de no se sabe qué pero que te ahoga la garganta cuando el sol se pone en el horizonte y a tu alrededor solo hay piedras holladas por las cadenas de los carros; esa mirada que echas en falta; ese sexo juguetón que casi has olvidado; unos labios en los que quisieras depositar un trozo de tu propia alma pero que tienes lejos, muy lejos...
Esos eran los verdaderos habitantes de aquellas tiendas de campaña. No unos soldados astiados o sobresaturados, no. Eran sus recuerdos, sus añoranzas, sus deseos quienes dormían a saltos y a veces con miedo en medio de una espesura negra sin estrellas.
Las maniobras eran una luz que pretendía encender algo nuevo, pero en realidad apagaba poco a poco la ilusión de escapar al mundo real. Ahora estabas frente al universo entero sobre ti, pero nada ni nadie podía sacarte del rectángulo o del círculo donde tu uniforme te apresaba. Al final siempre amanecía, pero sobre la superficie del planeta, al menos en el trozo árido sobre el que estabas, solo había lágrimas que nunca hacían germinar nada. Más allá unas cacas de soldado con el intestino humillado por el rancho infecto te recordaban la triste realidad.
Una trompeta sonaba en la distancia mientras el sol salía de nuevo a recrearse en nuestra mísera existencia...
Cuentan las crónicas periodísticas que el viejo Wad as 55 ha sido devorado -o lo está siendo- por miríadas de viviendas sociales. Sus patios, aquellos pabellones, los hangares de los carros, (No digas tanque, di carro.... que diría el inspector Clousseau...), las garitas de tantas noches en vela, la cantina, las inconmensurables cocinas.... todo ha sucumbido a la especulación inmobiliaria o, sencillamente, al polvo del olvido.
De lo que no cabe duda es que aquellas instalaciones militares vivirán siempre en ese rincón de la memoria de quienes allí se dejaron jirones de juventud, casi de adolescencia.
Aquel patio frío en una mañana de diciembre... el toque de diana... el gélido aliento de la inmensa nave de la tercer compañía... Todo eso vive. Y aqui vamos a empezar a ventilarlo de nuevo.
Por ejemplo, ¿recuerdas aquellos carros antiguos que adornaban el patio justo a la entrada, cerca del mástil de la bandera y frente al cuerpo de guardia....?
El viejo Wad Ras 55, en Campamento, fue depositario de historias, de vidas, de emociones, de llantos, de tardes de paseo, de guardias en garitas al viento, de litros de alcohol en la noche... pero también de amistades que han trascendido al tiempo y al derribo de sus paredes.