Mediante el uso de herramientas intervencionistas, y muchas veces concebidas y ejecutadas a contrapelo de lo establecido por nuestra CN., el Estado, además de burocratizar su gestión y aumentar en forma exorbitante el gasto, termina desalentando la producción de riqueza.
En la actual coyuntura, el gobierno con absoluta estrechez de miras, o por afán vengativo de sus gobernantes, imposibilitados de absorber el sinsabor de la derrota sufrida en el congreso, lo que los descalifica como estadistas, entorpecen y paralizan las actividades del sector que mayor cantidad de divisas genera para el país, el campo. La torpeza y la voracidad fiscal de nuestro gobierno, hoy manejado por el ex presidente, ignora la urgente necesidad del sector, de articular una política de largo plazo, que despeje la incertidumbre generada por la experiencia del conflicto que se creía terminado y que a ojos vista, hoy está peor que antes, dado el aumento de los costos en dólares de los insumos y la caída de los precios internacionales del grano, que de no mediar las retenciones-inconstitucionales todavía-, podrían ser absorbidos y dejar todavía margen importante de ganancias al productor, especialmente al pequeño y mediano, que por su estructura es quien más lo sufre. Esta situación, sumada a la falta de conducción técnica de la economía, está generando otro innecesario "bache" en el crecimiento económico, e incrementando el descrédito internacional que padecemos, lo que podría convertir el bache en un precipicio.
Esta coyuntura, rica en oportunidades para el desarrollo del país, atentos a una mayor demanda de alimentos originada en el crecimiento económico exponencial de los últimos años de países como China e India, está siendo burdamente desaprovechada. Argentina (el país de la eterna potencialidad) goza del clima y las tierras adecuadas, para producir alimentos para 300 millones de seres, con un consumo aproximado de 15%, lo que nos dejaría un saldo exportable del 85% de esa teórica capacidad, que no es poco decir. El desaprovechamiento de esa oportunidad, puede ser adjudicado a ignorancia de quienes gobiernan con el aval de la presidencia formal, y pasible de ser acusada por mal desempeño de sus funciones, o por otras razones que no viene al caso analizar. Si Argentina no tuviera la economía dirigista que padecemos, el campo hoy estaría dedicado a full en la producción de alimentos, sabiendo que sus márgenes de utilidad no serán confiscados, con fines espurios
Cualquier actividad económica legítima, debe gozar de la libertad necesaria, que permita su desarrollo competitivo, a propio riesgo, y aquellas actividades cuyos productos son exportables, con mayor razón, ya que la producción que se exporta, es la cimenta el crecimiento económico, y constituye las reservas genuinas. Un ejemplo harto conocido y cercano en el tiempo, es el de los países que habiendo perdido su infraestructura habitacional y productiva durante la segunda guerra mundial (Alemania y Japón), con la ayuda del plan Marshall, aprovecharon la oportunidad que les ofrecía el mercado, ávido de bienes no fabricados durante seis largos años que duró el conflicto, y se lanzaron a satisfacer esa demanda, viendo renacer así sus economías, lo que permitió que hoy sean parte del grupo de países más adelantados, con exportación de productos de primerísimo calidad a todo el mundo.
En todo caso, lo último que debe hacerse, es limitar las ganancias de estos factores de producción, ya que lo que debe gravarse es la utilidad neta de la actividad, y si es necesario algún tipo de ayuda del estado con el solo fin de aumentar la producción, no hay que dudar en hacerlo, sin llegar al subsidio como lo practican los Europeos y los Estadounidenses y en esta coyuntura el Brasil.
El gran error que cometen los gobiernos de cualquier signo, que pretenden manejar la economía por decreto, es ignorar que siendo la misma el fruto de la actividad del hombre, está íntimamente ligada a su instinto de conservación y por lo tanto a su egoísmo, en consecuencia, cuando se le impide obtener la justa contraprestación a su esfuerzo y dedicación, o como en el caso reciente se le pretende confiscar parte de su propiedad, el hombre deja de producir. Esto y no otra cosa es lo que ha demolido la existencia de los países comunistas.
Detrás del desarrollo de los pueblos, están aquellos seres emprendedores, que constituyen el motor que genera la riqueza y el bienestar de la gente, en pequeñas, medianas o grandes unidades de producción de bienes y/o servicios, que en un régimen de economía libre, son premiados por el mercado con utilidades importantes, que al ser reinvertidas, o incluso gastadas, transmiten a otras capas económicas parte de esa riqueza. Para participar de las mismas, que hacen al sustento y calidad de vida no exenta de dignidad, hay que estar atentos, y preparados para ocupar los puestos de trabajo generados, lo que permite solventar nuestra existencia. Los países considerados un buen lugar para vivir, son aquellos con mayor proporción de gente laboriosa. Contrario sensu, cuando la tasa de improductivos y ociosos es alta, y que viven de la caridad del estado, o como ahora se llama "inclusión social permanente", ese país deja de ser un buen lugar para vivir y desarrollarse.
Alguna teoría trasnochada, considera que si los márgenes de utilidad son muy grandes el estado debe confiscar buena parte de ellos para su "redistribución", y si sumado a ello, se pretenden establecer los costos del producto a solo juicio del estado, se completa el círculo de desaliento a la actividad, con lo cual se producen las pérdidas de empleos, riqueza e impuestos, con lo cual el factor interviniente se queda sin su parte.
Sin embargo, cuando el margen de utilidad es muy grande, se produce la concurrencia de otros emprendedores, que compiten activamente, generando un rebaja en los precios, que en principio beneficia al mercado consumidor, que baja el margen de utilidad promedio, y que también puede incrementar la producción que al abaratarse se hace más popular, siendo accesible a todos los bolsillos, todo ello sin la intervención del Estado benefactor, que se arroga el derecho de quitarle a quienes trabajan y producen para darlo graciosamente y sin ningún plan de capacitación, a quienes no trabajan, y que en innumerables casos han hecho del sistema de inclusión un medio de vida, sin preocuparse en buscar trabajo digno.
La tan mentada inclusión social, tal como se la practica, no es otra cosa que una mala distribución de subsidios escasos, sin ningún seguimiento ni instrucción o adiestramiento para la gente que ha quedado fuera del mercado laboral, por falta de agiornamiento de sus habilidades, por hacinamiento en las grandes ciudades, o por cierre de empresas, fruto de los bandazos de la economía que no puede dirigirse de prepo, y menos por el grupo de incompetentes que está en el gobierno.
Toda intrusión del estado en la economía, genera mayor burocracia, subsidios que terminan beneficiando a quienes no lo necesitan, y mayor corrupción, con el consecuente aumento del gasto público. Cuando impera el libre comercio, se reduce la burocracia, y la participación del estado se reduce a administrar la hacienda pública, cobrando los impuestos y distribuyéndolos a las provincias que los generan, brindando seguridad interna y externa, salud, y educación al pueblo que les dio el mandato. Y si el gobierno cumple con la CN., debe entregar a cada estado provincial, la coparticipación federal que le corresponde, sin hacer el vergonzoso proselitismo que todo el pueblo mira consternado, y que es tolerado por los gobernadores genuflexos, que accedieron al poder de la mano de quien construyó con dineros del pueblo, el poder hoy resquebrajado.
BRAULIO QUEVEDO
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