¡ SI FULANITO LEVANTARA LA CABEZA!
Cuantas veces hemos oído o pronunciado esta expresión; y es que tras la desaparición de cualquier persona, especialmente cuando se trata del “Pater familias”*, y en especial cuando sus descendientes no se entienden o dan un giro importante a la marcha de la casa. A veces hemos comentado, si estuviera aquí ( X), las cosas no irían de esta manera. O quan diferente eran las cosas cuando vivía... ¡ Si fulanito levantara la cabeza!
Pues bien, así es la vida. Las cosas cambian, y no necesariamente a peor. Los nuevos tiempos no siempre siguen los pasos de las antiguas costumbres, y los vivos no necesariamente siguen los pasos, ni siquiera los consejos de los que nos precedieron.
Las riendas del futuro están en las generaciones venideras, y los que actualmente estamos supuestamente al mando de la nave, sólo nos cabe dejar marcadas las riendas, para que los que nos sigan, traten de acomodar los nuevos tiempos a las circunstancias venideras. Pero sería ingenuo pensar que así lo harán.
El futuro es un devenir; no está escrito. Y tal y como observamos en la actualidad, a toro pasado, todo el mundo interpreta la crisis; sin embargo nadie había previsto de manera certera la que se nos venía encima. Por tanto, ¿qué cabe dejar escrito para que nuestros hijos sigan nuestra senda? Pues nada. Yo creo que cada uno maneja la nave de la mejor manera que se le ocurre, y sólo a posteriori, podemos decir y juzgar si la acertamos, o si se me permite, si la cagamos.
En cualquier caso, si que nos sorprende, muy de vez en cuando, y sobre todo en aquellos casos en los que la autoridad familiar estaba muy marcada, que el seguimiento de los hijos respecto de lo hicieron los padres, se parece tanto como un huevo a una castaña.
Ya pudo el padre dejar dichi, escrito, atado y bien atado, cómo se había de distribuir la herencia, y hasta el papel de cada uno de sus hijos, para que luego el desacuerdo y los intríngulis familiares, den al traste con lo que toda la vida estuvo practicando el pater familias.
Y para ilustrar las afirmaciones anteriores no se me ocurre otra, que recordar aquell cuento de Mario Benedetti, en su colección de “Despistes y franquezas”.
Imaginaos por un momento, que un buen día, en aquello que se ha venido en llamar la resurrección de la carne, acontece algo así:
Un tal Lázaro Vélez se incorporó en su tumba, se despojó lentamente de su sudario, abandonó el camposanto y empezó a caminar en dirección a su casa. A medida que iba siendo reconocido, los vecinos se acercaban a abrazarlo, le daban ropas para que cubriera su desnudez, lo felicitaban, le palmeaban la espalda huesuda.
Sin embargo, a medida que la voz se fue corriendo, la bienvenida ya no fue tan cálida. Un hombre que había ocupado su vacante en la sucursal de Correos, le increpó duramente: “Tu regreso no me alegra. Vas reclamar tu puesto y quizá te lo den. O sea que yo me quedaré en la calle. Recuerda que en mi casa tengo cinco bocas que alimentar. Prefiero que te vayas.”
La viuda de Lázaro Vélez, que, pasado un tiempo prudencial, se había vuelto a casar, le incriminó: “¿Y ahora qué? ¿Acaso pretendes que me condenen por bígama? Si quieres que sea feliz, desaparece de mi vida, por favor.”
Un sobrino, que en su momento había heredado sus cuatro vacas y sus seis ovejas, le reprochó airado: “No pretenderás que te devuelva lo que ahora es legalmente mío. Vete, viejo, y no molestes más.”
Lázaro Vélez resolvió no seguir avanzando. Más bien comenzó a retroceder, y a medida que desandaba el camino se iba despojando de las ropas que al principio le habían brindado.
Por fin, un viejo amigo que le reconoció y no le reprochó nada (quizá porque nada tenía) se acercó a preguntarle: “Y ahora, ¿a dónde irás?” Y Lázaro Vélez respondió: “A recuperar mi sudario.”
DGH
* El PATER FAMILIAS era el dueño legal del hogar y de todos sus miembros. En una sociedad patriarcal típica de la Antigüedad él era el que trabajaba para sostener la casa y tomaba las armas en caso necesario para defenderla y por tanto era la pieza sobre la que giraba toda la familia. Era él el que tenía la responsabilidad de dirigirla de manera adecuada sus intereses no sólo dentro de la propia unidad familiar, sino de la tribu a la que pertenecía y a la que estaba unida por vínculos sagrados.
El pater familias era la máxima autoridad familiar gracias a la Patria Potestad de que dispone, por la cual él es la ley dentro de la familia y todos los demás miembros deben obediencia a sus decisiones. La Patria Potestad no fue sólo un hecho jurídico reglamentado, sino, como todo en Roma, una consecuencia de la Tradición que los romanos seguían por considerarla sagrada. Gracias a ello, el pater familias tenía poder legal sobre todos los miembros de su familia además del poder que le daba ser su mantenedor económico o su representante ante los órganos políticos de Roma.