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Navamorales desde la distancia

Este blog pretende solamente describir con palabras e imágenes la realidad subjetiva que el autor percibe, de NAVAMORALES, DESDE LA DISTANCIA.

 
 
     
 
sábado 20/diciembre/2008 00:06

Arrieros en Navamorales II


 

 

ARRIEROS SOMOS

Arrieros.jpg


El oficio de arriero es hoy por hoy un oficio extinguido, no obstante habrá pocos navamoraleños que se escapen te haber tenido algún antepasado arriero, siendo este oficio el que ejercía la persona que trajinaba con bestias de carga, caballos, mulas y burros.

Fue un oficio ejercido por nuestros antepasados hasta bien entrado el siglo XX,  y de los cuales aún me vienen a la memoria una buena lísta; pocos sin embargo viven, y somos la generación ya entrada en años quien aún nos acordamos, no de la salida, que siempre era de buena madrugada,  ( el arriero siempre hacía el camino contra el día a ser posible), pero sí de tornada, al mediodía o por la tarde. Recuerdo al arriero bajando por la cuesta del cementerio con su pareja de burros o de  mulas cargados con sus banastas.


Fue un oficio propio de los habitantes de Navamorales, y un oficio que a buen seguro nos venía de lejos, de generaciones y generaciones. Se heredaba de padres a hijos porque el oficio,  como todos,  tiene sus reglas y sus principios; también sus achiperres y sus artes; sus costumbres y sus sendas y caminos.


Como de todos es sabido,  los habitantes de estas tierras procedemos sin lugar a dudas,  de aquellas repoblaciones que se hacían después del envite de empujar a los moros hacia el sur; cada avance, suponía ganar tierra nueva, expropiada a todos los efectos y,  que había de ser rápidamente ocupada, y si queremos,  colonizada. Allí se colocaba a unas familias a las que se les reconocía el dominio de aquellas tierras y,  que se constituían en punto de arranque,  de nuevas embestidas en el empuje del moro hacia el sur.

Allá por el siglo IX, Ordoño I comienza la repoblación del Reino de León tras la expulsión de los moros. Y es en este momento,  cuando empieza la arriería para suministrar alimentos a Castilla.

Los primeros arrieros son de Astorga y alrededores,  que partían con sus mulos hacia Galicia,  para transportar el pescado en salazón a los núcleos comerciales que iban instalándose en las ciudades. Bueno,  en las ciudades y en los nucleos más pequeños, en los pequeños asentamientos o poblados.

En aquellos momentos la arriería, es decir el transporte de mercancías de un lugar a otro,  contaba con una red de caminos que en la mayoría de los casos no pasaban de ser caminos de cabras. Y no es,  hasta bien entrado el siglo XIX,  que la red de caminos de ruedas fue apareciendo en España; es así que casi todo el transporte de mercancías tenía que hacerse con récuas de mulos, que llegaban allí donde no podían hacerlo ni los carros ni las carretas, por lo cual el arriero era imprescindible. He aquí el origen fundado del oficio de nuestros antepasados, y lo fueron muchos en nuestro pueblo de Navamorales.


Durante muchos decenios e incluso siglos,  fueron los maragatos los que dominaron en buena parte la mecánica del transporte a través de la arriería primero, y de contingentes de carros y carretas cuando la red de caminos lo permitía, después. El resto de los oficiantes no fueron en cualquier caso,  sino meros imitadores de aquellos transportistas,  que tenían media España tejida con una perfecta tela de araña y,  con un control que haría deleitar hoy,  a algunas llamadas multinacionales del transporte.


Los arrieros fueron además de caminantes,  trasportadores de noticias recién acaecidas y,  generadores de influencias entre unos pueblos y otros. Al arriero se le hace partícipe en cantidades de historias y frases,  que como acontece en otros casos están a medio camino entre la leyenda y la historia:      “ Arrieros somos, y en el camino nos encontraremos”. Es una frase que ha quedado para la historia. Anónima,  como casi siempre acontece, pero que viene a decirnos que si niegas un favor a alguien que te lo pide expresamente, en  el bien entendido que tú le puedas satisfacer, y no lo haces, penderá desde aquel momento sobre tí la maldición, de que si en un futuro la petición del favor se hiciera en sentido contrario, tal vez te recordaran que lomismo hiciste tú en otra ocasión parecida. En otro sentido más amplio, significa que por los caminos de la vida,  el que más y el que menos,  en algún momento necesita algo, con lo cual, hacer favores a los demás te deja el camino allanado,  mejor que negándolos. Y no es menos importante este dicho a nuestro nivel local, donde a veces,  se recuerdan los favores hechos o no,  más allá de una, dos o tres generaciones.Y va unida a aquella otra de “Aquí ya todos nos conocemos”.


El arriero se hacía acompañar de una riata de burros o mulas, pues eran bastante infrecuentes los caballos en este oficio. Y es así como se marcaba también en este trabajo la diferencia social; no era igual hacer la arriería con mulas, lo cual denotaba un cierto nivel en el oficio, que hacerla  con un par de burros, que era la opción más humilde y en muchos casos,  de los principiantes.

No en Navamorales, pero sí en otros lugares,  la arriería formaba parte del tejido social y,  en ella se distinguían los propietarios de las riatas y los mozos de mulas; estos últimos serían hoy unos chicos que se disponían a  aprender el oficio y,  en primer término hacían las prácticas,  ayudando a un señor que explotaba una buena récua y,  a la que él no podía atender solo. Y es en este sentido,  como ya la misma literatura registra este oficio en el Lazarillo de Tormes, cuando advierte que la madre de Lázaro,  una vez muerto su padre,  se aviene con un acemilero que se hospedaba en el mismo lugar en donde su madre se ganaba la vida lavando platos. También son varios los parajes de El Quijote donde La pareja formada por Sancho Panza y el famoso hidalgo,  se tropiezan con los arrieros en varias ocasiones en una venta: “ Don Quijote, en una de las ventas a las que va a pernoctar pensando que era un castillo conoce a uno de los ricos arrieros de Arévalo, que conducía doce mulos "lucios, gordos y famosos".


Los productos que se transportaban desde Navamorales no eran sino los excedentes de las cosechas (trigo, cebada o centeno), aunque casi siempre lo era la  fruta ( en especial los peros,) que en aquellos tiempos, sobre todo desde la construcción de las norias en todo el siglo XX, era muy abundante y surtía a los pueblos próximos que carecen de ribera.

Con frecuencia el arriero se las apañaba para no volverse de vacío y,  aprovechando que había vaciado sus banastas o sus costales, los llenaba de vuelta,  con otros productos de los que Navamorales carecía, uvas, vino, aceite, carozo, etc. El trueque no era infrecuente,  y fue una manera de intercambio que solía resultar ventajoso  a las dos partes con suculentos beneficios. Aún recuerdo cuando en el mercado del Barco de Ávila se cambiaban al peso,  castañas por centeno, peso por peso.


Los nuevos tiempos, trajeron nuevas formas de intercambio, y sobre todo ya entrado el siglo pasado,  se impuso la revolución de los medios de transporte. Pero aún podemos recordar la evolución y mejora de la distribución de mercancías con burro, mula, motocarro, furgoneta y hasta el hoy lujoso camión-frigorífico especializado.


Cabría recordar aquí los arreos precisos para llevar a buen término el oficio. Ya hemos dicho que el burro, era el causante de la tracción; burros o mulas. Pero se ha de decir,  que para que el transporte tuviera lugar sin contratiempos, el arriero había de disponer de toda una serie de achiperres específicos, así como un arte en la manera de cargar y descargan lo transportado: generalmente las banastas. El burro y la mula,  habían de ir bien aparejados, al aparejo me refiero: los lomillos fabricados con paja de centeno, uno por cada lado,  que ensanchaban el lomo del animal y que quedaban fijados por debajo del rabo,  a fectos de que la carga no se fuera para adelante en las cuestas abajo. Un par de mantas gruesas( la enjalma)  y todo ello sujetado con una buena cincha, apretada lo justo para fijar bien la carga, y no tanto que oprimiera demasioado al animal, que ya llevaba bastante con la carga,  como para soportar una fuerte compresión en la barriga. Todo ello acompañado de una buena cabezá,  con su buen rabero.


Enjaezado el animal se procedía ahora a subir las banastas, una a cada lado,  guardando el equilibrio correspondiente; todo un arte. Y todo un arte,  por cuanto a la salida siempre podrías disponer de alguien que te acompañara y ayudara a subirlas y amarrarlas, pero,  si volvías cargado a la vuelta habrías de saber cargarlas solo, y con mucho cuidado; en algunos casos el transporte lo era justamente delicado, de huevos, o con cacharros de loza por ejemplo.


El hecho de que el animal fuera potente, fuerte,  le permitía al arriero de vez en cuando montar,  aún cuando las banastas fueran llenas.Pero la imagen que yo tengo del arriero,  es la de ir caminando delante,  agarrado  al rabero, o detrás dando tantas zancadas o pasos que el mismo animal.


Un  elemento preciso para el arriero eran las banastas, que no eran otra cosa que  cestos grandes hechos de mimbres, o más que nada,  de madera delgada y entresijada, cuadradas pero con redondeces en las esquinas,  con una cavidad importante,  y que por parejas se colocaban a ambos lados del animal bien sujetas;   de allí se iba vaciando de forma equilibarada hasta rematar el producto; esto si no se vendía de una vez. La frase de “ser la última sardina de la banasta”, hace referencia a aquel arriero que vendía su carga al pormenor, de puerta en puerta, que era como lo hacían muchas veces los arrieros, iban vendiendo por kilos y,  cuando ya quedaba poco en la banasta,  las mujers querían  escoger lo mejor, y cuando llegaba ya al final,  quedaba lo que nadie había querido,  y así se hizo célebre y ha pasado a los anales la susodicha frase, que nos sirve aquí para rescatar un recipiente hoy absolutamente en desuso, como es la banasta.

Y para terminar acabando de glosar a nuestro arriero, oficio para muchos ya hoy desconocido, recordar que etimológicamente todos seguimos utilizando a diario palabras que están en el mismo origen, tales como "arrear",  y el mismo "arre" y "arreos", que todavía escuchamos cuando pasamos unos días en Navamorales.

 

PS. Me quedan por resumir algunas historias de arrieros que no dejan de tener su qué,  y que fueron contadas por personas que aún podrían hacerlo de primera mano, así como de algún plato típico que nos recuerda al protagonista de este relato; pero todo ello será objeto de otra entrada en nuestro blog, en otro momento.

Saludos y hasta la próxima.




DGH



 
 
   · autor: navamorales  · sección:  
     
   
 
     
 

Comentarios

  • domingo 28/diciembre/2008 03:56 · Aurora escribió:
    Al leer esta historia me recuerda que mi abuelo, oriundo de El Tejado y casado con mi abuela de Navamorales, tenía la ocupación de vender sus mercancías en los pueblos vecinos, allá por los años 1910 a 1924 cuando emigró a Argentina con su familia.
 
 
     
     
 
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