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Navamorales desde la distancia

.: Este blog pretende solamente describir con palabras e imágenes la realidad de NAVAMORALES DESDE LA DISTANCIA. Se añaden también versiones subjetivas de hechos o circunstancias siempre con sentido c

 
 
     
 
miércoles 25/junio/2008 00:02

Donde nací y donde he vivido I


Donde nací y donde he vivido I

“ Navamorales desde la distancia”

Lo efímero de la vida:

 

La vida es corta, y además discurre en sólo un puñado de sitios de nuestra aldea global. La vida de cada uno de nosotros se resume en la estancia en unos cuantos lugares; y la mía, como no podía ser de otra manera,  también es así. Yo, que por otra parte no creo ser nada determinista, creo sin embargo que la tierra hace al hombre; y haber nacido y haber vivido en un determinado lugar seguro que ha tenido que ver con quien yo soy, y seguro que con la configuración de lo más profundo de mis sentimientos.

Yo nací en Navamorales; estudié en Santa María del Berrocal y más tarde en Salamanca. Trabajé por primera vez en Villar de Peralonso, en Alba de Tormes, en Utrera, en Sevilla, en Santa Coloma de Gramanet y acabó (si es que acaba alguna vez) mi formación académica en Barcelona. Este ha sido mi recorrido itinerante a lo largo de mi ya larga carera profesional en el campo de la enseñanza.

Que duda cabe que cada uno de estos lugares, pueblos y ciudades,  me han ido moldeando y han dejado poso en mi forma de ser y de vivir. A continuación trataré de hacer un repaso de esos recuerdos, que no dejan de ser los aspectos que impactaron más en mi vida y por ello deben  ser,  los que al fin y al cabo,  me han quedado en la memoria. 

Haber nacido  en NAVAMORALES es un orgullo; es mi pueblo, y este posesivo lo comparto, seguramente con casi todos los que allí nacimos. Soy de NAVAMORALES, y basta. De allí era mi padre, mi madre, mis hermanas y mis cuatro abuelos, amén del resto de los ancestros, a saber. Yo estoy orgulloso de mi pueblo, allí nací, allí crecí y allí están mis raíces como acabo de decir.

Las circunstancias de la vida nos han llevado a muchos,  a salir del pueblo,  para buscarnos los garbanzos en otro lugar. En este sentido, formamos parte de un fenómeno hoy tan extendido,  como es el de la emigración. En nuestro caso una migración interna, pero emigración al fin y al cabo.

Es por ello que yo hoy, tengo que decir como en la canción que “tengo el corazón partío”. Soy como digo,  navamoraleño, pero a la vez he dejado parte de mi vida en todo un reguero de lugares, por los que la madre Administración me ha ido haciendo pasar en mi otro itinerario profesional. Yo tengo,  como Lázaro, mi propio itinerario.  Tal vez no exagere si mi primera instancia, por ser el sitio dónde nací, y probablemente la última, Barcelona, tal vez donde vayan a reposar mis huesos(¿), sean los lugares que más me han marcado. Pero volviendo al hilo, yo, fui, soy y seré siempre de Navamorales. ¿ Se nota ?

Allí me inicié en los primeros aprendizajes en la escuela que hoy es Ayuntamiento. Allí crecí y me socialicé entre una marabunta de niños y niñas de mi edad. Allí hice amigos, y los conservo. Allí aprendí a jugar, a bailar, a pelearme, a perdonar, y sobre todo,  allí aprendí a vivir. Quiero desde estas líneas hacer un homenaje póstumo a todos aquellos que se preocuparon por mi educación, incluso a base de mucho sacrificio: ¡ A todos ! Sobre todo,  cuando lo más cómodo para la familia era que los hijos colaboraran en el trabajo diario de la casa, del campo o del negocio propio. Contra viento y marea mi familia realizó una inversión a muy largo plazo: de ello y por ello les estaré eternamente agradecido.

De la escuela de Navamorales recuerdo lo justo. Allí nos incorporamos, creo que a los 5 años,  los niños y niñas que cumplíamos esa edad, con un maestro que se llamaba don Ignacio. Un año debió durar mi estancia con este maestro que se trasladó fuera,  y sólo por referencias volví a oír hablar de él y de su familia. Buen recuerdo, aunque ya muy lejano.

Inmediatamente después,  se incorporó a la escuela como propietario don Jesús Vicente, un maestro joven y procedente de un pueblo próximo: Gallegos de Solmirón. Allí hizo escuela,  e hizo que algunos de nosotros cambiáramos el destino que por naturaleza y nacimiento se nos venía encima. Los tiempos de la postguerra iban poco a poco diluyéndose,  quedándose atrás y se comenzaban a abrir horizontes nuevos; nuestras familias también nos instaban a probar de cambiar la vida que nos esperaba,  de quedarnos en Navamorales. La promoción sólo podía venir de la mano del estudio: ¡Estudia, que sinó te quedarás de estripaterrones como otros muchos!

Claro que en aquella época, y con aquellas circunstancias no todo el mundo tenía igual de claro para qué servían los estudios: ¡ Las carreras pa las liebres! Se oía decir de vez en cuando …Se había de tener arrestos,  para mandar a estudiar a un hijo a partir de los nueve años… y luego Dios sabe lo que llegará a ser; y aquí se argüía la rémora, de aquellos hijos que habiendo dejado el terruño, con que para estudiar, al ir a la ciudad se habían dado a la golfería y arruinado a los padres, y por ende a toda la familia. 

A los nueve años, este mismo maestro, don Jesús,  instó a mi familia la conveniencia de asistir a clases con don Ernesto Santamaría, un maestro que en Santa María del Berrocal preparaba a chicos y chicas  que querían, para hacer el Bachiller, e incluso hacer la carrera de Magisterio. Allí me matriculó mi padre y desde el curso 57-58 asistí a clases diariamente,  para presentarme en junio al examen de ingreso, y de aprobar,  a primero de bachiller. Así lo hice y aprobé al junio siguiente.

El esfuerzo que se hacía, sólo por el desplazamiento diario era, visto desde la perspectiva actual, toda una aventura. La distancia que separa Navamorales de Santa María del Berrocal que es de unos 8 ó 10 kilómetros,  la hacíamos en burro; ello significaba unas tres horas diarias de desplazamiento. Allí dejábamos aparcados los bólidos en casa de Damiana, y Martín, que a la sazón era el herrero del pueblo.

Este viaje lo hacíamos cada día unos siete u ocho chicos y chicas, que asistíamos a los mismos cursos, uno más o uno menos, según la edad.

Las idas y venidas daban para mucho; además,  no era igual el viaje en verano o primavera, que en invierno. En invierno se nos montaba en el jamelgo, bien ataviados de ropa invernal, pasamontañas y guantes y,  vamos pa’lante. Los burros de entonces, que no llevaban preinstalado precisamente el GPS, se sabían el camino de memoria. Y nosotros, conocíamos también cada recodo, cada encina, cada herrén y prao por el que pasábamos.

Aunque todos nos llevábamos bien, es verdad que en general iban los niños con los niños y, las niñas con las niñas. Nosotros,  más amantes de las travesuras y más seguros de la conducción de los bólidos( burros al uso), que ellas, por supuesto más inseguras. En cada ida y cada vuelta, con los burros ataviados con su enjalma, su manta y su alforja; y en esta última los libros, los cuadernos en un lado y en el otro la vianda: el bocadillo y la manzana de rigor.

Las clases comenzaban a las ocho, con lo que una hora y media de camino obligaba a salir de casa allá por las seis y cuarto o seis y media; esto en pleno invierno significaba que ni mucho menos estuvieran puestas las calles, y que las zorras y los lobos se oían aún por doquier en pleno camino. El amanecer nos sorprendía entrando en Santa María del Berrocal.

Cuatro o cinco horas de clase y de vuelta pa Namorales. Regresabas allá para las 3 y media o cuatro de la tarde y a estudiar para el día siguiente. Pero nuestra tarea quedaba entreverada con ir al prao a buscar o llevar las vacas, ir a echar el agua al prao, ordeñar alguna vaca o cocer el caldero de los guarines.

Quedan aquí por contar muchas anécdotas que serán motivo, en su caso,  de otra reflexión y que sólo cito de paso, como son: el paso por un camino de viejas, el baño en el Venturro, la escalada burril en la Venta,  el paso asnal por debajo del puente, las carreras de caballo, cabalgar a lomos del jamelgo de pie, correr a galope  mirando para atrás etc.etc. No me resisto a recordar el primer enigma que El Tio Reverte, abuelo de Clemente, un compañero de clase en Berrocal,  nos recordaba al entrar en tromba cada día al pueblo: paraba al primero de la fila, montado en burro y nos decía:

-       ¿Adónde va toda la tropa?.

-       Vamos a estudiar

-       ¡Ah,  a estudiar !

-       O sea que vais a estudiar. Y decía, apoyándose en una garrota hecha de buen seguro de un retoño de álamo-negrillo:

-        Pues bien, “estudiantes que estudiáis  en esos libros tan hondos, ¡decidme? por qué caga el burro lo moñigos  cuadraos teniendo el culo redondo?

-       Y nosotros, con nuestra angelical ignorancia,  le dábamos un latigazo al burro y seguíamos p’adelante riendo como condenados.

-       Al dá siguiente el tio Reverte volvía alas andadas, con no sé que otro de sus enigmas, para acabar dándonos la receta..

-       Entonces a qué coño vais cada día ala escuela…

Al tercer año, los aires de la civilización comenzaban a barruntarse y,  mi desplazamiento a Berrocal ya se hizo en bicicleta; mis padres me compraron en Piedrahita (Casa Samuel), una bicicleta Orbea,  con la que, una vez aprendido el arte de la conducción sobre dos ruedas y motor de sangre,  me aligeraba el recorrido diario en casi una hora. Esto ya era otra cosa, pero además, la bicicleta no sólo significó para mi un avance, era sin lugar a duda, además un juguete avanzado, con el que yo era capaz de transportar lo inimaginable. Creo, sin duda,  que mi estirón de adolescente se fraguó encima de la bicicleta.

.continuará…

DGH



 
 
   · autor: navamorales  · sección:  
     
   
 
     
 

Comentarios

  • miércoles 02/julio/2008 07:06 · Aurora escribió:
    DGH Me resultó muy ameno el relato y espero con curiosidad el próximo capítulo de tu narración.
  • jueves 10/julio/2008 21:18 · DGH escribió:
    Todo se andará, pero ya será después de las vacaciones de verano; intentaremos cargar las pilas en Navamorales. Hasta la próxima.
    DGH
  • sábado 12/julio/2008 07:23 · Aurora escribió:
    Felices vacaciones y a cargar las pilas en "nuestro pueblo" para hacer frente a un nuevo año de trabajo.
    Espero que a tu vuelta nos sigas relatando todas esas historias interesantes.
    Buena suerte
 
 
     
     
 
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