Las tareas la labranza: Haciendo memoria ...
VOCABULARIO: "Romper, binar, terciar, sembrar, aricar, escardar, segar, atar, ajacinar (hacinar), amontonar, acarrear, tender, trillar, dar la vuelta la parva, limpiar, cerrar paja y barrer la era" .
¡ Qué trabajo es trabajar
cuando la ganancia es poca! ...
El duro trabajo del labrador ...
Sí, sí, para conseguir la cosecha, y hablo de los cereales que en Navamorales lo fueron básicamente el trigo, la cebada, el centeno ( en la hoja de pan), y las algarrobas en la hoja siguiente; para conseguir digo, una buena cosecha, con el permiso de los imponderables del tiempo, el labrador había de preparar la tierra en todo un repertorio de tareas, que hoy ya casi nadie recuerda.
La primera tarea consistía en “romper”. La tierra, quejosa de producir durante dos años seguidos necesita de cuidados y mimos; de ventilación y aportaciones varias. La tarea de airear la tierra, esquilmada y agotada de las dos cosechas anteriores necesita ahora de descanso. Es lo que se conoce con el nombre de “barbecho”
Después de la primera labor, viene la bina; binar no es otra cosa que volver a arar la tierra en otra dirección para removerla y hacer factible que la reja sea capaz de airear y profundizar en nuevas tierras mejorando y sacando a flote la tierra de las profundidades para ventilarlas mejor. A la bina, le sigue la acción de terciar. Y aquí no llegaban a tener suerte todas las tierras dispuestas al cultivo; consistiría en volver a roturar la misma tierra en sentido distinto de las anteriores. Con esta nueva roturación la tierra quedaba preparada para acoger las semillas de las gramíneas allá por el mes de septiembre: es la época de la sementera.
La buena siembra debía realizarse después de haber estercolado abundantemente la tierra, ya fuera con aportaciones de “vicio”, que así se le llama al estiércol por estos parajes, o bien con la dormida recurrente de un rebaño de ovejas en el mismo lugar; fuera lo que fuera era bueno estercolar la tierra. La siembra era tanto más efectiva y provechosa si la tierra mantenía la humedad justa, ni mucha ni poca, para facilitar la germinación y nacimiento de la cosecha. Y ello venía propiciado por las últimas tormentas del verano o las primeras lluvias, allá por San Mateo.
Al poco de nacer, cuando ya verdegueaban los campos, pronto se iniciaba la tarea de “aricar”; y es que el sistema de siembra, y el arado romano al uso, dejaban a veces irregularmente distribuida las matas de semillas entre el surco y el caño. Con el arique, la línea de fructificación se alineaba mejor lo alto del surco y la reja dejaba bien marcados los caños, a fin de sanear las posibles abundantes lluvias invernales. También se limpiaban notablemente algunas de las malas hierbas que acompañaban al hilo del nacimiento de la mies.
Y a llegada la primavera, las tierras sembradas, especialmente las de trigo, se escardaban; la escarda consistía en repasar surco a surco eliminando las malas hierbas, y recogiendo las matas de centeno, las centenas, que se solían aprovechar para el alimento del ganado. Y así quedaba ya el sembrado dispuesto a crecer, granar y espigar si el tiempo le era favorable.
Las primeras tareas de la recolección se iniciaban con el arranque de las algarrobas; tarea poco agradable, y menos cuando te tropezabas antes del amanecer con una mata de gatuñas. Antes de acabar la jornada y antes de que se secaran las algarrobas arrancadas, ( mejor si mantenían un poco de humedad del rocío), había que hacer las montoneras.
Poco más tarde se comenzaba la siega de la cebada, del centeno; y se acababa la siega del trigo, no más allá de mediados del mes de julio. Otra tarea no menos afanosa era el acarreo; todas las algarrobas y los haces de la siega debían de ser transportados a la era: en Navamorales hubo siempre dos espacios públicos que aglutinaban la mayoría de las eras, y que eran y son, La Era Cerrá y El Lejío, amén de otros espacios particulares en prados cercanos al casco urbano del mismo pueblo. Las algarrobas eran traídas a la era y a renglón seguido trilladas y pronto limpias. En el caso del la cebada, el centeno y el trigo, los haces se agrupaban en hacinas hasta que les tocara ser de nuevo desbaratadas para proceder a la trilla.
Trillar, es la tarea más laboriosa y genuina de la era; duraba varios días, dentro del mes de julio, y para ello se aprovechaba el fuerte calor, lo que facilitaba esta labor que se realizaba con yuntas de vacas, burros, mulas o caballos. La forma circular de dar vueltas, en la que la yunta daba una y mil vueltas a la parva arrastrando el trillo, se convertían en una tarea tediosa pero absolutamente necesaria; de vez en cuando los haces ya deshechos se habían de remover, hasta deshacer las gavillas y en su forma más auténtica, se daba la vuelta a la parva. Cuando se había separado ya el grano de la paja, y ésta tenía un tamaño adecuado, se consideraba que ya estaba bien trillada la paja , se procedía a amontonar. Con la rastra y con un cañizo en el que se montaban varias personas, tirado por la yunta, preferentemente de vacas, se llevaba hacia un lugar de la era, que dejara libre el espacio para volver a tender la siguiente hacina. Si la nueva hacina no era de la misma cosecha, se había de barrer el solar ( tarea que dejaba los riñones molidos como una mala cosa): el resultado de estas barriuras se amontonaba en el rebujal.
Después de la trilla, o durante la misma, si venía un día de aire ( viento), había que limpiar; la limpia es el procedimiento de separar el grano de la paja. Para ello se utilizaban las horcas, los bielnos, movidos por la fuerza bruta del hombre y también de la mujer. Cuando se había acabado de limpiar, el grano se guardaba en costales o sacos, medidos con la cuartilla, en fanegas, y se acarreaba para casa y se subía al sobrao. No se olviden de las granzas: suerte de restos de pajotes y espigas mal trilladas que iban todas a un mismo montón y que se volvían a trillar al final del verano: era aquello de exprimir lo inexprimible. Pues todavía de allí se sacaban alguna faneguilla, después de pasar la criba y el harnero una y otra vez.
Sólo ahora se podían echar cuentas del rendimiento de lo cosechado. ¿ A cómo te ha salido a ti? Las tierras buenas producían a diez o quince fanegas la fanega; si era la cebada solía cundir algo más, pero en cualquier caso, el hecho es que en aquella economía de subsistencia se aprovechaba todo.
Cerrar la paja era otra tarea no menos ignominiosa; se había de hacer de madrugada, con la fresca. El carro engalanado para esta ceremonia, con una red, era cargado con la ayuda de una bielna. Los niños subidos al carro tenían la tarea de triscar la paja; transportado al pajar, alguien lo descargaba, y otra persona iba retirando del bocín la paja que había de ir llenando poco a poco el pajar. Paja de algarrobas, morena, de trigo, centeno y cebada, más blanca, iban a parar al pajar y serán un magnífico alimento base para vacas y caballerías durante el invierno.
Quedaba la paja de los rebujales y la de las barriuras ( de barrer la era). Esta tarea anunciaba ya las postrimerías del verano y también se aprovechaba para las camas de los animales. Ha finalizado la recolección... y ¡coño!, ¿ cúantas vueltas le hemos pegado a la tierra, y sobre todo al cuerpo, para llegar a recoger esas cuatro fanegas...Pues ¡sí señor!, éste fue en un breve y resumido pasaje el trabajo al que se dedicaron nuestros antepasados de más de una, dos y tres generaciones, en nuestro pueblo de Navamorales.
¡ Va por ellos !
DGH