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domingo 04/mayo/2008 16:55
La Cruz de la Era Cerrá
Esta cruz está ubicada en Navamorales, en la parte alta del lugar denominado La Era Cerrá. Muy cerca del cementerio. Es una cruz de bulto redondo que está allí desde tiempos inmemoriales... ¿ desde cuándo?. Pues ni se sabe. Cuando he investigado sobre su posible explicación del porqué de la cruz, y por qué allí, los resultados me conducen por caminos diversos; a continuación trataré de ordenar los datos que he sido capaz de recopilar, sin dar especial relevancia a ninguno de ellos.
En primer lugar, el hecho de estar situada a unos pocos metros del actual cementerio podrían relacionar estas dos circunstancias. Hay quien opina que estas cruces se ubicaban en lugares fuera del recinto de los cementerios, en donde no podían ser enterrados, los niños que nacían muertos, o morían antes de recibir el bautismo. La religión, y sus oficiantes excluían del derecho a recibir sepultura en el camposanto, a los que no habían sido redimidos del pecado de nuestros Primeros Padres, por medio del bautismo. Sus restos debían ser inhumados fuera del cementerio, y la cruz vendrá a ser una señal de distinción para aquellos recién nacidos, no bautizados.
La cruz, en todas partes de nuestra cultura más próxima, tiene un fuerte contenido simbólico e intrínseco. No es la única cruz que existe en Navamorales. Hay por lo menos dos más; una de ellas en la misma plaza. En algunas ocasiones las cruces señalaban un lugar concreto de mala suerte; así era una cruz labrada en piedra a la esquina de la casa de tía Sabina. Esta cruz, desgraciadamente, desde hace no más de cuatro o seis años apareció partida y, así está desde entonces.
Las cruces, como hemos dicho tienen una relación directa con los episodios del cristianismo y en concreto con la Pasión de Cristo; también fueron símbolo de acreditación de lo que un pueblo fue y creyó a partir de un momento histórico. En los avatares de La Reconquista como es sabido, las fronteras fluctuaban unas veces hacia el sur, otras hacia el norte. El empuje de los cristianos frente a los árabes supuso muchas veces dejar marcas cargadas de simbolismo, que querían manifestar diferencias de territorio, de fronteras, e incluso de creencias. El forastero que llegaba a Navamorales desde El Puente del Congosto, por el camino de La Huerta al llegar al pueblo se encontraba con un símbolo inequívoco: La Cruz.
Otras explicaciones apuntan al vía crucis, o procesiones que intentaban emular el camino que recorrió Jesucristo hasta ser crucificado. Ese vía crucis, o procesión se llevó a cabo sobre todo en algunos días de la Semana Santa. En muchos pueblos ese vía crucis está señalado justamente con cruces de piedra, que marcan el itinerario a recorrer.
A veces, la construcción y ubicación de estas cruces, tenía una fuerte raigambre popular, de tal forma que en algunos pueblos aún se conservan actas, en donde se constata una petición como la que sigue:
"Que respondiendo a los deseos de este vecindario, es de necesidad el establecimiento de una cruz de piedra a la entrada de la población a imitación o siguiendo el ejemplo de los demás pueblos de esta nación católica y esta necesidad es todavía más sentida en esta villa por ser un pueblo eminentemente católico y como quiera que para atender a dichos gastos no hay cantidad alguna consignada, tanto en el presupuesto ordinario como en el adicional, cuyo proyecto se encuentra ya expuesto al publico.
El ayuntamiento, enterado de dicha proposición y considerando atendibles y precedentes las razones que alegaba la presidencia, después de larga discusión, acordó por unanimidad autorizar al señor Presidente para que adquiriera los materiales necesarios para la instalación de la Cruz de Piedra, pagándose los gastos que tal mejora ocasionara con cargo al Capitulo de Imprevistos del presupuesto corriente, después que la relación de gastos, que al efecto debe presentar al examen de la Corporación, sea aprobada por la misma"
Otra manifestación al hilo de los comentarios anteriores, estaría en la existencia de toda la vida, de picapedreros; verdaderos artistas populares, que aprovechando la materia prima abundante en la zona, ( la magnífica piedra de granito), ofrecieron sus buenas maneras de trabajo artístico, cristalizado en estas magníficas obras de arte que conservamos en Navamorales. Qué pena que no conozcamos sus nombres; ellos sí que dejaron huella. Aquí si que podríamos acordarnos de aquella máxima que dice: ¡ El tiempo pasa, las penas se olvidan... pero la obra queda !
DGH
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sábado 05/abril/2008 19:34
Menosprecio de Corte y alabanza de aldea
Sin establecer comparaciones posibles, ¿qué más quisiera yo?, me apunto a la idea de Delibes cuando, a raíz del conjunto de su obra literaria, y en especial de aquel, inolvidable “Camino”, no le duelen prendas en admitir lo que de él se ha venido diciendo, que escribe bajo el lema que lleva por título este tratado: Menosprecio de Corte y alabanza de aldea.
Ocurre que yo soy de pueblo; y mantener esta afirmación en depende qué ámbitos, cuesta lo suyo; pero creo estar en condiciones de aportar algunos elementos de reflexión para aquellos que, tal vez piensen lo mismo, y sin embargo, no se atrevan a manifestarlo por caer en ser tildados de paletos, atrasados (no digo retrasados), u otras lindezas por el estilo.
Yo soy de pueblo; lo digo y persevero en ello. Tal vez esta rotundidad me es permitida por el hecho de, a la vez, poder afirmar con casi la misma rotundidad, que soy un urbanita. De pueblo porque nací en Navamorales y, como he dicho en otras muchas intervenciones, por activa y por pasiva, allí están mis raíces y las de los míos; a eso se le puede llamar apego, afecto, cariño, simpatía, amor, estima, devoción, afición, … o como –tú, lector- le quieras llamar.
Me considero también urbanita, en el sentido más extenso del término. He vivido más de la mitad de mi vida en una gran ciudad, en donde, mi vida se prolonga felizmente en la generación siguiente, y este dato no es menor en esta historia.
Se unen así, en mi caso, el pasado y el futuro; y yo por el medio. En medio de un tinglao aparentemente incompatible. ¿ Cómo digerir y convivir con dos posiciones tan encontradas: el pueblo y la ciudad?
Mi posición es firme y contundente. Es que no hay tal incompatibilidad. Y sino, presten atención a su alrededor. Por una parte, la gente de los pueblos huye. Los pueblos se mueren. No se puede vivir –dicen-. Y es verdad, Navamorales cuenta cada día con menos vecinos censados, y la aparente ficción de la reconstrucción de casas nuevas, no cambia el tono vital de un día de invierno. El pueblo está vacío.
Desde la ciudad el espectáculo está servido cualquier viernes por la tarde; los “finde”, se han de pasar fuera de la ciudad; las carreteras, las autopistas, hierven de domingueros que huyen de la urbe. ¿ Y qué buscan? Tal vez no lo sepan; huyen, eso sí, de la vorágine de la gran ciudad, de su asfixia, del apremio de la insolidaridad.
Los unos y los otros regresan a su atávica vida diaria y cuentan las fanfarrias que han colmado el pasado fin de semana. Los que fueron del pueblo a la ciudad, contando que han descubierto que allí atan los perros con longaniza; y los otros, los urbanitas, que han conseguido comerse un potaje en un pueblo de la sierra, que les ha sabido a gloria.
Para mi que ambos viven un espejismo, el que llega hoy a la ciudad descubre lo que es ser fagocitado por ella misma; y los que descubrieron las sopas de ajo en un pueblo de la sierra, pronto se percatan que el fin de semana les ha salido por un ojo de la cara, les han dado gato por liebre, y el lunes sigue siendo igual de lunes.
Para mí, y como síntesis, sólo se disfruta de la ciudad y del pueblo, cuando nunca renunciaste del todo a ninguno de ellos, y me explico. Ese urbanita acérrimo ahora, acostumbra a ser aquel pueblerino que desertando del arado creyó haber descubierto un día El Dorado, en la gran ciudad. Y ese pueblerino que se deslumbra al ver a su amigo llegar de la capital con un coche de destello, no encontrará allí, más que un menú grasiento, que nunca llegará al nivel de aquellas patatas aconejás con un torrezno, que nos comíamos para desayunar en nuestro pueblo hace unos años; por no hablar de aquel gusto exquisito de las patatas cocidas en el caldero de los marranos antes de preparar el berbajo.
Yo me quedo a vivir en la ciudad; y no renuncio, cuando puedo, a disfrutar de unas buenas vacaciones en Navamorales. Y es que, aprovechando algún que otro tópico, creo que Navamorales es también mi pueblo desde la distancia; y no quiero renunciar a aquel otro que dice: se puede querer a dos a un tiempo… y no estar loco. Me refiero obviamente a los dos protagonistas de este escrito: el pueblo y la ciudad.
DGH
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1 ¿sólo? comentario!
· autor: navamorales
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