Un fantasma de tiza blanca
acecha, ligero, despechado,
el silbo de los libros.
Desde aquí puede verse, olerse,
tocarse, untuoso
el lánguido fluir
de un viejo calendario de jade y obsidiana.
Hay parábolas escritas que se regurgitan
a fuerza de palabras.
Hay minutos que brillan
y que golpean los reales pasos que marcamos.
Son nuestros hijos quienes alumbran
el camino para que nosotros,
descalzos frente al sol que quema los ladrillos,
hundidos entre las raíces de algún árbol,
cansados de hablar siempre en voz tan baja,
salgamos de la ardiente oscuridad
con las profundas heridas descarnadas
a la luz mostradas con escarnio.
Sólo de hoy quedarán
nuestras manos… como haciendo punto de partida o promesa.
Y cumpliremos.
Cumpliremos como gotas interminables
sobre las rocas inhumanas.
Hay fantasmas que lloran
entre las lágrimas pétreas que rodean
las hipodérmicas agujas del reloj.
Fantasmas que lloran. Pedro A. López.
Adaptación de “En Una Pared Sin Oscuridad” de Luis Alvarenga.