Una lengua de fuego arrasó la virtud
que nunca dejó de aletear tras aquella piel adormecida.
Brotó la sangre como una lágrima dorada
en el brillo esquivo del crepúsculo.
Horadaron su infancia y sus anhelos
como rompe la piedra los cristales
de la vieja estación allá en el páramo.
Se ahogó el grito en el asco
y murió un tramo recien adecentado
de la vida tranquila e inocente.
No saltó hacia la nada.
Ni siquiera su voz se hizo aurora en la pírrica ausencia.
Tan solo arrastró hacia una entraña ardiente
el ardor grotesco que subía por las arterias
a punto de desbordar el aliento cotidiano.
Hoy vegeta apoyada en el umbral
de un nuevo calendario que cuelga en la pared.
Ni tan siquiera vive.
Pedro A. López. Tránsito. (En el Día contra la Violencia de Género)