En una pausa del camino, el viajero rememora los encuentros que ha tenido a lo largo de su marcha. Gentes, cuerpos, huellas, latidos, manos, miradas…
El viajero sabe que poco pudo recoger de las almas prendidas de la ruta pero sueña con formar parte a su vez de nuevas huellas compartidas. Desearía participar de un todo entretejido con las cunetas, con las alcantarillas donde vegetan los recuerdos hundidos por los desagües del olvido…
Eran tan sólo cuerpos asustados,
carne color de grito, fiebre alerta
en la savia lunar de los rumores.
Al llegar pronunciaron su oleaje,
su ocupación cansada de la noche.
Hincaron su raíz en la penumbra
y en los atrios brillaron las señales
de una claudicación predestinada.
Nada dijeron de la luz herida,
de las gargantas que se despertaron
sobre la oscuridad de ciertas horas,
ni del murmullo arrodillado, lento,
de la respiración de sus edades.
Sobre la piel de una sonrisa muerta
creció la profecía de los nombres.
Las calles se olvidaron de los ecos
que acaricia al pasar la madrugada,
y la humedad trepó por la osamenta
de una ciudad hundida en el verano.
Nadie pudo advertir con su ternura
la palabra que el tiempo edificaba
sobre un reloj partido: la memoria.
El Sur se levantó sobre la sangre
y la sangre gritó en sus acueductos.
Después volvió el dolor a los caminos
y abrió sus espirales la costumbre.
(E. S. Rosillo. Cavidad Permanente. Adaptación)