El viajero observa el barro húmedo del camino y descubre la huella de su paso grabada sobre él. El viajero sabe que con esa materia, sobre esa tierra maleable, se construyen no solo los sueños. También las realidades. El viajero sonríe y continúa…
Como aquel alfarero que rompía las jarras
nada más terminarlas.
Sin perder la sonrisa
destrozaba los platos y los vasos
y luego se ponía a decorar
los fragmentos dispersos por el suelo
con sangre que sacaba gota a gota
de sus dedos y brazos, de sus muslos,
de las callosas plantas de sus pies.
Extraía de sí los pigmentos del alma
hasta quedar exhausto
y venir los insectos
a chupar sus heridas.
Al despertar seguía sonriendo
y de nuevo amasaba en el barro mojado
las formas de lo informe,
los diminutos cuencos donde cabe lo eterno.
(J. Aguado. Como aquel alfarero.)