El viajero, habitual morador de las frías mazmorras de la tristeza interior, acaba un día más su inhóspita jornada y mira al cielo desde el lecho insomne del cansancio. El viajero se sabe sin techo, sin guarida. No hay muros ni tejados que puedan cubrir su desazón…
Noche que se me va, otra noche, y el ala
de un inmenso avión se ha interpuesto
entre el azul espeso y la ventana, y dudo
si es un verde tenuísimo o si es plata, fría
cual finura insistente del bisturí que rasga
el útero, o también la luz misma, cuando agrieta
la mano del chiquillo cansado de hacer fuerza
para irritar a sus hermanos, simulando que oculta
quién sabe qué tesoro, y va aflojando
la presa, y sé que nada ha de salir que ayer
no estuviera ya en mí desconsoladamente, y me da
frío mirarme un día más, chupado
hueso frutal, sin pulpa, a la intemperie.
G. Ferrater.(Amanecer)