Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
El viajero se topa de nuevo con su alter ego vestido de Portela. Y ambos enjugan la lágrima por el compañero perdido en el camino, por Luis Cernuda, ahogado en sus lágrimas distintas, hundido en el horizonte oscuro de la soledad que abrasa.
El viajero saca el pañuelo del adiós y hace un guiño a los dioses. Pronto estará con ellos, se dice mientras su imagen se destila entre las gotas amargas del rocío…
Ahora que mis soles mortecinos Van a eclipsarse definitivamente. Como no salmodiar al dios que nace Estrella de la mañana, nueva aurora Y libar de su polen que da vida. Aquí bebe el mortal. No en los Dioses crucificados o dolientes, Sino en la transfiguración eterna de lo Mismo: El mismo sol eternamente Diferente. Es Apolo y es Marcías A un mismo tiempo. Sus bucles caen Sobre el poniente como versos De una cadencia insomne que a si misma Se ignora. Los tiempos de indigencia No son gratos. En extraños convierte A los que gratitudes y reverencias Se prometen y pactan un secreto Que al mismo mundo dejará inerte. Cuatro letras. Cuatro signos conforman El alfabeto que puso un Dios entre Mis labios para que cante el canto Ya postrero de aquellas osadas Que me llevaran antes al Conquero. Sale Del agua. Del canto emerge siempre Como lo mismo renovado y en ésta Soledad del alma mía el amor se me muere Entre los labios. Es la vida que vuelve Mientras ya me despido de éstos aires.
Mañana, después de nosotros, volverá a la pradera, en dulce péndulo a recorrer la música, un delirante festival.
Las alcobas cerradas pasarán cabeceando hacia los arrecifes de una ancha rosa azul.
¿Quién mirará en silencio cruzar por los cristales detenidos las cosas que terminan con la lluvia?
¿Quién abrirá de noche la unánime novela que se lee alma adentro, para buscar el fuego de los días en la ardorosa y blanca intimidad?
¿Y, quién verá en las noches de diciembre salir, al través de las ventanas, la música olvidada de un tal Schubert que, sollozando, cae por los jardines?
¡Ah, mañana, después de nosotros!
Sobre nosotros pasarán en junio olas de punta azul y espuma blanca, los gaseosos orfebres del crepúsculo y el agua circular de las carretas que marchan a cambiar largas hileras de música con pensativos pasos.
Si esta tierra inexorable que hoy me cose los párpados, amada; si esta tierra, al fin, se aclarara, lloraría, temblando, sobre tus manos blancas como cuando la fiebre me adelgazaba el alma...
¡Pero esta honda noche, se hace tarde!
Ah, y otra vez, errantes, los viajeros volverán una tarde a nuestra aldea. Sé que preguntarán por nuestras manos... Les dirán que ya nadie puede leer en ellas, que tenemos la línea de la vida borrada por dos años de azucenas.
El viajero flota entre brisas y espuma mientras rememora la etapa concluida. Sabe que partirá de nuevo en pos de un horizonte que se le antoja etéreo y vago mas quiere desplegar sus pasos para alcanzar otras gotas de vida en el perdido océano proceloso en el que nada….
Leí todos los libros y es, ¡ay! , la carne triste. ¡huir, huir muy lejos! Ebrias aves se alejan entre el cielo y la espuma. Nada de lo que existe, ni los viejos jardines que los ojos reflejan, ni la madre que, amante, da leche a su criatura, ni la luz que en la noche mi lámpara difunde sobre el papel en blanco que defiende su albura retendrá al corazón que ya en el mar se hunde.
¡Yo partiré! ¡Oh, nave, tu velamen despliega y leva al fin las anclas hacia incógnitos cielos! Un tedio, desolado por la esperanza ciega, confía en el supremo adiós de los pañuelos.
Y tal vez, son tus mástiles de los que el viento lanza sobre perdidos náufragos que no encuentran maderos, sin mástiles, sin mástiles, ni islote en lontananza... Corazón, oye cómo cantan los marineros!
Llegan puras, calladas, como dulces insectos, invadiendo mi frente con su zumbido leve, portando entre sus alas esos frágiles fuegos que estallan en mi sangre sus cascadas de vida. Me adivinan cansado de caminar el aire, de pulsar el espacio que me conduce a ellas, y entonan en mis labios sus cánticos de polen en los que sólo crecen espejos y almenaras. Algunas traen la noche ardiendo entre sus dedos y derraman su acíbar en mis pobres asombros; otras son manantiales, fulgurantes prodigios que anidan en mis huesos sus entrañas de azogue. Palabras como huellas, dejando en los alféizares un lacre enamorado, vivísimas palabras, saltimbanquis del alma sobre una red de sombras, palabras como astros, como madres sonoras, diminutas palabras, que juegan como pájaros, palabras generosas que nos llenan los ojos
de un trigo inagotable, doloridas palabras, palabras desplegando tormentas y paisajes.
Vosotras sois mi patria, mi único universo: sólo con vuestro aliento puedo habitar sin llanto esta vieja intemperie, esta piel fatigada. Vosotras me hacéis libre: en vosotras renazco.
El viajero asoma su mirada hacia el último giro de las manecillas del reloj. Como acostumbra. Pero en esta ocasión solo halla la desesperanza, soplos del ayer, el agrio vuelo del olvido…
Mi ayer son algas de pasión, luces de espuma. Y una arena insaciable que devora los cuerpos submarinos. Un cielo blando donde beben las palomas sin rumbo del estío.