Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
En una pausa del camino, el viajero rememora los encuentros que ha tenido a lo largo de su marcha. Gentes, cuerpos, huellas, latidos, manos, miradas…
El viajero sabe que poco pudo recoger de las almas prendidas de la ruta pero sueña con formar parte a su vez de nuevas huellas compartidas. Desearía participar de un todo entretejido con las cunetas, con las alcantarillas donde vegetan los recuerdos hundidos por los desagües del olvido…
Eran tan sólo cuerpos asustados, carne color de grito, fiebre alerta en la savia lunar de los rumores.
Al llegar pronunciaron su oleaje, su ocupación cansada de la noche. Hincaron su raíz en la penumbra y en los atrios brillaron las señales de una claudicación predestinada.
Nada dijeron de la luz herida, de las gargantas que se despertaron sobre la oscuridad de ciertas horas, ni del murmullo arrodillado, lento, de la respiración de sus edades.
Sobre la piel de una sonrisa muerta creció la profecía de los nombres. Las calles se olvidaron de los ecos que acaricia al pasar la madrugada, y la humedad trepó por la osamenta de una ciudad hundida en el verano.
Nadie pudo advertir con su ternura la palabra que el tiempo edificaba sobre un reloj partido: la memoria.
El Sur se levantó sobre la sangre y la sangre gritó en sus acueductos. Después volvió el dolor a los caminos y abrió sus espirales la costumbre.
¡Cómo añora el viajero la lánguida caída del crepúsculo! Le atrae el aroma de la brisa dormida, la vela que araña millas hacia el horizonte, el pálpito de vida cuan galope de sangre desbocada…
El viajero siente tu pecho alzarse al aire y, por él, como en marcial desfile, un tórrido caudal de sentimiento bulle…
A veces cruza mi pecho dormido una alada magnolia gimiendo, con su aroma meloso, una campana tocando a fuego, una roja invasión de hormigas blancas, un venado que otea el paraíso alzado el cuello. un barco que da tumbos por ebrio mar de noche, un suspiro, un pañuelo que delira bordado con diez letras y el laurel de la sangre, un desbocado vendaval, un cielo que ruge como un tigre, el puñal de la estrella fugaz un penetrante río que busca locamente su desenlace o desembocadura un raudal de manzana y roja miel el arañazo de la ortiga más dulce la doble alondra del color del maíz volando sobre un celeste infierno y veo, dormido, un precipicio súbito y volar o morir...
A veces cruza mi pecho dormido una persona, un viento, un enjambre, un relámpago, un súbito galope: como un soplo que pasa en la grupa de un potro y se hunde en el tiempo hacia el mar…
(Eduardo. Carranza. A veces cruza mi pecho. Adaptación.)
El viajero sueña aunque quizá despierto. El viajero cierra los ojos pero solo advierte en su delirio que sigue caminando.
La noche no es buena amiga del viajero.
A alguien oí subir por la escalera. Eran -altas- las tres de la mañana. Callaban el rocío y la campana ... Sólo el tenue crujir de la madera.
No era el sueño. Ni el viento era. Ni el son del tiempo en mi cabeza cana. (Deliraba de estrellas la ventana. ) Tampoco el paso que mi sangre espera...
Sonó un reloj en la desierta casa. Alguien dijo mi nombre y apellido. Nombrado me sentí por vez primera.
No es de ángel o amigo lo que pasa en esa voz de acento conocido... ... A alguien sentí subir por la escalera...