Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
¡Cuánta zozobra arrastra el viajero cuando el crepúsculo avanza! ¿Qué sucederá cuando la oscuridad llene las sombras del camino? ¿Cómo la noche agazapada apresará todos y cada uno de sus pasos?.
El viajero no puede conciliar el sueño…
Cae la noche. El corazón desciende infinitos peldaños, enormes galerías, hasta encontrar la pena. Allí descansa, yace, allí, vencido, yace su propio ser.
El hombre puede cargarlo a sus espaldas para ascender de nuevo hacia la luz penosamente: puede caminar para siempre, caminar... (J. A. Valente. Poemas a Lázaro)
El viajero observa el barro húmedo del camino y descubre la huella de su paso grabada sobre él. El viajero sabe que con esa materia, sobre esa tierra maleable, se construyen no solo los sueños. También las realidades. El viajero sonríe y continúa…
Como aquel alfarero que rompía las jarras nada más terminarlas. Sin perder la sonrisa destrozaba los platos y los vasos
y luego se ponía a decorar los fragmentos dispersos por el suelo con sangre que sacaba gota a gota de sus dedos y brazos, de sus muslos, de las callosas plantas de sus pies.
Extraía de sí los pigmentos del alma hasta quedar exhausto y venir los insectos a chupar sus heridas.
Al despertar seguía sonriendo y de nuevo amasaba en el barro mojado las formas de lo informe, los diminutos cuencos donde cabe lo eterno.
No sabe el viajero si tras la siguiente curva del camino hallará el descanso que anhela. Ni siquiera imagina qué puede encontrar bajo el guijarro que aparta displicente. El viajero sigue caminando. Presiente. Sospecha. Pero no sabe… Lo ignora todo del siguiente paso. Solo conoce bien sus huellas pasadas sobre el barro…
Presiento la rosa en el tallo dormido, presagio la caricia y presiento la pena. Y el beso que han de darme, y el llanto no nacido humedece mis dedos y entristece mis venas. Presiento que me quiere quien no puede quererme. Presiento mis insomnios y el llorar de una estrella. Yo presiento su risa -y en mis versos su huella-.
Y la risa que pasa, y la duda que seca. Todo presiento, todo, lo que pasa en la tierra:
El viajero, habitual morador de las frías mazmorras de la tristeza interior, acaba un día más su inhóspita jornada y mira al cielo desde el lecho insomne del cansancio. El viajero se sabe sin techo, sin guarida. No hay muros ni tejados que puedan cubrir su desazón…
Noche que se me va, otra noche, y el ala de un inmenso avión se ha interpuesto entre el azul espeso y la ventana, y dudo si es un verde tenuísimo o si es plata, fría cual finura insistente del bisturí que rasga el útero, o también la luz misma, cuando agrieta la mano del chiquillo cansado de hacer fuerza para irritar a sus hermanos, simulando que oculta quién sabe qué tesoro, y va aflojando la presa, y sé que nada ha de salir que ayer no estuviera ya en mí desconsoladamente, y me da frío mirarme un día más, chupado hueso frutal, sin pulpa, a la intemperie.
El viajero llama a la puerta del invierno y es la nieve quien le franquea el paso. Las huellas del viajero quedan grabadas en el invernal reloj del firmamento, como sus pies dibujan senderos entre los copos reunidos bajo sus botas…
¿Es que puede existir algo antes de la nieve? Antes de esa pureza implacable, implacable como el mensaje de un mundo que no amamos, pero al cual pertenecemos y que se adivina en ese sonido todavía hermano del silencio. ¿Qué dedos te dejan caer, pulverizado esqueleto de pétalos? Ceniza de un cielo antiguo que hace quedar sólo frente al fuego escuchando los pasos del amigo que se fue, eco de palabras que no recordamos, pero que nos duelen, como si las fuéramos a decir de nuevo. ¿Y puede existir algo después de la nieve? Algo después de la última mirada del ciego a la palidez del sol, algo después que el niño enfermo olvida mirar la nueva mañana, o mejor aún, después de haber dormido como un convaleciente con la cabeza sobre la falda de aquella a quien alguna vez se ama. ¿Quién eres, nieve nocturna, fugaz, disuelta primavera que sobrevive en el cerezo? ¿O qué importa quién eres? Para mirar la nieve en la noche hay que cerrar los ojos, no recordar nada, no preguntar nada, desaparecer, deslizarse como ella en el visible silencio.
Hoy camino hacia el alba. Sueño. Vivo lo por vivir, revivo lo vivido. Hoy soy el humo manso de las casas el que me eleva el corazón. Hoy nace, dentro de mí, el pueblo. ¡Qué milagro soñar, guardar, sentir tanta blancura, tantas horas gemelas, calles, patios de siempre, tanta oliva de paz, tantos recuerdos, tanta infancia mía ida!
Hoy es la brisa malva de sus campos la que me orea el corazón. Hoy crece su tierra en mí. ¡Qué olor a malvavisco, a romero, a tomillo y a cantueso, qué verde el ceñidor de sus chumberas, qué lento andar uncido el de los bueyes, qué soledad lanar la del rebaño, cuán dorada su mies, cuán pleno el fruto de sus racimos en agraz, sus huertos, su total granazón esperanzada!
Hoy es la sangre antigua de sus gentes la que me puebla el corazón. Hoy late el pueblo en mí. ¡Oh, qué belleza honda la de sus leñadores con el alba, la de su laboriosa artesanía, la de su plaza con su alegre rueda de niñas en la tarde, sus muchachas con la sonrisa en flor; esposas, madres aguardando la hora del regreso tras la pura clausura del visillo y esos ancianos de la barba en nieve trenzando el hilo-pita o la tomiza mientras baja la luna a su azotea!
Llevar un pueblo así entre la carne, con su nube arrollada a la cintura, con palomas y flores, con campanas, con ríos-venas y hacia un mar de dicha, con amigos y surcos y canciones, es encalarse el alma y decir: ¡Vivo!
Allí está el pueblo, aquéllas son sus torres. Sobre mi corazón al fin, crecido bajo mi voz. Qué renovado gozo irse acercando hacia su piedra en vilo, hacia su cal, hacia su nube... Pueblo norte de un sur, ya para siempre mío.
El viajero, hundido en su charca de secano, humedece su piel con el recuerdo. Ya no recuerda la brisa del mar sobre su piel cansada. Se le ha caído el mar. Ha perdido el rumbo…
Se ha caído al suelo el Mar. Difícil recogerlo, alzarlo, ayudarle. La masa espesa se mece y se deshace en espuma, en olas; se contrae y distiende, se agita y calma, se enfurece y desborda como en inútil esfuerzo por levantarse. La espesa masa no descansa: moja, hunde, ahoga; su corrosivo hálito de salitre, esa onda salada y húmeda, está ahí siempre incansable, y el espumoso oleaje de gelatina, azogue, agua. Se ha caído al suelo el Mar. Y es difícil asirlo, levantarlo. Quizás sea preferible dejarlo donde está, hasta que pueda alzarse por sí solo. O hasta cuando lentamente se deseque por cansancio. O por aburrimiento.
Hay demasiadas cosas de las que preocuparse, siempre distintas, siempre imprescindibles, y nunca se termina, y apenas se respira... Y además está el muchacho que jamás nos mira, la chica que no sabe que la amamos Y Platón predicando represiones... Y a esto le llaman vida...
Poesía es respirar por la herida. Leopoldo de Luis.
Si vuestra herida es, sencillamente una simple lesión de los tejidos penetrante o contusa, una ofensa a la piel originada por violencia exterior, más o menos extensa o lacerante, más o menos profunda... la solución es fácil: una cura con la asepsia debida, una limpia sutura realizada por un buen terapeuta, y sólo os quedará la cicatriz. O ni siquiera eso: puro olvido.
Mas si la herida oculta su amenaza en hondos laberintos, y extiende la espiral de su amargura por secretas regiones, invadiendo los huecos intangibles, las calladas raíces de lo humano, lenta será la lucha, imposible su exacta curación. Habitará en vosotros como un huésped cercano y duradero, sangre será de vuestra propia sangre, testimonio implacable del latido. Con el tiempo será la compañera de tristes aventuras: quizá lleguéis a amarla porque os ame con su aterida voz, con la certeza de su tenaz caricia. Y algún día despertaréis sin miedo respirando por ella, y en su imperio quedará encarcelada vuestra vida. Aunque os ciegue su llanto, aunque os pese su carga de dolor. Porque sólo seréis lo que ella os duela.
desvaídos borradores, esbozos a la luz de una lámpara. Apenas un valor decorativo. Como figuras pintadas en la pantalla de una lámpara, piscinas con cisnes de plástico. me muerdo los labios y una gota de sangre vacila.
El otoño… como un órgano profundo en las catedrales del agua vivo de imágenes: son mi propia sangre. la sangre es mi idioma ciego en la luz del planeta buceando en la tiniebla con rifle submarino.
Cuánto quise decir que mis versos no dicen cuánto mis versos dicen que yo no sabría decir…
Cuando envejezca pensaré en mis versos como en esas inacabadas historias de familia con cenas y despachos y salones las sonrisas de mis primas muertas hace tantos años envejecidas como un vestido de encaje apolillado una muñeca abandonada en los desvanes la sonrisa de una muñeca sus ojos como canicas o vidrios de colores como canicas o vidrios de colores mis versos pero todo adquirirá otra luz una nueva perspectiva como la sala en penumbra desde una cabina de proyección
Versos de veinte años con palabras de entonces que se han vuelto románticas como automóviles de principios de siglo charolados y oscuros y encendidos mis versos: maquillajes y máscaras siempre máscaras amarillas y azules y encarnadas.
Siempre llega mi mano más tarde que otra mano que se mezcla a la mía y forman una mano.
Cuando voy a sentarme advierto que mi cuerpo se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse adonde yo me siento.
Y en el preciso instante de entrar en una casa, descubro que ya estaba antes de haber llegado.
Por eso es muy posible que no asista a mi entierro, y que mientras me rieguen de lugares comunes, ya me encuentre en la tumba, vestido de esqueleto, bostezando los tópicos y los llantos fingidos.
He roto todos los espejos. He cerrado todas las ventanas. Estoy condenado a permanecer inmóvil en este pueblo donde entre la lluvia y la vida
hay que elegir la lluvia…
Quizá mi rostro aparecerá en el agua turbia de algún río aunque hay un camino para llegar a una casa nueva creciendo en cualquier lugar del mundo donde nos espera un niño que quizá fuimos.
Me han dicho que elija la lluvia y a ellale pertenezco. Tengo un nuevo nombre que no puede borrar ninguna mano sino la de alguien que me conoce más que a mí mismo y reemplaza mi rostro por un rostro enemigo.
Amigo, sabes que puedes contar conmigo no hasta dos ni hasta diez sino contar conmigo.
Si me encuentras huraño sin motivo no pienses qué flojeo; igual puedes contar conmigo.
Pero hagamos un trato yo quisiera contar también contigo. Es hermoso saber que existes.
Uno se siente vivo.
Uno cuenta la vida y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos aunque sea hasta cinco… no para que acudas presuroso en mi auxilio sino para saber a ciencia cierta que sabes que puedes contar conmigo…
Cuando todos se vayan yo quedaré en la ciudad abandonada bebiendo el último vaso de cerveza, y luego volveré al pueblo
donde siempre regreso como el borracho a la taberna y el niño a cabalgar en el balancín roto.
En el pueblo no tendré nada que hacer, sino echarme luciérnagas a los bolsillos o caminar sobre rieles oxidados o sentarme en un roído almacén para hablar con antiguos compañeros de escuela.
Como una araña que recorre los mismos hilos de su red caminaré sin prisa por las calles invadidas de malezas mirando los palomares que se vienen abajo, hasta llegar a mi casa donde me encerraré a escuchar viejos vinilos olvidados…
El viajero prosigue su azarosa marcha por los ignotos senderos que solo su paso va abriendo en la maleza entretejida por la que transita. Y llega a un mar que le hace libre.
Libre pero solo…
Abierta al viento la turgente vela Y las rojas banderas desplegadas, Cruza el barco las ondas azuladas, Dejando atrás fosforescente estela.
El sol, como lumínica rodela, Aparece entre nubes nacaradas, Y el pez, bajo las ondas sosegadas, Como flecha de plata raudo vuela.
¿Volveré? ¡Quién lo sabe! Me acompaña Por el largo sendero recorrido La muda soledad del frío polo.
¿Qué me importa vivir en tierra extraña O en la patria infeliz en que he nacido Si en cualquier parte he de encontrarme solo?
Esta noche duermo bajo un viejo techo, los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo, y el niño que hay en mí renace en mi sueño, aspira de nuevo el olor de los muebles de roble, y mira lleno de miedo hacia la ventana, pues sabe que ninguna estrella resucita.
Esa noche oí caer las nueces desde el nogal, escuché los consejos del reloj de péndulo, supe que el viento vuelca una copa del cielo, que las sombras se extienden y la tierra las bebe sin amarlas, pero el árbol de mi sueño sólo daba hojas verdes que maduraban en la mañana con el canto del gallo.
Esta noche duermo bajo un viejo techo, los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo, pero sé que no hay mañanas y no hay cantos de gallos, abro los ojos, para no ver reseco el árbol de mis sueños, y bajo él, la muerte que me tiende la mano.
Palabras, donde se reflejaba el alma del hombre -desnuda y sorprendida- en los orígenes; busco un ángulo en el mundo, un oasis propicio en que lavaros con mi llanto de la mentira que os ensucia.
Juntos, el cúmulo de recuerdos espantosos se desharía como nieve al sol.
El hombre imaginario vive en una mansión imaginaria rodeada de árboles imaginarios a la orilla de un río imaginario
De los muros que son imaginarios penden antiguos cuadros imaginarios irreparables grietas imaginarias que representan hechos imaginarios ocurridos en mundos imaginarios en lugares y tiempos imaginarios
Todas las tardes imaginarias sube las escaleras imaginarias y se asoma al balcón imaginario a mirar el paisaje imaginario que consiste en un valle imaginario circundado de cerros imaginarios
Sombras imaginarias vienen por el camino imaginario entonando canciones imaginarias a la muerte del sol imaginario.
Te gusta llegar a la estación cuando el reloj de pared agobia, los pasos del jefe de estación. Cuando la tarde cierra sus párpados de viajera fatigada y los rieles ya se pierden bajo el hollín de la oscuridad.
Tic tac del reloj.
Te gusta quedarte en la estación desierta cuando no puedes abolir la memoria, como las nubes de vapor los contornos de las locomotoras, y te gusta ver pasar el viento que silba como un vagabundo aburrido de caminar sobre los rieles.
Tic-tac del reloj. Ves de nuevo los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste, el pueblo donde querías llegar como el niño el día de su cumpleaños y los viajes de vuelta de vacaciones cuando eras -para los parientes que te esperaban- sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.
Tic tac del reloj. El jefe de estación juega un solitario. El reloj sigue diciendo que la noche es el único tren que puede llegar a este pueblo, y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo mientras el hollín de la oscuridad hace desaparecer los durmientes de la vía.
He ido muchas veces ataviado de tristeza, hundiéndoseme el mundo a cada rato, fingiendo entre los amigos que me interesaba algo... Me da miedo quien me mirase, y angustia me producía no ser perfecto, tener que competir, luchar por el oficio, por la vida, el nombre... Y pensaba: la tragedia de todos consiste en no ser Dios. Todos quisiéramos ser un pequeño Dios omnipotente.. Y hacíamos bromas sobre la muerte, chistes sobre la soledad, Pequeños disparates sobre el amor comprado. (Y yo soñaba en ti, mamá, como lo único seguro). Me daba miedo la autoridad, la ley, el mundo, el futuro. Pensaba: Incluso si alguna vez me creí libre. Y la noche engañaba -como los amigos- con cierto parecido a bondad o indiferencia. Y yo iba ataviado de tristeza y hubiera querido llorar -no podía- o simplemente hundirme lentamente. Y me veía en una barca negra (acaso en una gruta) navegando hacia un negro horizonte... la tristeza me llena la cabeza de plomo, los bolsillos de piedras, las manos de artrosis dura y tira de mí tanto hacia abajo que me vuelve imagen verticalizada, estirada, de un espejo deformante. Dame la tristeza, échamela -gira la soledad. -Lánzame la pelota -repite el miedo. Aquí, aquí, centra -reclama la angustia, chútame a mí- y no sé qué agobio extraño lo sugiere. Sólo sé que cuando voy ataviado de tristeza quiero enraizarme en el sueño, bogar en un río de calma y susurrar junto al silencio: Dame la mano, mamá, ya he vuelto...
Yo no estoy soñando, lo recuerdo, olvidé cómo se soñaba; quizás esto sea un mar, bien puede ser la tierra. Esto no es un mar sin olas, es una lámina descolorida, un día muerto por dagas invernales, un día fusilado por lluvias. De pronto lo rompen manotazos de campanas, tictaqueos de sombras, y se cierra como una cuchillada de trenes oxidados devorando las cerezas maduras del sol.
Propicio tiempo para levantar cruces de barro que se extravían en las acequias. Ya lo sé, debo escaparme de los ahogados que flotan en los pozos, voy a beber grandes tragos de poemas silvestres veo desde el umbral al atardecer mordiendo plazas, aferrándose gelatinosamente a los tejados rotos, hasta caer junto a muchachas desfloradas en graneros solitarios a las antiguas bodegas de la noche.
Pálidamente las horas se reúnen a jugar a las cartas en torno a la mesa de los días, desconozco el tren que me dejó entre ellas, viéndolas alimentarse de cantos estrangulados, persiguiendo a mis amigos, arrastrándolos en el río del tedio. Yo no sueño, todo cuanto veo es cierto, ellos pasan del brazo de mujeres desdentadas, riendo largamente. Una ola invade mi habitación
y la muerte se oculta tras viejas y grises fotografías. Aferrado a un puente de madera, inclinado sobre las venas turbias de la noche con esos libros oxidados de relecturas, No es nada esto, sólo que a veces siento temor de saber quién soy verdaderamente.
Si abro los ojos también estaré sumergido, pues la lluvia hace girar su pausado gramófono, mientras hay un nevar de alas deshechas por los días, velorios humedecidos de vino, y esta mano helada en mi garganta, helada como parroquias y confesionarios que no se desprende, si la pudiese deshacer un brillar de días felices.
Ahora lo sé, he estado siempre despierto, mirando silenciosamente la estación sumergida donde los huesos de las nubes acarician los árboles.
Alguien me debe esperar -quizás algunos muertos- pues voy hacia las chimeneas rústicas, los aserraderos vacíos, las grandes, prestigiosas casas de madera ajada venidas abajo como flores destrozadas por los duros dientes del olvido, y busco el sol en los huertos cuyos párpados lo esconden.
Todo me espera en la estación sumergida, nuevamente, en la empapada de malezas, la crecida de sueños angustiados y torvos, mientras el tiempo detenido cierra sus pesados portones y confusamente respira en el mar del invierno.
La suerte perra me amorata un ojo. La pierna izquierda se adelanta sola. Y ciego y cojo con muletas ando Perseguido por cuervos y caranchos.
No obtendrán mi osamenta todavía. No arrastro a nadie en mi camino yermo. No pido salvación, hostias ni ungüentos Si en mi sangre se gozan crueles tábanos.
Poco a poco me quemaré en mi propia hoguera Y de mis huesos quedaran cenizas Que heredarán Guillermo y Eloísa.
Esa es toda mi herencia. Y de mis sueños Volará hacia el azul la borboleta Que imaginara en un jardín a solas. (Oscar Portela. Guillermo y Eloisa)