Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
Somos una costumbre, un gesto, un modo, una manera de mirar, acaso. Pequeños movimientos nos distinguen, leves fórmulas marcan signos, rasgos que se hacen peculiares nos conducen por rutas diferentes a escenarios de vida en que los viejos papeles suenan como otro cuento distinto y necesario.
Me doy cuenta que estoy hecho de mínimos materiales de vida moldeados por antiguas liturgias, ritos graves, ceremoniales de confusos hábitos que me hacen lo que soy y ponen su irremediable marca en mi costado.
Soy un pequeño mundo con sus normas, sus leyes, sus funciones, sus mandatos, su inevitable proceder, su modo de respirar. No doy un sólo paso que no proceda de una antigua historia y que no esté a un sistema acomodado.
Y sin embargo sé que soy lo mismo, que algo nos une irremediablemente, que un recorrido igual está esperándonos y una misma materia nos sostiene.
Hay una misma sangre, un mismo río de vida golpeando en nuestras sienes y una misma esperanza que se hace angustia en la garganta y en el pecho siempre.
En los espejos cruzan de los ojos, árboles, lagos, tierras diferentes, pero una sola flor los unifica: es la roja azucena de la muerte.
Soy como esa isla que ignorada, late acunada por árboles jugosos, -en el centro de un mar que no me entiende, rodeada de NADA, sola sólo-. Hay aves en mi isla relucientes, y pintadas por ángeles pintores, hay fieras que me miran dulcemente, y venenosas flores. Hay arroyos poetas y voces interiores de volcanes dormidos.
Quizá haya algún tesoro muy dentro de mi entraña. ¡Quién sabe si yo tengo diamante en mi montaña, o tan sólo un pequeño pedazo de carbón! Los árboles del bosque de mi isla, sois vosotros mis versos. ¡Qué bien sonáis a veces si el gran músico viento os toca cuando viene del mar que me rodea!
A esta isla que soy, si alguien llega, que se encuentre con algo es mi deseo; -manantiales de versos encendidos y cascadas de paz es lo que tengo-. Un nombre que me sube por el alma y no quiere que llore mis secretos; y soy tierra feliz -que tengo el arte de ser dichosa y pobre al mismo tiempo-.
Para mí es un placer ser ignorada, isla ignorada del océano eterno. En el centro del mundo sin un libro SÉ TODO, porque vino un misionero y me dejó una Cruz para la vida -para la muerte me dejó un misterio-.
Presiento la rosa en el tallo dormido, presagio la caricia y presiento la pena. Y el beso que han de darme, y el llanto no nacido humedece mis dedos y entristece mis venas. Presiento que me quiere quien no puede quererme. Presiento mis insomnios y el llorar de una estrella. Yo presiento su risa -y en mis versos su huella-.
Y la risa que pasa, y la duda que seca. Todo presiento, todo, lo que pasa en la tierra:
No te quedes inmóvil al borde del camino no congeles el júbilo no quieras con desgana no te salves ahora ni nunca no te salves no te llenes de calma no reserves del mundo sólo un rincón tranquilo no dejes caer los párpados pesados como juicios no te quedes sin labios no te duermas sin sueño no te pienses sin sangre no te juzgues sin tiempo
Pero si pese a todo no puedes evitarlo y congelas el júbilo y quieres con desgana y te salvas ahora y te llenas de calma y reservas del mundo sólo un rincón tranquilo y dejas caer los párpados pesados como juicios y te secas sin labios y te duermes sin sueño y te piensas sin sangre y te juzgas sin tiempo y te quedas inmóvil al borde del camino y te salvas entonces… no te quedes conmigo.