Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
Me sobra un muerto me sobra me sobra un muerto y no soy yo quién es? Viene de la levadura y de los precipicios me sobra un muerto un muerto martillándome la piel me sobra un muerto y no soy yo porque estoy vivo y lo presiento lo respiro y cae de la manga de otro muerto y cae y cruza mi camisa y da la vuelta y sigue y sigue en mi esqueleto un muerto un muerto en mi esqueleto instalado de por vida un muerto me sobra y no soy yo y llora y grita y ríe con feroz carcajada un muerto un muerto sagrado un muerto en el gemido del espanto un muerto derramado en mi garganta y en mi sed con su ceniza de elefante en el vinagre en el aliño de los años un muerto arañando los cristales entre tábanos y hormigas y gusanos hambrientos me sobra me sobra un muerto y no soy yo porque patea y raspa engulle con su dentadura cavernaria hasta rozar por fin la sal del universo.
Volver a tus dominios, infancia, acercarse es lentamente a la explosiva boca de un volcán y luego ¿para qué volver entonces al origen del desastre donde aún el escombro es el reino de la insania y una voz de látigo, férrea para el castigo y la zozobra hace cumplir puntualmente su mandato? ¿Para qué, entonces, escarbar lo caminado y hundirse en las cenizas de un esplendor fallido en cuyas ruinas aguarda temeroso un niño? Regresar a la infancia y salvar al corazón de su infortunio han de ser la consigna y el milagro.
Como moneda que alguien lanzara a los abismos, sin detenerse, ruedan los días hacia la abierta alcantarilla por la que exhala, en su locura, su desorden la infatigable muerte. Y nosotros, con el afán de rescatar la moneda y de hacerla propia, tras ella rodamos. Arrojados al vacío igual que desechos por un dios invisible, junto con la moneda nosotros vamos también al respiradero donde, irremisiblemente, un pedazo de nuestras vidas, cualquier día al fin, ha de arrastrar el asfixiante tumulto de sus aguas.
Hay hombres que nunca partirán, y se les ve en los ojos, pues uno recuerda sus ojos muchos años después de que han partido.
Pueden estar lejanos, pueden aparecer a medianoche (si están muertos) y jugar a que viven. Pero siempre, con la desolación de su ausencia, uno comprende que no han vivido en vano, y que su esperanza es la única esperanza digna de ser vivida.
Y los hombres que nunca partirán suelen no aparecer en los periódicos, no se habla de ellos en las radios, su imagen no gesticula en la televisión: no son gente importante, no circulan entre las altas esferas. ........Son aquellos que aceptaron el sufrimiento y lo hicieron suyo para la salvación de otros hombres sin decir una sola palabra: pero dejaron abiertos, bien abiertos sus ojos para que nunca los olvidemos cuando ellos hayan partido.
Nunca olvidarás la calle bajo la luz extraña de septiembre, una tarde; no olvidarás olores del café que dormía en la taza, pero tal vez olvides algo, tal vez se ausente algo. Y ahora sólo escucho el sonido de la noche que cae de la playa, y no hay nadie, nadie que te recuerde, nadie sino los vientos marítimos, las voces de los niños, y el perro que duerme todo el día como espejo aburrido, nadie sino el azul dormido por la playa.
Entonces la penumbra rodeaba los sillones y desde alguna parte la música subía, la música mojaba tu ardiente corazón, y desde alguna parte, desde una parte gloriosa, tu voz que conversaba derramaba los días futuros de nuestras vidas, acentuando, invisible, lo que apenas pensaba la memoria lejana.
Compañero presente, no queda nada sino el silencio de la casa, los días que el amor ha devorado, tu rostro que brilla en las paredes acentuando la nostálgica luz de la luna, los pasos que acercaron su carga de deseos hacia el río desierto; y sólo el eco de esas largas conversaciones rotas en la orgullosa y perdida tarde final de un año, las palabras llenas de alcohol bailando delante de nuestros ojos; es decir, queda un nombre que recorrió veredas sucias, pobres, tiznadas por la luz de un crepúsculo; y ahora, compañero, las mañanas ansiosas de estudio interrumpido caen entre mis manos y desde el parque viene la bocanada amarga de aquello que responde sólo a un pasado muerto.
Abrid, abrid las puertas silenciosas que el tiempo no ha tocado; dejad que entren los cuerpos a ocupar su lugar; dejad que el lecho curve un arco distendido de pieles ardorosas; dejad que alguien devore los días. Sólo queda en la casa de antaño un viento que recorre cuerpos aletargados: un viento que levanta días donde las ciénagas reciben cuerpos muertos, días que retroceden del día que dejaron, días que sostenían una nueva estela, una burbuja apenas sobre el agua callada que alguien bebiera solo.
(M. Arteche. Los días que la ausencia ha devorado)
Blanca es ésta página y helada como la soledad. Del cuerpo mío. Fluye tras el cristal como la vida Que es muerte y río, oscuridad y endriagos.
Ah, ya lo sé, lo sé. ¿Que más da estar muertos O estar vivos? ¿Acaso el otro lo echaría en cuenta?
Lo he comprobado ya. Solo a la soledad confío Los augurios del tiempo. Soy invisible al otro Y su porfía. Me he muerto ya con el deseo a cuestas Que lleva en si los encontrados reinos del poema.
Estoy de vuelta. Es de noche y el día me acongoja. Todo humano es hostil a mis ensueños. Solo confío al verso las plegarias De vagos pensamientos. El sol me escalda.
El triste gris acero de los cielos el sueño no me quita. Todo otro es ausencia. Solo ausencia. ¿A que escribir entonces si el circulo vicioso Repite el estribillo eternamente?
¿A que volcar en blanco las penurias de la tierra indigente Que ha parido lobeznos en la blancura de los sueños?
Nadie sabe si estoy o si me he ido. A nadie importa éste destino Cierto que tiene por verdad la urna ya elegida
Y nadie lo sabrá cuando a la nada entre en el silencio Sin llamar siquiera. ¿Qué importa ahora si sueño todo esto?
No vivo en el desierto. Si en la noche y el infierno Temido es el deseo que tiembla entre mis labios Cuando sueño….
El viajero, amigo lector, recorre las encrespadas páginas de la literatura en busca de goces, pensamientos, ideas que den sentido a su pausado caminar…
A veces es él mismo quien osa enderezar nombres, verbos y adjetivos para ensimismarse con el paso alegre de la palabra despierta.
Ha encontrado el viajero un alma sensible que, de vez en cuando, acude a su vera con el solo ánimo de acompañar con un verso la distancia. Ese espíritu es Oscar Portela quien, desde que el viajero tomó prestado uno de sus soplos de verso transatlántico, no ha cesado de obsequiarle con más y más sellos estampados en el email virtual que entrelaza las alas de la poesía.
El viajero agradece a Oscar Portela, argentino del otro lado, su soporte, su llamémosle amistad desconocida, y su mirada abierta desde los confines del mar.
Gracias amigo Oscar.
La siguiente entrada es uno de tus poemas. Como bien afirmas, el viajero hace suya tu frase: Nadie sabe si estoy o si me he ido….
Todo comenzó en el espejo. En la palma indiferente del agua la nube fingió islas, cimientos el arco iris. Todo comenzó en el espejo. La estrella guiñó mintiendo al pez incauto; la luna escribió música que no despertó a nadie.
Y en el espejo una mañana reconoció el viajero su secreto fantasma, pupilas de agua para siempre cautivas, frente como una lápida de sí mismo. Se vio por fuera, se olvidó por dentro.
La esperanza es un muerto con los labios mordidos.
La esperanza es crispar los puños frente al olvido.
La esperanza es un tema triste que resuena en un río negro que llevamos dentro.
La esperanza es un íntimo rencor cuando los pueblos se desangran, cuando han visto el mundo llenarse de clamor y sacrificio.
La esperanza es la hora de impulsar la marcha del reloj.
La esperanza es la última vez cuando por delante y por detrás no queda otro camino que la realidad golpeante y golpeable palpitante y palpitable como un vals sobre los cinco sentidos.
La esperanza es el fin de la esperanza y el comienzo del destino de la esperanza.
Los rodillos cayeron sobre los guijarros. Y la aurora al bailar devino polvareda. ¡Oh, todo quedó reducido a polvo! ¡Polvo!
Hasta las mismas lágrimas vertidas recobran su estructura polvorienta.
Un justo anhelo de morir despierto para no perdurar solamente dormido.
Nada permanece en pie. Ni en piedra...
No queda más que un pérfido compás que repetidamente apaga al instrumento vida.
Y no admitamos que pudo sufrirse más y todavía puede sufrirse más cuando es sabido que una fuerza superior y más rentable decide el contenido de nuestras existencias.
Se puede ser más débil que el final proyectado se puede ser más débil todavía.
Una violencia tal que como tal violencia no es más que una respuesta sí o una respuesta no.
Y es así como ha sido decretado que la muerte definitivamente debe morir, quedar cumplidamente muerta, airadamente muerta la misma muerte.
Desplazada y borrada de las calles nocturnas y los viejos caminos. Echada de las casas. Proscrita de los ríos y las húmedas celdas…
Hubiera sido tan hermoso el mar desde nuestro castillo de arena, relamiendo el tiempo con la ternura honda y profunda del agua, divagando sobre las historias que nos contaban cuando, niños, éramos un solo poro abierto a la naturaleza.
Ahora el agua se ha llevado tu castillo de arena en la marea alta.
Se ha llevado las torres, los fosos, la puerta por donde hubiéramos pasado en la marea baja, cuando la realidad esta lejos y hay castillos de arena sobre la playa...
Todos los ruidos del mundo forman un gran silencio. Todos los hombres del mundo forman un solo espectro. En medio de este dolor, ¡soldado!, queda tu puesto vacío o lleno. Las vidas de los que quedan están con huecos, tienen vacíos completos, como si se hubieran sacado bocados de carne de sus cuerpos. Asómate a este boquete, a éste que tengo en el pecho, para ver cielos e infiernos. Mira mi cabeza hendida por millares de agujeros: a través brilla un sol blanco, a través un astro negro. Toca mi mano, esta mano que ayer sostuvo un acero: ¡puedes pasar en el aire, a través de ella, tus dedos! He aquí la ausencia del hombre, fuga de carne, de miedo, días, cosas, almas, fuego. Todo se quedó en el tiempo. Todo se quemó allá lejos.
Y moví mis enérgicas piernas de caminante y al monte azul tendí. Cargué la noche entera en mi dorso de Atlante. Cantaron los luceros para mí.
Amaneció en el río y lo crucé desnudo y chorreando la aurora en todo el monte hendí. Y era el sabor sombrío que da el cacao crudo cuando al mascar lo muelen los dientes del tapir.
Pidió la luz en hueco para saldar su cuenta (yo llevaba un puñado de amanecer en mí). Apretaron los cedros su distancia, y violenta reunió la sombra el rayo de luz que yo partí.
Sobre las hojas muertas de cien siglos, acampo. Vengo de la montaña y el azul retoñé. Arqueo en claro círculo la horizontal del campo. Sube, sobre mis piernas, todo el cuerpo que alcé. Rodea el valle. Hablo, y alrededor, la vida, sabe lo que yo sé.
Un hombre muere en mí siempre que un hombre muere en cualquier lugar, asesinado por el miedo y la prisa de otros hombres.
Un hombre como yo; durante meses en las entrañas de una madre oculto; nacido, como yo, entre esperanzas y entre lágrimas, y -como yo- feliz de haber sufrido, triste de haber gozado, Hecho de sangre y sal y tiempo y sueño.
Un hombre que anheló ser más que un hombre y que, de pronto, un día comprendió el valor que tendría la existencia si todos cuantos viven fuesen, en realidad, hombres enhiestos, capaces de legar sin amargura lo que todos dejamos a los próximos hombres: El amor, las mujeres, los crepúsculos, la luna, el mar, el sol, las sementeras, frío de la piña rebanada sobre el plato de la ca de un otoño, el alba de unos ojos, el litoral de una sonrisa y, en todo lo que viene y lo que pasa, el ansia de encontrar la dimensión de una verdad completa.
Un hombre muere en mí siempre que
una bala de hombre mata a un hombre.
Y su muerte deshace todo lo que pensé haber levantado en mí sobre sillares permanentes: La confianza en mis héroes, mi afición a callar bajo los pinos, el orgullo que tuve de ser hombre al oír -en Platón- morir a Sócrates, y hasta el sabor del agua, y hasta el claro júbilo de saber que dos y dos son cuatro...
Porque de nuevo todo es puesto en duda, todo se interroga de nuevo y deja mil preguntas sin respuesta en la hora en que el hombre penetra -a mano armada- en la vida indefensa de otros hombres. súbitamente arteras, las raíces del ser nos estrangulan.
Y nada está seguro de sí mismo -ni en la semilla en germen, ni en la aurora la alondra, ni en la roca el diamante, ni en la compacta oscuridad la estrella, ¡cuando hay hombres que amasan el pan de su victoria con el polvo sangriento de otros hombres!
Cada vez que nos dan clases de amnesia como si nunca hubieran existido los combustibles ojos del alma o los labios de la pena huérfana cada vez que nos dan clases de amnesia y nos conminan a borrar la ebriedad del sufrimiento me convenzo de que mi región no es la farándula de otros
en mi región hay calvarios de ausencia muñones de porvenir / arrabales de duelo pero también candores de mosqueta pianos que arrancan lágrimas cadáveres que miran aún desde sus huertos nostalgias inmóviles en un pozo de otoño sentimientos insoportablemente actuales que se niegan a morir allá en lo oscuro
el olvido está lleno de memoria que a veces no caben las remembranzas y hay que tirar rencores por la borda en el fondo el olvido es un gran simulacro nadie sabe ni puede / aunque quiera / olvidar un gran simulacro repleto de fantasmas esos romeros que peregrinan por el olvido como si fuese el camino de santiago
el día o la noche en que el olvido estalle salte en pedazos o crepite / los recuerdos atroces y de maravilla quebrarán los barrotes de fuego arrastrarán por fin la verdad por el mundo y esa verdad será que no hay olvido
Tener, al mediodía, abiertas las ventanas del patio iluminado que mira al comedor. Oler un olor tibio de sol y de manzanas. Decir cosas sencillas: las que inspira el amor...
Beber un agua pura, y en el vaso profundo ver coincidir los ángulos de la estancia cordial. Palpar, en un durazno, la redondez del mundo. Saber que todo cambia y que todo es igual.
Sentirse, (al fin!, maduro, para ver en las cosas nada más que las cosas: el pan, el sol, la miel... Ser nada más el hombre que deshoja unas rosas, y graba, con la uña, un nombre en el mantel...
Tu mano dura, rígida, apretando... Apretando, apretando hasta exprimir la sangre gota a gota... Tu mano, garra helada, garfio lento que se hunde... Tu mano. ¿Ya?...
La sangre... No he gritado. No lloré apenas. Acabemos pronto ahora: ¿ves?, estoy quieta y cansada. De una vez acabemos este juego horrible de tu mano deslizándose -¡todavía!...-suave y fría por mi espalda.
Las cosas que mueren jamás resucitan, las cosas que mueren no tornan jamás, se quiebran los vasos y el vidrio que queda ¡es polvo por siempre y por siempre será!
Cuando los capullos caen de la rama dos veces seguidas no florecerán... Las flores tronchadas por el viento impío ¡se agotan por siempre, por siempre jamás!
Los días que fueron, los días perdidos, los días inertes ya no volverán. ¡Qué tristes las horas que se desgranaron bajo el aletazo de la soledad!
¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas, las sombras creadas por nuestra maldad! ¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas, las cosas celestes que así se nos van!
¡Corazón... silencia!... ¡Cúbrete de llagas!... -de llagas infectas- ¡cúbrete de mal! ¡Que todo el que llegue se muera al tocarte, corazón maldito que inquietas mi afán!
¡Adiós para siempre mis dulzuras todas! ¡Adiós mi alegría llena de bondad! ¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas, las cosas celestes que no vuelven más!...
Como si nada, flota sobre el agua, inmune al pesticida derramado por todas las razas, pero es una patera con inmigrantes sin dirección ni puerto, como hinchado pez ilegal muerto sobre las aguas, como petrolero a punto de vertido, reventados ya sus tanques y a la deriva.
Desde siempre sin pasaporte, nada busco en esta inasible oscuridad, nos vemos siempre obligados a avistar puerto, y resabiados, acudimos a cualquier lengua, cualquier alma, cualquier sexo para no estar solos. Todos los indocumentados hemos encontrado siempre hostal en la piel bordada del traficante, en los ásperos parques urbanos, en la doble jornada en restaurantes griegos como Spiro, incluso en los ojos dorados del sajón y su xenofobia, abuso vetusto y perfumado de poder egregio.
Pregunta a los árboles del más allá, de vez en cuando, si se acuerda, al llanto de los helechos y a la nuez en que la luz, copo de fe, se encierra. Porque asegura que las oyó y eran como rastrojos, nudos de alambre, manzanas podridas y un rostro volcando todo eso, echando todo eso, tan frío, en la nuca inocente. Y helaba la dulzura. ¿Dónde se han escondido? ¿Desde dónde la miran, las palabras, agazapadas, riéndose de que no las encuentre, tan torpe? Que se muera buscándolas, dirán. Tal vez al otro lado...
Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto con su verde árbol, y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido; y tocarán, como esta tarde están tocando, las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron; y el pueblo se hará nuevo cada año; y en el rincón de aquel mi huerto florido y encalado, mi espíritu errará, nostálgico.
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido... Y se quedarán los pájaros cantando.