Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
Mi vida es como un lago taciturno. Si una nube lejana me saluda, si hay un ave que canta, si una muda y recóndita brisa inmola el desaliento de las rosas, si hay un rubor de sangre en la imprecisa hora crepuscular, yo me conturbo y tiendo mi sonrisa.
¡Mi vida es como un lago taciturno! Yo he sabido formar, gota por gota, mi fondo azul de ver el Universo. Cada nuevo rumor me dio su nota, cada matiz diverso me dio su ritmo y me enseñó su verso. Mi vida es como un lago taciturno…
Todo esto será un día materia de recuerdo y de nostalgia. Volverá, terca, la memoria una vez y otra vez a estos parajes, lo mismo que una abeja da vueltas al perfume de una flor ya arrancada:
Inútilmente.
Pero esa luz no se extinguirá nunca: llamas que aún no consumen …ningún presentimiento puede quebrar los pasos que reviven adoquines y cuerpos y cuando el llanto llegue como un halo los escombros la descomposición que los preserva entre las sombras puros no prevalecerán serán más ruina absortos en sí mismos y sólo erguidos quedarán intactos todavía más brillantes ignorantes de sí sin ver más nada…
(Ángel González. Empleo de la Nostalgia. Adaptación.)
No toleran los dioses la felicidad de los hombres. Perversos, sin duda, bienestar, placer o dicha, que el orden contravienen o desafían la espada o arrancan a los astros sus secretos designios, porque son como antorchas e incendian los templos, hurtándose al arbitrio del resplandor que ciega.
Penumbra y vituperio, envuelvan la insolente casta del albedrío; sólo llanto merezca la fiebre del audaz y no encuentre reposo entre vivos ni muertos quien osó sostener la mirada a la luz.
Y mientras al dolor el arúspice invoca y bendice al sumiso y al triste agasaja, niega la tierra el fruto que el cielo ha aniquilado, retumban los sillares al galopar asirio y adviene de las lágrimas el reino, beguin to beguin.
El ojo. El ojo ve y persigue el movimiento el color, la forma el relieve alto y bajo el ojo busca: más intensidad, más realidad más claridad la ansiedad de ver «todo de golpe» de una vez y para siempre la superficie y lo que se esconde, lo oscuro, lo recóndito, lo remoto, lo soñado, lo esperado. No existen respuestas « acaso es ciega tu voz habla de un modo que yo pueda verlo»
Nadie paga por vivir. La vida se escapa sino la tomas por asalto.
Luces negras tienen el poder de envenenar el cielo el peso de los recuerdos no puede ser registrado. La luz está cansada hoy, pálida. No importa. Existe cierto encanto que no se dirige a los ojos. La imagen de hoy jamás puede ser la de mañana las llamaradas —la explosión — y la dicha de los que se liberan todo lo visible puede ser registrado, menos lo esencial « el alma de las cosas» —lo duradero— la mutabilidad.
Desesperadamente busco y busco Un algo, que sé yo qué, misterioso, Capaz de comprender esta agonía Que me hiela, no sé con qué, los ojos.
Desesperadamente, despertando Sombras que yacen, muertos que conozco, Simas de sueño, busco y busco un algo, Qué se yo dónde, si supieseis cómo.
A veces, me figuro que ya siento, Que sé yo qué, que lo alzo y lo toco, Que tiene corazón y que está vivo, No sé en qué sangre o red, como un pez rojo.
Desesperadamente, le retengo, Cierro el puño, apretando el aire sólo… Desesperadamente, sigo y sigo Buscando, sin saber por qué, en lo hondo.
Alcé la frente al cielo: lo miré Y me quedé, ¡Por qué, oh Dios!, dudoso: Dudando entre quien sabe, si supiera Qué sé yo qué, de nada ya y de todo.
Desesperadamente, esa es la cosa. Cada vez más sin causa y más absorto Qué sé yo qué, sin qué, oh Dios, buscando Lo mismo, igual, oh hombres, que vosotros.
El viajero se topa de nuevo con el cálido verbo de Oscar Portela y se sumerge cándido y confiado en su oleaje.
El viajero retoma, rearma, hace suyos los versos y los digiere lenta pero inexorablemente. No hay sino camino hacia la noche mientras el arisco ir y venir de la marea cansada moja el recuerdo como la bautismal unción a nuevos mundos.
El viajero agradece a Oscar su regalo y, sencillamente, sigue caminando hacia el poniente…
No es gris el árbol de la ciencia y verde el árbol de la vida: aquello que se da y florece conoce de la muerte la osada de ser un breve instante y en el amor bebe del cáliz de la muerte como yo renazco del ocaso en la piel usurpada del amante.
Quien conoce es el cuerpo.
Gramática del cuerpo del deseo y la magia de poros abriéndose a la luz, al agua y a los rayos que golpean las puertas de ser monadas solo concientes de saberse ostras: es el viento que nos lleva hacia el otro.
Oh¡, deseos y goces, zureos de palomos en vacíos alfeizares…
Es deseo de ser más ser y más deseo: cuando el poro de la piel se seca, cuando se seca el agua de la fuente, cuando el poniente corre hacia los astros hay vida todavía…
La noche del invierno y el poniente corren hacia las playas y mareas.
Mi reino vivirá mientras estén verdes mis recuerdos. Cómo se pueden venir nuestras murallas al suelo. Cómo se puede no hablar de todo aquello. El viento no escucha. No escuchan las piedras, pero hay que hablar, comunicar, con las piedras, con el viento.
Hay que no sentirse solo. Compañía presta el eco. El atormentado grita su amargura en el desierto. Hay que desendemoniarse, liberarse de su peso. Quien no responde, parece que nos entiende, con las piedras, con el viento.
Se exprime así el alma. Así se libra de su veneno. Descansa, comunicando con las piedras, con el viento.
¿Más lirios o más rosas? 0 chorros de agua o gris de serranía o pedazos de niebla o mudas rocas...
De alguna de esas cosas, la más fría me viene al corazón que las añora. Si yo no hubiera sido, el alma mía repartida pondría en cada cosa una chispa de amor...
Nubes habría más que otras nubes lentas... (¡la nube que podría haber sido!...) ¿En el sitio, en la hora de qué árbol estoy, de qué armonía más asequible y útil?
Esta sombra tan lejana parece que no es mía. Me siento extraída en mi ropaje y rota en las aguas, en la monotonía del viento sobre el mar, en la paz honda del campo, en el sopor del mediodía!...
¡Quién me volviera a la raíz remota sin luz, sin fin, sin término y sin vía!