Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
El viajero, en un leve descanso en su devorador periplo de senderos, añora ensimismado el recuerdo de pasados eclipses en la luz que guía su huella cansina.
El viajero, que sabe de lo necesario de una mano amiga en el exhausto caminar hacia metas soñadas, encuentra un volumen repleto de pasos solidarios, de versos de humanizada globalización, y se queda prendido en la dedicatoria. El viajero se recuerda despegando los ojos cansados al alba de cualquier sendero y no puede por menos que unir su paso al trote solidario que se le presenta.
Qué larga es la ribera de la noche, qué larga es. No hay animales ya ni estrellas y el matorral de los recuerdos la vida es una línea recta, qué larga es la ribera de la noche qué larga es. El mar, al lado, tan oscuro ya ni la luna quiere verme…
No se terminará nunca la playa con esa sombra que recorre ese desierto tal un péndulo: qué larga es la ribera de la noche, qué larga es. Cómo saber si ya estoy muerto o si aún vivo como dicen si allá en la playa sólo hay playa atrás, delante sólo hay playa…
No es que esté solo, es que no existo es que no hay nadie en esta playa y ya ni yo aun me acompaño son estos ojos cual dos cuevas y en mi cabeza sopla el viento: Qué larga es la ribera de la noche, qué larga es. Leopoldo Panero (“El que no ve. Canción del Indio”)
En ocasiones, el viajero ignora quién lo mueve. Mas no puede evitar sentirse movido por sus pasos inertes.El viajero mira al universo, a la ciénaga, al horizonte perdido…. Y nunca averigua si existen los hilos pérfidos que él sabe que le mueven.
El viajero sabe de aves que le sobrevuelan, de muertos ajados que surcan tumbas ennegrecidas por la podredumbre, de deseos que abarcan manos y miradas en busca de, quizá, solo un fin con que adornar una huella extraviada…
Y el ave, el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo sólo a los mortales que se agitan debajo, diciendo sólo: ABISMO, ABISMO! Abismo, sí, tibia guarida de nuestro amor de hermanos, padre. ¡Pero tan solos! ¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra.
Florecen los muertos. Florecen unidos acaso por el sudor helado muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos te esperamos ave, ave nacida de la cabeza que explotó al crepúsculo ave dibujada en la piedra y llena de lo posible de la dulzura, de su sabor ajeno que es más que la vida, de su crueldad que es más que la vida ¡ira de la piedra, ira que a la realidad insulta, que apalea a la cabaña torpe de la mentira con verbos que no son, resplandecen, ira suprema de lo mudo! Hay una mano que sobresale de la tumba.
Manos que surgen de la tierra como tallos surcos arados por la muerte, cabezas de ahorcados que echan flor: decapitados que dialogan a la luz decreciente de las velas, ¡oh quién nos traerá la rima la música, el sonido que rompa la campana de la asfixia, y el cristal borroso… Leopoldo Panero "Teoría"
El viajero descansa levemente su mente cansada sobre el perfil hiriente del acantilado y solo el recuerdo evadido entre sus pasos le permite seguir allende su destino…
El viajero sufre con cada vuelta de reloj. Añora la sencilla placidez de la huella dormida.Se sacude la arena del camino y trata de seguir pero la negra sombrade su propia impericia le atenaza.
El tiempo le aparece translúcidamente oscuro, araña su piel como una zarza. Huele a muerte eludida en la cuneta. El viajero ignora si sueña o vive. Sencillamente camina hacia el último giro de la manecilla.
El viajero se asoma a la rivera del río de su propia existencia y se refleja en las lánguidas aguas del pasado cercano, se recrea en los húmedos nenúfares que bailan el ritmo de las aguas.
Quizá hay algo más tras el reflejo pálido. La vida sigue corriendo como el ritmo frenético del agua.
Ved cómo viene, río abajo pensad algo en el río sin vallas y sin puertos, ancho hasta el horizonte, caluroso como el Desierto. La barca es un instante en la vida del agua, una hoja en un árbol, una nota en un trueno, y en la barca venía la esperanza, un sorbo de hombre apenas, una pluma en un vuelo.
El viajero sueña –ya lo ha dicho- en lágrimas pintadas de verso. A veces se refleja en los pálidos estanques de la memoria, otras asciende a los olimpos dormidos en que cree volar entre otros viajeros y poetas. Sueña y vuela. He ahí sus bastiones férreos, sus angélicas y etéreas ilusiones.
Claro que, la realidad no siempre le devuelve el idílico olor de la hierba pisada del sendero…
Se sienta el viajero en la áspera roca que marca la frontera entre el sendero alegre y el arisco paisaje. Mira sus pasos y recorre ensimismado la tierra que está por recorrer.
Sueña en un instante con el giro cansino de un horizonte inalcanzable. Quiere volar…
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Siempre hay tiempo para un sueño.
Siempre es tiempo de dejarse llevar por una pasión que nos arrastre hacia el deseo.
Siempre es posible encontrar la fuerza necesaria para alzar el vuelo y dirigirse hacia lo alto.
Y es allí, y solo allí, en la altura, donde podemos desplegar nuestras alas en toda su extensión.
Solo allí, en lo más alto de nosotros mismos, en lo más profundo de nuestras inquietudes, podremos separar los brazos, y volar.
El viajero, en su incansable camino a la búsqueda de nuevos horizontes, se topa con la obra de Oscar Portela y le dedica una de las entradas de estas Palyaventuras “Nombres escritos en las lápidas”.
Advierte el viajero en su mochila impenitente los sagaces comentarios que esa entrada genera (ver más abajo) y se anima a navegar por más y más gotas de poesía desgranada por las manos y el verso del poeta argentino.
Agradece el viajero a quienes han hallado esas palabras en su humilde bitácora la dedicación mostrada y el amor por el poeta.
Como homenaje entremezclado entre verso y paso, entre poema y huella, el viajero se solaza de nuevo en un triste apunte de Portela. Hay un nombre para cada pequeño arañazo que nuestro andar causa en la arena rígida de la vía que seguimos. Hay una luz en cada memoria, un rayo en cada vacío, un destello en cada herida.
El viajero sigue caminando al ritmo pausado y feliz de la poesía…