Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
La búsqueda de mundos en los que cambiar la existencia monótona y anodina que nos atenaza cada día es una de las metas del viajero. Una inquieta actitud que le hace enfrentarse, en soledad, con las inconmensurables fuerzas del destino enfrentado frente a la dolorosa frialdad de la intemperie enrroscada en la pálida luz de crespúsculos muertos.
Solo junto al barranco de la noche inquieto, tempestuoso, y agresivo Entre la impiedad y el desvarío entre la adversidad y el desmedido cauce Buscándome en la sombra que proyecto con la esperanza trunca y la palabra ausente Cansada del dolor de la infértil labranza del grito sin respuesta Solo con mi ego mi yo y mi calvario en la orilla de un mar que no me nombra Sin mensajes ni horizontes ni cielo Expuesto a la intemperie que sale de mi mismo...
Andaluz de pro, Julio Aumente dedicó muchos poemas a su tierra. El viajero sigue homenajeandole con esta visión de su Córdoba querida.
Son ya las seis y media y es domingo. Febrero trae uno de sus días soleados y dulces en los que ya se siente rozar la Primavera.
Desde este mirador veo Córdoba: sus torres y sus casas bañadas en el sol de la tarde, con un silencio apenas roto por unos pájaros o por llantos de niños en las casas cercanas.
A veces toda la ciudad vibra entera y el aire es dulcemente rasgado por la campana de un convento que toca a Vísperas. Primero es el Císter, luego la Encarnación, lejos se oyen apenas Santa Isabel y el Corpus.
Después viene el silencio a dominar de nuevo. Por la campiña se vuelve el aire tenuemente violeta y en la sierra los montes oscuramente azules, ¿acaso no es la tarde como una nueva aurora? San Jerónimo cubre su perfil de naranjas.
Un rumor de caballos sube desde la calle. Las campanas repiten su llamada insistente y los pájaros huyen de las torres. El Ángelus se extiende en toda Córdoba entre sol y silencio.
En la blanca azotea de un convento apartado del mundo por ligeras celosías de madera, una monja recoge las ropas ya secadas.
La última campana ha cesado. Imperceptiblemente la tarde va dejando jirones de sí misma en las cumbres más altas de Sierra Morena.
Lejos hacia Granada las luces van huyendo y ni un rayo de sol queda ya en los tejados.
Los jardines ocultos van despertando al frío y de un balcón oscuro surge un rumor de música. La noche viene lenta casi como la muerte que se espera, no llega y de pronto ha llegado.
En homenaje a JULIO AUMENTE, recientemente fallecido, el viajero recoge su poema COÁGULO sin más presentación que sus propias e intensas sensaciones.
Descanse en paz el poeta.
Bellas palabras, trombo, granate viajero, ecos por la sangre, carbunclo, crepúsculo ; balaje errante, derisible en el túnel venoso, ir o volver, circular en torrente rojizo. Gotas densas, unidas, espesas, iridiscentes, golpear carmesí, caminos declina o escoge en curva dulce. Tú, permanente luz oscurecida, cierta y certera extiendes dúctil, breve te restringes ; aquí o allá hallas lugar predilecto, decides vida, o turbia muerte y su descanso. En la tiniebla, en la oquedad de las cuencas vacías, Brillan opacos, frío palor, los rubíes.
¿Es el camino la base de nuestra vida? ¿Vivimos al saber que existe la senda por la que caminaremos?. Ya solo el hecho de poder recorrer mil vericuetos por senderos dibujados por el destino es un trazo de gloriosa certeza. El viajero vive, camina, siente el aire tibio de la existencia golpeandole suave en el extremo final de cada una de sus neuronas. El fantástico paisaje de la vida lo espera con la alegría que solo él sabe advertir al salir de las íntimas tinieblas.
Ya tan solo porque puedo caminarlo mi camino está lleno de ventura. Por difícil que me sea, por más dura que la vida se presente, puedo andarlo
recorrerlo, paso a paso dominarlo comenzar con cada tramo una aventura y, en quedando mi alma libre de armadura, cuando deba, sin remedio, abandonarlo
satisfecho partiré de haber dejado por las sendas de este mundo que hoy transito, a quien quiera que le sirva, mi legado
Satisfecho volaré hacia el infinito con mi carga de vivido y de soñado... y que quede mi presente -solo entonces- ............................................en pasado.
Aunque a veces sea tanta la amargura que pudiera pretender abandonarlo mi camino está lleno de ventura sobre todo porque puedo caminarlo.
Mi camino está lleno de alegría aunque, a veces, me afane en ignorarla. Puedo verla, sentirla, acariciarla ... ¡si despierta a mi lado cada día!
Florece, silenciosa, en el abrazo de los hijos que engendró esta vida mía y en el Ser que, de niño, contenía con ternura, mi llanto, en su regazo.
Florece y se renueva a cada instante en las cosas más simples de la vida y, aunque a veces parezca tan distante,
que alcanzarla nos sabe a fantasía a la piel la llevamos adherida ... ¡El camino está lleno de alegría!
Interiores sendas nos guían hacia dilemas imposibles. Pensamientos dispersos que nos hacen dudar. Metas inciertas. Túneles cerrados y abiertos dependiendo de entradas o salidas a mundos inasequibles al desaliento.
Elecciones dolorosas. Mudas inquietudes. Rutas que convergen sin posible distancia.
Vidas que eligen.
Dos senderos se abren en mi carne doliente. El uno borrascoso, extenuante y baldío, gastado ya de tanto pisarlo inútilmente; el otro una locura que lleva al extravío.
Dos senderos se funden a mis pies como plomo, desconsolado el uno, imposible el segundo. Sólo puedo tomar el corriente, mas cómo si entre nubes de angustia en el otro me hundo.
Dos caminos, dos rutas, con idéntica meta, la soledad, la nada, la perdición, el llanto: por aquél me aventuro como paloma inquieta, por éste, que me tienta, me sucede otro tanto.
Dos estelas, dos bocas, dos perlas, dos sonrisas negligente en un caso, en otro confiada; por ambas se pelean mis manos indecisas, por las dos se revuelve mi alma enamorada.
Dos trayectos inciertos se juntan en mi nave náufraga de cariño, temerosa y sin puerto: por el uno no hay cielo, por el otro no hay llave y observo un panorama desconsolado y muerto.
La soledad del camino acompañado. He ahí la incógnita que mueve los inquietos giros planetarios. Nadie puede plantar su huella en el físico universo que contiene la tuya. Ningún viajero pisará de nuevo el solar de tu pie. Ni su pregunta absorberá tu aliento. Sus voces se oirán en auditorios reflejados mil veces en los arreboles carmesí de cada nuevo fin, pero ni una sola de sus notas será como el íntimo sonido de tu presencia.
Ni aun tu añeja ausencia dejará huecos en el lento discurrir del tiempo...
La eterna pregunta, el celestial dilema, la difusa interrogación que corona el camino. El viajero llega, mira, observa, absorbe, exprime, tornea, recrea, ausculta, requiere, requiebra, rememora, abraza... y quiere saberlo todo.
Quizá por eso recorre los senderos...
El caminante se detiene al llegar a la ciudad. El tiempo borra la huella de sus pies. El viaje ha sido largo.
El sueño era encontrar gente donde no hubiera apenas ruido. Una ciudad como otra cualquiera.
Con un desconocido se detiene el caminante. Una ventana abierta. Unos ojos que miran desde el origen de los tiempos.
Una puerta donde una tímida voz siente desde el primer paso hasta el último una ciudad diferente.
El caminante pregunta al arquitecto por la edad de sus calles y edificios.
Al músico por el origen de esa melodía desconocida que parece de siempre.
El caminante pregunta al vendedor de lotería por la alegría de la gente.
El caminante pregunta al vagabundo si se duerme bien o hace frío.
El caminante pregunta al ciudadano cómo es el que gobierna.
El caminante pregunta a la muchacha por una dirección desconocida.
Y aunque la pregunta suene diferente la ciudad es la que manda.
Como pájaros libres imagina el viajero cada uno de sus pasos. Golondrinas exhaustas de migraciones estériles.
Avanzar, volar, discurrir, entre azules matizados de blanco nube; pisar paletas de beiges terrosos. Sonreir pinceladas de rojiza pasión.
Aletean las manos cansadas.
Un voraz universo nos observa.
Enganchadas al cable como pinzas de ropa, gaviotas de madera diminutas, ágiles y minúsculas contra la brutalidad del azul, fijas al mediodía cayendo una tras otra, moviendo ropas, brazos, sonrisas, el pecho blanco, la capucha negra, las alas afiladas y en lista, mínima agitación. Hasta que vuelan todas excepto una, que se plantó un momento y arañó el regreso, como una ligerisima despedida, axila de golpe la mañana. Quedan los cables, el cielo en abandono intenso, como una boda de domingo de pueblo, después nada.
Las humildes aventuras de este viajero impenitente por los procelosos mares de los poemas cálidos y cercanos, por los oceanos del verso desbocado, por las escalas inaccesibles de mundos interiores, por las pieles encallecidas de mañanas al sol del sendero... han sido recomendadas en la sección correspondiente del suplemento CIBERPAIS del periódico EL PAÍS.
Gracias a todos y todas los que pasáis de vez en cuando, en silencio, sin dejar rastro, como en un suspiro de verso congelado, por esta página que atrapa momentos de poesía anudados a cada paso que la vida nos impulsa a dar.
Los pasos del viajero descansan tras la jornada rota. Caen todas las tardes de milenios, lustros, eones... Abrazan oscuras tinieblas en busca de tumbas delgadas, exquisitas.
Mas no terminan en ese crepúsculo encendido ni pasos ni miradas. Solo apuran esencias heredadas de pasos antiguos. Hay espuma de vida en los acantilados que aguardan la caída.
Apuntan resplandores tras la fúlgida y fugaz muerte anunciada.
Nunca es acabamiento el atardecer sino ordenación del ciego crepitar humano. Su estuario dorado lleno de venas azules como espuma fulge en las cristaleras tras las que se oculta el sueño y empuja hacia formas aún no nacidas. El atardecer no es una montaña cansada que se despeña por un cielo mudo, sino una joven tristeza que destila transparencia en la que un destemplado pájaro sucesivo se estrella y el rocio rosa de su sangre tiembla un momento el paisa.je antes de ser inundado por la sombra. Nunca es acabamiento el atardecer pues la luz se adelgaza hasta el manantial del silencio, allí donde oídos de piedra rasgan su velo de olvido con el filo de un nombre. El atardecer dobla su cascada de oro sobre el desnudo virgen que reluce como una isla y en algún lugar un pecho se turba con su reflejo.. Pero no es todavia la hora del amor sino de la espina-violín del deseo que coloca la sangre al borde. Nunca es acabamiento el atardecer porque clllanto del amante es pozo en el que se ahoga una imagen rota en resplandores. No hay tumba para el atardecer. Su horizonte de navío lento junta la vida y la muerte en la blanca tiniebla de lo que va a despertar.
¿A quién debemos el firme propósito de caminar indemnes por la senda que el destino grabó a fuego en nuestro primer cromosoma? ¿Qué inquietantes lagunas habremos de surcar con la helada sonrisa del miedo en la comisura de la vida?.
Hay una mano abierta, un espermatozoide chivato, una mirada tierna, una herencia abierta e inexorable, un padre, una madre, una historia pasada, un aire de futuro que dependen de aquel celeste instante de la conjunción que nos hizo Ser.
A todos los padres del universo conocido.
Mi padre tuvo pronto miedo de haber nacido. Pero pronto también le recordaron los deberes de un hombre y le enseñaron a rezar, a ahorrar, a trabajar. Así que pronto fue mi padre un hombre bueno. ("Un hombre de verdad", diría mi abuelo). No obstante, -como un perro que gime, embozalado y amarrado a su estaca- el miedo persistia en el lugar más hondo de mi padre. De mi padre, que de niño tuvo los ojos tristes y de viejo unas manos tan graves y tan limpias como el silencio de las madrugadas. y siempre, siempre, un aire de hombre solo. De tal modo que cuando yo nací me dio mi padre todo lo que su corazón desorientado sabía dar. Y entre ello se contaba el regalo amoroso de su miedo. Como un hombre de bien mi padre trabajó cada mañana, sorteó cada noche y cuando pudo se compró a cuotas la pequeña muerte que siempre deseó. La fue pagando rigurosamente, sin sobresalto alguno, año tras año, como un hombre de bien, el bueno de mi padre.
La ranura inquisidora permanece oculta tras el girón desvanecido del recuerdo. Ráfagas de nostálgica ilusión hierven en las níveas arterias del viajero. Brindis diluidos. Luces de opaca transparencia. Habitantes huraños de las páginas negras de los calendarios.
Sal de tu henchida cueva. Agujerea el rayo de luna que corta el muro que te oprime.
Fuera huele a menta y flor de limonero.
Embadúrnate el cuerpo, de oscuridad y de silencio, y podrás levantar la copa de los sueños.
Pasaron superpuestas ráfagas de recuerdos, y los nuevos clichés sólo quedan impresos, mientras hay luz de menta dentro del pensamiento.
Una astilla de luz, agujerea los tulipanes negros.
Abro los ojos, indómitos, rebeldes, altivos y me enfrento al giro insomne de la tierra. Las manos tienden hacia el perenne movimiento. La luz asoma su presencia por las rendijas húmedas del sueño. Quizá sigo mecido en el rumor quejoso de la sombra.
Trato de hablar.
Las palabras huyen, penetran en la arena removida.
El sueño sabe a tierra.
La tierra quema...
...El hombre lame la tierra y la tierra cae al hombre. El hombre penetra a la tierra. Y el llanto de la tierra humedece la frente del hombre.
La tierra con su honda cavidad lecho de luz, prepara el sueño. Hay que dormir el sueño de la tierra Hay que dormir. Dormir. Apoyar en la tierra una frente tranquila. Apretar con uña y boca y sed la sonora cascada de tierra, su turbulenta caja navegando a la paz.
Como grito de agua, el tiempo penetra en la tierra de huesos. Va hacia el dormido. Le pregunta si el sueño tiene sabor de tierra. Y el dormido no sabe si decir "Quiero" o callar...
Y mañana, cuando les falte el canto de la alondra o el perfume de la rosa, se acordarán de que hubo una flor y que hubo un pájaro. Y pensarán acaso que era bueno tenerlos. Pero cuando les falte mi verso tímido, nadie sabrá que alguna vez yo anduve entre ellos.
Miro hacia el universo que me cubre con su guiño incesante. Duermo en la rasa tierra del camino que espera. Oigo el cántico pausado de mi propio corazón que ausculta el tiempo.
Despierto a a luz cegadora de una estrella imposible que mira mi mísera existencia asida al supremo resplandor de su órbita celeste.
Miro de nuevo a la amanecida. Comienzo el camino. Una y otra vez...
Dejadme dormir en estas laderas sobre las piedras del tiempo, las piedras de la sangre helada de mis antepasados: la piedra-musgo, la piedra-nieve, la piedra-lobo. Que mis ojos se cierren en el ocaso salvaje de los palomares en ruinas y de los encinares de hierro. Sólo quiero poner el oído en la piedra para escuchar el sonido de la montaña preñada de sueños seguros, el latido de la pasión de los antiguos, el murmullo de las colmenas sepultadas.
Qué feliz ascensión por el sendero de las vasijas pisoteadas por los caballos un siglo y otro siglo. Y en la cima, bravo como un espino, el viento haciendo sonar el arpa de las rocas. Es como el aliento de un dios propagando armonía entre mis pestañas y las nubes.
¡Cómo se embriagan de adolescencia perdida las venas! Dejadme dormir en la ladera de los infinitos sacrificios, en donde arados y rebaños se han petrificado, en donde el frío ha hecho florecer cenizales y huesos, en donde las espadas han segado los labios del amor.
Dejadme dormir sobre la música de la piedra del monte, pues ya sólo soy un nogal junto a una fuente ferrosa, la vela que ilumina una bodega de mostos morados, un trigal maduro rodeado de fuego, una zarza que cruje de estrellas imposibles.
No tengo en mis manos la esencia que investigo. Mi cabeza reniega de búsquedas insomnes, senderos incandescentes que derriten la huella inocente.
Instrumentos soñados tañen al alba de delirios dormidos.
Camino despierto por caminos de sueño.
En la luna, descanso.
Frío, glacial, exacto se comprimen en aros de papel mis nervios cantata de oboes apuntando al nefasto orden del estío sinfonía de fuego anulando la esencia sacra de las cosas
violentos dragones serpientes-cactus me lanzan sus llamas por el sendero del halcón que posa su rapiña incólume en mis ojos góticas columnas punzan la fobia intratable del suicidio
el temor ha cesado la luna conduce ahora mi mente y me he tornado en la iguana que cava su tumba en el delirio
(Templo de las manos cruzadas. L. Zelada. Adaptación)
Sin trumbo, sin meta, sin guión, con la locura prendida en el ojal del futuro imprevisto.
Así camino. Ese es mi sendero gestado con losas de incoherencia. Sin pensar en la llegada. Solo ir, caminar, vivir.... con la locura, madre, con tu locura...
!Madre Locura! Quiero ponerme tus caretas. Quiero en tus cascabeles beber la incoherencia, y al son de las sonajas y de las panderetas frivolizar la vida con divina inconsciencia.
.¿Son tus pasos resultado del azar?. ¿Acaso cada mirada gestante de aventura no es más que la llamada aleatoria de la mente aturdida?
Al azar dirigres tus pasos hacia el viento; al azar descubres los ojos reflejados en la pátina salina del oceano; al azar vas hollando senderos caprichosos...
Todo y nada es azar, viajero.
Parecen nubes. Veleras, voladoras, lino, pluma, al viento, al mar, a las ondas - parecen el mar - del viento, al nido, al puerto, horizontes, certeras van como nubes.
Parecen rumbos. Taimados los aires soplan al sesgo, el sur equivoca el norte, alas, quillas, trazan rayas, - aire, nada, espuma, nada -, sin dondes. Parecen rumbos.
Parece el azar. Flotante en brisas, olas, caprichos, ¡qué disimulado va, tan seguro, a la deriva querenciosa del engaño! ¡Qué desarraigado, ingrávido, entre voces, entre imanes, entre orillas, fuera, arriba, suelto! Parece el azar.
El viajero llega y se descubre ante la lluvia. Nadie osa alterar el ritmo de su escapada. Llueven historias desecadas, ideas soñadas, gotas de barro diluido...
El viajero recorre sus propias pisadas en el lodo. El viajero despierta.
Hay noches que debieran ser la vida. Intensas largas noches irreales con el sabor amargo de lo efímero y el sabor venenoso del pecado -como si fuésemos más jóvenes y aún nos fuese dado malgastar virtud, dinero y tiempo impunemente.
Debieran ser la vida, el símbolo de toda nuestra vida, la memoria dorada de la juventud. Y, como el despertar repentino de una vieja pasión, que volviesen de nuevo aquellas noches para herirnos de envidia de todo cuanto fuimos y vivimos y aún a veces nos tienta con su procacidad. Porque debieron ser la vida.
Y lo fueron tal vez, ya que el recuerdo las salva y les concede el privilegio de fundirse en una sola noche triunfal, inolvidable, en la que el mundo pareciera haber puesto sus llamativas galas tentadoras a los pies de nuestra altiva adolescencia.
Larga noche gentil, noche de nieve, que la memoria te conserve como una gema cálida, con brillo de bengalas de verbena, en el cielo apagado en el que flotan los ángeles muertos, los deseos adolescentes.
(F. Benitez. "Los vanos mundos")
El viajero se deja llevar por el cálido adormecer del verso y piensa. No tiene palabras que añadir, glosas que adosar, ideas que compartir más allá de esa noche, de esa vida... El viajero sueña.
¿Quién no ha tenido la tentación de huir, de escapar, de no mirar atrás? La vida, el camino, nos depara a cada instante un nuevo reto. Esconder el ánimo, cerrarnos a su avance... ¿a qué nos conduce?
La historia nos mira, nos ausculta desde su horizonte gélido y adormecido. Corremos por sendas holladas hasta el infinito. Dormimos los sueños antaño dibujados por las huestes guerreras del tiempo. Jugamos con la inquieta y luminosa respuesta del alba...
¿Por dónde va la mirada del que huye? ¿Dónde descansa?. Polvo y asfalto marcan el paso tímido de la mañana. Viajero incansable. Camino deshecho. Horizonte perdido. ¿Qué es la vida?.
Llega la página nueva del viejo calendario. Y la pasa el viajero con la suntuosa elegancia del paseo al atardecer frente al mar soñado.
Nada intuye. Todo ignora del plan celeste que aderezar le toca. Prepara su paso y su mirada.
Nada en la mochila. Los ojos bien abiertos.
Hay un camino arriba, a la derecha...
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa, tu corbata de tarde, la carta que le escribes a un amigo, la opinión sobre un lienzo, que dirás en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero. Amar el sol y desear veranos, y el invierno lentísimo que invita a la nostalgia (¿de dónde esa nostalgia?). Salir todas las noches, arreglarte el foulard con cariño esmerado ante el espejo, embriagarte en belleza cuanto puedas, perseguir y anhelar jóvenes cuerpos, llanuras prodigiosas, todo el mundo que cabe en tanta euritmia. Dejar de amanecida tan fantásticos lechos, y olerte las manos mientras buscas taxi, gozando en la memoria, porque hablan de vellos y delicias y escondidos lugares, y perfumes sin nombre, dulces como los cuerpos. ¡Qué frío amanecer entonces, qué triste es, qué bello! Las sábanas te acogerán después un tanto yermas, y esperarás el sueño. Del día que vendrá no sabes nada. (No consultas oráculos). Te quemarán hastíos y emociones, tertulias y bellezas, las rosas de un banquete suntuario, y las viejas callejas, donde se siente todo, en el verano, como un aroma intenso. Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa. Y si todo va mal, si al final todo es duro, como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno.
EL ángel recibe al viajero en su morada. Le muestra la última cabaña, el último refugio. El sonido se pierde. La luz se atenua. El espíritu rodea los troncos ahogados de las encinas tristes.
El ángel sonrie.
El viajero suspira entre los lirios azules del destino.
No he soltado a mi ángel mucho tiempo, y se me ha vuelto pobre entre los brazos, se hizo pequeño, y yo me hacía grande: de repente yo fui la compasión; y él, solamente. un ruego tembloroso.
Le di su cielo, entonces: me dejó él lo cercano, de que él se marchaba; a cernerse aprendió. yo aprendí vida, y nos reconocimos . lentamente...
Aunque mi ángel no tiene ya deber, por mi día más fuerte desplazado, baja a veces su rostro con nostalgia, como si no quisiera ya su cielo.
Querría alzar de nuevo, de mis pobres días, sobre las cimas de los bosques rumorosos, mis pálidas plegarias basta la patria de los querubines.
Allí llevó mi llanto originario y pensamientos; y mis diminutos dolores se volvieron allí bosques que susurran sobre él...
Sí algún día, en las tierras de la vida, entre el ruido de feria y de mercado, la palidez olvido de mi infancia florecida, y olvido el primer ángel, su bondad, sus ropajes y sus manos en oración, su mano bendiciendo; conservaré en mis sueños más secretos siempre el plegarse de esas alas, que como un ciprés blanco quedaban detrás de él...
Sus manos se quedaron como ciegos pájaros que, engañados por el sol, cuando, sobre las olas, los demás se fueron a perennes primaveras, han de afrontar los vientos invernales en los tilos vacíos, sin follaje.
Había en sus mejillas la vergüenza de las novias, que el espanto del alma tapan con púrpuras oscuras ante el esposo.
Y en los ojos había resplandor del primer día: pero sobre todo descollaban las alas portadoras...
Había expectación en la llanura por un huésped que no acudió jamás: aún pregunta tal vez el jardín trémulo: su sonrisa después se vuelve inválida.
Y por los barrizales aburridos se empobrece en la tarde la alameda, las manzanas se angustian en las ramas y les hacen sufrir todos los vientos.
Es donde están las últimas cabañas y casas nuevas que, con pecho angosto, se asoman estrujadas, entre andamios miedosos, quieren saber dónde empieza el campo.
Allí la primavera siempre es pálida, a medias, el verano es febril tras esas tablas: enferman los ciruelos y los niños, y tan sólo el otoño allí tiene algo
de remoto y conciliador: a veces son sus tardes de suave derretirse: dormitan las ovejas, y el pastor con zamarra se apoya, oscuro, en la última farola.
Alguna vez ocurre en la honda noche que se despierta el viento, como un niño, y pasa la alameda, solitario, quedo, quedo, llegando hasta la aldea.
Y a tientas va marchando hasta el estanque y se para después a oír en torno: y las casas están pálidas todas y las encinas mudas...
Caminos y viajes sueñan ser vividos por almas engalanadas. Las culturas perdidas anhelan ser degustadas por almas de viajeros impenitentes. Circos de luz y arena ensangrentada giran en territorios de gorgonas ansiosas.
Y, sin embargo, todo parece haber sucumbido al exhuberante aliento del tigre agazapado tras el tiempo.
Veo
el sonido delgado como el iris del lanzador de cuchillos de aquel circo barroco que recorría mi niñez de condición quimérica
el alfiler con óxido del saxo tenor hundido como un talismán de olvido y de infortunio en el sexo civilizado de la mulata melancólica que aún sueña con los ojos de los búhos
qué es esto? Me dirá .Y usted qué hace con un tigre de charol entre sus manos en este siglo en que Rilke y los jazmines son cadáveres finos?
¿Qué sucede cuando el viajero llega a los umbrales del último camino?
¿Hunde sus pasos anhelantes en la arena húmeda de la´plácida playa final?
¿Recorre con su grito ancestral los senderos que holló en un pasado extraviado en el tiempo?.
¿O solo deja de sentirse vivo y abandona el báculo junto a la roca que le sirvió de apoyo?.
Muere el viajero.
Los pájaros observan su fugaz caída.
La filosofía de la muerte es una circunstancia con sus tendencias, de angustia, escepticismo, miedo o placer. Lentamente, como excusa del buen vivir, morimos actuando en este teatro. Morimos y vivimos. Ya está.
¿Qué hace nacer la luz junto al camino?. ¿Es el deseo del tórrido paisaje que ansía reflotar su pálpito interior? ¿Es el tierno anhelo del viajero a la busca del sinfín horizonte? Al alba se descubren los íntimos secretos del sendero. Los últimos jirones de la inmunda noche se dejan arrojar, babosos e indecentes, por los acantilados de luz de la mañana.
Duro avance el del viajero que solo lleva anotada en su agenda la última etapa, el desenlace. Nada ni nadie logra desviarlo de su fin. Lúgubres escalas, desasosegadas posadas y dolorosos altos en el camino son sus únicas compañeras de viaje.
La luz de amaneceres fluidos se mezcla en su inmisericorde espíritu con ráfagas oscuras de noches inmensas provocando que la tenebrosa penumbra del olvido, la desesperanza y el abandono pulsen todos y cada uno de los resortes que le empujan.
Pobre viajero ensimismado. Ya nada queda en su bolsillo roído. Solo el cansino caminar cansado...