Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
Si existe una ligazón entre los universos paralelos, entre la existencia feroz y la plácida evanescencia etérea, ese nexo siempre ha tenido un nombre en la mitología celeste: Estigia.
Una cristalina superficie de aguas profundas sobre la que podemos deslizar almas y cuerpos en pos de eternidades untuosas. Un recorrido aterrador con fin empozoñado o un idílico crucero en aras de una verdad inalcanzada.
¿Qué nos depara el último camino?. ¿Dónde finalizan los pasos del sendero?.
¿Quién alcanzará a rozar el primigenio soplo de un renacido parto a las regiones de la verdad suprema?
A un lado del bosque -por la orilla- veía extraños fuegos y gritos espantosos. (Digo bien: Veía gritos, porque nada oía). Era el aire melancólico y sombrío. y lo cruzaban pájaros de color ceniza. No puedo decir que sufriera exactamente, era una sucesión de agobio, pesadumbre, angustia, como queriendo llorar y sintiéndote solo. Al otro lado del agua (un agua esmeraldina, profunda, portentosa) se distinguía apenas otro bosque, y una ignota claridad desconocida. A la vera del agua (sin rumor, pero móvil) había un viejo desnudo, con crespa barba blanca. Le dije: ¿Cuál es la verdad, dime; qué debí haber hecho? ¿Retirarme de todo, vivir remoto al mundo, en la paz de las sierras? ¿O arder en las batallas y zozobras, intrigar, morder ansia, escalar arduamente, herir al semejante con ponzoña enconada? ¿O simplemente entregarme a la carne, hundirme entre los cuerpos día a día mientras seca la lengua siente un vacío instante? ¿Qué debí haber hecho? ¿El poder, la soledad, el amor, el triunfo? ¿A cuál dedicarse? Y el viejo no se inmutó aunque yo temblase. Respondió: Cualquier cosa que hicieras, es lo mismo. No hay verdad aquí. Nada es verdad segura. Si buscaste el sosiego -sólo eso- y es mucho... Esta es la única verdad, siguió. Y me mostró una barca. Esta de ahora es la sola verdad de cuanto existe. Y me tendió un vaso de agua clara. Toma, añadió. Me cogió la mano. Y sentí un blando frío en los pies, al mojarme, subiéndome a su barca. Al fondo, un raro sol, como violeta y rojo, que no daba calor, parecía la sangre cuando mana.
.Cuan árida es la noche; cuan extrañas sus luces aparcadas en los linderos oscuros de los sueños...
Qué distinto es el viaje que busca evanescencia en los anclajes nocturnos de una existencia indefinida...
Aparecen la luces del escándalo rojo entre las ráfagas encenagadas de los automóviles y descansas en el regazo hundido de la hetaira somnolienta que mira a las estrellas atrapadas en lámparas de techos enmohecidos...
El viaje de la noche nunca termina. Anhelas que, de nuevo, las sombras hagan enmudecer al reloj y a la conciencia. Siempre hay un alma que cobra por ofrecer miradas. Mas no aparece en tu bolsillo la moneda capaz de intercambiarse por un trozo de áspera y dolorosa libertad. La noche te lo impide.
Brillantes son las avenidas de la noche, las vacías autopistas que solitario atraviesas en la cabina de un coche, como si una soledad acristalada permitiese la vida de los sueños, de las niñas que mueren de amor ante los cines, fuera del mundo, al borde de la noche. Automóviles solos que en todos los moteles hablan del saxo azul de los night-clubs, de un silencio de seda, del fuego que abrasa las tablas de la ley cuando el malhechor - raso en la pechera - decide ahogar su dolor en los cetáceos muertos, en la pálida estrella que ve brillar tras el arabesco del balcón en un motel cualquiera... Con el alba el claror redibuja un paisaje, el cascote del día resuena contra el níquel y hay olor a comienzo de caza en los bares desiertos, desiertas avenidas... Las sábanas entonces, al que tarde regresa, le ofrecen dulzura de hierba cortada, rocío en las hojas de los tréboles, trinos de tordos que saludan al alba. En tanto tú regresas, marchito el clavel en la tersa solapa, dispuesto al sueño, al olvido del dolor, al rubio olor del champaña... Y mientras, las carreteras desenvuelven las alfombras azules de la madrugada.
El viajero, cansado, abre los ojos. Choca su mirada con un techo de opaca y mugrienta soledad. ¿Quién patea los guijarros al otro lado de la acera mojada?.
¿Qué ciudad palpita alrededor del árido hospedaje?. Un plano enseña rutas con destino a un sexo con factura. Cristales de taxi que rezuman lluvia. Persianas que parpadean curiosas en la noche.
Destinos que solo se muestran, orgullosos y altivos, cuando se les azuzan ladridos de recuerdo. Existieron a golpes de mirada. Con cada vómito de agria nostalgia reviven en el imaginario y pugnan por rasgar las nubes oscuras del crepúsculo.
Ciudades como cuerpos yacentes en un lecho a la espera de un amante enajenado.
El viajero las suma en sus alforjas, las colorea de sepias, añiles y brocados. Se gira displicente y ronronea. Atisba en derredor. Y duerme.
Recuerdo una ciudad como recuerdo un cuerpo.
Caía ya la luz sobre las calles ya caía en tu cuerpo -en un hotel oscuro, o en no sé qué habitación sin muebles de no sé qué ciudad- la luz agonizante de velas encendidas.
Un temblor de velas, o un temblor de árboles, en el otoño sucedía -no lo sé- en la ciudad que no recuerdo -ya esa desmemoriada sensación de haber estado allí, ignoro adónde, con alguien que no sé, quizás en la ciudad que siempre olvido.
Tal vez era la lluvia: mi pasado ocupa un escenario de calles desoladas. Sin duda era la lluvia golpeando los cristales de un taki, con alguien a mi lado, con alguien que ha perdido sus rasgos con el tiempo.
O era yo -no lo sé-, tal vez yo mismo reflejado en cristales mojados por la lluvia. Quizás era en verano, no recuerdo, y era otra ciudad la que ahora olvido. Una ciudad con bares junto al mar, donde tú nunca estabas.
No sé bien qué ciudad era aquélla en que la luz tenía la apariencia de una flor abrasada, pero tus manos frías estaban en mis manos, tal vez en algún cine con palcos de oro viejo, en su caliente oscuridad.
Una ciudad se vive como un cuerpo, se olvida como él.
Posiblemente ahora evoco ciudades que existieron al lado de esos cuerpos que existieron en ciudades que existen tal vez en el olvido. Que deben existir, pero no sé.
El viajero ausculta las cálidas auroras del verano. Y sabe que llega su estación. Florecerá de nuevo su ardiente caminar hacia coordenadas dispersas por los mapamundi. Nueva etapa de luz que retrotrae la sombra de otro paso.
Dedos que marcan arenas febriles. Huellas que llaman desoladas a quienes antes hollaron los caminos. Memoria que aflora entre vómitos de esplendores perdidos.
Laberinto escondido que nunca dejamos de recorrer. Verano que transmuta futuros en pasados. Paisajes y Ciudades. Orondos estigmas gimiendo en la vaharada pútrida del tiempo.
Sombras que huyen de soles desbocados. Un verano más que cuelga de las grapas gélidas del calendario.
El viajero mira en derredor. Y huye.
Aquel verano, delicado y solemne, fue la vida. Fue la vida el verano, y es ahora como una tempestad, atormentando los barcos fantasmales que cruzan la memoria.
Alguien retira flores muertas del cuarto de los invitados y hay una luz cansada tendida sobre el suelo, como un dios malherido, y van yéndose coches en que agitan pañuelos unos niños.
Trae la noche un viento helado y bronco que es el viento del pasado, y en la terraza esparce hojas secas y rosas y periódicos, mientras miro el sepulcral avance del mar sobre la arena, llevándose y trayendo troncos viejos, hierros llenos de algas, y algún juguete roto.
Ahora recorro ciudades que son una ciudad sola, y siempre oscura, cargado de maletas, sin dinero, buscando un hotel sin nombre donde alguien me espera para revelarme aquello que no quiero saber, para darme una llave... Oigo esta noche tu cuerpo desplomarse en la piscina, y las risas festivas de los amigos, encendiendo bengalas. Y estoy de pronto en una calle, esperándote para acudir al piso de las citas furtivas olor a tabaco rancio.
Se muere el mar de otoño y hay niños que apuñalan las estatuas y las olas arrastran candelabros, sables rotos. Alguien que no conozco me persigue llorando -pero sé que el verano fue la vida.
Llega un balón rodando hasta mis pies, a la mesa en que escribo. Unos niños, con los ojos vacíos, me hablan y es un eco trasmundano el que tienen sus voces, que resuenan en el jardín, como un disco incesante cada noche, en la memoria. Estoy de nuevo en la ciudad entenebrada que nunca he visitado, buscando direcciones que dicta la memoria confusa -y un papel con cifras de teléfonos que suenan en salones vacíos. Me he sentado en un cafetín del muelle a descansar y alguien comenta a gritos no sé qué de una niña suicida que encontraron con las muñecas abiertas, y una carta a sus padres... Se marchaban los coches cuando el sol declinaba, mientras yo recogía los juguetes y el mar iba volviéndose más frío, verde y bronco.
Sueña el viajero entre febriles sacudidas. Arde su piel en ebulliciones de áridas y escarpadas erupciones de sal, de arena cristalina, de aguas corruptas, de alientos de cloaca encenagada.
No era este el destino anhelado. Nunca sus pasos le arrebataron, indómitos y agrestes, la posesión del sendero soñado. Mas un polen maléfico de lunas florecidas emboza su mirada lánguida y enfebrecida.
Hay tierras de rojo ensangrentado que soportan impávidas sus huellas abrasadas. Y mares viscosos de recuerdos que atrapan el vaho inmisicorde que escapa del rictus ajado de su boca.
El viajero avanza entumecido pero no ve sus pasos difuminados y escondidos. No descubre pasados hundidos. Tampoco atisba aristas del destino débilmente sumidas en el oscuro transcurrir del tiempo...
RESPIRA hondo oxigena los sueños esos que te trajeron a este día a esta plataforma hostil hasta este vértice que es la punta de flecha de un anhelo
aquí volver atrás sería una renuncia y tal como yo veo eso es morir un poco
atrapa todo el yodo que la brisa despliega como un polen de lunas como un brotar de sueños
navegando la sangre él será el talismán para el febril viaje para la dura prueba que es su meta sin nombre
¿o es tu nombre su nombre?
un leve titubeo removerá tu ánimo cuando mires atrás
la tierra es un seguro baluarte
pero has de volver la vista hacia las olas que percuten espacios y anegan las arenas que cubren arrecifes y también los desnudan volverás a desear su recia lejanía y querrás abarcarla sobre sus lomos grises que vuelven incesantes...
.Llega el viajero a la orilla del mar de sus susurros anunciados. Ondea en la ignota playa la bandera de su recorrido interior, de su anhelo constreñido por relojes intactos.
El viajero moja las puntas de sus dedos en el gélido rumor de olas compactas y se estremecen las gotas de lívida sangre arracimada bajo la erizada piel de un cuerpo absorto.
Hay un mar repleto de salpicaduras de muerte que espera, arrebatado, la llegada del viajero perdido. Él, y solo él, dará sentido al inexplicable surcar melódico del agua disfrazada de lágrima sutil.
El viajero se desprende del pesado equipaje. El mar acoge su eterno descanso. Los ínclitos fluidos entumecen sonrisas destripadas. Olas de sangre coagulada erizan cabellos volátiles.
La vida renace gota a gota...
NADA es inmóvil totalmente nada escapa a la acción corrosiva del salitre y a la devastadora garra de la espuma cautivas están la vida y la muerte en cada golpe intermitente
presentes ciertas y seguras altivamente expuestas a ese sordo azotar de la marea milenaria
a cada instante alguna se produce desdobladamente se desata el forcejeo del ser
una vida una muerte una vida una muerte cautivadora o liberadora pero ambas necesarias reales tangibles
la mar es portadora del azote del tiempo imperturbable desde sus bellos ojos esmeralda y su abrazo salado desde sus hondas simas jamás holladas desde sus felinos desafíos que abren proa a proa sus brazos de mujer
la mar incógnita lecho nupcial sarcófago
¿por qué estás aquí de pie frente a la mar rompiente desde el principio preguntando preguntándote escudriñando escudriñándote en cada y a cada ola y espuma rezando al horizonte por ti que eres aquellos que se osaron y fueron devorados por ti que eres aquellos que volvieron también para siempre devorados por ti que eres también aquellos que se irán en busca de su huella y su batalla?
¿qué esperas? abre los brazos respira hondo cierra los ojos ¡entrégate!
La razón, ese extraño sortilegio por el que luchamos día tras día... La razón, ese estigma que nos florece entre las manos con tentación de ocupar nuestro pensamiento hasta el punto de hacerlo impermeable a realidades diferentes...
Pero... no todo es la búsqueda de la razón. La razón, ya lo pintó el genio, produce tambìén mostruos que nos acosan, terrores que nos oprimen, nubes que ocultan soles, sonidos sordos que entorpecen gargantas...
Lucha el caminante por encontrar las pautas de la autoafirmación, de la verdad personal e instransferible. Y encuentra la desolada levedad de la razón desnuda. No solo la razón recubre las verdades. Hay ocasiones en que la nube negra propicia la tormenta que alivia la tensión que encorseta al horizonte...
¿Dónde está la razón? Se preguntaron. Pero entre miedos y otras cosas indignas se perdió la llave y la razón quedó tras la puerta y yo quedé encerrado al otro lado, en este mundo que no es el que yo quiero.
Y aunque de pronto el cielo se cargó de sombras, sepan los tan felices de su última ignominia, que en mi osadía el terror no funciona, que en mi honor la injusticia no trabaja, que en mi virtud la avaricia no mella, que en mi verdad la dignidad cohabita, que en mi amor la alegría siempre llega.