Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
¿Dónde quedan nuestros sueños primeros?. ¿Cuál es el fin de esos deseos que siempre atesoramos en lo más profundo?. Viajamos en pos de un anhelo nunca pronunciado, íntimo y recogido, a través de esa senda llamada sencillamente vida. Y finalmente, ¡quièn sabe!, tanto los obstáculos como el horizonte se mezclan en la vorágine que nos abstrae. Cuando la vida ya es leyenda, cuando los días van acabando el calendario, quizá soñamos con otra etapa, con un nuevo almanaque, con otra sombra que proyectar hacia atrás o, mejor, hacia adelante. No debemos dejar que el peso del camino nos hunda en la grava cotidiana. Seamos como el árbol.
Dejemos que Rainer María Rilke nos lo cuente en su versos:
Amo de mi ser la cosas oscuras, en las cuales se ahondan mis sentidos; en ellas, tal como en añejas cartas, hallé mi vida diaria ya vivida, superada, hecha lejana leyenda.
De ellas sé que tengo espacio para una segunda vida, anchurosa y sin tiempo. Y a veces soy como el árbol que adulto y rumoroso, encima de una tumba, cumple el sueño que el muchacho, ya sido, (por el que se entran sus raíces cálidas) perdió en melancolías y canciones.
¿A dónde vamos? ¿Qué extraños paraisos queremos encontrar? ¿Cuál es la meta que queremos pisar los primeros?. En todo viaje, y nuestro camino lo es, hay un momento en que la senda se bifurca. Hay siempre un futuro en el que habrá que elegir el sentido de la encrucijada.
Somos los capitanes de un velero que solo a nosotros nos pertenece. Y solo nosotros somos capaces de marcar el rumbo. El tiempo suele jugar en nuestra contra, igual que el sol que ciega la esperanza o las nubes que oscurecen las decisiones. Al final llegamos sin saber si hicimos perífrasis en el sendero. ¿Y si hubíeramos tomado aquella otra dirección?.
El viaje continuo de la vida nos lleva de salto en salto por el calendario. No es necesario preparar el equipaje. Solo el cotidiano hatillo nos acompaña por la estación abierta. Ni un billete de tren ni un pasaje de avión nos son solicitados cada mañana para partir hacia el corazón de cada día. Visitamos los lunes y los jueves, haciendo escala en los aeropuertos del martes o del sábado. La travesía del viernes o la meta volante de algún miércoles solo son saltos ínfimos en el itinerario.
Ni acaso el adiós de un domingo alterado nos permite parar el tórrido tiovivo. Una vuelta más y llegamos a la parada de otro lunes. Viajamos ligeros de capas exteriores pero con una ebullición ascendente en la mirada. Y cada vez que el alba nos despierta sabemos, insomnes, que el camino está siendo construido, en un alarde de pútrida esperanza, solo para nosostros...
Al cabo de este domingo de piñata hondamente intratable
se abrirá en abanico la semana
de los lunes con un lunar de oro y muchos lápices
de los martes de ríos orquestales
de los miércoles quemados de magnesio
que nadie osará hollar, siempre presentes,
de los jueves con las más frescas lilas goteantes
de los viernes repetidos y rojos como abiertas granadas
El viajero no solo recorre lugares, paisajes, horizontes. Llega también a mentes y moradas interiores. Encuentra manos extendidas, caminos que llevan al corazón de habitantes esquivos, luces que marcan los aleteos de las almas que se cruzan.
El viajero navega entre los sauces, a lomos de lunas y regueros estelares. El viajero es solo patrimonio del sendero, como el camino lo es del caminante. El viajero descubre y es descubierto. Nada insomne en el revuelto mar de los bosques de estrellas y observa que delante de él otros dejan huellas que difieren de sus pasos. Algo como lo que aprecia J. Plá en su poema:
...Y, de pronto, el viajero surgió. Sobre el sendero sus pies dejaban pálido, fosforente reguero.
Vio mi mano en oferta, y dijo: -¿Es para mí?- (Yo no sé si despierta o en ensueños le oí).
...Extasiado, mirándole los ojos, se lo di... ¡Poder no pensar, poderse abandonar, como el pétalo al viento, como al fuego el sarmiento, como la astilla al mar!
Caminito escondido Caminito escondido que te embozas en sombra y con grama te alfombras, y al silencio haces nido:
Caminito escondido: eres humilde y breve, y tu surco es muy leve entre el bosque tupido.
Medio sol de mañana, un poquito de luna, un hilo de fontana, son toda tu fortuna...
¡Poco tienes, sendero enflecado de sauces, mas tú sabes, camino, que breve, pobre, austero, en sombra, eres el cauce de un designio divino.
También yo sé, camino que, aunque corto y umbroso, te vio el dolor celoso y el amor adivino;
que alguna vez, acaso, pudo encontrarte al paso el hada de la suerte,
y que, en noche sombría o en el claror del día, te sabrá hallar la muerte!
.Viejos aforismos nos topan de improviso cuando desfloramos caminos, hollamos senderos olvidados o pisamos el barro primigenio del agua purificadora.
Los aforismos hablan de mirar a las estrellas, de no olvidar horizontes cerclados, de horadar soles y atrapar planetas.
Pero, al fin, entendemos que su deseo no es mas que introducirse en el íntimo programa que nos mueve, en el faro que -con níveas señales- guía a ráfagas nuestro avance.
Hasta que un dia, despacio, inútilmente, descubrimos que el azul celestial irreverente solo cubre el pútrido manto infecto de las ratas que con nosotros comparten camino y esperanza...
Inútil escrutar tan alto cielo inútil cosmonauta el que no sabe el nombre de las cosas que le ignoran el color del dolor que no le mata inútil cosmonauta el que contempla estrellas para no ver las ratas.
Hace muchos veranos, quizá quince, la vieja Grecia Helénica se abrió bajo mis pies. Mis ojos taladraron los ojos pétreos de Apolo y violaron la íntima soledad de Palas Atenea. Una ligera llovizna sobre la Acrópolis. Una brisa cálida del Egeo. Un trago de Ouzo al atardecer...
Y este poema de Gil Albert...
¿Queréis que entre el arrullo de mis brazos tiemble el dormido corazón de Helena como entre sus asiáticas murallas y el vulnerable hijo de Peleo otra vez en su lecho halle al amigo por el que rugió hermoso? ¡Ay, quién pudiera con su soplo alentar tales prodigios y devolver la vida con su canto a quienes se mostraron por la tierra con tal deseo espléndido! Una aurora puedo mecer en vuestros corazones despertando la rosa en las mejillas de aquellos hechos, dando a sus miradas glaucos ojos y finas como liebres piernas aventureras que recorran con pasmo el verde mundo y, al regreso de sus trabajos, bellos cual conquistas de extraños soles, darles el acanto como fresco cojín de sus placeres. ¿Mas debe el hombre transmitir el culto de sus demencias? ¿Debe en sus delirios arrancar de la nada los secretos del caudaloso manantial antiguo sobre el cual las voraces primaveras desfilaron cual mármoles de sueño su gentil pubertad? Aquellos seres, aquellas enigmáticas hazañas, aquel juego de dioses sometidos a la gran seducción de nuestra muerte y al efímero arder de nuestra carne, sombras deslumbradoras eran antes de sonar la verdad, pero unas voces siguen viviendo ocultas en las blancas médulas de los árboles, devueltas a la naturaleza en que nacieron. Y expiarán allí su eterno encanto, transmitiendo al silencio sus gemidos profundos, como de élitros que suenan, ese informe clamor que a quien lo escucha convierte en criatura inconsolable.
El verso del camino, el poema del caminante, la palabra del viaje inacabado no abren sus ojos en la vorágine de la comunicación actual. Hace siglos, cuando recorrer el mundo era sentir realmente su poder, el embrujo de la naturaleza alrededor, Luis de Góngora ya glosó a un caminante enfermo que encuentra en la posada (bella palabra ya descabalgada del vocabulario viajero) algo más que el descanso y las viandas que su maltrecho cuerpo anhelaban...
De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado
Descaminado, enfermo, peregrino, en tenebrosa noche, con pie incierto, la confusión pisando del desierto, voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino, distinto oyó de can siempre despierto, y en pastoral albergue mal cubierto piedad halló, si no halló camino.
Salió el sol, y entre armiños escondida, somnolienta beldad con dulce saña salteó al no bien sano pasajero:
pagará el hospedaje con la vida; más le valiera error en la montaña que morir de la suerte que yo muero.