Textos, viajes, poemas, ideas, sensaciones de esos rincones del mundo (exterior o interior) que nos proporcionan instantes de felicidad, de humor, de amor, de tristeza, de búsqueda....
Las piedras que saludan el paso, los capiteles que besan la tierra que antaño divisaban desde su erecta juventud, los templos que solo son ya refugio de hierbas y alimañas, las escalinatas que perdieron el mármol y se averguenzan de ser humildes y olvidadas...
¿Qué queda del foro en la Roma huérfana de emperador? Quizá solo el sonido desvahido de la historia, las palabras fundidas en las rendijas de los recios sillares, los discursos helados de mil senadores... Ya lo cuenta Kavafis:
-¿Qué esperamos congregados en el foro? Es a los bárbaros que hoy llegan.
-¿Por qué esta inacción en el Senado? ¿Por qué están ahí sentados sin legislar los Senadores?
Porque hoy llegarán los bárbaros. ¿Qué leyes van a hacer los senadores? Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.
-¿Por qué nuestro emperador madrugó tanto y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad, está sentado, solemne y ciñiendo su corona?
Porque hoy llegarán los bárbaros. Y el emperador espera para dar a su jefe la acogida. Incluso preparó, para entregárselo, un pergamino. En él muchos títulos y dignidades hay escritos.
-¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron hoy con rojas togas bordadas; por qué llevan brazaletes con tantas amatistas y anillos engastados y esmeraldas rutilantes; por qué empuñan hoy preciosos báculos en plata y oro magníficamente cincelados?
Porque hoy llegarán los bárbaros; y espectáculos así deslumbran a los bárbaros.
-¿Por qué no a acuden, como siempre, los ilustres oradores a echar sus discursos y decir sus cosas?
Porque hoy llegarán los bárbaros y les fastidian la elocuencia y los discursos.
-¿Por qué empieza de pronto este desconcierto y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!) ¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron. Algunos han venido de las fronteras y contado que los bárbaros no existen.
¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.
Roma... el destino ideal, idealizado, ansiado y anhelado desde siempre. Y unas palabras que rompen el idílico horizonte.
Una elegía de J.E. Eielson en la que los papeles de la representación se reparten de otra manera, los forillos del escenario están pintados de otro modo, la vida discurre a otro ritmo bajo la sombra cansada de San Pedro...
Elegía blasfema para los que viven en el barrio de san pedro y no tienen qué comer
Señores míos
por favor
traten de comprender
detrás de esa pared tan blanca
no hay nada
pero nada
lo cual no quiere decir
que no haya cielo
o no haya infierno
sería como confundir el sol
con un silbido
o con el propio cigarrillo
(no haber visto nunca el cielo
significa solamente
no tener dinero
ni para los anteojos)
pero que detrás de esa pared tan blanca
circule un animal tan fabuloso
arrastrando según dicen
siempre radiante
siempre enjoyado
un manto de cristal siempre encendido
y que su vivir sea tan brillante
que ni la vejez
ni la soledad
ni la muerte
amenacen su plumaje
no lo creo
ni puedo concebir tampoco
que además sea invisible
o demasiado parecido
al cielo azul
al árbol verde
al fruto rojo
al pan dorado
un animal tan milagroso
carecería de vientre
no tendría tantos hijos
negrosblancosamarillos
que amanecen diariamente
con la cara ensangrentada
y los brazos amarrados
con la lengua acuchillada
y el estómago vacío
un animal así
no tendría el hocico sedoso de los vendedores de gracias
y ataúdes y estampas y souvenirs de instantes perfectamente
olvidados bajo un cenicero o una postal de san pedro
una bestia semejante
tendría alas además
pero no alas de plumas encendidas
qué tontería
sino membranas divididas netamente
por la naturaleza
a izquierda y derecha
simétricamente dispuestas para volar un día
por sobre la pared tan blanca
por sobre el hambre y la guerra
o más humildemente
por sobre el resfriado y el cáncer
no señores míos
créanme realmente
detrás de esa pared tan blanca
no hay nada
pero nada
una criatura tan perfecta además
no podría vivir encerrada
toda una eternidad
en un lugar tan hediondo
no podría vivir
alimentándose tan sólo
de su propio cuerpo luminoso
cómodamente tendido
en la gran pompa celeste
como si se tratara
de una espléndida ramera ya cansada
llena de mil hijos de mil padres olvidados bajo un cenicero
No tiene el viajero la brújula dispuesta, pero reconoce el salto de los husos en un jet lag desaforado, presto a desvancer horizontes y sentidos... del uno al otro confín...
Ya el sol oculta su radiosa frente; Melancólico brilla en occidente Su tímido esplendor; Ya en las selvas la noche inquieta vaga Y entre las brisas lánguido se apaga El último cantar del ruiseñor.
Cuando el poeta viajero deja volar la emoción del recuerdo, esta fluye al viento, como el batir de las alas de la tierna golondrina que sobrevuela su lento caminar...
La golondrina mansa del recuerdo se ha posado en mi torre de poeta. Viene de las difuntas lejanías... Del lado allá de las aradas sendas...
Cielo arriba, La bruma cenicienta acochando los rucios recentales que se maman la miel de las estrellas...
La vieja letanía del camino, rezada en el rosario de sus piedras...
Todo el poema de la noche virgen, la golondrina mansa del recuerdo... lo abre hoy en mi torre de poeta y revuela en la torre un azul soplo que la destelaraña y la despierta...
El viaje al interior es, quizá, el más doloroso, aquel que necesita más preparación. No se venden para él bonos de descuento en las agencias de viaje. No se necesitan grandes equipajes... y, sin embargo, requiere del mayor de los esfuerzos.
Nuestro tiempo interior, aquel que nos dejó vagar por sus minutos, nos aguarda tras un ligero parpadeo.
Hay un instante, una casa, una mirada, una calle, un río, una mano, un libro, un perfume, una luz, una ventana, un atardecer... que nos miraron fijos en un horizonte escondido tras los golpes monótonos de un reloj implacable.
Mario Benedetti nos cuenta parte de su viaje hacia atrás...
Si pudiera elegir mi paisaje
de cosas memorables, mi paisaje
de otoño desolado,
elegiría, robaría esta calle
que es anterior a mí y a todos.
Ella devuelve mi mirada inservible,
la de hace apenas quince o veinte años
cuando la casa verde envenenaba el cielo.
Por eso es cruel dejarla recién atardecida
con tantos balcones como nidos a solas
y tantos pasos como nunca esperados.
Aquí estarán siempre, aquí, los enemigos,
los espías aleves de la soledad,
las piernas de mujer que arrastran a mis ojos
lejos de la ecuación dedos incógnitas.
Aquí hay pájaros, lluvia, alguna muerte,
hojas secas, bocinas y nombres desolados,
nubes que van creciendo en mi ventana
mientras la humedad trae lamentos y moscas.
Sin embargo existe también el pasado
con sus súbitas rosas y modestos escándalos
con sus duros sonidos de una ansiedad cualquiera
y su insignificante comezón de recuerdos.
Ah si pudiera elegir mi paisaje
elegiría, robaría esta calle,
esta calle recién atardecida
en la que encarnizadamente revivo
y de la que sé con estricta nostalgia
el número y el nombre de sus setenta árboles.
Hay canciones que llegan a lo más hondo del recuerdo viajero como esa estrofa que afirma...
..." y esas gotas de lluvia que guardé en la maleta"...
Pero las palabras más certeras sobre el viaje, la lluvia, el espíritu varado en la orilla del recuerdo... son de Neruda:
Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil bajo la lluvia?
Una estación abandonada, un vagón violado por cientos de graffittis, cristales ajados por el viento y las piedras inmisericordes... y una lluvia de gotas ásperas, hirientes, que golpea los jirones de la otrora orgullosa tapicería...
¿Has vagado alguna vez por el silencio contaminado de un vagón de tren abandonado?
Hay recuerdos agazapados tras las puertas de los departamentos. Polvo de viaje en los rincones. Lápiz de labios perdido en los espejos. Huellas de cuerpos arremolinados en los esqueletos de asientos olvidados...
Viajar hacia la huida. Encontrar otro mar en el que reflejarnos... Quien sino Kavafis para adentrarse en el universal espejo del ir y del venir, de la escapada hacia adelante o hacia atrás.
Siempre hay otro mar en el que navegar...
Dijiste: "Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón -como un cadáver- sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelvan y donde mire
oscuras ruinas veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te ha de seguir. Darás vueltas
por las mismas calles.Y en los mismos barrios te harás viejo;
y en estas mismas casas habrás de encanecer.
Siempre llegarás a esta ciudad.Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda la tierra la destruiste.