La Asunción de la Santísima Virgen María.- 15 de Agosto.
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Sobre el Tránsito y la Asunción de la Virgen María. Revelaciones de la Santísima Virgen.
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Reflexiones sobre el alma y el espíritu, la muerte y el éxtasis. Revelaciones de Nuestro Señor Jesucristo.
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Conclusión.
LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
(Fiesta: 15 de Agosto)
El 1 de Noviembre del año 1950, el Papa Pío XII declaraba el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María. Esta verdad de fe presupone la elevación al Cielo en cuerpo y alma de la Santísima Virgen una vez que ésta hubo concluido el curso de su vida terrena.
El dogma de la Asunción está profundamente relacionado con el Dogma de la Inmaculada Concepción que fue definido por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 y es, a la vez, consecuencia del mismo. Dado que la Santísima Virgen, por un singular privilegio de Dios, había vencido al pecado con su Concepción Inmaculada; no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro por lo que no necesitó esperar la resurrección de su cuerpo hasta el fin del mundo. Tampoco tuvo que padecer la dolorosa agonía de la muerte; por ello, la tradición de la Iglesia católica nos habla de la dormición de la Santísima Virgen María, tras la cual es subida al cielo en cuerpo glorioso.
SOBRE EL TRÁNSITO Y LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA.-
En este apartado vamos a ir analizando la diferencia entre alma y espíritu, diferencia que ha sido considerada por San Pablo y otros muchos místicos posteriores a él. San Pablo comenta en las Sagradas Escrituras que fue llevado al tercer Cielo, no sabiendo si en cuerpo o en espíritu… Los místicos, en estados de elevada oración contemplativa, son llevados por Dios en espíritu a su presencia, mientras que el alma permanece encerrada en el cuerpo. En el caso de la Santísima Virgen vamos a ver cómo, aun permaneciendo sobre la tierra en alma y cuerpo hasta el momento de su Asunción al Cielo, entró en un estado de dormición en el cual su “espíritu” fue arrebatado ante el Trono de Dios en un profundísimo éxtasis de amor divino; entendiendo siempre que el espíritu es la participación del Espíritu Santo en el hombre y considerándolo como la parte más selecta del alma, en la cual está encerrado. Es por esto que decimos que la mal llamada “muerte” de la Virgen no puede ser considerada sino un estado de dormición mientras espera su tránsito al cielo en cuerpo y alma. No es una muerte como la nuestra, en la que se verifica separación de alma y cuerpo. Esta especie de dormición tras la cual se da un paso directo y dulce de la tierra al cielo en cuerpo y alma, sin pena de agonía, hubiera sido la suerte que hubiera deparado al hombre en el caso de que el pecado no hubiera tomado parte en él desde el Paraíso terrenal.
Dice la Santísima Virgen en el Poema del Hombre-Dios:
¿Morí yo?: Sí…, si se quiere llamar muerte a la separación acaecida entre la parte superior del espíritu y el cuerpo. No…, si por muerte se entiende la separación entre el alma vivificadora y el cuerpo. ¿Cómo morí, o mejor dicho, cómo me trasladé de la tierra al cielo? Primero, con la parte inmortal, después con la perecedera; como era justo que fuera para la mujer que no conoció mancha de culpa.
Aquella tarde, había empezado ya el descanso sabático, estaba hablando con Juan acerca de Jesús, del Padre, del Reino de los cielos. Hablar de la Caridad y de su Reino es encenderse en el fuego vivo, acabar con el encerramiento de la materia para dejar que el espíritu emprenda sus vuelos místicos. Si este fuego está dentro de los límites que Dios ha puesto, se puede vivir y arder al encontrar en el incendio no una destrucción sino un complemento de vida; pero cuando Dios quita los límites y deja en libertad el Fuego Divino para investir y atraer hacia Sí el espíritu sin más medida; entonces el espíritu, respondiendo a su vez sin medida alguna al Amor, se separa de la materia y vuela adonde el Amor le empuja e invita. Así llega el fin del destierro y el regreso a la patria celestial.
Aquella tarde, se unió, al deseo ardiente e incontenible de una vida sin límites de mi espíritu; una dulce languidez, una misteriosa sensación de alejamiento de la materia, de lo que estaba alrededor; como si el cuerpo se durmiera, cansado, mientras el intelecto, todavía más vivo en su actividad de razonar; se abismaba en divinos resplandores. Juan; amoroso, prudente testigo de todos mis actos desde que se había convertido en hijo mío adoptivo; conforme con la voluntad de mi Unigénito, me persuadió con dulzura a hallar descanso en mi lecho y estuvo orando cerca de mí. El último sonido que oí en la tierra fue el murmullo de las palabras del virgen Juan. Fueron como un arrullo de una madre cerca de la cuna y acompañaron mi espíritu en el último éxtasis. Juan fue el único testigo de este dulce misterio. El sólo me envolvió en el manto blanco, sin quitarme los vestidos y el velo, sin lavar el cuerpo ni embalsamarlo. El espíritu de Juan, ya sabía que yo no me corrompería y, así; regaló a los creyentes una verdad que, además de confortarlos; los instaría a creer en la resurrección de la carne, en el premio de una vida eterna y dichosa concedida a los justos; en la verdad más poderosa y dulce del Nuevo Testamento: mi Inmaculada Concepción, mi divina Maternidad virginal, en la naturaleza divina y humana de mi Hijo; verdadero Dios y verdadero Hombre, que nació no por voluntad carnal, sino por un desposorio divino, por esa semilla divina depositada en mi seno; y en fin, para que creyesen que en el cielo está mi corazón de Madre de los hombres, que palpita de amor por todos: justos y pecadores y que desea ardientemente tener a todos consigo en la patria bienaventurada por toda la eternidad.
Cuando los ángeles me sacaron de aquella casita en cuerpo y alma ¿había vuelto en mí el espíritu? No. El espíritu no debía volver a bajar a la tierra. Se encontraba en adoración ante el Trono de Dios. Pero cuando el destierro, en que había estado yo separada de mi Señor Uno y Trino, fueron dejados; el espíritu volvió a brillar en el centro del alma, sacando el cuerpo de su sueño; por lo que es justo decir que fui asunta al Cielo en cuerpo y alma, no por mi propia capacidad (como sucedió con Jesús), sino con ayuda angélica. Me desperté de este misterioso y místico sueño, surgí, volé finalmente; porque mi carne había ya alcanzado la perfección de los cuerpos glorificados. Y amé. Amé a mi Hijo y a mi Señor Uno y Trino, lo amé como es destino de todos los eternos vivientes.
Un éxtasis fue la concepción de mi Hijo. Un mayor éxtasis cuando lo di a luz. El éxtasis de los éxtasis fue mi tránsito de la tierra al cielo.
Tan sólo durante la Pasión de mi Hijo, ningún éxtasis hizo llevadero mi atroz sufrir.
Como para mí fue un éxtasis el nacimiento de mi hijo, de ese “rapto” en Dios que me acaeció en aquella hora, volví a mí misma y a la tierra con mi niño en brazos; de igual manera mi muerte (impropiamente llamada así) fue un rapto de Dios. Cuanto más se me iba la vida, tanto más aumentaba en mí el deseo de fundirme en la eterna Caridad. El deseo de unirme a mi Hijo me urgía a ello y la certeza de que jamás habría hecho tanto a favor de los hombres como cuando estando a los pies del Trono de Dios orara e intercediera por ellos.
La eucaristía, que era para mí como el rocío para la flor muerta de sed era, sin duda, vida; pero cuanto más pasaba el tiempo, más se hacía insuficiente para satisfacer el ansia incontenible de mi corazón. No me bastaba ya recibir dentro de mí a mi Hijo Divino y llevarlo dentro de mí en las Sagradas Especies, como lo había llevado dentro de mi cuerpo virginal. Todo mi ser anhelaba al Dios Uno y Trino, pero no bajo los velos que escogió mi Jesús para esconder el inefable misterio de la fe; sino como era, es y será en el centro del Cielo. Mi mismo Hijo, en los transportes eucarísticos, me consumía con abrazos de deseo infinito y yo lo sentía ansioso de tenerme consigo.
En los últimos tiempos de mi vida mortal, no deseaba yo otra cosa. Ni siquiera el deseo de tutelar a la naciente Iglesia. El deseo de poseer a Dios todo lo anulaba porque estaba persuadida de que todo lo podría cuando lo poseyera.
Llegaos, cristianos, a este amor total. Que todo lo terrenal pierda su valor. Mirad sólo a Dios. Cuando lleguéis a ser ricos de esta pobreza de deseos, que es a la vez inconmensurable riqueza; Dios se inclinará hacia vuestro espíritu para instruirlo primero y después tomarlo; así, vosotros subiréis con El al Padre y al Espíritu Santo, para conocerlos y amarlos por toda la feliz eternidad. Y para poseer sus riquezas de gracia para los hermanos, nunca es uno más activo para ellos como cuando no se está más entre ellos y se es luz reunida con la Luz divina.
En esa hora, el Espíritu Santo me dio su tercer beso en mi vida y en ese beso, se regocijó mi alma perdiéndose en la contemplación como una gota de rocío aspirada por el sol en el cáliz de un lirio. Subí con mi espíritu que cantaba hosannas hasta los pies de las Tres Personas a quienes siempre había yo adorado. Después, en el momento preciso, los espíritus angélicos que habían venido a ayudarme primero y a asistirme después en mi nacimiento celestial eterno; me siguieron. En los umbrales del Cielo me esperaba ya mi Jesús, mi justo esposo terreno, los reyes y patriarcas de mi estirpe, los primeros santos y mártires. Entré cual Reina, después de tantos dolores y tanta humildad de una pobre sierva de Dios, en el reino del gozo que no tiene límites. Y el cielo se plegó sobre sí mismo por la alegría de tenerme, de tener a su Reina; cuyo cuerpo único entre todos los cuerpos mortales, conocía la glorificación antes de la resurrección final y el último juicio.
Mi humidad no podía permitirme pensar que me estuviese reservada tanta gloria en el Cielo. Pero interiormente sí pensaba que mi cuerpo hecho santo, por haber llevado a Dios; no probaría la corrupción puesto que Dios es Vida y cuando satura y llena a una criatura de Sí mismo, su acción es como un aroma preservador de corrupción y muerte.
Yo no sólo había permanecido inmaculada, no sólo estaba unida a Dios en casto y fecundo abrazo; sino que estaba saturada hasta lo más profundo de mi ser de las emanaciones de la Divinidad oculta en mi seno. Pero que la bondad del Eterno hubiera reservado a su ancila el gozo de volver a sentir en sus miembros el contento del abrazo de mi Hijo, de volver a oír con mis propios oídos su voz, de ver con mis ojos su rostro otra vez; esto nunca creí que me fuera concedido. Hubiera sido suficiente que estas dichas se concedieran tan sólo a mi espíritu y con esto mi propio yo se hubiera sentido pleno de felicidad.
Pero el Hacedor, como testimonio de su primer pensamiento creador respecto al hombre; lo había destinado para que viviera, pasando sin morir del paraíso terrestre al celestial. El me quiso Inmaculada en el Cielo en alma y cuerpo, tan pronto como hubiera terminado mi vida terrena.
Yo soy el testimonio cierto de lo que Dios había pensado y querido para el hombre: una vida inocente, desconocedora de culpa, un tranquilo tránsito de esta vida a la vida eternal con su ser completo; con su cuerpo material y con su alma espiritual y aumentando la perfección de su yo, tanto de su cuerpo como de su espíritu. Esta perfección estaba destinada, en el pensamiento divino, para todo ser humano.
Dios me llevó en alma y cuerpo a la gloria de los cielos y delante de los patriarcas, de los profetas, de los santos y de los ángeles dijo:
“He aquí la obra perfecta del Creador. He aquí lo que Yo crié a mi verdadera imagen y semejanza entre todos los hijos del hombre, fruto de una obra maestra divina y creadora, maravilla del universo y como El: espiritual, inteligente, libre, santa y en el más santo e inocente de los cuerpos ante el que cualquier otro ser vivo dentro de los tres reinos de la creación, está obligado a inclinarse. He aquí el testimonio de mi amor por el hombre para quien destiné un organismo perfecto y una suerte dichosa de vida eterna en mi Reino. He aquí el testimonio de mi perdón al hombre, a quien por voluntad de un Amor Trino he concedido el poder de rehabilitarse y volver a crearse ante mis ojos. Esta es la piedra mística de comparación, esta es el anillo de unión entre el hombre y Dios, esta es la que devuelve los tiempos a los primeros días y ofrece a mis ojos divinos la alegría de contemplar una Eva como yo la crié. Y ahora es todavía más bella y santa porque es Madre de mi Verbo y porque es mártir del gran perdón. Yo abro los tesoros del Cielo a su Corazón Inmaculado que no conoció jamás mancha alguna y en su cabeza pongo una corona de mi resplandor para que sea vuestra Reina”.
REFLEXIONES SOBRE EL ALMA Y EL ESPÍRITU, LA MUERTE Y EL EXTASIS. Revelaciones de Nuestro Señor Jesucristo:
“Hay diferencia entre la separación del alma del cuerpo, por muerte verdadera y la momentánea separación del espíritu del cuerpo y del alma vivificante, por éxtasis o rapto contemplativo. Mientras la separación del alma del cuerpo trae consigo una muerte verdadera, la contemplación extática; esto es, la evasión temporal del espíritu fuera de las vallas de los sentidos y de la materia, no provoca la muerte. Y esto porque el alma no se separa, no se retira totalmente del cuerpo; sino que lo hace solo con su parte mejor que se sumerge en los fuegos de la contemplación.
Todos los hombres, mientras vivan, tienen un alma, muerta o viva ya sea por el pecado o por la justicia, pero sólo los grandes amantes de Dios alcanzan la contemplación verdadera.
Esto sirve para demostrar que el alma, conservando la existencia mientras está unida al cuerpo; tiene, en sí misma, una parte más escogida: el alma del alma o espíritu del espíritu, que en los justos es muy fuerte; mientras que en los que no aman a Dios y su ley o lo hacen con tibieza, se debilita; privando a la criatura de su capacidad de contemplar y conocer a Dios y sus eternas verdades, cuanto lo puede hacer una humana criatura, según el grado de perfección a que ha llegado. Cuanto más la criatura ama y sirve a Dios, tanto más la parte más selecta de su espíritu aumenta su capacidad de conocer, contemplar y penetrar en la verdad eterna.
El hombre, dotado de alma racional, es una capacidad que Dios llena de Sí. María Santísima siendo la criatura más santa entre los hombres, fue una capacidad completa; hasta desparramar en los hermanos de Cristo de todos los siglos y por todos los siglos a Dios; sus gracias, su caridad y sus misericordias. Ahora, en el cielo, convertida en un océano de amor; desborda sobre los hijos fieles a Ella y también sobre los hijos pródigos, sus ondas de caridad para la salvación universal. Ella, que es la Madre del Redentor y la Madre Universal de todos los hombres”.
Conclusión.-
Dice Jesús:
“Una tradición afirma que en el féretro de la Virgen María, abierto por Tomás, se encontraron sólo flores. Esto no es más que una leyenda.
Por otra parte, ningún sepulcro se quedó con los restos de María Santísima, porque no hubo restos de María puesto que ésta no murió como muere todo el que ha vivido. Ella, por decreto divino, tan sólo se había separado del espíritu y con el mismo, que la había precedido, se juntó otra vez con el cuerpo santísimo; invirtiendo, así, las leyes habituales por las cuales el éxtasis termina cuando cesa el rapto, esto es, cuando el espíritu regresa al estado normal junto al cuerpo. Fue el cuerpo de María el que se elevó para juntarse con el espíritu después de la espera en el lecho mortuorio.
Todo es posible a Dios. Yo salí del sepulcro sin otra ayuda que mi poder. Mi Santísima Madre vino a Mí, a Dios, al Cielo, sin conocer el sepulcro en su horrorosa podredumbre. Es uno de los más brillantes milagros de Dios. No el único, en verdad; si se recuerdan a Enoc y a Elías, los cuales amados del Señor fueron arrebatados de la tierra sin saborear la muerte y trasladados a otra parte, a un lugar que sólo Dios y los moradores del Cielo conocen. Eran justos, pero siempre una nada respecto a mi Madre, que es inferior en santidad sólo a Dios.
Por esta razón no existen reliquias del cuerpo y del sepulcro de María, porque María no fue sepultada y su cuerpo fue verdaderamente asunto al Cielo”.
-María de Jesús-
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