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Para los que buscan al Dios verdadero.

Cartas formativas sobre catolicismo.

 
 
     
 
Friday 02/May/2008 20:45

Luces Católicas Nº 4 -Mayo 2008-


  1. La Nueva Eva: Revelaciones de la Santísima Virgen María.
  2. Reflexiones sobre la Comunión en la mano.


LA NUEVA EVA.- Revelaciones de la Santísima Virgen María:

“Cuando comprendí la misión a la que Dios me destinaba,  me llené de gozo. Mi corazón se abrió como un lirio y proporcionó la sangre que sirvió de tierra al Germen del Señor.

Gozo de ser madre: Desde mis primeros años me había consagrado virgen a Dios porque la Luz del Altísimo me había iluminado sobre la causa del mal en el mundo y había querido, en lo que en mí estaba, borrar de mí las huellas de Satanás. No sabía que no tuviese mancha alguna. Pensarlo así hubiera sido presunción y soberbia. No me era lícito pensar que yo era la elegida para ser La Inmaculada. El espíritu de Dios me había dicho del dolor del Padre cuando Eva pecó, tenía yo intención de consolar ese dolor al conservar puros mi cuerpo, mis pensamientos, mis deseos y mis contactos humanos. Sólo para El reservaba el palpitar de mi amor, la razón de mi ser. No obstante, si no existía en mí el ardor de la concupiscencia, sí existía el sacrificio de no ser madre. El Padre Creador concedió la maternidad también a Eva libre de todo cuanto ahora la envilece. Una maternidad dulce y pura, sin lastre de los sentidos. Yo la probé ¡De cuánta riqueza se despojó Eva con el pecado! Más que de la inmortalidad. Jesús y yo hemos conocido lo que significa el debilitamiento próximo  a la muerte. Yo, el dulce languidecer de quien cansado se duerme; Él, el atroz debilitamiento de quien muere en el suplicio. Los dos, pues, morimos. Pero la maternidad que me dejó intocable a mí, la nueva Eva, la conocí para que pudiese decir al mundo cual hubiera sido la dulce  suerte  de la  mujer al  dar a  luz sin ningún sufrimiento. Y el deseo de esa maternidad pura existía en mí, porque ella es la gloria de la mujer. Si reflexionáis en la gran honra en que era tenida en Israel la mujer que llegaba a ser madre, podréis comprender mejor el sacrificio a que me comprometía al privarme de ella.

Gozo de ser Aquella por la que la paz se consolida entre el cielo y la tierra: ¡Qué gozo el haber deseado esta paz por amor a Dios y al prójimo y saber que por mi medio, pobre esclava del Todopoderoso, venía al mundo! Poder decir: ¡OH hombres no lloréis más, traigo conmigo el secreto que os hará felices, lo traigo encerrado en mi corazón como a mi Hijo  en mi seno inviolado!

Gozo de haber echo feliz a Dios: de haber arrancado del corazón de Dios la amargura por la desobediencia de Eva, por su soberbia, por su incredulidad. Yo anulé esa culpa, volviendo a subir las etapas por las que bajó. He vuelto a caminar el camino de los dos pecadores. Obedecí  en todas las formas. Dios me había pedido que fuera virgen y obedecí. Obedecí también poniendo el matrimonio en aquel prístino grado de pureza que existió en el pensamiento de Dios cuando creó  a los dos primeros seres humanos.  Convencida de tener que vivir sola en el matrimonio y de que los demás despreciasen mi esterilidad santa. Entonces me pidió Dios que fuese Madre y obedecí nuevamente, creyendo que era posible porque esa palabra venía de Dios ya que al oírla, la paz se derramaba dentro de mí.

No pensé que me lo merecía, no, me aniquilé en mi humildad y acepté también el dolor de mi hijo. Estas fueron las espinas de mi gozo. Si Eva buscó el placer, el triunfo, la libertad; yo acepté el dolor, el aniquilamiento, la esclavitud. Renuncié a mi vida tranquila, a la estimación de mi esposo, a mi propia libertad; no me reservé nada. Me convertí en la Esclava de Dios en la carne, en lo moral, y en el espíritu. Dije Sí y  aquel “sí” anuló el “no” de Eva al mandamiento de Dios. Y arriba, como un pedestal de diamante está mi espíritu, dueño del “yo” domeñado y siervo de Dios. La culpa ha sido vencida, está bajo mi calcañal, se ha lavado con mi llanto y destruido con mi obediencia. De mi seno nacerá el fruto que padecerá en sí todo el mal y producirá todo el bien. A él podrán acercarse los hombres y seré feliz al ver que lo aceptan, aun cuando no piensen que ha nacido de mí. Con tal de que el hombre se salve y Dios sea amado, hágase de su esclava lo que se hace del lugar donde nace un árbol: una grada para subir”

REFLEXIONES SOBRE LA COMUNIÓN EN LA MANO

De entre todos los sagrados misterios que Cristo, Nuestro Señor, nos ha dejado ninguno puede compararse con el excelentísimo Sacramento de la Eucaristía pues consiste en la real y verdadera presencia del Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de su maravilloso Autor y que se hace presente en la Santa Misa, es decir, en el Santo Sacrificio de Cristo en el altar, repetición incruenta del Sacrificio  en la Cruz.

Tratándose, así, de tan maravillosa presencia; no ha de extrañarnos que ningún castigo más grande de pecado alguno haya que temer de Dios que si los fieles no tratan santa y religiosamente un sacramento tan lleno de santidad pues contiene al Autor y a la Fuente de la misma. Esto lo comprendió perfectamente el Apóstol  y nos advirtió claramente de la obligación que tiene el pueblo fiel de discernir el Cuerpo del Señor,  de darle honores divinos para que reciba copiosos frutos de gracia y evite, por otra parte, la ira justísima de Dios. Señala, así mismo, la obligación de los párrocos de exponer con sumo cuidado todo cuanto se juzgue que pueda engrandecer más la majestad de este sacramento.

 Tampoco podemos dejar de considerar que Cristo entero está, no sólo en cada una de las especies -pan y vino consagrados- sino en cada partícula de las mismas. Así nos dejó escrito San Agustín: “Cristo se da entero en cada parte”. Es así, pues, que siendo esto dogma de fe, ¿qué hemos de pensar sobre la práctica de la comunión en la mano en la que necesariamente quedan partículas o caen  al suelo para ser pisadas y maltratadas irreverentemente? ¿No es esto acaso una profanación? ¿Olvidamos acaso a esos mártires gloriosos que dieron su vida para evitar que Cristo fuera profanado en la Eucaristía?

Santo Tomás de Aquino, el doctor angélico, afirma: “es una irreverencia hacia este sacramento tocarlo con la mano, excepto el sacerdote que lo consagra”.

La práctica de la comunión en la mano no es nueva en la Iglesia más esta costumbre ha sido siempre desechada en diversos Concilios y Sínodos (Rouen, Constantinopla, etc.) y las voces de los Santos Padres se  han alzado siempre contra ella.

Existen documentos que prueban que la Masonería desde el siglo XIX ha tratado insistentemente de lograr que los católicos comulguen en la mano y de pié, es decir,  con toda irreverencia. Estos seculares enemigos de la fe no han cejado en su empeño y en los tiempos modernos la comunión en la mano se ha vuelto a hacer vigente, por desgracia, desde la década de los años 60 estando al frente de la iglesia el papa Pablo VI.

Y… ¿qué frutos trae la práctica de la comunión en la mano?  Vemos como el misterio más importante de nuestra fe va perdiendo cada vez más el sentido de lo sagrado, va siendo desacralizado y vaciado de buena parte de su contenido y eficacia. Irreverencia y pérdida de fe en la real presencia de Cristo, son algunas de sus consecuencias.

Debemos, por último, recordar que el Cielo se ha manifestado con un “No” categórico a la comunión en la mano. Así lo podemos contemplar en los mensajes dados por Nuestro Señor Jesucristo y su Santísima Madre en los lugares de apariciones de todo el globo terráqueo, sobre todo en las últimas cuatro décadas, desde que se institucionalizó nuevamente la comunión en la mano.

“BENDITO, ALABADO Y ADORADO SEA JESÚS EN EL SANTÍSIMO,  DIVINÍSIMOY AUGUSTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR"                         

-María de Jesús-                           

Contactos: santafaz_1@hotmail.com    

 
 
   · autor: maribel  · sección: General  
     
   
 
     
 
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