miércoles 14/mayo/2008 15:59
Aquí un cuento para calmar la sed a punta de agua de coco; ojalá que no nos coma el tigre
LA PALMA DE COCO
Hace algún tiempo, en lejanos territorios felices más distantes de lo que la imaginación alcanza, nació un tigre.
Este fantástico animal de caliente sangre, cruzado por rayas, armado de colmillos filosos como cuchillos, es decir, un tigre como cualquiera: hermoso y cruel, centinela y sangriento, tenía azotados a los otros animales de su selva.
Entre paisajes encendidos de agresivos colores azafranados y amarillos ocre de la arena tumultuosa y también bajo un profundo cielo de azul añil del que no se desprendía una gota de agua, el tigre movía cautelosamente su espléndida figura. Vivía bajo una palma de coco. No era que la palma le hiciera sombra, no; no era que estuviera allí con el fin de venderle cocos a los demás animales que pasaban muertos de sed, tampoco, los animales no venden nada; sino que el tigre de nuestra historia era un egoísta. Y le gustaba echarse junto a la palma de coco sólo para que los demás no probaran bocado: ¿quién no ha probado el agua del coco, dulce más dulce que el dulce más dulce? Pues en el desierto el agua es muy apetecida, y la de coco más todavía. A decir verdad, al tigre de nuestra historia no le gustaba ni cinco, incluso le fastidiaba que la cáscara del coco fuera peluda como sus bigotes, y que, pese a ser animal tan fuerte, no pudiera de un solo zarpazo partirlo en dos. Vale agregar a la advertencia de que era egoísta, que además era muy impaciente, y envidioso, y esto amargaba su corazón felino más de lo que quisiera.
En cierta ocasión, como a las cuatro de la tarde, como que un jueves, pasó por allí una iguana. La iguana, con su lengua bífida, le preguntó:
-Señor tigre, ¿podría obsequiarme uno de sus cocos, aunque no sean suyos?
El tigre, ofendido por nada, le respondió:
-Ni coco ni nada, y si cuento hasta tres me comeré una iguana. Uno, dos…
La iguana se alejó a toda prisa, y a lo lejos sólo se veía su piel escamada brillando. No volvió ni para mirar hacia atrás. En cuanto pudo, se ocultó tras un camello que a esas horas de la tarde declinante se hallaba echado sobre dunas hirvientes.
Más tarde, como a las cuatro y media de la tarde, como que jueves, pasó por allí un mico. El mico, rascándose la cabeza, le preguntó:
-Señor tigre, ¿podría bajarme uno de sus cocos, aunque no sean suyos?
El tigre, enojado por tan poco, le respondió:
-Me como un mico tan fácil como me como un moco.
Y el mico se alejó espantado de ver cuadrúpedo tan alzado.
Más tarde, como a las cinco de la tarde, como que era un jueves, asomó en el horizonte una cría de jabalí, que es como un marranito con colmillos, pero a este no le habían salido todavía por sertan juvenil. El jabalí, pateando terrones con sus pezuñitas, preguntó:
-Señor, ¿podría comerme uno de sus cocos, aunque no sean suyos?
El tigre, agresivo porque sí y por cualquier cosa, le respondió:
-Este jabalicito quiere que me lo coma con una sola manito.
Y la cría de jabalí huyó meneando su rabito tan triste como puede estar triste un hijo chiquito.
Más tarde, como a las cinco y media de la tarde… no había nadie más en la selva. El tigre, cansado de descansar, que es lo que le pasa a los que pasan largas horas sin hacer nada, miraba a un lado y otro y no encontraba un alma.
Al mismo tiempo, en otro lugar de la selva, los animales se reunían a discutir asuntos de animales: todos querían saber a quién podían enviar a tratar con el señor tigre. En la junta discutían: el chimpancé, que decía que la jirafa, con su largo cuello en forma de jota, podía capturar los cocos más altos mientras el señor tigre dormía; al puerco espín se le ocurrió que mientras él chuzaba al señor tigre con sus púas afiladas, el oso perezoso se subía y tiraba de los cocos, pero el oso perezoso dijo que tanto movimiento no era de su agrado y es que realmente lo dominaba la pereza y no estaba para proezas. Así discutían entre sí, (otros animales) alucinando con el dulce sabor del coco, cuando sorpresivamente, de entre las patas del zorro, una voz tierna y aguda salió:
-Ya sé lo que hay que hacer.- Y no es que a los zorros les salga de entre las patas voces tiernas y agudas, que por ahí lo que salen son otras cosas y también ciertos olores, sino que la señora liebre, a quien no habían invitado, llegó despacio y saltando y les dijo:
-A las seis de la tarde, cuando el sol se esté ocultando, a una señal mía todos ustedes soplan.- Rápidamente todos estuvieron de acuerdo, acostumbrados a otras salidas astutas en que la liebre les había sacado de apuros semejantes.
Y ahí los tenemos corriendo por el desierto al grupo de animales hacia su propósito. Llegó entonces la liebre a donde el señor tigre dormía, abrazado a su misma palma. Aprovecharon esto los otros animales para esconderse entre los pocos arbustos de tulasi y las piedras prehistóricas, que eran muchas. Nadie supo de dónde, pero sacó la liebre una cuerda y tomándola en su mano armó tremendo escándalo, el cual llegó hasta el señor tigre que se despertó envalentonado:
-¿Qué pasa bichito blanco que así me has despertado?- Y le mostró su colección de colmillos pero la liebre continuó con su guardado:
-Señor tigre, señor tigre, un gran huracán, un gran tornado, viene de camino y yo pensando, que no me voy a morir, y menos avisado, voy a salvarme amarrándome con esta cuerda de ese árbol.
-¿De mi palma de coco?, estás loco, no hay ningún tornado.
Entonces la liebre hizo señas a los otros animales que, como ya se dijo, estaban muy bien escondidos, y estos comenzaron a soplar con tal estruendo que el tigre no tuvo más que dar amenazas para ocultar un poco el miedo:
-Liebre, ¿qué es eso?
-¿No le dije que venía un gran ventarrón que amenazaba con barrer a todos los animales del suelo como si fueran pedazos de papel? Pero yo me voy a salvar amarrándome a esa palma con esta cuerda especial contra tornados.
-Ni hablar- dijo el tigre luego- mejor será que me amarres antes de que te vuelva pastel de liebre.
-Ni hablar- dijo entonces la liebre-, yo de pastel no sirvo y mucho menos en día jueves.
Entonces la liebre amarró con su cuerda al tigre, sujetándolo fuerte de la palma de coco.
-¿Está bien amarrado señor tigre? Muévase para que yo lo vea.
-Demasiado bien- dijo el tigre-, liebre tan tonta no hay quien lo crea.
De los matorrales y los pedruscos arenosos comenzaron a salir todos los animales uno a uno y a reírse ante los ojos del tigre, ahora tan inofensivo e inocente. Todos fueron tomando los frutos esparcidos en el suelo y el tigre, entre más rabiaba más sacudía la palma, a lo que los animales estaban muy satisfechos pues más de prisa caían y caían los frutos tanto tiempo ansiados.
-¡Liebre miserable- gritaba el tigre-, estas cosas a un tigre no se le hacen!
Lo cierto es que, y para ir terminando esta historia, sí se las hicieron y la historia se contó y se sigue contando. De allí ha quedado el acertado refrán que reza:
Entre el tigre y la liebre hay una gran diferencia,
El uno tiene la fuerza y el otro la inteligencia.
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Adaptación del cuento El árbol de guayaba, por Rodrigo Vélez