Son aquellas, que están arraigadas en la memoria de la gente no solo del campo, sino también de aquellos de la ciudad. Cuentan que había una vez un cieguito bueno, apodado “Carballito”, a quien con viles engaños, unos forasteros lo extraviaron del camino y le dieron muerte.Hasta allí la narración no pasaría de una crónica policial. Pero la mística popular, crédula y pura le da un final distinto: cierto caminante, agotado por la sed en un día de verano, vio un hilillo de agua pura atravesar casi el camino. Adentrándose unos pasos en el monte, para buscar la fuente, descubrió el cadáver de “Carballito”. Habían pasado varios días desde su homicidio, pero como en el milagro de Berceo el muerto tenía “lengua fresca, como una manzana”.En ese mismo lugar le dieron sepultura, y a su cruz de madera llegaron las oraciones y “santiguas” de los ocasionales viajantes. Y según dicen, también los milagros... Al igual que Carballito, otro que tuvo una muerte violenta es El Linyerita. Su cruz está al norte de la principal avenida de nuestra ciudad. Quizás su historia vulgar, pero con su final trágico y al no tener parientes (como en el caso de la Telesita ), la comunidad los enterró y a su cruz fue a pedir “gracias” o favores y a encenderles velas.
Habrá sido la fatalidad o la providencia, lo cierto es que muchos de esos favores fueron “concedidos”, y allí comenzó a gestarse una especie de canonización no eclesiástica, sino popular.Lo cierto es que están allí, y como dice la canción, “siempre han de tener una velita prendida”Incluso aquí mismo, en la ciudad camino al cementerio, una cruz de madera rodeada de incontables velitas, ropa usada, y heterogéneos objetos llevados para cumplir “la promesa”,testifican su vigencia.
Cabe destacar un hecho acaecido el año 1987 en la provincia , y mantuvo en vilo a la población: un par de niños se extravío en el monte. El padre, amigos y policías lograron dar con el paradero de uno de ellos. Múltiples conjeturas se tejieron en torno a este hecho.En una nota de El Liberal, anta la angustia y desazón que tal circunstancia producía, un lugareño estimó que al otro niño jamás lo encontrarían: “se lo ha llevado la Madre del Monte – dijo -, enojada por que el padre había cazado más de lo que necesitaba ...”Son hechos sociológicos digno de mención, porque como vemos, nuestra gente, en las dolorosas angustias, propias de nuestra condición humana, vuelve a las fantasías, a las ficciones, en cuyos términos da sentido a la vida. Sondea en lo profundo en lo misterios ancestrales que encierran sus leyendas y sus mitos. Y a veces, ellas lo alivian de la ansiedad de no saber bien quién es.
Cuando los españoles sientan reales en América, comienza un proceso de mestizaje incontenible, a pesar de los esfuerzos por evitarlo, realizados por misioneros y jefes. El amor entre los soldados y nativas, estaba por encima de los intereses económicos y religiosos que motorizaron la conquista. Estas relaciones, clandestinas en principio, aceptadas gradualmente luego, generó sublimes historias, pero desnudó muchas veces la miseria humana que expuso el español en su relación con los nativos. Encontramos aquí, es probable, algunos elementos que conforman el origen de las fabulaciones sobre la presencia de mujeres encarnadas en espantos americanos. Las apariciones de ellas en solitarios caminos o apartados parajes, tuvieron distintas justificaciones y distintos objetivos en los regentes sociales que las generaban, esparciendo las historias mediante la transmisión oral.
Algunas veces es un alma en pena purgando pecados incestuosos, otras una mujer que abandonó a su marido y vaga pagando su deuda, o una madre que mató a sus hijos por lo tanto la condena es inevitable. La presencia de aparaciones de mujeres se verifica en Colombia, Argentina, Puerto Rico, México, Chile. En cada lugar tiene un nombre carcterístico y aparece por distintas razones. Ya sea para castigar a algún novio o marido adúltero, para proteger con su compañía a algún alma piadosa, o simplemmente para contar su pena.
En México dicen que una princesa inca se enamoró de un apuesto funcionario español, con quien tuvo apasionado romance. Cuando nace el hijo (bastardo para el civilizado) no podían mostralo públicamente, por lo tanto la joven lo ahoga en un arroyo cercano a la ciudad. Tiempo más tarde, el español debía cumplir con ciertas reglas que su círculo social imponía, por lo tanto contrae matrimonio de conveniencia con una española. El arrepentimiento y el dolor hicieron presa de la nativa, que pierde la razón. Todos los atardeceres llega hasta el lugar del crimen, para derramar lágrimas y gritar su dolor. Su actitud no comprendida y su conducta despreciada tanto por el conquistador como por los de su sangre, aceleró su muerte. Desde entonces, afirman, cada atardecer se oberva a una mujer que vaga gimiendo sin rumbo en las cercanías del curso de agua, y cuando alguien se aventura solo por esos lugares, lo acompaña llorando, pidiendo que escuchen sus cuitas. Sólo consigue espantar a los caminantes ocasionales.
La versión conocida en Costa Rica, tiene orígenes más cercanos. Dicen allí que una joven que vino del campo a la ciudad para trabajar como doméstica en una casa acomodada, se enamora del señorito de quien tiene un hijo. Apenas descubierto su embarazo es despedida. También en su hogar encuentra incomprensión. Allí la rigurosa moral católica hace que sus padres la expulsen del hogar, y sea despreciada por sus familiares y amigos. Como acto deseperado ahoga al niño en un arroyo, lo que le produce un dolor incontenible, llevándola a la muerte. Después de su deceso, dicen vaga la Llorona por los caminos buscando castigar a las madres desamoradas o para contar a algún caminante su desgracia.
Es indudable que estos relatos practicados en ruedas nocturnas especialmente, despertaban el interés de auditorios jóvenes y de seres temerosos. Advertida esta característica por los ancianos, aprovecharon éstos, para transmitir mediante estas historias determinados valores morales. En aquellos lugares olvidados de dios, no había escuelas, es decir que la transmisión sistemática de la cultura se hizo mediante estos relatos. Por eso en toda América, se atemorizó a las muchachas, para que resistan ante el llamado irresistible de sus impulsos amorosos, muchas aprovechado despiadadamente por inescrupulosos señoritos
En la entrada al Aeropuerto Internacional de Resistencia, sobre la Ruta Nacional Nº 11, podemos observar una humilde capillita, donde anónimos devotos encienden velas y dejan flores de papel o botellas llenas de agua, para que la Difunta Correa apague su sed. Esta es la característica del culto. Elevar oraciones para el descanso de su alma y pedir que interceda a favor de los afligidos por problemas de salud, cambiar la suerte que los que están en situaciones de sufrimiento límite, o cualquier otra merced que alivie las almas afligidas.
El sitio donde descansan los restos de Deolinda Correa, se ha constituido en centro de reunión de desesperados que concurren esperanzados en los "milagros" de la santa pagana. Se han erigidos grutas para proteger de las inclemencias del tiempo a los testimonios del agradecimiento de sus seguidores. En paredes levantadas al efecto se han empotrado cientos y cientos de placas metálicas con inscripciones de agradecimiento. Se ha tejido una historia, una leyenda, para explicar el origen de esta creencia que convoca anualmente a miles de peregrinos al santuario de la Difunta Correa en el Cementerio Vallecitos en la provincia de San Juan. Dicen, vivía en San Juan un antiguo guerrero de la independencia, que gozaba de prestigio social, a pesar e su humilde condición, de relaciones muy estrechas con el gobernador, junto a su esposa y su única hija llamada Deolinda. Creció la joven de belleza singular, convirtiéndose en una mujer a la que todos miraban con admiración o codicia. El jefe de la policía local se enamoró de ella, pero no conseguía ser correspondido. Insistía, pero siempre encontraba la educada negativa a acceder a sus requerimientos. El amor encendió el corazón de Deolinda, y el responsable era un criollito del lugar llamado Baudilio Bustos. Desoyendo los lances de Rancagua (el jefe de policía) se "casa" con su hombre. Allí comienzan las penurias para la familia Correa. Primero, la muerte del gobernador, que pone a su padre en el sitio de "oposición", por lo tanto debe emigrar a La Rioja porque su vida peligraba. La obstinación de Rancagua, determina que enrole a Baudilio en las montoneras, siendo enviado a pelear en los llanos riojanos. Estoicamente soporta la pobreza, nuestro personaje, sin flaquear desoye las interesantes propuestas de su enamorado. Sólo reza a la Virgen del Valle, mientras crece en su vientre su primer hijo. Enterada de la prisión de Baudilio, decide viajar al encuentro de su esposo. La inexistencia de caminos, medios de transporte, y sobre todo de recursos, la hace dudar al principio. Pero finalmente emprende el camino, atravesando los cerros desconocidos, solo horadados por los arrieros cuyanos. Vencida por el cansancio y la sed cae muerta. Tres días después unos arrieros aciertan a pasar por el lugar y encuentran a la desdichada madre sin vida, pero milagrosamente su pequeño hijo vivo, mamando de los húmedos pechos de su madre. Los paisanos le dan sepultura, dando la noticia de que el niño se había salvado. Enseguida comienzan a visitar el lugar, míseros campesinos sanjuaninos, novios desairados, maridos engañados, todos los afligidos asisten erigiendo con el tiempo un santuario. En la actualidad , una asociación civil sin fines de lucro, dirige el culto, administrando los bienes que dejan los devotos en ofrendas. Además de flores de papel, botellas con agua, placas metálicas con inscripciones de agradecimiento, sus seguidores se desprenden de cosas valiosas para ellos, como televisores, bicicletas, dinero en efectivo, etc. La festividad de la Difunta Correa, es uno de los mitos populares nacidos espontáneamente, más importantes del interior argentino.