No todo el mundo puede ser gente bonita.
A Pina, profesora de orientación de aquella primaria, le disgustó la señora Mendoza en cuanto entró a su pequeña, atestada y poco ventilada oficina; lugar donde la tenían ubicada a ver si moría o renunciaba y salían de ella. La mujer, hermosa, debió reconocer con cierto rencor (aunque las falsas tetas eran eso, demasiado falsas), entró con aire altivo, sin saludar, hablando por su teléfono móvil, como si el estar allí fuera una cosa sin importancia. O, peor, una total pérdida de su valioso tiempo, el cual debía malgastar en alguien tan insignificante como esa profesora.
Pina la miró fríamente, sin saludarla, sin ponerse de pie. La otra continuó hablando, reparando en que la mal educada esa (qué se hacía llamar profesora) no se había movido. Tal vez presintiendo algo más que sabiéndolo, deja el teléfono y la mira, con franca descortesía y antipatía.
-¿Profesora Fernández? Me dijeron que necesitaba entrevistarme con usted. –da como entrada, en el tono de quien lo pone en duda, tomando asiento después de mirar la silla con disgusto, como si notara una capa de polvo cubriéndola.
-Si, señora Mendoza. De hecho la he “citado” tres veces.
-Lo sé, pero siempre en horarios que tengo sumamente ocupados, cuando no es el pilates, es el masaje o mis lecciones de tenis. No tengo tiempo. –lo dice como dándole a entender que ella jamás entendería tales ocupaciones.
-Pero el asunto es importante, se trata de su hijo, Máximo… -y debe contenerse; le nota el gesto de impaciencia, de malestar.
-¿Y ahora qué hizo? Si hay que pagar algo podía decírmelo por teléfono y…
-Señora, su hijo es un niño muy bueno, aunque muy sensible y poco seguro de sí, lo que retarda un poco su aprendizaje. No le gusta practicar deportes porque le avergüenza quitarse las ropas delante de otros, sus notas no son mejores porque es increíblemente tímido y le da miedo levantar la mano en clases. Lee… algo mal, por la misma causa. Y ahora se queda en el colegio hasta que todos se van, porque el resto de los muchachos lo persiguen y lo hacen… -bota aire.- …llorar.
-Algo hará.
-¡No! Sólo le gritan: “el bobo, ahí viene el bobo, ¿donde estaba el bobo?”.
-Ay, profesora, son cosas de muchachos. Cosas que dicen los niños. ¿Y a mí qué? –se encoge de hombros y Pina la odia.
-A usted le dicen puta. –pierde la paciencia al fin.
Julio César.