Los que saben de las historias que escribo en otra parte, me han preguntado el por qué de los nombres de dos de las naves espaciales que recreo en una historia de ciencia ficción, ENCUENTRO EN EL INFINITO: la Villa Heroica y la nave Dunga. Les llama la atención porque Villa Heroica, es una denominación totalmente venezolana, pero la otra no saben a santo de qué, aunque conocen su procedencia, ¿quién no conoce a Dunga? Villa Heroica es el nombre de una batalla librada entre patriotas y realistas en Venezuela, durante las Guerras de Independencia. Algunos atrevidos sostienen que sólo fue una escaramuza; pero no, fue una batalla real, cercana al lugar donde nací en el estado Miranda, un punto cercano a Caracas. Ese nombre siempre me ha gustado, y he intentado encontrar alguna referencia a ella en un bonito libro épico sobre la historia de mi país, es decir, historia novelada o muy edulcorada, Venezuela Heroica. Pero nada.
El nombre de la nave Dunga, viene dado por el futbolista brasileño del mismo apelativo, quien parece que siempre jugó con su selección. O eso me lo parece a mí, creo que desde México'86 (improbable, pero pareciera), hasta la copa Corea-Japón'2002. Ya no estuvo en Alemania’2006, los años pesan, y él ya había cumplido. Personalmente siempre he sentido admiración por este tipo; bueno, antes de que los venezolanos le agarráramos idea a los brasileños por el decidido apoyo a los desmanes y crímenes del régimen que padecemos actualmente (por plata baila mi’ja con el señor, sostiene Lula Da Silva). Volviendo a Dunga, repito, ese hombre como que jugó toda su vida para el equipo nacional, no había un mundial o un gran evento internacional donde no apareciera su nombre y la camiseta con su número. Siempre en el centro del campo, defendiendo, tapando huecos, impidiendo todo avance de los contrarios, a veces con rudeza, siempre con habilidad. Uno lo veía atrás, alejando el peligro, y de pronto subía a toda carrera, atacando, asustando a los rivales. Se detenía y ordenaba en forma clara lo que debía hacerse y se armaba una jugada que podía terminar en una genialidad. Cuando todos enloquecían, caían o perdían el rumbo, él imponía orden, llamaba a la calma y al buen juego. No en balde se le concedió el título de Capitán durante tanto tiempo. Ahora es su director técnico, él es Brasil ahora. En la copa América realizada dos años atrás en Venezuela, se vieron fatales, de verdad debió ganar, por talentos, Argentina, pero la suerte estuvo con ellos. Bien por Dunga. Aunque ahora se le ataca, no ganan, y pareciera que la suerte como lo acompaña como no lo hizo con Hugo Sánchez en México.
En sí, él no era un goleador, ni una gran estrella cuyo nombre resplandeciera en la prensa, pero a la hora de ir a cobrar un penalti, jamás fallaba. Yo nunca lo vi fallar, al menos. Era un gol seguro, sin carreritas teatrales, sin miradas tontas de prepotencia ya que no lo necesitaba. Él era Dunga, el gran Dunga (y uno imagina la cantidad de chicas que debieron admirarlo, ni mal parecido es) y no había que temer le atajaran el balón, lo pegara del transversal o lo enviara a las gradas. Su salida a cobrar, en cualquier juego, era celebrado de antemano como una anotación. El fútbol es un gran deporte, digan lo que digan los maniacos de Estados Unidos, que le dicen fútbol a un juego que hacen con las manos; uno se olvida de todo cuando llega el mundial, la cita obligada, cuando todo lo demás pasa a un segundo plano. Uno sufre, grita, se alegra, llora de arrechera. Personalmente nunca le voy a Colombia, son nuestros vecinos, por lo tanto rivales eternos en cualquier juego. Ni a Argentina, no sé por qué. Mi equipo es, o era, Brasil. Ya no, y no por comentarios idiotas como los de Ronaldo, sobre la necedad de los venezolanos por celebrar triunfos ajenos (¡toma tu tomate, venezolano!), tan desubicado siempre que abre la boca (bueno, no todos pueden ser Dunga, hay que entenderlo); el pobre es clara prueba de que el talento ni los reales dan sentido común.
Personalmente nunca fui muy aplicado para los deportes, pero en futbolito era más o menos bueno, y precisamente en la posición de Dunga; era un buen defensa. A mí mismo me sorprendió la primera vez que se formó una caimanera y un colombiano que estudiaba conmigo en esos días, buen deportista el muchacho, me llamó para que jugara, diciéndole a todos que yo lo hacía bien. Creo que por eso siempre me identifiqué, cuando salía a jugar, este señor, seco, de rostro serio y grave. Hay quienes dicen que era malcriado y mal geniudo, es de suponer que con las responsabilidades que cargaba siempre, ser el Capitán, no podía bajar el nivel. Hasta dónde sé, jamás jugó fuera de su país, no brilló en Europa, pero sus vecinos, amigos y conocidos saben, y reconocen, que él era Brasil, el equipo nacional, a los ojos del mundo.
Julio César.