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BALADA DEL VAQUERO ENAMORADO...

QUIERO HABLAR SOBRE LA PELÍCULA QUE ME HA GUSTADO COMO NO ME GUSTABA NADA DESDE XENA, LA PRINCESA GUERRERA.

 
 
     
 
Wednesday 12/November/2008 02:34

YO SI SOY CAPITALISTA Y MATERIALISTA


Sí, amigos, Marga, lo admito: soy un cerdo capitalista y materialista. Yo no quiero un millón de amigos, sólo efectivo. No es por mala gente, pero ¿se han fijado en lo caro que está el kilo de felicidad?



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Cada cierto tiempo surgen ideas que a mí me parecen francamente descabelladas, pero no sé si es porque el mundo se está volviendo loco o el demente soy yo. Actualmente en Venezuela, un gobierno que gasta más dinero del que han gastado los últimos ocho periodos constitucionales, y sin obras reales que mostrar (a Venezuela han entrado y desaparecido sin que nadie sepa decir en dónde o qué, seiscientos mil millones de dólares, ¡cosa más grande!), grita que ser rico es malo, que el estudio no puede ser visto como un medio para salir de abajo o superarse, o que el dinero es perverso (aunque les encanta acumularlo). A mí todo eso me produce como alergia, me pica la cabeza cuando lo escucho. Tal vez es que yo soy un producto degenerado de la llamada Cuarta República y no aprecio las maravillas de esta república de quinta que quiere homologar a Venezuela con la isla de Cuba.

 

No voy a entrar en el detalle insignificante de que en Cuba, quien tiene una tripa de caucho se lanza a un mar encrespado y lleno de tiburones para escapar de la isla, con todo y el paraíso que es, según Fidel y la camarilla de delincuentes armados que someten al resto. Ah, gente malagradecida, y tanto que el tirano se esforzaba. Lo extraño es que nadie haga el viaje a la inversa. De Miami no parte ninguna lancha de gente escapando a Cuba. Claro, va gente como Robert Redford o James Cameron o Maradona, pero esos tienen fama y plata. Tal vez van a darse un gustico exótico y tropical, a comprarse algo que es muy barato allí y que es más difícil de conseguir en otras latitudes, y muy perseguido por la leyes. Porque a eso deben ir ya que toda esa gente es lo suficientemente vieja como para no andar creyendo en las pendejadas de un pueblo feliz cercado por Estados Unidos. Algo van a buscar mientras les halan las barbas halagándolos, como a tantos viajeros europeos, casi todos hombres. Por cierto, y hablando de otra cosa, qué vaina con Europa y la pornografía y el abuso infantil, eso ya raya en lo alarmante… ¿verdad?

 

Debo confesar que yo no veo lo maravilloso de pasar hambre, no sé a los demás, pero cuando no almuerzo me duele la barriga; andar descalzo no me llama la atención, la pobreza no me atrae, al contrario, me da grima, como a Fidel Castro y a la familia de Chávez. Definitivamente soy un cerdo capitalista, como los revolucionarios de mi país, lo confieso. Soy basura mercantilista igual a la gente de izquierda. Yo quiero una casa en la playa, con mi aire acondicionado, de donde salga y caiga en las aguas tibias del mar, sin presiones, sin angustias, gozándome en las sensaciones, rodeado de gente hermosa y semi desnuda en bikinis. Deseo ir a un club cercano y comerme un pescadito frito con una cervecita bien fría mientras oigo música acorde al momento, sin tener que ver muchachos lombricientos, con el hambre en las caras, velándome desde lejos, amargándome la comida (con razón los ocultan en Cuba, ¡son tan deprimentes!); para luego ir y arrojarme de cabeza en una piscina, con más cervezas al alcance de la mano.

 

A mí, no sé si a los demás, me encanta comprarme pantalones y camisas, cuando son nuevas se sienten bien. No me gusta la ropa de colores desvaídos, con cuellos deshilachados, eso es ruina y llama más todavía. ¿Salir a la calle con un huequito en una franela bajo el brazo? Primero muerto que perder la dignidad. Yo quiero plata para comprarme botas nuevas, para viajar en taxi una tarde de lluvia o calor, para comprarme los libros que me den la gana, para visitar Mérida, para ir a Margarita. Quiero conocer el Vaticano así no me dejen entrar.

 

Me gusta la idea de llegar a una tasca, sentarme a la barra y decirle al cantinero: esta ronda la pago yo, señalando a unos panas, en lugar de andar escondiéndome para no brindar nada. O: “mira, llévale otra copa a esa mujer en la esquina, en Angelina Jolie, ¿verdad?, ¿qué andará haciendo por aquí?”; y que me respondan: “si señor, está de visita y creo que preguntó por usted”. O: “caramba, ¿ese no es Jake Gyllenhaal?, dale lo que quiera que yo pago”. Quiero tocarme la cartera y saber que hay dinero y que si me da la gana tomo un teléfono y llamo a todos los panas, hago una parrillada en mi patio e invito a medio mundo, sin tacañerías, sin escatimar centavos, como se gastaba antes de esta pesadilla de ruina, o gastaba el que trabajaba al menos. En fin, a mí denme plata.

 

¿Que eso es malo y lo mejor es vivir en penurias? Bueno que los que así piensen que me dejen los reales aquí y se vayan para Cuba, un infierno así ya existe, ¿para que crear otro? Cada vez que hablo de plata con compañeros de trabajo que son chavistas, increíblemente todavía quedan, y comienzan a quejarse de lo que no pagan, yo los llamo traidores, que ellos deben dar el ejemplo y andar muertos de hambre dando lástima (y ya comienzan), mientras piden que a mí sí me paguen para que no siga hablando vainas del Gobierno. Pero no, el amor al líder, a la revolución, como que no llega a tanto; ah, pero como hablan pendejadas, debe ser por el ejemplo del Presidente, que para hacer cosas buenas no tiene tiempo ni lo deja la oligarquía o los norteamericanos, pero para hacer o decir mariqueras, o dejarse chulear por un poco de hombres en el extranjero, está mandando a hacer.

 

Venezuela esta volviéndose un desastre a ojo vista. Desde hace casi diez años mandamos cantidades horribles de plata para Cuba, ¡como nos jinetea esa gente! (el país parece estar condenado a mantener los barraganatos y amantes presidenciales), porque ellos iban a arreglar todo el sistema de salud del país, ¡cosa en la que llevan ocho años! Ahora el Gobierno nos sale con la carreta de babas de que van a intentar intervenir las clínicas privadas porque la gente sin recursos se muere en ambulatorios y hospitales, y no explican qué carajos andan haciendo entonces los cubanos; como no explican qué pasa con el azúcar que ya llevan seis años dizque produciendo esa gente aquí, pero que no hay en los mercados. Lo de la salud es tan desastroso, hay que aplaudir a tantos ministros, que lo cumbre es que aunque se tenga la plata, a veces hay tanta gente en las clínicas que no pueden atenderte porque son demasiados.

 

Ir al mercado no sirve de nada, porque aunque se tenga el dinero, no hay esto o aquello, y da arrechera oír a los ministros encargados decir, alzados y hablando golpeado: si no hay mantequilla, coman margarina, coño. Como si en verdad uno tuviera que conformarse con lo que hay en una economía destruida por imbéciles que fueron advertidos, cuando comenzaron a poner la torta, que eso iba a ocurrir. Es por lo que creo que estos sistemas comunitarios, comunistas o socialistas o como quiera llamársele a estas idioteces, no sirven. Es mejor un hospital con médicos y recursos, a un Fidel con dólares haciéndole carantoñas y encerrándose durante horas con el Presidente. Es preferible un mercado con productos y que cada quien compre según le alcance la plata, a uno vacío donde hay que hacer colas y colas para compra un paquete de esto o un kilo de aquello, aunque eso los ilusione porque les recuerde a Cuba. En el fondo todo se reduce a algo que siempre dice mi señora madre: soy un mal pobre.

 

Hace tiempo, saliendo de Caracas vía Maracay, me agarró una cola feroz dentro de un autobús lleno hasta el techo. Por mala suerte me tocó ir cerca de un grupito de guardias nacionales, unos muchachitos que ya venían medio ebrios, que planificaban un viaje a la playa con unas muchachas con quienes pensaban coronar la noche. Ninguno llevaba real, y riendo uno decía que esas comían sánguches de sardina y listo, y que eran de las que amanecían toda la noche despiertas tomando guarapita, esa mezcla de ron barato con jugo de naranja, que no había que gastar mucho en ellas. Yo pensaba para mis adentros: vaya, estos son todos unos príncipes; claro que más locas son las mujeres que salgan con tipos así. Y las hay. Para una salida así, es preferible quedarse en su casa. Dios, como habló esa gente durante ese viaje, para colmo llovía, yo creo que muchos habrían agradecido que nos cayera un rayo que los hiciera callar.

 

Este es uno de los defectos más graves de los que adolece nuestra sociedad. Ese avance social que se traía hasta unos añitos atrás, que fue grande e impresionante aunque muchos no quieran o sepan verlo, se detuvo bruscamente, comenzando a retroceder. Muchos de nuestros padres conocieron la Venezuela del fogón y la leña, del pilón y el agua en tinajas. Sus hijos fuimos a la universidad y conseguimos empleos más o menos bien remunerados. Nuestros hijos, de siete y ocho años de edad, tienen la computadora y el celular. Pero junto a esa generación que era empujada a seguir y seguir, a superarse, de padres que buscaban que todo fuera más fácil y seguro para sus hijos, creció otra, la del muchacho que preña a la primera que se le cruza en el camino y hasta ahí llega, o la muchachita que no quiso estudiar, sino un marido que le diera nota, del que parió y luego se dio cuenta de que era un perfecto idiota y no servía para nada como se lo dijo todo el mundo, y como ella tampoco hace nada, pare de otro y otro, hundiéndose en el desencanto, el resentimiento, la miseria y la marginalidad.

 

Son estos desequilibrios los que no permiten que un país como Venezuela, o cualquier otro en nuestra Latinoamérica, prospere, porque no hay clases responsables que se tracen como metas, indistintamente de los gobiernos que vengan o los grupos que controlen el poder, como un bien superior para la nación, la superación de esos problemas. Políticas para erradicar endemias, para generar riquezas, alimentos o seguridad ciudadana, deben ser metas comunes por encima de los gobiernos accidentales, pero para llevarlos acabo hace falta seriedad, disciplina y laboriosidad, y eso da flojera, así que todo lo dejamos como vaya saliendo; y les agarramos arrechera a países como Estados Unidos, Canadá o los europeos. Lógicamente el resultado no puede sorprender a nadie.

 

Pero repito, soy capitalista, y a mí quien me interesa soy yo; lo mío no pretendo ni deseo compartirlo con el carajo que sólo preña a la mujer y no quiere trabajar mientras se fija en la hija de doce años del vecino. Soy egoísta, lo sé. Y lo mío es un estado mental, algo que como adulto yo decidí, nadie me lo dijo o me lo enseñó. Hace tiempo discutía con una colega de trabajo, Anita Requena, quien me porfiaba para hacerme hablar, o llevarme la contraría, o porque realmente creía esa tontería, que el dinero no hacía la felicidad. Y es cierto, pero creo que todo el mundo está de acuerdo en que es lo más cercano que hay; y si no la hace (la felicidad) tal vez la pueda comprar ya hecha, ¿no?

 

Además, tampoco la pobreza, y mucho menos la miseria, hace la felicidad. Burlándome le dije que ya imaginaba mi vida dentro de veinte años, viejo y gordo, en mi casota en la playa, fría a fuerza de aire acondicionado, con un patio cercado, de blanca arena de playa, con un jacuzzi cuyas aguas caen en una piscina más abajo, todo bajo la sombra de dos palmera. Ahí estaría yo sumergido en esas aguas frías (nada de agua caliente), tomando cerveza y comiendo cochino frito, y que de repente leería la noticia en un periódico: ha muerto Anita Requena en medio de la más espantosa y deprimente miseria, vecinos comentan que el hambre la había vuelto loca en sus últimos días, cuando al parecer sólo comía gatos y no era muy feliz. Le dije que con pena suspiraría, cerrando el diario, tomando otro buche de cerveza y mordiendo un nuevo pedazo de cochino, y me diría: pobre diabla, murió como vivió…

 

Julio César.

 
 
   · autor: jcqt2223  · sección: General  
     
   
 
     
 
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