Tengo una amiga notable, ya más cercana de la cuarentena que de los treinta, quien durante seis años tuvo tres ‘novios’ medio serios; de cada uno de ellos dijo era el ‘indicado’. Sin ánimos de entrar a juzgar su mentalidad o moralidad, se puede decir que no era muy acertada a la hora de elegirlos, eran sujetos que todos notaban fallos en algo. El que no era flojo era un mentiroso. Uno incluso la robó. Pero durante esos seis años, mi amiga tuvo una meta: tener su casa propia. Y la construyó. Consiguió un terreno y lo aplanó, abrió zanjas, cargó material, sembró cabillas y bases, y durante esos seis años fue levantándola. Lo sé porque cómo molestaba a familiares y amigos demandando ayuda, bastante que me tocó cargar ladrillos, grava y cemento. Pero era un trabajo… aunque duro, grato. Por suerte ninguno era flojo, comenzando por ella. Durante los seis años me tocó ver de tarde en tarde a uno de los ‘novios’ laborando allí, los vi llegar y los vi marchar. Durante seis años su vida emocional fue un desastre de inestabilidad… pero el trabajo de la casa no se detuvo jamás. Deseaba una casa, tardó, ahorró, pidió favores, obligó a los 'novios’ en su momento a trabajar; me tocó verla desalentada por la falta de materiales, deprimida viendo un techo que no podía tender aún, pero un día estuvo lista. Cómo celebramos, y qué contenta estaba. Durante seis años no cejó, y lo logró. Porque perseveró, tuvo una meta y no se desvió de su camino.
En estos monólogos “hemos” hablado de la relación que ahora se hace en el Primer Mundo sobre la necesidad de invertir la vieja tendencia de dar prioridad a la salud sobre la educación, aquello de que la gente debía estar viva y medio sana para ser educada resultó un disparate. Tal primacía resultaba falsa por el simple estudio de las estadísticas mundiales: cada día hay un número creciente de enfermos y de aquellos que necesitan de atenciones. Por ello hubo (allá, aquí en el Tercer Círculo no hemos comenzado aún) que atacar el problema sanitario desde las escuelas con la “prevención”, donde se advertía sobre esas potenciales enfermedades que siempre acechan, las que vienen de la promiscuidad (¿cómo una palabra tan sonora y exótica puede ser mala?), a los cánceres, diabetes y enfermedades coronarias. Pero al lado de estas patologías evolucionan otros problemas como la verdolaga, los desajustes sociales, como la pobreza extrema (gente que literalmente come basura cuando no mueren simplemente de hambre), la delincuencia, el cinturón de la miseria y la poca preparación para enfrentar el mercado laboral con la que sale un bachiller del colegio.
Una de las atrofias mentales con la que acentuadamente se levantan nuestros países, año tras año, es ese viejo cáncer que ha minado buena parte de Latinoamérica: la carencia de sentido común para encarar el futuro por propios pies, o con los pies sobre la tierra. Nuestro suelo es rico en minerales que el Primer Mundo codicia, pero también de gente que cree que todo lo merece sin necesidad de trabajarlo; o sin tomar en sus manos la responsabilidad de lo que ocurre con sus países. Imaginamos, en nuestra simpleza intelectual, que los países industrializados llegaron a semejante lugar por magia, o ‘abusando’ del Tercer Mundo. Si tal cosa fuera cierta, simplemente nos limitaríamos a invocar a los dioses del Sorte, por nombrar únicamente a Venezuela, y explotaríamos a otros (muchos ‘presidentes’ de la zona harían lo que fuera por ser ‘presidentes’ para siempre y recibir unos cuantos dólares, no sería difícil) y nos levantaríamos industrial y técnicamente sobre ellos. Pero la verdad es que tal premisa es falsa.
Nos encanta echarle la culpa a otros de nuestros fracasos, de la miseria y desigualdad, del atraso, de ‘mascar’ hoja de coca para engañar el hambre, o llevar gente engañada a haciendas en un monte lejano para explotarla como mano de obra esclava. Nos encanta odiar a Estados Unidos, y en menor medida al Canadá, porque son ellos “los culpables de lo que somos, o al menos de dónde estamos”. Nos gusta eso porque es cómodo, es fácil decirlo y creerlo, y aleja de nosotros la responsabilidad individual y grupal. No nos gusta pensar que son nuestros arranques de correr tras cada charlatán que promete incendiar la sabana, o ‘resolver’ esto, sin decir cómo o cuándo, o con la promesa de que se irá al carajo si no lo logra en tanto tiempo, pero luego no lo hace; nos encanta el que grita, el que parece “macho” y habla golpeado, aunque sea de hecho un imbécil, un delincuente o un charlatán. Por esa falta de sentido común estamos condenados a no avanzar, a no prosperar; la población aprende a conformarse con la medianía y luego cae en la mediocridad. Un cerro comienza a llenarse de ranchos horribles y nos disgusta, pero nada se hace, se llena ese, y el siguiente y el siguiente y ya ni reparamos en ello, porque se transforma en el trasfondo de nuestras vidas, un ejemplo de que no podemos resolver nuestros problemas ni planificar nuestras vidas o destinos. Entonces, ¿para qué darse mala vida pensando en eso, o intentando revolverlo, si podemos odiar y culpar a los gringos?
Siempre estamos comenzando, siempre estamos de estreno, siempre vamos “a hacer”, y cuando se dice “se hizo” y se va a revisar, se ve la mala costura (casi siempre en tiempos electorales). Se nos ha ido la vida esperando comenzar, iniciar, relanzar. Hemos visto llegar uno y otro régimen y los problemas que existían, que sabíamos cuáles eran, dejaron de enfrentarse, se les permitió crecer y estos degeneraron en otros que ahora nos asfixian: ciudades cercadas por círculos de miseria que aportan malandros, crímenes, pero sobretodo gasto material, gente que necesita médicos, maestros, carreteras y servicios básicos, aunque no aporten nada en forma de trabajo, ahorro o simple esfuerzo. Está la madre adolescente con el muchachito llorando, molestándola cuando ella sólo desea pensar en el otro “novio” que le dejará otro muchacho llorón. Está la gente que espera resolverse en los botaderos de basura, peleando con perros y zamuros, pero que no consideran ni por un segundo en irse a carga cajas en un mercado, trabajando. Y están los huele pega, gente que por diversas razones rodaron hasta convertirse en un problema, como los mendigos o los enfermos mentales arrojados a las calles. El problema crece mientras escribo o ustedes leen, porque nace otro y otro y otro muchacho, ninguno planificado, en hogares donde no hay qué comer, qué vestir, y muchas veces falta hasta el techo (Dios, parece que no saben que se puede tener sexo por el simple placer de tenerlo sin embarazarse), en medio de gente que no se siente totalmente responsable de eso, ni de los que van llegando, y peor, que sienten que los demás “les deben algo”. ¿Qué país avanza con tan pesada carga social, con un pasivo humano tan grande que nada aporta?
Nuestros gobiernos de forma perversa, porque no cabe otra explicación, incentivan esta manera irresponsable e irreflexiva de pensar: “No, no son ustedes responsables ni culpables de lo que ocurre, son fulano, los ricos, los oligarcas, los medios, los políticos de antes, el Imperio”. La culpa se sitúa donde conviene, según el grupo que se quiera destruir mientras se desvía la atención de los errores garrafales propios. Es desconcertante ver a gente tan disímil como la señora Cristina K, a Evo Morales o Rafael Correa caer en el exabrupto, con una total falta de imaginación, se pensaría, pero sabiendo que les funciona. Personalidades patéticas y claramente patológicas como Hugo Chávez y Daniel Ortega ni vale la pena estudiarlas.
Como ya lo he expresado, un país no puede recomenzar indefinidamente, no se puede comenzar siempre, porque entonces ¿cuándo llegamos a donde queremos? Si sembramos una mata de mangos y la vamos cortando año tras año cambiando de fruto, ¿cuándo los recogemos al fin? El problema que ha afrontado América Latina es de complejos de inferioridades y traumas sociales, ya que nuestras llamadas capas intelectuales han estado muy por debajo de las capacidades y las exigencias, tal vez por la forma en que fueron ‘formados’ por las viejas escuelas marxista que obligatoriamente los hacían dependientes del imperio soviético y su forma de ver el mundo, el gran hormiguero donde unos trabajaban mucho por nada y los zánganos la pasaban sabroso. Recuerdo que cuando liberaron a Ingrid Betancourt en Colombia, ‘intelectuales’ de izquierda en Venezuela dijeron, así, con llaneza, sin ruborizarse, de corazón, que eso debió ser cosa de los norteamericanos o los israelíes, porque era imposible que el miserable ejército de un país del lamentable Tercer Mundo hiciera algo tan perfecto. Son esos complejos y traumas los que mancaron a toda la región, y de la que tanto cuesta salir, como lo es siempre de toda prisión mental.
Pero nosotros no somos líderes mundiales, lo único que podemos hacer es cambiar esa realidad fabricada a nivel local, a pequeña escala, en nuestros barrios, en nuestros colegios y con nuestros muchachos. Y la tarea debemos enfrentarla nosotros mismos. Debemos intentar, en la casa y en la escuela, que todo niño entre cinco y hasta que sale a los diecisiete años del bachillerato, escuche todos los días que quien no se prepara para enfrentar el futuro está condenado a ser un sirviente en esto o aquello, doblando la espalda siempre en lo ajeno, resignado, o tal vez rabioso; que quien no aprende a pegar un bloque, o planchar una camisa al menos, está condenado a no servir para nada y suya será la culpa de su futuro. Que la suerte y el azar pueden auxiliar, pero que jamás se puede esperar que la vida se resuelva por un golpe de suerte, o por una rezadita al Cielo; que ni velas a santos o la casualidad son garantías de nada y que sólo el necio y el insensato pueden contar con ello. Pero más importante, algo que a esos niños desde el primer hasta el ultimo año de estudios, debe remachársele día a día: que en todas las cosas de esta vida, cualquiera que vayan a afrontar, desde una relación de pareja hasta un trabajo, la clave es el esfuerzo, el trabajo continuo y constante, la meta vista claramente y el camino trazado para alcanzarlo.
Se les debe repetir todos los días que no se puede comenzar vez tras vez o no se llegará nunca a ninguna parte; que el futuro se planifica, que quien sueña con convertirse en el rey de la mandarina debe pensar en el terreno que quiere o necesita, pensar en cómo limpiarlo de maleza y preparar la tierra, en cuántas plantas necesita, qué tantos huecos debe cavar, cuántas sembrara por día, de dónde saldrá el agua y asegurarse que se rieguen, ir podándolas, liberándolas de insectos, recortando montes y enredaderas de tanto en tanto, y en cosechar. Que las metas se consiguen así, planificando, con esfuerzo, con tesón, trabajando día tras día. Debemos meter en esas cabecitas de nuestros suelos que nada cae realmente del Cielo, que esperar limosnas es vergonzoso, e inútil, el dinero jamás alcanza para tantos durante mucho tiempo, y el hambre siempre está allí, así como las enfermedades que se combaten con medicamentos, y que la vida puede ser buena, o al menos cómoda, cuando uno puede procurarse las cosas que le gustan con lo que ha ganado. A todo niño, varón y hembra, debe repetírsele esto hasta que lo entiendan y lo computen. Debemos terminar cortando en cada escuela de cada ranchería, poblado o ciudad de nuestra América Latina, con ese pensamiento irresponsable de que las cosas van a salir siempre bien de alguna manera sin necesidad de que enfrentemos y afrontemos nuestras vidas. O que si no resolvemos nada, al menos nos quedará el consuelo de ver jodido a los demás, bastándonos con eso, o echándole la culpa a todos los demás, a ‘ellos’ por todos nuestros males.
Producir, crear bienes y fuentes de trabajo, favorecer el ahorro y la seguridad social con planes simples y sostenibles, son metas que no parece, muchas veces, el objetivo final de nuestros gobiernos; aparentemente la única es asegurar control político desde el principio, acallar a quien se queje y utilizar a discreción el poder del Estado. Pero en los gobiernos serios un presidente no puede inmiscuirse en la decisión de un tribunal federal, no hablemos ya de un tribunal supremo, sin ser reprendido; países como Inglaterra y Estados Unidos cuentan con constituciones que han cumplido más de doscientos años, pero en los nuestros estas tienen que ser remendadas como un trapo viejo según vayan asentándose cada grupo en el poder; y lo más patético es que la gente parece creer que eso basta para resolver algo. De nuestros colegios deben salir niños entre cinco y diecisiete años de edad que sean capaces de entender la diferencia que hay entre ser ciudadano y un simple habitante, o cuál sistema medio funciona y cual no. Lo demás es que creamos que en verdad hay algo en los genes que nos condena al fracaso.
¿Será soñar? ¿Será tan difícil? De nuestros hogares y escuelan deben salir niños que visualicen el futuro que quieren, el país que desean, con ciudades modernas sin cinturones de miseria; con servicios públicos que funcionen, donde los colegios sean tan buenos que no halla necesidad de invertir en la privada, ahorrando o gastando en lo que dé la gana ese dinero; abriendo fuentes de trabajo; asegurando cada país su capacidad para procurarse alimentos; determinándose qué tanto territorio será urbano y qué tanto campo, con hectáreas para cultivos y cría de ganado, asegurando incluso aquellas que serán parques nacionales intocables para asegurar la preservación de las aguas e incluso la producción de oxígeno. ¿Quimera? No, sensatez. Planificación, trabajo y constancia debe ser la máxima que se repita en cada colegio como fórmula para reorganizar cada territorio; pero únicamente será posible sí cada persona entiende que tiene una responsabilidad individual hacia sí mismo, los suyos y su tierra. No queda otra.
Julio César.