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BALADA DEL VAQUERO ENAMORADO...

QUIERO HABLAR SOBRE LA PELÍCULA QUE ME HA GUSTADO COMO NO ME GUSTABA NADA DESDE XENA, LA PRINCESA GUERRERA.

 
 
     
 
Thursday 23/October/2008 05:32

TRINITARIAS… (5)


Fracasar es desagradable, en lo grande y en lo pequeño; entonces, ¿quién puede hacer de eso su vida? Creo que el truco está en levantarse después de cada uno, sereno, sin darle el gusto a nadie de saber cuánto nos dolió, pero sacando de ello una enseñanza, al menos eso, aprender de los errores. Sigamos la vida de una joven que falló en un momento dado, llevandose un chasco desconcertante…



VESTIDA PARA PELEAR.jpg

Éxitos y fracasos, todo nos enseña algo.

 

-Cambié de universidad, tuve que dejar la Católica e irme para la Central, ¿qué crees? Tal vez deba… dejar el gimnasio. –comenta como para sí, viéndose infeliz.- Debo reducir gastos, no quiero pedirles dinero. –y se muerde el labio inferior, sintiéndose frío, frío de miedo, algo que eclipsa totalmente el placer que sintió admirando al joven instructor o el pequeño papelito pegado ahora a su paladar, decolorado y que se tragaría en cualquier momento.

 

-Yo puedo pagártelo. Por eso no hay problema. –dice Saúl, sin dobles intensiones, simple, como quien dice súbete a la escalera que yo la sostengo aquí; pero Adrián se vuelve rápido como una culebra, incómodo y molesto.

 

-¡No! No vas a pagar un coño. Cuando ya no tenga para esto, ni para el carro o la universidad, lo dejo todo, ¿okay? –aclara con dureza, pasando saliva.- No quiero favores de nadie. –es tajante. Saúl lo mira sorprendido, luego molesto.

 

-No quise ofenderte. Somos amigos de siempre y no creí que te pondrías así. No estoy haciéndote un favor, nunca los hago, tú lo sabes; y si te arrecha tanto, olvídalo. –cierra la boca, resentido. Qué problema con la gente orgullosa, que para colmo no tenía dinero, siempre incomodando.

 

-Lo siento, ¿bien? Pero no quiero que vuelvas a ofrecerme ese tipo de ayudas. –y su mandíbula se tensa tanto que no puede seguir.

 

El silencio que se hace es largo, cargado de tensión. Cada uno piensa del otro: “maldito pendejo”. Y Adrián desvía el rostro, sintiéndose infinitamente infeliz, como esa tarde en la universidad, cuando estando tan desolado tuvo que encerrarse en un sanitario y… desahogarse (decir que lloró le cuesta, era de ese tipo de personas). No podía contarle a Saúl que estaba enredado en un gran lío, en un problema mayúsculo por culpa de alguien que un día se le acercó y le dijo, amable, atento, cordial y amistoso: ‘Quiero ayudarte, confía en mí’. Avergonzado reconoce que no era cierto, no era ningún problema aquello que lo acosaba, por lo menos no acuciante como la necesidad de comprar comida, medicinas o pagar la universidad, pero así se lo había parecido en esos momentos. La crisis que atravesaba la familia, que ya duraba algún tiempo, le había nublado la mente. Requería algo de dinero, para tonterías (ahora, tarde, lo entendía), y se le facilitó. Esa gente, ese tipo, lo ayudó, le arrojó unas monedas y ahora le reclamaba en pago su vida, su alma. Parecía haber hecho un trato con el mismísimo Diablo, pensaba a veces.

 

Y le tenía miedo. A él y a lo que pudiera pasar en adelante. Temía lo que podía pasarle ahora. Que le dieran una paliza y lo dejaranmedio muerto, era una fea posibilidad. Ya lo habían golpeado una vez. Pero podían darle y darle hasta abandonarlo muerto; y algo le decía que no lo sentirían o lamentarían. Tal vez hasta se divirtieran viéndolo asustado antes de acabar con él, se dice con un estremecimiento feo. Ahora vivía con temor, le aterraba y angustiaba tanto que no podía dormir de noche, y cuando lo hacia era presa de pesadillas. En sus sueños entendía que para cumplirles tiene que… prostituirse, como ese carajo le insinuó, sin decirlo de manera indirecta, pero dándolo a entender claramente, mientras sonreía con burla.

 

-Sé que pasas por un mal momento, muchacho, pero tienes opciones. Te ves bien, gustas. Podrías salir de noche, a fiestas, acompañando a conocidas mías, mujeres algo mayorcitas pero chéveres, que serian muy mimosas contigo, y generosas. ¿Te gusta bailar? Sé de un sitio donde puedes hacerlo y ganar un dinerillo extra. O puedes servir de guía a turistas y hombres de negocios cansados y sin tiempo para conocer gente, a los que… pasearías por toda Caracas. también pueden ser muy desprendidos.

 

Se estremece al recordarlo, allí, al lado de Saúl. Prostitución. Eso fue lo que le propuso. Pero no veía salida a su problema, y no sabía con quién hablar aquello. no podía ir con su madre o sus hermanas, enrojeciendo hasta la raíz del cabello se dice que moriría de vergüenza. Ni siquiera podía hablar con Saúl. No de eso, no de lo que ya ha tenido que hacer, siguiendo a ese hombre odioso hasta esa biblioteca, donde se fingía un gran señor, acercándose, dominante, sabiéndolo vencido, tocándole el rostro y…

 

Adrián sabía que la había cagado, hacía rato, pero hasta allí llegaba su examen de conciencia, no deseaba hacerlo más profundo porque era complejo y porque… era un muchacho, en decir, no se sentía totalmente responsable de sus errores. Fue mala suerte, mala pata, un mal momento. Cometió algunos errorcitos pero nada era tan grave, al menos eso se repetía una y otra vez. Disculpándose con Saúl, con voz algo pastosa, se retira a los vestuarios. Molesto todavía con él, el otro imagina que va a chirrirarse otra vez, a consumir algo de lo que cargaba.

 

Saúl no lo entiende, era grato darse un pico de vez en cuando, pero le parece que el otro se pasaba, y si dejaba que eso lo dominara iba a joderse. Y ahí termina con su preocupación, por dos motivos, también es joven y no acostumbra el análisis total de probabilidades, posibilidades o responsabilidades, y porque Selene, una hermosa joven del tipo gatuna, alta, de cabellos muy negros y piel cobriza clara, aparece. Y su rostro pasa de un rosa de encanto, al rojo de arrechera al verla sonreírle de forma coqueta, meneándole el culo mientras se aleja, al instructor gorila a quien Adrián miraba hace rato; quien sonríe de forma complacida sabiéndose atractivo, acostumbrado a despertar ese interés en otro por su rostro agraciado y su cuerpo bien formado.

 

Saúl sólo tenía razón en parte. Adrián habría dado cualquier cosa por otro trocito de ‘felicidad’ sobre su lengua, pero no iba a las duchas por ello… ya que no le quedaba nada. De no haber sido sorprendido por el carajo ese en los baños de la universidad, no habría tenido ni el consumido minutos antes. Quitándose la ropa, desmañadamente, planea tomar una ducha y salir, estar solo, no ver a nadie. Aunque de poder habría buscado a Selene, tal vez ella guardara algo en su cartera. Siempre era así, pero la joven era caprichosa y hormonal, por no decir una desgraciada. A veces andaba bien, otras era una verdadera perra.

 

En esos momentos, desnudo, viéndose bien a pesar de no ser muy alto pero si medio fornido, se mete a las regaderas, como los otros presente, y ni por un segundo alguna idea de índole sexual cruz por su mente. Todo aquello, carajos jóvenes y los no tantos, que se bañan y refriegan, que hablan gritado sobre esto y aquello, pertenecía al telón de fondo de su vida y no repara en ello. Abre a todo lo que da el chorro de agua y deja que este le golpee literalmente la nuca. A veces necesita claridad, y este era uno de esos momentos. Se acercaba el momento de tomar dediciones… y no sabía sí podría.

……

 

-¡Lino, llegaste!

 

La noche comenzaba tan bien que era difícil suponer que terminaría en un desastre total, como recordaría Vicky durante mucho tiempo, sintiéndose apenada. La chica, toda arregladita, sonriente y hermosa, recibe en la puerta a su pretendiente, Lino Gómez, quien parece aún más joven por su delgadez, su camisa algo grande en el cuello y las mangas (al menos no trajo la camisa por fuera del pantalón, se dijo ella) y lo flaco de sus brazos. Traía en las mano uno de esos regalos en forma de botella de vino que nadie que tenga cierta experiencia regala jamás. Un vino si no era más o menos bueno, era mejor no llevarlo. Y en los mercados no vendían tampoco los mejores. Pero la joven sonríe, la toma, lo agradece… y lo deja olvidado en un sillón. Bueno, a ella no le gustaba mucho el vino tampoco. Lo importante era que él estaba ahí, en carne y huesos (“más huesos que carne”, cree oír la voz odiosa de su mejor amiga, Teresa).

 

Sin moverse de donde están, la joven rodea su cuello, lo hala tan sólo un poco haciéndolo chocar de su cuerpo y acerca su rostro sonreído. Su boca no tarda en buscar la suya, y Lino todo atolondrado sólo puede responder. Abre la suya y se mezcla con ella, sintiéndose caliente, azorado; casi tiembla teniendo ese hermoso, firme, tibio y maravillosamente oloroso cuerpo femenino entre sus brazos. Dando medios pasos ella lo deja entrar, sin interrumpir el beso, y con cierta destreza cierra la puerta con el pie, impidiéndole así a Agripina Marques, la seca y áspera vecina, que siga mirándolos. Y el beso continúa y continua, la joven quiere explicarle sin decirle todo lo que espera de él; y Lino responde, casi mareado, atrapando con cierta torpeza compensada con ganas, su lengua. Sus manos delgadas, algo húmedas de transpiración, la apresa posesivamente. Después de todo era un hombre, uno muy joven y poco experimentado, pero la naturaleza dictaba lo que hacía falta, la piel respondía con calor y la carne con más calor todavía.

 

Mirándolo enamorada (realmente está convencida de amarlo), Vicky se separa un poco y dice que va a vigilar cómo sigue la cena. Alegre, algo ronca de excitación (“Dios, será una gran noche”, se dice imaginándose besada, tocada, inundada, amada totalmente en su camita), pregunta por sus padres. Y es tanta su dicha que le sale de forma natural, casi ni se detecta cuánto detesta a Miriam de Gómez, la madre de Lino que es una víbora injertada con alacrán, de lengua venenosa y mente ponzoñosa. Era una mujer que no se detenía ante nada a la hora de inventar un cuento cualquiera sobre cualquiera, calumniando con la mayor de las ligerezas, dándole al rumor la categoría del hecho.

 

Él responde que están bien, mientras recorre con vivo interés el apartamentito. Realmente era bonito, se dice, pero no contento. Él vivía aún con sus padres, estudiaba y no tenía opciones a corto plazo para cambiar esa situación, aunque le gustaría. Muchos de los que conocía habían hecho algo así, dos se fueron a Oriente, a buscar otro camino, tres al ejército. Cada uno en su lucha. Le parecía increíble que Vicky hubiera podido hacerlo, (“Repartiendo culo, seguro”; recuerda, con disgusto, las aseveraciones de la víbora de su madre). Pero sí, a Lino no le gusta nada esa situación.

 

Viendo a la bella joven revisar sus guisos, reconoce que está molesto. La ama, y cómo no si Vicky era la chica más bonita, alegre, simpática e inteligente del barrio. Nadie entendía qué hacía ella con un tipo como él, y muchos se lo dijeron a la cara. Eso lo hizo feliz pero también lo llenó de dudas, de recelos. De desconfianza. Ella era su novia y secretamente temía que notara que había hombres mejores y lo abandonara. Era un muchacho, sólo eso, y se sentía inapropiado, inadecuado. Cuando ella decidió mudarse, conseguir trabajo, dejar su mundo de niña atrás, él se asustó y molestó más. Ella cortaba con todo, de manera fácil, lo deseaba y lo hacía. Él no podía. Sentía miedos, dudas, no sabía si le iría bien fuera de su casa, y eso lo paralizaba impidiéndole hacer nada. Con sus padres era feliz y no lo era, pero estaba bien, tenía su cuarto, su cama, la comida, las ropas limpias. Estaba bien por ahora, para él, Lino Gómez, pero no para Vicky. Y ella no le preguntó nada, simplemente tomó sus cosas, su vida, y sonriendo se fue de su casa, abrazando y llorando un poco, pero decidida a buscar su lugar bajo el sol. ¡Dios, es tan hermosa!, reconoce viéndola. Y eso le aterra haciéndolo infeliz.

 

Vicky continúa con la charla mientras le pregunta cosas sobre su vida; sirve la cena, la cual disfrutan rientes, al menos ella. Él se sentía incómodo, ese lugar era de Vicky, su mesa, su comida, su casa. Su vida. Él nada tenía que ver. Vicky, inocente de todo, habla del trabajo, de las cuentas, sin temor o amargura, sólo como pruebas mensuales, pequeños inconvenientes que debía sortear como la gente grande. No le dice que necesita otra nevera, u otro televisor, eran cosas de ella… y lo serían también de él, pero no todavía.

 

Menos de quince minutos después todos los cacharros de la cena, que gracias a Dios supo bien, piensa Vicky, reposan en el lavaplatos, y quién sabía hasta cuándo si todo marchaba como ella esperaba. Sentados uno al lado de la otra, en el pequeño sofá, se desarrolla la parte más importante y medular de las conversaciones. Cena, charla, interés en los conocidos sólo eran los premilitares que la civilización exigía antes de pasar a asuntos más carnales. Y habían comenzado. Rodeándole el cuello, posesiva, Vicky parece decidida a tragarse la lengua de Lino, quien se estremece de calorones y ganas, atenazándola con sus manos por la suave espalda. El joven siente que sus hormonas bombeas, que la carne le duele de tantas ganas, de tan apresada como está con las ropas. Siente ese cuerpecito vital, ardiendo también, con ese pecho de mujer casi hiriéndolo. Tal vez faltaba técnica, esos besos parecían más bien un concurso de lengüeteadas, pera no estaban ahora como para detenerse a considerar esas cuestiones académicas. Poco a poco Lino va imponiéndose, llevándola, recostándola del sofá, sintiéndose a punto de estallar mientras su aliento se funde con el de ella. Ya no piensa, como no piensa ningún hombre en esos momentos como demostraba la gran cantidad de embarazos no deseados cuando la gente se dejaba llevar. O las enfermedades.

 

La tiene como la quería, como la soñó tantas veces en las solitarias calenturas de su cama en las noches; está sobre ella, la siente suspirar y responder a sus besos. Cuando las manitas femeninas recorren su espalda, con besos más reposados pero también más profundos, teme morirse antes de tiempo. Y eso le asusta. Desea como nunca acostarse con Vicky, poseerla al fin, sentirla suya, quiere… Oh vamos, quiere que su miembro entre y sea apresado por ella, dándole placer. Pero teme hacerlo mal, teme fracasar, aunque eso no le detendría. Todo marchará bien, se dice, algo que también se dice la joven al sentir sobre sí la intensidad de sus ganas, pensando algo más o menos parecido a lo suyo; recreándose en lo convexo dentro de lo cóncavo. Y es justo en ese instante, cuando sólo falta que una mano caiga dentro del vestido o suba por una pierna y que ella abra su camisa deseando besarlo en el cuello o el pecho… cuando todo se arruina. Las bocas se separan, se miran, las pupilas oscurecen de deseos, las manos están listas a moverse.

 

-Vicky… -jadea como un niño que se muere. Ella sonríe.

 

-Lino, quiero que… -y sonríe, hermosa. Y él sabe que le pedirá calma, cuidado, que sean prudentes, ¡que tengan sexo!- Quiero que te quedes conmigo desde hoy, que vivas aquí conmigo. Que seamos pareja, marido y mujer.

 

-¿Qué? –estalla, congelado de sorpresa. Su mente se detiene, y sus miedos avanzas. ¡Vicky quería que fuera su marido! ¡Que viviera con ella! Y por un segundo el joven se ve haciéndolo, dejándolo todo lo que fue atrás para comenzar de nuevo, con ella. Pero era un pobre muchacho todavía, un joven acostumbrado a que sus padres le dijeran qué hacer y cuándo, y sintió miedo de dar un paso tan grande, de comenzar su vida de adulto, de hombre. De ser el hombre que Vicky necesitaba, o de no serlo.- ¿De qué hablas? –grazna sentándose, desconcertándola.

 

-De eso, de que te quedes aquí conmigo.

 

-¿Te volviste loca?

 

-¿Como?

 

-¿Cómo me propones una vaina como esa así como así? –la mira realmente incrédulo, como si la mirara por primera vez.- ¡Quieres un marido!

 

-Sí. A ti… -se desconcierta.

 

-¿Qué clase de mujer va por ahí proponiéndole algo como eso a un hombre? ¿Acaso no eres una mujer decente? ¿Le propones vainas así al que va pasando por tu sofá?

 

-¡Lino, ¿qué te pasa?! –se acalora y avergüenza un poco. En verdad no lo entiende.

 

-Óyeme bien, ninguna mujer que se respete anda por ahí proponiéndole vainas así a un hombre, como regalándose, como una… perra en celo.

 

-¡Lino! ¡No me ofendas! No me estoy regalando, estoy pidiéndote a ti, mi novio, mi amigo de hace tiempo que me quiera, que estés aquí conmigo. Me gustas, sabes que te quiero y deseo que estemos juntos… ¡Que lo hagamos!

 

-Ninguna muchacha bien criada se regalaría así. lo haces porque quieres un hombre en tu cama, ¿verdad? -casi le grita, rojo de ofuscación.- Es que está clarito, para esto querías vivir sola, fuera de tu casa, saliendo de casa de tus padres, para vivir tu vida como te da la gana. Pero te falta eso, ¿verdad?, un macho. –acusa.

 

-¡Basta! No me ofendas.

 

-¿Te ofendo? Creí que lo hacías sola.

 

-Cállate ya. No entiendo qué tienes. –lo mira casi apesadumbrada, hermosa, con un puchero.- Lino, sólo quiero estar contigo. No estoy buscando a un macho como dices, no puedo estar con cualquiera. Tú no eres cualquiera, eres la persona a quien deseo, la que me gustaría que amaneciera conmigo cada mañana, compartiendo este techo, esa cama, esta vida. No quiero que te alejes de tu familia, no espero que me des un dinero que no tienes, sólo que estés conmigo porque yo lo quiero.

 

-Ah, claro, tú lo quieres y debe dársete. Y si no soy yo será otro, ¿cierto? ¡Eres una buscona! –acusa, mirándola de forma pérdida.- ¿Acaso es cierto todo eso que se cuenta de ti en el barrio, que andas de hombre en hombre?

 

-No, estúpido, eso lo inventó tu mamá. –ataca, aguda, levantándose del sofá.- Lo inventó la vieja Miriam cuando comenzamos a salir juntos, como inventó que la mujer de tu hermano intentó meterse en la cama de tu papá, para separarlos y por eso tu hermano no la visita y se hace a la idea de que se murió, porque es una mujer sucia que lastima, hiere y daña lo que toca con su lengua. –y era cierto.

 

A Vicky le duele terriblemente lanzar esas acusaciones, por él, pero eran ciertas, Miriam era una mujer sin límites, sin frenos internos que la detuvieran ante una infamia; su naturaleza voluntariosa, rencorosa, mala gente la hacía desbocarse, inventando, ensuciando, lastimando a la gene a su alrededor, aún a su familia, incapaz de darse cuenta de todo el mal y dolor que causaba con sus desatinos, comentarios y rumores. En el fondo la mujer se creía buena, una buena madre, parecía no entender que su conducta había causado malestares, separaciones, golpizas, desconfianzas. Era esa mujer de lengua cruel, que todo lo miraba e interpretaba a su manera, a sus ojos nada era inocente, y lo contaba así a su manera. La mujer que se quedaba sola en casa cuando el marido salía y recibía a un tipo que arreglaba la cañería, así la puerta y ventanas que daban a la calle estuvieran abiertas, “se encerraba a montarle cachos porque era una puta”; si una mujer se acercaba al cura a ayudarlo con sus camisas, es porque era una sucia que se le quería meter bajo la sotana; el muchacho discreto y estudioso que no andaba en bochinches o malandreando hasta media noche en a calle, “era marico”. Eso era Miriam de Gómez, la conciencia torcida de todo un barrio.

 

-No hables así de mi mamá, maldita zorra. –se acalora el joven, levantándose de un salto, sintiéndose mortificado, porque oírlo lo avergonzaba al recordarle todo el resentimiento que guardaba contra esa mujer que lo parió, que lo ataba con sus mimos y cariños mientras lo lastimaba inventando cuentos de su hermano y su mujer.- Ella no te inventó, tú eres así, Victoria.

 

-Es una mala persona, por Dios, todos lo saben, ¿no puedes verlo?

 

-¿Acaso eres virgen, Vicky? –pregunta al fin, dando un paso hacia ella, casi escupiéndole al rostro las palabras. Era algo que llevaba meses atormentándolo, que le lastimaba al verla hablando con otro en la calle, riendo, cuando su madre, si estaba cerca, soltaba un despectivo: “Seguro que ese ya se la gozó”.

 

-Yo… -y enrojece, condenándose a sus ojos. La joven no puede responder un contundente no, pero es que ahora la rabia también anidaba en su mente.- ¿Eso que tiene que ver? ¿Acaso tú eres virgen?

 

-¡No es lo mismo! –grita. Y ahora sí que ella se altera.

 

-¡No digas estupideces, Lino Gómez! –y tragando saliva intenta calmar la situación.- No dejes que lo que tu madre dice de mí…

 

-¡No la metas! Ella no tiene la culpa de que seas una calentorra que necesita un macho desde los catorce años. Sólo una tipita como tú se regala proponiendo algo como lo que dijiste, porque andas falta de hombres y…

 

El bofetón llega, lleno de furor, de resentimiento y dolor. La joven levanta su mano y cruza esa cara delgada; y que Lino no era hombre para ella, sino un muchacho (y chillón), se evidencia en la manera en que cae hacia atrás, casi cayendo por encima del respaldo, totalmente sorprendido, cubriéndose una mejilla que va enrojeciendo. El silencio que sigue es corto, tenso, y a Vicky le parece oír el sonido de cristales que se rompen, y sabe que algo se terminó, que algo había muerto en ese momento, lo sabía con esa fría certeza que la había guiado en momentos cruciales de su vida. Fue lo que le avisó, al no entrar a la universidad, que debía transitar, sin miedos o carreras, otros caminos para encontrar el suyo. Y el sendero que conducía a Lino parecía derrumbarse. Y eso le dolió feo, porque en ese momento tuvo la certeza de que nunca podría intentar algo con el joven, no podía mañana hacer como si todas aquellas palabras no se hubieran pronunciado, no podía engañarse y fingir que Lino no era como era, que no pensaba y sentía como pensaba y sentía. Ella no podía cerrar los ojos a la realidad, le habría gustado imaginar que si hablaran luego, mañana, algo cambiaría, que algo se podía intentar… Pero esta convencida, mientras ese sonido a vidrio roto iba apagándose, que este era el final.

 

-Es mejor que te vayas, Lino. –se controla, el rostro, la voz.

 

No quiere llorar, no frente a él, aunque es lo que más desea; gritar lastimera, dejar salir en llanto ese extraño dolor sordo y caliente que la atenazaba por dentro. quería correr a su cama y caer de panza, abrazar su almohada y morderla mientras lloraba y lloraba… porque Lino la había lastimado. Mucho, de una forma que ella jamás podría explicarle. Pero también porque moría ago, porque algo que para ella significó mucho, él, lo que sentía por él, estaba agonizando. Y toda muerte debía sentirse, padecerse, asimilarse en medio del dolor. Debía llorar por lo que pudo ser y que ya jamás sería.

 

-Es mejor. –gruñe alterado, mirándola con rencor. Sus miedos, dudas y timidez lo habían lanzado al ataque. Quiere irse, que ella sepa que está muy molesto, dejarla sola para que recapacite y lo lamente. Va a la puerta y se detiene, no sabe cómo salir, qué decir.- Eres una cualquiera. –suelta la palabra que su madre repite una y otra vez al referirse a ella. Y casi siente gozo, uno ruin, cuando la mira contraerse un poco.

 

-Vete, Lino, o no respondo…

 

Quiere decirle algo más, dar otra puñalada, pero no se le ocurre nada. Era un joven algo falto de imaginación, así que abre la puerta y dando un portazo, sale, con la salida que todo el mundo sueña en esos momentos. La puerta cae con estrépito en su marco (al otro día la joven revisaría para ver si no la había descuadrado), y un pequeño cuadro, ubicado justo detrás de la puerta, cae haciéndose añicos. Y con un gemido largo, que más parece un maullido, se deja caer en el sofá, permitiéndole a las lágrimas fluir al fin. Su nuca choca del respaldo y llora y lora, quiere que toda esa rabia, esa amargura y desencanto fluya en forma de lágrimas. Pasará sus buenos treinta minutos allí, y aunque no lo sabía concientemente, se estaba despidiendo de forma definitiva de Lino Gómez, del barrio, de la vida que llevó en ese lugar, de todo lo que quedaba de su niñez, por eso dolía tanto.

……

 

El apartamento está en penumbras, la música acallada, el fregadero lleno de cacharros, y sobre su cama, Vicky con su vestido aún puesto, aunque el rostro lavado de maquillaje, yace abrazada a una de sus almohadas, dejando que el llanto fluya más lentamente. Qué desastre de noche. Todo lo que había imaginado como bueno y maravilloso había estallado frente a sus ojos convirtiéndose en algo feo y desagradable. Imaginó que a esas horas estaría con Lino, desnudos los dos, abrazados, besándose, amándose, girando uno sobre la otra en ese colchón, entre suspiros y gemidos, sintiéndolo llenarla toda, mordiéndola con furor mientras alcanzaban el clímax. Se imaginaba dormir abraza a él, sintiendo su calor, su cuerpo, sabiendo que al otro día volverían a mirarse, a sonreír de las cosas increíbles que habían hecho, a reírse de nervios ante la nueva vida que comenzaba, como pareja. Y se amarían nuevamente, de forma más lenta, una donde ella disfrutaría un poco más al ser atendida por él. Lo había querido a su lado, deseaba oírlo, verlo reír, que la mirarla, que la amara… y todo había terminado en una áspera y amarga disputa.

 

Vicky cierra sus ojos, porque el dolor era grande. Lino se habría sentido satisfecho de saberlo (y si fuera alguien ruin y malvado, que no lo era): había lastimado profundamente a la joven porque la había hecho sentirse inconveniente. Vicky se sentía mal porque Lino Gómez, tal vez sin saberlo, lanzando sus dardos de odios al azar, la había alcanzado. La joven, sintiéndose alarmada, inconforme con ella misma, se cuestionaba el que…

……

 

-¡…Me hizo sentir sucia! –exclama, bajito, conteniéndose y a un tiempo dejando escapar esa personalidad avasallante que poseía. Era eso lo que tanto la afectó, por eso estaba tan mal.- Lino logró que me sintiera mal conmigo misma, como si yo fuera una… enferma, alguien que estaba mal. –deja escapar.

 

Y ese era el problema, se dice, mientras camina lentamente al lado del hombre negro y joven, alto, de pantalón oscuro y suéter gris que lo hace verse elegantón, quien empuja un carrito de mercado. Hacen una atractiva pareja, él de rostro alargado, de cabello corto y áspero, de labios gruesos algo curvados como en una eterna sonrisa de malicia. Ella más joven, bonita en su femineidad, llevando un vestido azul corto, de chaqueta, una que no disimulaba ni ocultaba sus esos pequeños. A Vicky le costó traducir en palabras lo que sentía, ese disgusto personal al llegar a cuestionarse. Lino había logrado filtrar la duda en su alma: ¿era acaso una enferma, una tipa que sólo buscaba sexo? Siempre le había parecido algo normal, pero ahora se pregunta si lo era, si no sería ella un simple caso extraño de calentorra, como dijo él. Una perdida, como seguramente decía su madre. ¿Era acaso una anormal? ¿Una vagabunda? Por eso le contó todo al otro en cuanto se vieron. Habría preferido que fuera mientras desayunaban sentados a una mesa, pero él tenía que hacer mercado y no podía verla en otro momento.

 

Y con él se sentía relativamente a salvo, podía contarle todo, porque el otro escuchaba y entendía, sabía ‘ver’ en las personas. Era su don. Y lo hizo. No se guardó detalle de lo acontecido la noche anterior, aunque su rostro palideciera o enrojeciera según el momento que relatara. Él la había mirado un par de veces, pero ella no supo adivinar en ese rostro guapo, pero sobretodo inteligente e irónico, qué pensaba. Pero esperaba su evaluación, sus primeras palabras. Él se detuvo por fin, encarándola y dijo:

 

-Por Dios, Vicky, ¡mira el precio del atún! Y no hay sardinas en lata, ¿a dónde vamos a llegar? A este país le cayó bachaco…

 

-¡Alfonso…! –grita exasperada.

 

CONTINUARÁ

 

Julio César.

 
 
   · autor: jcqt2223  · sección: General  
     
   
 
     
 
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