-Me altera no ser delgada y como…
Créanlo o no las mujeres, ojeando una vieja Playboy (por los artículos, claro), encontré que a los hombres mayores de treinta y tantos, con parejas, les encantan las llantitas de sus mujeres. No gordura, claro, aunque hay a quienes si los ‘excita’ (recuerden que era una Playboy), pero en líneas generales no les molesta. Y eso es algo que no parecen entender muchas veces las mujeres. Vamos por parte, la moda de revistas, desfiles y la televisión nos habla de mujeres delgadas, pero también de las noventa-sesenta-noventa, toda perfección, aunque ahora la maña sea ciento veinte-sesenta-noventa. También está la creencia, quien sabe sacada de dónde, que toda mujer debe recuperar el peso que tenía al nacer, un poco menos estaría ‘mejor’, o esta ‘gorda’; y eso es absurdo. ¿Qué puede haber de bonito en un rostro demacrado, con los huesos perfilándose contra la piel cuando hacen un movimiento, con ojos febriles y grandes? Esa imagen más bien intranquiliza; y sin embargo hay millones y millones de mujeres que se atormentan con ese falso ideal de manera alarmante, hay quienes sufren de verdad por ello.
Creo que buena parte de la culpa la tenemos los hombres, nos hemos pasado en llevar adelante aquello de que debemos callar para ser masculinos. ¿Quien quiere estar con una mujer que trona si le aprietan duro?, y si no nos gusta, hay que decirlo. Debo hablar de lo que conozco a través de mi relación de pareja más larga y estable con una joven que conocí en la universidad cuando era flaca pero de buenas piernas. Como dije, era delgada, pero con el tiempo, antes de que fuéramos pareja, fue ganando carnita y kilitos. Como muchas otras personas (y no únicamente mujeres) vivía pendiente y algo alarmada por su peso. Cuando éramos pareja bromeaba cruelmente con eso, sentado frente a ella comía un enorme sánguche de milanesa de pavo mientras ella, con disgusto, tragaba como con rabia una ensalada de vegetales totalmente indigesta (si al menos fueran de pollo o atún) o un yogur sin azúcar (¡Dios!). Molesta me decía que estaba poniéndome cuadrado; le replicaba que a mí no me importaba y saboreaba aún más mi sánguche.
Echado en la cama le decía que me encantaba su cuerpo, pero creo que nunca la convencí del todo sobre la tontería de preocuparse de esa pancita. Pero lo era, era una preocupación infundada; una imagen que recuerdo claramente era cuando salía del cuarto de baño, con su cabello totalmente mojado, vistiendo una franelota que demarcaba sus senos libres y unas caderas que habían ganado algo en volumen. Y siempre me pareció algo excitante, se veía… tan mujer. Me encantaba atraparla por las caderas, se sentía suave, llenita y era, no sé cómo decirlo, natural, humano, era una persona de verdad. Era muy hermosa de esa forma, aún lo es, pienso que más. Creo que cuando se miraba al espejo no veía lo que yo miraba, ni siquiera lo que observaba ella en realidad, sólo notaba el inconveniente de su talle más grande. De su graduación en la universidad guarda, para torturarse, un vestido negro ceñido, escotado y corto de falda, y siempre me decía que un día recuperaría su figura y volvería a entrar en él. Sí, mientras se estudiaba al espejo, creo que no oía cuando le decía que su figura era perfecta.
Julio César.
NOTA: Aclaro que no me burlo de la gente flaca, como alguien dejó entender por ahí, lo que me parece absurdo y hasta ridículo es esa preocupación excesiva por unas medidas imposible de sostener; quien padece de trastornos de alimentación o metabólicos no tiene la culpa de ello, eso lo entiende todo el mundo. Pero sí, admito que esas flacuras extremas me parecen bien feas. Como lo son generalmente todos los extremos.