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BALADA DEL VAQUERO ENAMORADO...

QUIERO HABLAR SOBRE LA PELÍCULA QUE ME HA GUSTADO COMO NO ME GUSTABA NADA DESDE XENA, LA PRINCESA GUERRERA.

 
 
     
 
Wednesday 15/October/2008 04:27

LEJOS DE TI ESTA PRIMAVERA


¿No te ha pasado que te invitan a una reunión y no quieres ir, y vas quejándote y luego no te quieres ir porque te diviertes una barbaridad? Pasa con todo. Atiendes de mala forma a una persona que viene a quejarse y quedas fascinado; miras a una alguien que te parece simple y cuando te habla te emocionas. Oyes una melodía y te pones idiota. Igual me pasó con esto… encontré oro donde sólo creí hallar aburrimiento.



AGATHA CHRISTIE.jpg

   Mientras escribía un relato sobre personajes que sufrían de soledad, una semejante a la que padecía el personaje de Ennis del Mar en Brokeback Mountain, una que le pesaba y dolía tanto que lo hacía casi encorvarse bajo su peso, recordé que habían otras soledades que podían incluso ser peores. Hace tiempo, leyendo una novelita corta de Ágatha Christie, que nada tenía que ver con misterios o asesinatos, encontré un ejemplo desconcertante al respecto. De una soledad que se sufre sin que su víctima lo sepa, aunque marcha contenta y satisfecha de sí por la vida, impaciente con lo demás, quienes sin embargo le tienen piedad porque la ven sola, encerrada dentro de su pequeño y mezquino mundo interior donde nadie puede acompañarla. Fue una lectura grata, amena, pero sobretodo, ingeniosa. Llamaba a la reflexión. Realmente esa mujer era una gran escritora. Esa novela era LEJOS DE TI ESTA PRIMAVERA. Y con este título, la escritora jugó a varias insinuaciones.

 

   Recuerdo haber leído después una reseña que decía que esta historia había sido recibida muy fríamente por la crítica y seguidores de la magistral mujer; es evidente que la fama, cierta fama, termina aplastando a todos. Como no estaba Poirot o la señorita Marple, fue desdeñada. Y sin embargo fue una lectura apasionante, y ese aire ligero que le imprimió casi dejó escapar la trama más profunda que ocultaba. Lamentablemente mi ejemplar fue robado, es la única palabra que cabe cuando se presta y no te devuelven las cosas (realmente no se puede prestar un libro), y no he podido conseguir otro, así que hablaré casi de memoria.

 

   Cuando se inicia la historia encontramos a una mujer de mediana edad, María, inglesa de clase media alta, bien acomodada, que hace un viaje de regreso de Oriente a Londres, luego de visitar a una hija que había sufrido algunos trastornos de salud. Sonriéndose, la mujer se felicita por lo bien educados que estaban sus hijos, y lo considerados que eran; estando enferma, su hija no había querido molestarla obligándola a realizar ese viaje, diciéndole que no era necesario. Pero ella fue, desoyendo también a su marido que le aconsejó no ir, porque era una buena madre.

 

   En el viaje en tren encuentra a una vieja ex condiscípula, cosa que no le agrada, recuerda que era alocada, de vida poco seria y que se había visto envuelta en escándalos de divorcios, aventuras y maridos ajenos. La trató condescendientemente, como una gran dama a otra caída en desgracia, con ese airecillo de superioridad. Cuándo esta le dice que no se preocupe por su hija, que a veces un susto enseñaba y arreglaba las cosas, la mujer no entiende a qué se refiere, pero se alegra cuando la otra abandona el tren, por alguna razón que evita analizar, prefiere continuar a solas; eso le recuerda los días del internado, cuando la monja le dijo a la otra que moderara su temperamento, que pensara antes de actuar. Y a ella le había recomendado que no se conformara con mirar las cosas por encima, que indagara qué había más debajo de toda acción. Pero como esos recuerdos no le agradan, los abandona también.

 

   Durante su recorrido se ve obligada a quedarse en una mísera posada árabe donde nadie parece poder comunicarse con ella, y eso la obliga a estar a solas consigo mismo y pensar sobre su vida, cosa que le parece será fácil y muy grato. Casada con un próspero hombre de negocios, importación y exportación, con tres hijos adultos, casados, cada uno con su propia vida fuera de Londres, todo había salido muy bien. Y allí comienzan las preguntas, ¿por qué ninguno se quedó cerca de ellos? Eran irregulares en sus cartas, las visitas eran… sólo lo suficiente. Y ninguno hablaba mucho con ella. Pero recuerda que los chicos sí amaban a su padre, y eso le inquieta mientras pasea bajo el sol del desierto. A su mente vuelve la imagen del hijo varón a los ocho años entrando al cuarto diciendo: papá creo que me voy a morir, y quiero hacerlo a tu lado; solemne, prendido en fiebres. Ahora le parece extraño que no dijera, mamá, creo que me voy a morir, buscando sus mimos y atenciones. No era lógico que un niño pequeño buscara ese tipo de consuelo de su padre y no de su madre.

 

   Pero claro, era porque su marido era un muy buen hombre. Bueno, trabajador y muy responsable. Confiable, aunque cuatro años antes tuvo que ser hospitalizado por una crisis nerviosa, una terrible melancolía atribuida al agotamiento; ella, como toda buena esposa, alegre, diciéndole a todos que iba a visitar a su marido, lo había encontrado una tarde en los jardines de la casa de reposo, sin hablar, sin hacer nada, sólo con pérdida y tristeza en las pupilas, mirando hacia la nada. Eso la alarmó y quiso preguntarle qué le pasaba, pero sintió miedo. No, nada le pasaba, se convenció, todo se debía a un exceso de trabajo. Y recordaba que antes de ir a verlo su hija mayor le había gritado que no fuera, que lo dejara en paz. Reviviendo eso en esas inmensidades solitarias, la mujer intentó explicarse todo, diciéndose que su marido era propenso a esas tristezas irracionales, que durante los primeros años del matrimonio ya había sufrido una. Recuerda su rostro alegre, ilusionado cuando fue a verla porque quería comprar una granja fuera de Londres y dedicarse a sembrar y a criar ganado.

 

   Eso la había asustado, verlo tan emotivo, tan poco práctico, una granja fuera de la ciudad restaría posibilidades de ascenso y brillo en los negocios del hombre, no lo dijo porque no lo entendería. Lo que hizo, y utilizó como arma disuasiva, fue la noticia del primer hijo que estaban esperando, y que debían pensar en su futuro y el de los que luego llegarían. Siempre se había felicitado por su forma de actuar, no gritó, amenazó ni lloró, pero él entendió sus objeciones y comprendió que seguir en Londres era lo mejor para la futura familia que estaba ya en camino. Nunca más se habló de aquellos planes idílicos, de escape a una vida más sencilla de trabajar con sus manos, pero a ella le pareció que desde ese momento lo notó más distante, más cansado, y varias veces al ir a visitarlo a su oficina lo encontraba absorto mirando hacia la calle, con una mirada cargada de añoranzas. Y mientras regresa a la pozada, agitada y cansada de un paseo que no le brindó paz, es cuando cae en cuenta que desde esa ventana, cruzando la calle, se veía un gran mercado donde comercializaban con legumbres y animales de granjas.

 

   Pero ella lo había hecho por la familia, le gritaba una parte que quería justificar un punto sobre el que ni deseaba pensar, acallando aquella otra que aseguraba, tajante, que salir de Londres le habría molestado a ella que deseaba brillar en sociedad. No, no deseaba pensar en eso, como no quería recordar a unos vecinos arruinados y desordenados que vivían en la casa de al lado. Por aquellos días una bonita joven parecía perseguir a su marido descaradamente y todos miraban asombrado como ella ni se preocupaba de eso; aunque una conocida bien intencionada le había advertido que el hombre se veía distinto, y que eso sólo podía significar que alguien más estaba en su corazón. Ella rió, su marido no era de los aventureros que seguían hermosas mariposas, él prefería hablar de libros, caballos y plantas con la vecina, una mujer delgada cargada de niños, de enfermedades, deudas y problemas. A ella siempre le molestó un poco que perdiera su tiempo ayudando a una mujer que no sabía manejar su propia vida, pero él decía que debían ser caritativos. Recordaba como una tarde, al salir al patio los encontró a los dos sentados en un largo banco, cada uno en un extremo, y que no hablaban, ni se miraban, estaban serios, con las miradas perdidas en un punto lejano. Ella pensó que era algo casi… grosero de parte de su marido, descortés, como si no la soportara. Poco después esa mujer murió enferma, y a ella no le importó. Pero deteniéndose en seco dentro de la pequeña habitación en la posada, la mujer se da cuenta de que fue por esos días cuando su marido sufrido la crisis de depresión, de melancolías y tristezas.

 

   No quiero entrar más en honduras, mis amigos, el librito hay que leerlo para disfrutarlo; pero esa mujer, pedazo a pedazo, recuerdo tras recuerdo recompone toda su vida, cómo era ella, sin adornos. Se había casado con él, porque se veía bien, era agradable y proveería, no por amor, no uno que lastimara, que doliera... como lo que él había sentido por la vecina, que era tan fuerte que no lo dejaba mirarla por temor a que su pasión se notara, que ella u otros se dieran cuenta, o no poder controlarla y dejarla salir desbastando a dos familias. La mujer comprende que siempre le hizo difícil la vida a todos, que jamás escuchó qué sentían o qué deseaban; ella les trazó la vida, con sonrisas, con manipulaciones, implacable. Entendió que su hija en Oriente se había casado para escapar de ella, encontrándose atrapa en un mal matrimonio, y sí, ella había oído aunque intentó fingir que no, los rumores de que tenía un amante que la traicionó e intentó matarse. No había estado enferma, intentó acabar consigo misma.

 

   A ella se lo ocultaron, su marido, el marido de la hija, la hija; no por consideración, sino para que no lo empeorara todo. Sabía que su hija había enviado una carta a su padre pidiéndole que por ningún motivo permitiera que ella fuera; eso lo interpretó como que no quería darle mortificaciones, pero lo que en verdad deseaba la joven era que no la atormentara. Aún sus motivos para ir no fueron altruistas o nobles, no fue para acompañarla, sino para pasear y que todos notaran lo buena madre que era. Pero la tragedia los había unido, pues el marido no la dejaba sola con la hija, que fue lo que su ex condiscípula, generosa y bondadosa, había intentado explicarle, que ahora todo mejoraría para la muchacha, que ahora se fijaría en las cualidades de su marido.

 

   La novela es rica en matices, en giros, en el análisis de una personalidad superficial, indolente y algo idiota, la de tantos que se dejan llevar por el viento o el agua como el diente de león. La mujer se da cuenta de que ha vivido toda su vida de forma simple, superficial, sin querer saber de problemas, sin entender que todos eran distintos, empeñada en verlos de cierta manera y obligándolos a ajustarse a esa forma. Pero se jura que cambiará, que será otra. Llega a Londres y tiene un frío encuentro con su hija mayor, que enfrían un poco sus ímpetus de redención; ahora todo le parece tan cotidiano, tan normal que cree lo analizado en el viaje son fantasías, delirios sufridos por estar lejos. Cuando encuentra al marido, es nuevamente la de antes, la que no nota su tensión aunque sabía que había estado discutiendo con la hija mayor, la rebelde. Pero ella no quiere saber por qué o de qué, ni ver nada como no sea su vida ordenada, cómoda; desea imaginar que todo andaba bien. Y cuando el marido la abraza, este piensa: pobre Maria, está tan sola y no se da cuenta; gracias a Dios que no se da cuenta...

 

   Sí, fue una buena novela.

 

Julio César.

 
 
   · autor: jcqt2223  · sección: General  
     
   
 
     
 
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