Ojalá te hubiera conocido, vaquero…
Con disgusto alejo de mí el diario donde leo los resultados de la entrega del Oscar, ¡no lo puedo creer! No puedo evitar mirar por la ventana de mi oficina y recrearme observando el cielo, para distraerme. Me gusta hacerlo ahora, porque me recuerda los cuentos que he leído sobre ti, mi apreciado amigo ‘ojos azules’. Tú no me conoces, Jack, y eso me entristece de una manera tonta. Me habría encantado encontrarte un día en la barra de un piano-bar e invitarte una cerveza, para conocerte, para oír tus historias. Para verte animado a medida que bebes. Daría lo que no imaginas por tenerte frente a frente de verdad, por oírte, por ver tu sonrisa. He llegado a conocerte un poco, y lo que sé de ti, me agrada. Es más, me gusta mucho un sujeto llamado Jack Twist. Te he visto unas pocas veces, únicamente dos en el cine, no me arriesgo a más, porque aunque te estimo y admiro cada día un poco más, me duele tu historia.
No sabía que sería así cuando entré por primera vez al cine, esperando una historia picante de dos tipos homosexuales dedicados a sus mariconadas, pero desde que bajaste de aquella camioneta y observaste a tu compañero con aquella mirada clara, directa, curiosa y honesta, y pícara (coño que picardía y sensualidad había en ella), supe que eras un ser muy especial; y llegar al final sólo lo confirmó. De ese cine salí estremecido, enternecido… y medio enamorado de la idea de tu vida.
Tengo treinta y cinco años, y cuando tú te disponías a vivir tu historia de amor en brazos del hombre que tu corazón había decidido que era para ti, yo ni pensaba nacer aún, pero a pesar de esa brecha de tiempo que haría de ti un viejo de otras épocas, me parece que eres mucho más actual que yo. No puedes verme, ojalá pudieras, pero sentado en mi sillón, pensando en ti mirando por la ventana, los ojos se me cubren un poco de pesar y me estremezco, porque viviendo en esta era más abierta, con más posibilidades, con más facilidades para satisfacer los sentidos, con treinta y cinco años de edad, no puedo ser tan real y decidido como tú. Ni he sabido llevar una vida más real. Tú sabías lo que querías y estabas conciente del las dificultades, el dolor y hasta la tragedia que eso podía traer a tu vida, y sin embargo gritaste como un vaquero de comiquitas y saltaste sobre ello, sobre tu vida, y te aferraste con manos y piernas, con abrazos, con besos, con amor y con lágrimas a ella; no quisiste renunciar a lo que eras, a lo que tu carne y tu corazón te exigían a gritos: el cariño de ese carajo, el mirarte en sus ojos cuando hacían el amor.
¿Sabes? Mi vida ha sido buena. Mis padres me amaron siempre. Mi papá no era un tipo gruñón, lleno de rencores o desamores como lo fue el tuyo. Nunca pasé hambre o estrecheses. Conocí los viajes al mar, la bicicleta de regalo, que luego fue una moto, después un carrito. No tuve que dejar los estudios para levantar bultos en un depósito para tener algo que comer, o cuidar cerdos, o marcar ganado. La escuela y la universidad estaban ahí para mí, como un regalo de mis padres y de la vida, como un don. Me casé con una belleza de mujer, y mis suegros están lejos, se fueron a otras tierras y no tengo que verlos frecuentemente. El sillón en el que estoy es cómodo, mi oficina es grande, mi sueldo es excelente. Lo tengo todo, Jack, y por alguna razón eso hace que me avergüence un poco al pensar en todo eso de lo que tú careciste. Sobretodo del padre amoroso que te mirara con orgullo, o no, con algo de pesar por su hijo el vaquero distinto, sólo entendiéndote, diciéndose para sus adentro: qué coño, es mi muchacho…
Sí, mi vida ha sido buena, y aquí, recordándote saltando, ebrio, mirando al hombre que amas para intentar cubrir en ese momento todo lo que ya lo querías, debería sentirme algo culpable… pero no lo consigo del todo. ¿Sabes por qué, Jack? Porque yo no he vivido todo eso que tú lograste a tus diecinueve años, y que conseguiste mantener vivo durante veinte años más, toda una vida. ¿Quieres que te cuente un secreto?: amo a mi esposa, la miro y siento por ella un cariño que a veces me enternece hasta hacerme sentir idiota, pero… algo frío existe en mi corazón, una capa que me protege del dolor pero que tampoco me deja conocer la dicha de un sentimiento cálido, apasionado, grande y total. A los quince tuve buenos amigos, gente a la que quise… hasta que dejé de verlos. Y los olvidé, totalmente, como si nunca hubieran estado ahí. A veces he visto a alguno por las calles y si me saludan acercándose, siento fastidio. Nada queda de lo que un día alegraba mi corazón. Y pasó a los dieciocho, a los veintiuno, a los veintisiete. A los treinta. Ahí supe que algo estaba mal en mí: no sé cómo se quiere, y eso me condena a no ser querido.
Quiero a mi esposa, me gusta mi vida, gente agradable, nueva, está a mi alrededor, pero extraño algo que falta, un vacío que no se llena aunque no quiera pensar en ello. Me duele pensar en esa otra vida, cuando era más loco, más verdadero, cuando tomaba guarapitas con los amigos hasta vomitar, cuando me interesaban sus historias, amorosas, sexuales o las otras, donde había dolor y perdidas que eran difíciles de entender a los dieciséis, cuando todo nos parecía que era total, que era el final, que ya no habría otro día. ¿Sabes?, una vez robamos un carro, estábamos de fiesta en Higuerote, medio tomados, y lo robamos, y corrimos con él, picamos caucho, gritábamos y a medida que los kilómetros se quemaban bajo nosotros, viví. Ahora sólo estoy. Mi existencia parece ser perfecta, Jack, tengo todo lo que quiero, y seguramente conseguiré más con los años, pero ahora nada me sabe bien. El éxito no me calma, no me quita este sentimiento de insatisfacción; el dinero no compra la paz que no tengo por las noches, o cuando conduzco mi carro y estoy a solas conmigo mismo. Ahora, con sorpresa, descubro que tener muchas cosas no puede llenar un vacío que crece en mi alma.
No sé qué me pasa, tengo y no tengo lo que quiero. Soy y no soy feliz. De noche despierto y me pregunto si siempre será así, con esa sensación de falta, de pérdida. ¿Nunca estaré completo? Cierro los ojos y me veo caminando por una playa hermosa, riendo, vistiendo únicamente un gran short, con gente de mi pasado, con amistades que eran de afectos cuando no se tenía nada, amigable y amistosos a mi lado, y me parecen sensibles, inteligentes, divertidos y atractivos, y ahora se me parecen a ti, Jack, todos, incluso mis amigas. ¿Cuándo… en qué punto exactamente todo dejó de ser como era? ¿Puede la vida trazarse y decidirse en tan sólo un instante? Pero ¿en cuál?
Aunque te parezca tonto a ti que pasaste por tanto, hay momentos, y no de ahora, aún de antes de saber de ti, en los cuales soy tan infeliz que me dan ganas de correr, de gritar, de pelear con mi mujer. A veces paseo por el viejo vecindario y pienso en mis viejos y queridos amigos. Y me duele, porque sé que extraño lo que fue, no quienes son ahora, y entiendo que el problema, el defecto, el desamor está en mí. Luego supe de tu historia, de tu gran historia de amor. Tal vez sea yo un idiota, pero me conmovió, me enamoró y me dejó devastado. Me dije “el amor sí existe”, puede estar allí aunque se intente sujetar, controlar, disimular o hundir. Pero lo que más me duele ahora es la incertidumbre, ¿puede un amor en la vida real ser como el tuyo, Jack, un amor eterno que todo lo resiste, lo entiende y perdona como hiciste tú durante veinte años, sosteniéndote con fuerza y valor por ti y por él, sabiéndolo débil, pero tan enamorado como estabas que lo veías maravilloso? Temo pensar que si. Tu amor que resistió la distancia, el tiempo de no verse, el alejamiento de kilómetros y kilómetros así como de años, me maravilla y asusta. ¿Puede un sentimiento así ser tan real, tan verdadero que puede sobrevivir a odios, prejuicios y rencores? Entonces, ¿en qué nos convierte a los que no podemos amar?
Tu vida me asusta, Jack. Y me gusta. Para mí eres muy especial, eres el tipo fuerte y decidido, el hombre de verdad que una noche sin poder esperar más se mueve y busca lo que necesita. Te admiré mucho más viendo como esperabas esa otra noche dentro de la carpa, sin camisa, con tus ojos grandes cargados de incertidumbres, no de lo que sentía tu corazón, sino de que tu amante no acudiera a la cita con la vida. Tu mirada de alegría, de entrega sublime, de amor sin medidas al verlo llegar, me dejó herido, porque me hizo imaginar otra vida, una donde no necesito tomar siempre un poquito de más para acallar los ‘nervios’, donde no tengo esa urgencia a veces de tomar cosas para dormir, para evadir la sensación de que algo me falta, de que algo que era importante y muy necesario para seguir, ya no estaba ahí. O que nunca lo tuve. ¿Se puede ser un animal de sangre caliente pero estar frío por dentro? ¿Mueren las emociones o nunca nacen? ¿No se supone que en este ancho mundo existe nuestra otra mitad, esa que nos hace enloquecer, gritar, sufrir y amar con tan sólo una despedida temporal?
Tu padre lo sabía, ¿verdad, Jack? Él conocía tu secreto, el que luego fue el de la montaña. No te entendió y no lo intentó, creo que te odiaba y tú debiste intuirlo, pero aún así ibas con ellos, cargado de sonrisas y de amor. Tu madre lo merecía, y tú lo hacías porque eres un tipo fenomenal, y decías que llevarías a tu amigo y repararían la vieja granja, sabiendo que él te despreciaría más al oírlo, pero sin que te importara. Porque estabas más allá del miedo, de la mezquindad, del rencor. En tu mente te imaginabas con él, tu amor, trabajando duro, haciendo reparaciones, tal vez tomados de las manos, felices ante el éxito de la empresa al atardecer, cansado y satisfecho, con esa eterna sonrisa en tus labios, imaginando tal vez en lo grato que sería esa noche cuando durmieras en sus brazos. En tu imaginación, en tus deseos y sueños era sencillo, era lo que deseabas y lo buscabas, ¿no es así, vaquero?
Eso te hace especial, Jack Twist, jamás podrás creer cuánto significaste para tanta gente a las que nunca podrás conocer. No puedes imaginarlo siquiera. Millones amamos tu entrega a pesar de los temores y los problemas, y tu forma de intentar llevar a buen término ese sentimiento, recorriendo esa carretera cada vez, entregándote, siendo amable, amoroso, con tu mirada grande y brillante, tal vez esperando siempre esas palabras al final del primer beso de bienvenida (te extrañé mucho, Jack. Te amo). Tu vida fue muy real para mí, amigo mío (ojalá lo hubieras sido, ojalá te hubiera conocido, no te habría amado como él, pero habría sido tu mejor amigo, tu cómplice, tu escudo, tu confidente, el que no supe o no quise ser de otros). Te vi empujando una relación plagada de dificultades para continuar a su lado, aunque él no sabía cómo mantener tu paso, por ello nunca te juzgué, ni lo haré jamás.
Entendí que intentaras llenar los vacíos de tus meses sin él, y sus silencios, sus desprecios, su desdén fingido, con aventurillas pasajeras, porque eres humano, Jack, sólo eras un hombre que amaba, que le daba rabia no ser correspondido, que se sentía solo y abandonado muchas veces. Por eso te escondías en otros brazos al amparo de la noche, ¿verdad?, buscándolo a él en cada encuentro, engañándote porque lo necesitabas sólo él, porque él era tu amor, sólo a él esperabas, sólo su cuerpo deseabas en cada encuentro furtivo; su aliento, su olor, su calor era lo único que llenaba tu vida. Cuánta entrega, Jack. Verte correr cada vez a su lado para acunarlo y sostenerlo cuando lloroso gritaba que lo dejaras y te fueras, me hizo hipar muchas veces al recordarlo, porque entendí, como hiciste tú, que él lo necesitaba, te necesita allí y así para continuar viviendo. Pero por debajo, siempre sin querer decírmelo, me maravillaba y aterraba tanto amor, tanta entrega, tantos sentimientos de los que estoy imposibilitado de sentir.
Sin embargo, te lo confieso, odié a ese hombre cuando supe de tu muerte, no pude sentir piedad por él, porque tú estabas muerto y él jamás te gritó a la boca, al rostro, que te amaba, ni siquiera una oscura noche, oculto en una montaña, los únicos lugares donde se permitía encontrarte, temeroso siempre de ser visto junto a ti. Lo odié porque no viviste la vida que merecías por tu renuncia a correr tras otra estrella, tu fuerza, tus ganas de ser, por todo el amor que supiste brindar. Lo odié por ese libro y esa película, donde faltaron besos y ternura, donde faltó que te mirara con más amor, que te acunara contra él. Pero ahora, deprimido como estoy, pensando en esa maldita secuencia que él imagina, donde corres y eres perseguido, cercado y agredido, puedo pensar mejor. Su vida sin ti, no fue vida, ¿cómo iba a serlo si un día había probado tus besos, tu aliento, tu cuerpo… y ahora no tenía nada? ¡Pobre diablo!
Lo otro que comprendí al final, fue que aunque eras una estrella fugaz (te consumiste demasiado pronto), viviste intensamente. El miedo que paraliza a tantos, no lo sentiste tú, por tu valor pero también por tu capacidad de amar. En mi imaginación puedo recrear muchas escenas, viéndote a ti, esperando a ese hombre a los pies de las escaleras que llevan a su casa, te notas serio y hermoso, mirando decidido, esperándolo. Lo imagino llegando, mirándote confuso y algo temeroso, y tú diciéndole que te largas, que te vas a México, o a Guatemala, o a Honduras, que se prepare a partir o lo dejas. Faroleas, pero él no lo sabe, y se asusta, y llora desesperado, gritándote que lo dejes, que te vayas y lo deje morirse de soledad y tristeza, porque sólo te tiene a ti; y cedes, lo acunas y besas, sosteniéndolo otra vez, porque jamás podrías lastimarlo a conciencia. Y como esa, pienso en mil y una donde demuestras ese gran amor por él. Pero sólo lo pienso, me gusta imaginarlo… porque no logro sentirlo.
¿Sabes qué me tiene deprimido, lleno de rabia y frustración en este momento?: que no ganaste el Oscar que merecías. Tu vida, tu historia de amor, tu película no ganó como debió. Te lo negaron viejos mezquinos que reconocieron públicamente, mostrando sin vergüenza su falta total de ética, que jamás verían semejante cinta porque perderían su hombría. Gente miserable como tu padre. Han vuelto a agredirte, Jack, después de tantos años vuelven contra ti, con rabia, con el viejo rencor de los intolerantes, porque los asustas, porque te odian al no entender, y sin intentarlo siquiera, que un hombre en verdad pueda amar a otro haciéndolo ver como algo puro, no un castigo o un vicio. Te agredieron otra vez, no en Texas esta vez, pero tú sonreías en todo momento, tal vez sintiendo pesar por ellos. Sé que era una película, pero tu valor y determinación salieron de esa pantalla y lo sentí: amaste y fuiste amado, durante veinte años una ilusión te hizo sonreír, esforzarte, vivir… Y muchos otros, alrededor del mundo, lo entendimos. No te hacen falta tontos premios que nada significan ya.
Viéndolo bien, tu vida no fue mala, Jack, porque… viviste. No estás encerrado en una oficina pensando qué cenarás en casa mientras inventas un tema de conversación para que el silencio no te ahogue, preguntándote si esa noche necesitarás tomar algo para dormir y callar esa insatisfacción, ese dejo de algo que te amarga y entristece. ¿No es algo idiota? Pero eso es ahora mi vida; camino por una vereda que no entiendo, en una vida que me parece confusa. Esta noche veré tu cinta otra vez… Me dolerá, sé que mi mirada se humedecerá un poco, y que me deprimiré aún más, pero también sentiré cerca sensaciones que no comprendo a cabalidad: querer por sobre todas las cosas, o ser amado así. Hoy te necesito cerca de mí…
Julio César.