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BALADA DEL VAQUERO ENAMORADO...

QUIERO HABLAR SOBRE LA PELÍCULA QUE ME HA GUSTADO COMO NO ME GUSTABA NADA DESDE XENA, LA PRINCESA GUERRERA.

 
 
     
 
Wednesday 03/September/2008 05:06

PERO… ¿QUÉ PASA, PAPÁ?


Este relato se lo dedicó a una amiga, por allá lejote en España; en buena medida casi me obligó, emocionalmente, a incluirlo aquí. Aclaro que me quedó un poco fuerte.



DE INFARTO.jpg

   Hay gente que se te recuesta, ¿qué se hace?

 

   ¡Ahí estaba!, se dijo asustado, recordando el día anterior. Todo estaba muy fresco en su memoria, como una pesadilla aterradora. Había llegado a la misma hora que hoy, pero no por gusto personal. A Xavier le molestaba subir al Metro, siempre atestado, con situaciones desagradables como ir prácticamente pegado a todo el mundo, con ancianos de pie mientras jóvenes hablaban y reían, sentados, sin cruzárseles por la mente ceder el asiento; o la gente con bolsas, sombrillas grandes o periódicos desplegados. Y ahora se juntaba la calamidad de que o el Metro estaba fallando, por lo que los vagones paraban a cada tanto, haciendo el recorrido lentamente, o los empleados aplicaban la operación morrocoy para protestar o presionar por algo. Por lo que fuera, aquel joven de veintiséis años, delgado todavía, alto y de rostro despejado y limpio, vestido de traje y corbata, rumbo al banco, lo detestaba. Pero con el tiempo había ido acostumbrándose; botando aire, con rostro resignado donde era difícil leer si pensaba en algo o se tocaba un diente roto con la punta de la lengua, completaba su trayecto, generalmente sosteniéndose con una mano del tubo que cruzaba la parte superior del vagón, y con la otra sostenía la pequeña carpeta tipo maletín, rozando sin desear, ese día en particular, la cadera de un tipo fornido, y con una jovencita casi metida en el hueco de su axila, sosteniéndose también del tubo. Lo normal, hasta que…

 

   Un aroma, una colonia fuerte, con un olor que le recordó las viejas propagandas sobre Agua Brava (sol, mar, arena, olas impetuosas), le llenó las fosas nasales. Era una colonia masculina que olía realmente bien. Levemente aspiró, pensando que esa fragancia le quedaría muy bien a él, y que a Verónica, su marinovia, le encantaría. Deseó volverse y saber quién la usaba para preguntar su nombre, pero no era fácil. Primero porque no podía moverse de su espacio, sólo torcer un poco el rostro, y segundo porque… uno no iba por ahí preguntándole a otros hombres qué colonia usaban. Lo otro llegó después… fue algo tan sutil y momentáneo, que pensó que lo había imaginado: alguien se pegó a él, a su trasero. Nuevamente ocurre, incomodándolo, molestándolo, pero piensa que con tan poco espacio ocurrían esas vainas. ¿Qué se le hacía? Pero no…

 

   Se sobresaltó casi saltando en su apretujado lugar. Alguien se le había pegado por detrás. No en su espalda. Era una pelvis que se adhería, sutilmente, a su trasero. ¡Y era un carajo! Eso podía ‘notarlo’ muy bien. Sintió arrechera; intentado volverse no pudo captar nada, pero fue cuando se lo recostaron en serio. Fue un toque firme, que se aplastaba. ¡Pero qué coño! Por un momento, rojo de rabia, pensó en formar un peo, cuando un brazo paso sobre su hombro, y una mano grande, blanca amarillenta, de nudillos algo velludos, se cerró alrededor del tubo, al lado de la suya, se distrajo. Xavier miraba esa mano, parecía fuerte, de dedos largos, uñas bien cuidadas, que emergía de una camisa azul clara y un saco marrón, lustroso, bueno. Un bonito reloj brillaba en esa muñeca velluda. Y cuando ese sujeto hizo aquello, su colonia pareció envolverlo más, y su cuerpo cayó también más sobre el suyo. Temblando, sin entender por qué, el joven casi presentía más que sentía a ese sujeto casi arropándolo. Un leve aliento le caía sobre el cuello. Y esa pelvis…

 

   En el atestado vagón, repara asustado Xavier, nadie parecía fijarse en nada; el tren en lugar de aligerarse al ir pasando las estaciones de Este a Oeste, iba llenándose aún más. La gente se revolvió como pudo en los pocos espacios, y ese sujeto se le encimó más. Su pelvis, firme y decidida, se aplastaba contra sus glúteos de forma caliente, prohibida, sucia. Y Xavier estaba aterrado por la oleada de sensaciones raras que lo recorrían en ese momento, de forma salvaje, haciéndolo temblar un poco. Estaba molesto, se sentía… embarrado de mierda, abusado… pero también extrañamente curioso. Dios, ese sujeto se estaba pasando, pensó abriendo mucho los ojos, jadeando algo por la boca abierta. La dureza lo rozaba a cada leve momento, y ni por un segundo creyó que el tipo llevara un marcador o algo así en el bolsillo. El tren se agitaba, corría, tomaba pronunciadas curvas, se medio frenaba, y a cada sacudida, lo sentía, lento, acariciante, dándole un frotón en toda la regla. Ya no podía pensar, no sabía qué hacer; y no hacía nada, lo que era peor a sus propios ojos. Asustado, de sí, repara en que deja de considerar todo aquello, quedándose quieto, muy quieto. El tren entra en Plaza Venezuela y ocurre…

 

   En esa estación de transbordo a dos sub estaciones más, baja medio mundo y sube otro medio y un cuarto. Xavier se sintió algo bamboleado, todo él caliente, pero no creía que fuera simplemente de rabia, no podía engañarse hasta ese extremo aunque deseaba hacerlo, y fue cuando el tipo se le despegó. Como atontado se medio vuelve y no lo encuentra. No hay nadie con saco marrón de los buenos por allí. Pasa saliva, y mientras el vagón se aleja repara en un tipo joven, tal vez cercano a la cuarentena, alto, de traje marrón, que se aleja con paso indolente, seguro de sí. Tiembla. El recuerdo volvió una y otra vez a su mente, atormentándolo, porque fue algo sucio; se dejó y… No quiere pensar en las cosas que sintió o lo que él mismo tuvo que ocultar con la carpeta en ese vagón, la evidencia de su falta que lo mortificaba más, y en su propia carne. Su noche fue de insomnio. Su llegada al otro día a la estación fue penosa. Mientras bajaba las escaleras mecánicas, subiendo y bajando con esfuerzo el pecho (respirar le costaba), creyó verlo. Era otro traje, pero sabía que era ese coño’e madre. El tren llegó, por un momento le pareció que el tipo lo miraba, reconociéndole, indicándole que subiera…

 

   Y allí, casi a solas ya que todos partieron, Xavier mira como se aleja ese vagón. No, él esperaría el otro. Era mejor, mucho mejor. Y más seguro. Mañana gestionaría lo del crédito para el carro. Pero por un segundo, por un traidor segundo, se pregunta que habría ocurrido hoy, de haber subido.

 

Julio César.

 

NOTA: Este relato, que cae en la categoría de DIVAGANCIAS, se lo dedico a una querida amiga, Marga, para que sigas echándome vaina (casi puedo verla). Se me ocurrió mientras intercambiábamos correos. Como notarás se me dan fáciles este tipo de cuentos. Un abrazo, gitana rubia.

 
 
   · autor: jcqt2223  · sección: General  
     
   
 
     
 

Comentarios

  • Wednesday 03/September/2008 08:49 · Marga. escribió:
    Gracias, eres un solete... si en vez de vivir en Caracas fueras de Barcelona... ¡tú no te me escapabas!

    Un beso.
 
 
     
     
 
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