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BALADA DEL VAQUERO ENAMORADO...

QUIERO HABLAR SOBRE LA PELÍCULA QUE ME HA GUSTADO COMO NO ME GUSTABA NADA DESDE XENA, LA PRINCESA GUERRERA.

 
 
     
 
Sunday 01/June/2008 22:30

AMANDA SUBIÓ…


A veces, en mi trabajo, mientras tomo un café recostado del mesón de cerámica, a solas, salgo de allí. No me doy cuenta de cuándo, sólo sé que ya no estoy cuando alguien me pregunta en qué pienso. A veces me cuesta regresar a tiempo. No pasa tan seguido como antes, pero la piel continúa erizándose. Siempre sonrió y digo que no es nada, pero es cuando me recuerdo que debo intentar ser menos mala gente. Un secreto idiota, pero es mío. Eso me gusta.



A TU LADO SOY FELIZ.jpg

   Así los imaginaría siempre…

 

   Mientras hacía la cola en el estadiun universitario para comprarle a los hijos unas entradas para un juego de béisbol (no podía ocurrírsele regresar a casa sin ellas), la mujer planeó su viaje al cine. ¡Porque iba a ir al cine!, se dice con determinación. Obligaría a Roberto a llevarla. Nada de ver cintas mal quemadas en el reproductor de DVD. Sonríe al recordar la cara que puso cuando ella se lo propuso, estaba segura que habría preferido dar un brazo, un pie y un ojo por negarse. Pero no podía. Ella había asistido a la reunión de sus padres, que se habían casado hacía cien años atrás por lo menos, y había sido amable con todos. Y se portó bien, aunque en más de una ocasión tuvo la oportunidad de colocar algún veneno en la sopa, no lo hizo.

 

   Ahora él le debía una, así que tendría que acompañarla a ver Brokeback Mountain, aunque gimoteara como un chivo recién nacido. ¡Que tontos eran los hombres!, pensaba al conseguir las entradas y regresar a su carro; les daba miedo que sus amigos fueran a saber que entraron, ¡en un cine!, a ver la película de los vaqueros maricones. Y en cierta forma, Amanda lo hacía para molestarlo, como una tremendura, aunque en verdad esperaba entretenerse con la cinta. Desde que supo que la proyectarían decidió verla, se dijo que lo haría. Lo extraño, aún para ella, fue esa determinación. Otras veces había deseado cosas, pero el trabajo en la escuela, la rutina de la casa, los mil problemas de la familia, siempre la distraían. Pero esta vez no. Había decidido verla, e iría. Quería verla en pantalla grande, cómodamente sentada en una butaca, con Roberto a su lado. Quería… que fuera como años atrás, no salir por compartir un momento de calidad, sino ir porque lo deseaba, con el único propósito de pasarla bien.

 

   La lucha de última hora con Roberto había sido titánica, nada ayudada por los hijos que bromeaban a costa de él. Su marido la miró de forma suplicante y por un instante pensó en perdonarlo e ir sola. O ir a otro lado con él. Pero no. Fueron, hicieron cierta cola, compraron sus entradas y algo de golosinas, cosa que la hizo sentir bien, como un regreso a esos otros tiempos más fáciles, más sencillos, sin tantas presiones (¡sin hijos!, se dijo entre divertida y culpable). Ocuparon sus asientos y esperaron. Por alguna razón su corazón latía algo más de prisa, y no sabía por qué. Allí estaba Wyoming, sabía que así se llamaba el estado, y por alguna causa ajena le sonó musical; era seco, árido, solitario. Y aquella música de cuerdas reverberó dentro de ella, inquietándola más.

 

   El hombre silencioso de mirada baja le pareció atractivo al estilo gringo, aunque decían que no lo era realmente. El moreno de mirada curiosa le pareció agradable. Cuadro a cuadro fue conociéndolos, los vio enfrentar lo que sentían, los vio tomar el camino que la sociedad y la vida común, así como el de sus propias convicciones, al menos las del catire, les obligaba, uno que los separaba. Una mirada del moreno, de despedida, le pareció bella; la visión del catire que se encogía casi vomitando ante la inmensidad de lo perdido, le dolió. Vio una lucha de amor, de miedos, de conveniencias sociales. Los vio cometer errores, dejar pasar oportunidades. No entendió bien una muerte, una que fue dolorosa, que le hizo arder los ojos y el corazón. Miró a un hombre mayor sin nada como no fueran sus recuerdos, tal vez deseando como miles de millones en situaciones terribles, tener una nueva oportunidad, comenzar otra vez y hacer las cosas distintas.

 

   Todo finalizó, los créditos terminaron su aparición y la guitarra dejó su lloroso rasgar, y aún así Amanda continuaba sin fuerzas, traspasada por emociones que no podía clasificar todas, incluso que no entendía. Estaba triste, por Jack, por Ennis, y por alguna razón, por ella. No podía moverse y fue el toque de Roberto sobre su hombro, para luego atrapar su mano y apretarla con calidez, lo que la trajo al presente, a la realidad, rescatándola de ese dolor. Y le sorprendió mirar comprensión en los ojos de Roberto, y ese cariño, esa calidez que tenía tiempo sin ver, o notar; pero por alguna razón, eso le agrandó el nudo de la tristeza.

 

   -¿Por qué, Roberto?

 

   -Eran hombres. Eran otros tiempos. Son estos tiempos. Somos nosotros, la gente. Los hombres no se pueden querer así, Amanda; o yo me molesto si sé que están junto a mí, mirándose… como maricones.O si descubro que son amigos míos y cayeron en eso, o si son vecinos. Y a ti te asustaría que vivieran cerca de los muchachos, porque se les tiene idea, de que andan por ahí todos promiscuos. O la gente de nuestra iglesia los condenaría. O se les pitaría en la calle, o les gritarían vainas y no faltaría quien les buscara pelea.

 

   Amanda quiso decir que no, que ella no pensaría algo así, que él no haría eso, pero no pudo. Ese maldito nudo en la garganta no la dejaba hablar, y recordó algo que años atrás, en una reunión, comentó Félix, un amigo extravagante, sobre el poder del tiempo y las masas.

 

   -A uno siempre le gusta creer que es distinto, que en cualquier situación será bueno y mejor que los demás. Uno quiere pensar que de haber estado en tiempo de Jesús, cuando Pilatos preguntó: ¿a quién quieren que libere?; uno gritaría a todo pulmón: a Jesús, libera a Jesús. Pero eso no es así, de haber estados todos nosotros allí, tal vez habríamos gritado con el resto, con fuerza, agresividad o burla: a Barrabás, suelta a Barrabás; mata a Jesús, crucifícalo, crucifícalo.

 

   Pero no quería pensar en eso. No quiso hacerlo aquella vez, ni deseaba hacerlo ahora. Su marido continuaba mirándola, sonriendo con ternura y le dio un leve beso, algo que no hacía espontáneamente desde hace tiempo. Un beso de despedida, de bienvenida, de compromiso, como un hola o un adiós, era lo normal. Pero este había sido cálido, bonito, y a ella le gustó, lo agradeció con una sonrisa de amor, pero también le dolió, porque recordó que hubo un tipo hermoso, de grandes ojos, que también había amado y nunca oyó decirlo.

 

   Para Amanda no fue una noche fácil, ni lo fue el día siguiente. La familia guardaba silencio, la miraban inquietos, pero no la molestaban mientras hacía sus cosas, contestando con sonrisas ausentes, perdida en algún paraje lejano, y por su expresión no sabían si era hermoso o terrible. Tres días más tarde, encerrada en su cuarto con el disco de El Día Después de Mañana, de la colección del hijo (la que tenía junto a la otra, la porno, que él creía ella no conocía), la mujer miraba y miraba a un tipo que hacía de hijo de Dennis Quaid, irónicamente llamado Jack ahí. Lo miraba, con su sonrisa, sus ojotes azules, y una y otra vez volvía a una hermosa montaña, donde ese rostro, esos ojos, habían mirado con intenso amor y entrega a otro hombre, el que desde ese momento fue el dueño de su destino.

 

   Diez días después de ir al cine, fue a una función de media tarde con Martina y Alejandra, colegas de trabajo, quienes andaban de lo más curiosas por el tema, lo veía algo mórbido y excitante, pero extrañadas por la urgencia de Amanda por verla de nuevo. Juntas esperaron, Martina comía algo, Alejandra hablaba como loca. Amanda no había comprado cosa alguna, sabía que no podría pasar nada en esos momentos, y respondía con monosílabos. Allí estaba el camino agreste y solitario, ahí estaba la guitarra, esa música hermosa y maldita que le hacía sangrar el corazón. Y mientras las escenas se sucedían, a ella le parecía que demasiado rápidas, despiadadas en su urgencia por llegar al dolor, los ojos se le cuajaron de lágrimas y lloró contenidamente, sin aspavientos, pero dejándolas correr. Necesitaba llorar.

 

   El llanto fluyó y corrió abundante, a su lado, Martina se sentía atravesada también, con las cotufas olvidadas a un lado, y Alejandra miraba con ojos llorosos, y aunque oían risitas y rechiflas que salían de vez en cuando de algún grupito de espectadores, callaban. Amanda no escuchaba nada, ella estaba en Brokeback Mountain, enamorándose otra vez; emocionada a los pies de una escalera presenciando un encuentro que era el reencuentro con la vida, con el amor. Al momento siguiente corría al lado de Jack mientras le gritaba a unos hombres que lo seguían que lo dejaran en paz, que no lo tocaran; en esa casa rodante abrazaba a Ennis e intentaba darle consuelo, acunándolo como le había tocado hacer, de tarde en tarde, con Roberto o sus hijos.

 

   Salieron silenciosas, comentando únicamente lo buena que fue, aunque demasiado triste. Se despidieron e intentaron parecer más ligeras, pero en su carro, estacionada, la mujer lloró nuevamente, y le llevaría un tiempo dejar de hacerlo. Pero no le pesaba aunque le parecía extraño, tal vez un poco tonto. De tanto en tanto, recordaba al tipo de los ojotes azules, y estaba a su lado cuando moría, sosteniéndolo, llorando desconsoladamente. Otras, le tomaba las manos a Ennis y sufría con él, repitiéndole que todo saldría bien, pero sabiendo que era mentira, sabiendo que todo había terminado para el catire, que sólo le quedaría la soledad y el arrepentimiento por lo no hecho.

 

   En cuanto pudo, compró el original de la película, y de tarde en tarde, la reproducía, en aquellas partes que necesitaba explicarse. En aquellas donde se encontraban y entendían que nada más importaba y Ennis lo acunaba en sus brazos, con amor. Pero también recordaba la separación, el tiempo no vivido, el amor no realizado a plenitud porque el mundo no los dejaría. Recordaba la discusión final, la amargura, y el que no hubo tiempo para una disculpa, para otro encuentro, para nuevas caricias o amor. Para Amanda el mundo se había vuelto algo extraño, cuando hablaba de aquella película, le molestaba notar que muchos no vieron todo eso que ella notó. Sólo observaron melodrama, morbo oscuro, un final trágico a propósito, una película demasiado larga o lenta. Para ella había sido una increíblemente bella historia de amor, una triste, como triste era la vida misma. ¿Acaso no envejecería ella un día y moriría, dejando a sus hijos sumidos en la pena? ¿Y si, Dios no lo permitiría nunca, Roberto se iba antes? Ella enloquecería. Pero así era la vida. De la historia de Ennis y Jack lo único lamentable fue todo el tiempo que se perdió sin amar, separados, todo aquello que no se dijo, lo que no se hizo. E imaginaba un final distinto donde Ennis, cincuentón, enjuto, sonriente, entra a su cabaña y encuentra a Jack, más panzón, con un bigote de morsa, tocando su armónica, dejándola para sonreírle en saludo, con sus ojos rodeados de arruguitas, pero viéndose a los ojos del catire tan hermoso como a los veinte.

 

   La mujer no podía comentar, excepto con Roberto, en su cama, abrazada a él, el único que no la juzgaría necia, tonta u obsesionada, sus sueños o esperanzas. Estaba convencida de que Jack acompañaba a Ennis cada noche, porque este lo mantenía vivo en su corazón, como un viudo; y que un día, cuando la vida lo llamara al fin, en otro paraje, en otra tierra, bajo el nuevo cielo, volverían a encontrarse, y Ennis ya no lo dejaría irse nunca de su lado, porque había aprendido la lección: muchas veces hay que disculparse, pararse a tiempo y no dejarlo para después; y que la vida puede dar una sola oportunidad y lo que después queda es vivir para lamentarlo.

 

   Amanda estaba convencida de todo ello, y ahora miraba el mundo bajo esa nueva óptica. El tiempo pasa y ella sigue con su vida, intenta que sus muchachos en el colegio entiendan las nociones que trascienden, una de ellas era la tolerancia hacia los demás, el respeto a los otros, a lo que piensan o sienten; la otra, más difícil de entender para los jóvenes, era lo frágil de la vida, de lo que damos por sentado hoy, incluso que se tiene tiempo para rectificar o disculparse, no era necesariamente cierto. De tanto en tanto, mientras revisaba algún trabajo o un examen, mirando por una ventana, se marchaba, y tenía que sonreír al mirar la belleza del cielo en Brokeback Mountain, ese pedazo de Paraíso en la tierra. Y detenía su vista en un tipo enjuto y catire cocinando algo en una hoguera de leñas, que lanzaba miradas de divertido amor a un moreno de ojos grandes, gritón y escandaloso, que hacía corcovear un caballo, riente, joven y hermoso…

 

Julio César.

 
 
   · autor: jcqt2223  · sección: General  
     
   
 
     
 

Comentarios

  • Monday 02/June/2008 05:59 · kitchenwater escribió:
    I'd hoped one night, to it little accomplish
 
 
     
     
 
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