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BALADA DEL VAQUERO ENAMORADO...

QUIERO HABLAR SOBRE LA PELÍCULA QUE ME HA GUSTADO COMO NO ME GUSTABA NADA DESDE XENA, LA PRINCESA GUERRERA.

 
 
     
 
Sunday 01/June/2008 22:22

DIFICULTADES Y OPORTUNIDADES


Mujer, ¿quién te llamó sexo débil? Bello lo entiendo, ¿pero débil? Imagino que alguien que jamás había conocido a una embarazada, o a una mujer raptada que se escurre por una jungla, como la señora Ingrid, casi arrastrando a otro preso. O a esa mujer impresionante, aunque de mala manera, la Karina colombiana. O a las venezolanas que un día fueron atacadas por la espalda por un pelotón de soldados como única manera de vencerlas, en Valencia. Y sin embargo las heroínas son miles de millones, cada una en su lugar. Un saludo…



LA IMAGEN.jpg

   No recuerdo si es en chino o en japonés, que para enunciar dificultades u oportunidades, utilizan la misma palabra. Hay épocas, y pueblos, a los que les ha tocado enfrentar de frente las dos caras. Y fuerte. El japonés, durante La Segunda Guerra Mundial, fue uno al que le tocó. De entrada, y en primer lugar, debo aclarar que me encanta el estudio de la historia, es apasionante. Segundo, que los crímenes y atrocidades cometidos por el pueblo japonés aún son señalados como ejemplo de fanatismo y falta de humanidad. Sus desmanes en China y Birmania (tierra que todavía padece bajo otras botas), hicieron sonrojar de vergüenza y alarma a los rusos, y a sus aliados momentáneos, los alemanes. Sin embargo, el Japón sufrió también. Siempre he sostenido que, hasta cierto límite, los pueblos son inocentes de las demencias, desmanes y locuras de las capas dirigentes, que se inventan o recrean una realidad que confunde. Pero hasta cierto punto. Individualmente cada persona está en capacidad de diferenciar lo que es cierto de lo que es mentira, lo bueno de lo malo, y la elección que hace es enteramente su responsabilidad.

 

   En viejos documentales de la BBC de Londres, es posible observar lo que era el Japón de la pre guerra, una lucha de facciones militaristas que soñaban con un imperio a la usanza de los señores feudales, y por fortuna para en Emperador, o por astucia, predominó un grupo que lo tenía como figura central, o que lo utilizaba parta decirle al pueblo que ellos obedecían las órdenes del dios viviente, como se consideraba a los descendientes de la casa imperial. En esos documentales se observaba a las japonesas de rostros frescos, con sus kimonos, como frágiles rosas, corriendo de un lado a otro con ese pasito rápido y como avergonzado, que resulta lindo. Se decía que la mujer japonesa no estudiaba ni trabajaba, sino que se le preparaba desde niña para ocupar su lugar de esposa, en cierta forma tratándosele como a un personaje de menor importancia. Su lugar era el hogar, o el lecho, en el caso de los segundos frentes (la concubina), institución muy extendida. Todo eso cambió con la guerra.

 

   A la caída de las islas de Okinawa, cuando los ejércitos norteamericanos prácticamente estaban a la vista de las cosas del Japón, las mujeres fueron sacadas rápidamente de sus casas. Debieron tomar lugar como trabajadoras en las fábricas, como chóferes, policías y agentes de transito. Tres años antes habían sido reclutadas para trabajar en el campo, sembrando las provisiones que la isla japonesa no podía procurarse de otra manera. Los trabajos eran extenuantes, contado por ellas mismas, de hasta doce horas, con tres golpes técnicos para alimentarse, generalmente sopitas de arroz que no llenaban. Pero es en año 45, con la aterradora amenaza del desembarco aliado, fue cuando les tocó vivir lo peor. El Japón era repetida y continuamente bombardeado por los aliados, las ciudades poco a poco iban reduciéndose a cenizas, y esos documentales pasaban (¿quién los filmaría?) a las mujeres bañadas en llantos, escarbando entre los escombros buscando a sus muertos, cuando se los permitía el trabajo de intentar sofocar las llamas.

 

   Sin embargo, para julio de ese año, el 45, llegó la recluta final: ancianos, mujeres y niños fueron llamados a cada plaza pública para ser instruidos militarmente en el uso de las viejas y tradicionales armas japonesas. No sé hasta qué punto son ideas de los camarógrafos, pero se da a entender que ancianos, mujeres y niños, los pocos que quedaban después del desastre de las islas donde no pudieron contener a los americanos, a pesar del alto costo en vidas que los obligaron a cancelar por cada metro cuadrado de tierra, serían llevados a las playas y costas, y con sus cuerpos y armas (Dios, debieron verlas, eran esos chachos, espadas de madera y varas largas) obligaríanlos invasores a regresar al mar; los arrojarían al océano para que no pisaran el sagrado suelo del Japón. La idea es deprimentemente patética, cosas que en momentos de suprema angustia la gente considera como posible.

 

   Pero el final para el Japón, y la guerra, no llegó por ahí, por el mar. Cayó del cielo, en forma de hongo en medio de una calamitosa y aterradora llamarada atómica, que se repetiría a los pocos días. Los nipones fueron vencidos y tomados, pero de allí salieron fortalecidos. El Japón entendió que su grandeza debería llegar por otros conductos, y a eso se abocaron, sofocados los militaristas, caído el gobierno en manos civiles. Las mujeres, que habían salido casi a la fuerza de sus casas, de esa vida extraña de cosas hermosas que llevaban, se convirtieron en ciudadanas, en parte activa de la cadena de producción y creación. Gran parte del desarrollo japonés de debe a ellas, a que encontraron abierta una puerta por donde las había obligado la fatalidad a salir, como una oportunidad para descubrir qué había más allá.

 

   Es imposible para una sociedad, para una cultura que no se estanque y comience a retroceder, no contar con las mujeres al frente, hombro con hombro, con los hombres en la persecución de metas, de objetivos comunes. Y si todos halan en la misma dirección, ¿quién puede detenerlos? Esto fue aún más patente durante la creación del Estado de Israel, cuando los judíos se empeñaron en regresar a ese pedazo de tierra que según los primeros libros bíblicos, Dios entregó a los hijos de Abrahán; también ellos salieron golpeados y casi destruidos de la Segunda Guerra. Desde su llegada, declarada ilegal por los británicos, los judíos entendieron que la única manera de sobrevivir era preparándose (económica e industrialmente) para el futuro, y militarizándose; creo que la consigna: Masada no debe volver a caer jamás, lo sintetiza. ¿Qué diferenció al pueblo judío de los musulmanes alrededor? ¿Por qué esa industrialización y desarrollo mientras otros pueblos continuaron estancados como cuando Jesús se paseaba por ahí a lomo de burro? ¿Intervención divina? No lo creo.

 

   La diferencia estuvo en que Israel olvidó, o pasó por encima, de la vieja segregación oriental a la mujer, dándoles protagonismo a las féminas. Una mujer, una israelita, debía ser tan capaz, fuerte y preparada como cualquier hombre para defender la tierra prometida. La judía se convirtió en guerrera, en empresaria, en policía, mecánico, artista, maestro, parlamentaria. Ante la ley no hubo diferencia, una mujer no era callada por ser mujer. Su voz tuvo tanto valor como la del hombre, ¿y cómo no si muchas veces debían compartir una trinchera y un arma para asegurar un metro de arena? Mientras las puertas de escuelas, universidades y diversos centros educativos y laborales estuvo abierta para las judías, los musulmanes, o árabes como le decimos por aquí a todos, quisieron continuar segregándolas, manteniéndola sin educación, sometidas a leyes bárbaras a ojos actuales. ¿Cómo podían competir comercial, social, política o militarmente pueblos así contra los judíos? ¿Qué país prospera si la mitad de su población es tratada como molestos retrazados mentales, a quienes no se les oye o deja intervenir en la vida pública y en la tomas de decisiones? Ninguno.

 

   Es allí, en mi modesta opinión, donde estriba la diferencia. Y el resentimiento de los pueblos cercanos es entendible, jamás se perdona la prosperidad de otros, sobretodo cuando los que ya estaban ahí siguen entre precariedades, estrecheces y escasez. Claro, no es culpa de ellos, es de la conspiración sionista mundial (algo como dice Chávez aquí, el país está feo no porque no sirvan, sino porque en Estados Unidos conspiran para que no se barra, recoja basura, repare o pinte paredes) que los frena. Es lamentable, pero mientras perseveren en ello, y perdiendo el tiempo odiando a sus vecinos, a nada llegarán. Las mujeres no sólo representan una gran masa numérica que puede aportar músculo a un esfuerzo, sino que tradicionalmente son las más conservadoras, por instinto piensan en lo que es mejor para sus hijos mientras infantilmente nosotros soñamos con acciones épicas (matar a nuestros enemigos haciendo estallar mil bombas), pero tal vez inútiles y sangrientas. Las mujeres tienen más imaginación, sentido común para lo cotidiano, para lo que es el día a día, y una inteligencia creadora más armoniosa y agradable. Si se les aparta, cerca y enmudece, ¿a dónde llega ese pueblo?

 

Julio César.

 
 
   · autor: jcqt2223  · sección: General  
     
   
 
     
 
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