Lista a dar la batalla…
-Hola, Victoria. –dice él, con una voz baja y controlada que luchaba por salir de su boca. Ella lo mira alarmada, dando un paso atrás.
-Armando… -susurra, casi sonriendo, con los ojos empañados; dolida por la rabia y acusación que lee en esos ojos, pero contenta de verlo, de tenerlo ahí y mirar su carita de hombre enamorado a pesar de todo. Con medio paso más, atrás, choca de alguien. Se vuelve y ahora si deja salir un chillido casi involuntario.
-Hola, nena…
La joven con ojos muy abiertos mira a la persona que subió detrás de ella por las escaleras. Es un mocetón casi de la edad delotro, terminándose allí todo parecido. Este era alto, fornido, cargado de hombros, bíceps y muslos. Su cabello es claroso, tipo bachacón. Sus ojos son amarillentos, y la mortecina luz de la tarde parece hacerlos luminosos y abiertos. Y era más abierto. Él estaba molesto, odiaba estar allí y eso se leía fácilmente, sin dobleces, sin matices profundos. Un viejo y desgastado jeans, casi obscenamente ajustado sobre caderas y nalgas, así como la franelita roja y una chaqueta que ni de lejos, y en lo oscuro, podría confundirse con cuero, denuncian una posición algo más precaria. Es un tipo que resulta increíblemente llamativo para el sexo femenino, hay algo armonioso en su rostro, en su manera de hablar y de reír, aunque sólo dijera imbecilidades (como pensaba el otro con rencor y algo de envidia). Su cuerpo parece haber sido hecho a propósito para atraer miradas sobre sí.
-Enrique… -jadea ella, desfallecida, con su pecho agitado, subiendo y bajando rápidamente, casi con esfuerzo. La joven sabe que enfrenta un delicado momento en su vida, algo que puede resultar definitivo; se le dijo que así sería pero ni así lo creyó del todo.- Enrique… -repite ella mirándolo cálida, llena de amor, de dudas, sufriendo; y repara en que él responde, como aflojándose un poco, como mirándola con menos rabia, era eso lo que brillaba en sus ojos. El buen Enrique… piensa con amor la fémina.
-Vicky…
-¿Qué haces aquí? –se controla la joven, mirándolo fijamente antes de volverse y encarar a Armando.- ¿Qué hacen aquí… juntos?
-¿Hay algo malo en que nos encontremos, Victoria? Pensé que eso era lo que deseabas, ¿no? –replica este tragando saliva, mirándola de forma atormentada, furioso. Es vergüenza, humillación y dolor lo que arde en su alma, se siente… traicionado, traicionado por ella, su chica, la mujer a la que ha llegado a amar tanto sin darse cuenta de cuándo sucedió. ¡Ella lo había traicionado con ese tipo!
-Armando, por favor… -la joven no le ruega que se modere, no le pide que no le hable así; ella desea que deje ese pesar, ese dolor que parece quemarlo porque sabe que eso lo hace infeliz, y que sufre, y eso la lastima más que cualquier cosa que pueda decir.- No me gusta verte así…
-¿Y cómo se supone que debo estar cuando me entero que la mujer a la que quiero no sólo ha estado engañándome, que un día me sale con el cuento de que ama a otro sujeto, un gorilita que…?
-Ten cuidado con tu boca, pana, o te la borro frotándote esa fea carota contra el piso. –gruñe Enrique, belicoso, viéndose peligroso, alzando una mano.- ¡Y no le hables así a mi novia! –casi gruñe. Armando lo mira furioso.
-¿Es que acaso no has entendido todavía lo que pasa? ¿Lo que quiere Vicky? –se desespera al ver al otro como extraviado. Clava sus ojos furiosos en ella, que se revuelve inquieta, bajando la mirada.- ¿Cómo puedo aceptar que la mujer a la que quiero, ama también a otro hombre, y que acepte que tú quieres que yo te comparta con él? –casi grita en el colmo de las desesperaciones. Ella bota aire, levanta la mirada y lo encara, hermosa, decidida, pequeña pero fuerte.
-Me han estado compartiendo durante semanas…
-¡Victoria…! -Armando jadea mal, con la boca algo abierta, ¿como podía su bella chica ser tan implacable? ¿Acaso no entendía cuanto lo lastimaba?
-¡Nena…! -gruñe también Enrique, con el corazón martillándole con fuerza, sintiéndose lleno de una rabia homicida, de un dolor sordo. La joven se vuelve y lo mira de forma directa, clara, hermosa en su simpleza, en su razonamiento de conversa (de medio loca).
-Ya se los dije… No quise esto, no lo busqué, no sé como sucedió, pero así es. Cuando te conocí, cariño, me quedé sin aliento. Eras tan hermoso, sonriente, alegre y lleno de vida que quedé fascinada. Eres tan fuerte, viril y salvaje. Tu cuerpo parecía estar señalado con lámparas adicionales. Sabía que… -y se muerde el labio con cierta vergüenza pero sonríe al fin.- …que serías genial en la cama, que me harías vibrar y gritar. Creí que… era todo, que al fin había encontrado a esa persona que sería la mía, la esperada. Me dije, Vicky, a los veinte ya llegaste al final del camino, esto es lo que querías. Lo que era para ti. –levanta una manita y le toca el rostro, viéndolo tragar, como dolido y gustoso de oírla.- Eres tan maravilloso, Enrique, que cualquier mujer habría sentido lo mismo. Al verte supe que tenías que… ser para mí, y estar en mi vida y en mi cama; sabía que desearía despertar cada mañana a tu lado.
-Yo siento eso por ti, nena, entonces… ¿por qué me haces esto? –suena mal, casi suplicante, pero su mirada se endurece, salvaje, al mirar al otro sujeto, quien parece abatido de oírle a la mujer que quiere decir todas esas cosas.
-Porque entonces conocí a Armando. Fue unas dos semanas después. –se vuelve y lo mira, fijamente a los ojos, resistiendo su enojo, su rencor, su rabia sorda que se expresaba en forma de dolorosa mueca de repulsa.- Cuando te vi sentí algo extraño por dentro. No fue algo… como lo que sentí por Enrique, no deseé saltarte encima y quitarte las ropas y arrastrarte a mi cama.
-Qué bien. –grazna, enrojeciendo de malestar.
-Era algo más pausado, amor, más calmo. No fueron mis entrañas las que enloquecieron… fue aquí… -y esa mano cae en su propio corazón.- Sentí calor y frío, alegría y angustia. ¿Quién eras tú, tan callado, tan lejano, tan… dolido? Tu carita era la del hombre tímido, el callado, pero tus ojos eran salvajes, hambrientos. Me mirabas y dejabas salir todo aquello que no decías. Y te deseé esa vez. Me dije: qué locura, ya tengo a Enrique, pero… debía estar contigo. –traga saliva y desvía los ojos por un segundo.- Me creí una demente. Casi una… -no quiere pensar en palabras como zorra, puta u otras.- Pensé que si me acostaba contigo, si estabas entre mis brazos, todo terminaría. Esa curiosidad, esa necesidad extraña de ti, pasaría. Y yo continuaría mi camino, con Enrique. –ahora lo mira intensa.- Pero no funcionó. De alguna manera te metiste en mi corazón. –mira de uno al otro, angustiada, no sabía cómo explicar que los quería, no sabía qué palabras usar para que entendieran que para ella eran necesario los dos, que los deseaba a los dos, que necesitaba verlos, oírlos, sentirlos, y que cada uno era tan importante como el otro. ¿Como explicar eso? ¿Como podrían ellos entenderlo? Y sin embargo así era.
-Es una locura, no se puede amar a dos personas al mismo tiempo. –jadea Enrique.
-¿Quién lo dice? ¿Dónde lo dice? –rebate ella, serena.
-No estamos hablando de las mismas cosas, Victoria. Un hombre puede compartir a una furcia, a una tipita con otros. Pero no a la mujer que ama. –gruñe, ronco, Armando.- Yo no puedo. Tú lo miras así porque… lo que sucede es que no me quieres en verdad. –y esa confesión le destroza por dentro, su tono es amargo.
-No, yo te amo.
-Vicky… -grazna Enrique.
-Los quiero a los dos. –casi grita, mirando de uno al otro.- Quiero que entiendan que…
-Yo no puedo entender esto. –ruge Armando.
-Es una locura. –ataca Enrique. Ella calla, y baja la mirada.
-Entonces… es todo. –alza la mirada cuajada en llanto.- Es todo. Se acabó. –mira a Armando, desafiante.- ¿Es lo que viniste a decirme? ¿Que todo se acabó?
-No… yo no… -traga saliva, sitiándose morir. Enrique lo mira molesto.
-Lo que el señor elocuencia y mucha inteligencia que se cree mejor que yo quiere decir es que nada se ha terminado. –trona, y Vicky se vuelve a mirarlo, impactada, sintiendo que su corazón quiere detenerse, dividida entre creer y no querer engañarse.
-¿Qué quieres decir, cariño?
-Vicky, yo… no puedo seguir sin ti. No sé qué me pasó, pero ya no puedo pensar en continuar viviendo sin verte. –declara enrojeciendo.- Te extraño, cada noche, a cada rato. Sueño contigo, con tu cuerpo, con tus besos y tus miradas. Recuerdo cuando me acariciabas en la cama, cuando me decías que todo estaba bien, que la vida era maravillosa aunque no se tuviera plata. Extraño tu calor, tu ternura…
-Enrique… -sonríe boba, llorosa.- Yo también te quiero.
-Igual yo. –se apresura Armando, tomándola por un hombro, obligándola a encararlo.- Te metiste en mi sangre, en mi cabeza, en mi carne. No imaginas lo infeliz que he sido estos últimos días sin ti. Yo mismo no sospeché cuánto te extrañaría, cuánta falta me harías. No sabes la rabia que siento al saber que ya no puedo tocarte, ni oírte o besarte. Y así no puedo. –confiesa. Encara la mirada interrogadora de la joven.- Te deseo en mi vida, Vicky León, y si para volver a tenerte debo soportar y reconocer que este tipo también existe, que así sea.
-Epa, mamarracho, este tipo tiene nombre. –gruñe el otro.
Pero Vicky ya no oye, sus mejillas palidecen, igual sus labios, y si no es por los dos jóvenes habría caído cuan larga es, rodando cuesta abajo por esas escaleras. Alarmado los dos la llaman, con sus manos casi cruzadas sosteniéndola, cada uno a su lado, angustiado, preocupado, llenos de amor.
……
-¿Qué quiere, mamá? –pregunta Joaquín, enderezando la espalda sentado en aquel banco, mirándola entre mortificado e impaciente, mirada que la doña conoce bien.
-Llevas mucho rato aquí, mijo. –comenta ella, suave.
Aleida Mijares es una mujer algo obesa, de cabellos mal cortados, sin mucho cuerpo, medio teñido. Su rostro parece cansino. Su mirada refleja preocupación, cariño, pero también cautela. Lo nota cuadrarse ‘para la batalla’, e instintivamente sabe que Joaquín levanta barreras, muros altos tras los cuales se oculta siempre ahora. Ella sabía de la rabia que lo devoraba por dentro, de ese rencor que había manchado su vida desde muchacho, muchas veces quiso explicarle que eran cosas que pasaban, mala suerte, pero aquel muchacho niño se lo había tomado a pecho y dejó que la rabia anidara en su alma. Para Joaquín no había mayor misión en esta vida que combatir y destruir a los que consideraba sus enemigos. Ella podía entender esa lucha, hasta justificarla, era injusto que alguien muriera de hambre al lado de ricos manjares, pero no la compartía. Pero había más, esa parte que el joven había decidido que nadie conocería, lo obligaba a aislarse en facetas enteras. Sin embargo ella lo intuía.
-Déjeme tranquilo, mamá. Necesito ejercitarme. Llevo días sin practicar. –gruñe sin mirarla, con el rostro enfurruñado.
Si, llevaba días dedicados al ocio y la vagancia; días inútiles, vacíos… maravillosos días que pasaba en compañía de Adrián, dizque discutiendo de política y de conciencia social, cuando en verdad sólo deseaba mirarlo, tocarlo, recorrerlo todo con sus manos, oírlo reír, verlo relajado (siempre andaba como ausente, distante, y en su mirada había como dolor, se dijo más de una vez preocupado).
-No me gusta verte tan solo, Joaquín. Antes salías un día como hoy, un sábado en la nochecita a pasear, al cine, a bailar con tus amigas. Siempre tenías a una llamándote. Ahora andas solitario, no te juntas con nadie como no sea esa gente del… comando. –lo dice con reprobación.- ¿Por qué andas tan solo?
-Hay mucho qué hacer, mamá. No tengo tiempo para pendejadas. –la mira con ese rencor de siempre, no hacia ella, hacia… la vida, pero ahora no parecía tan intenso ni tan sincero como antes, piensa ella. Era una fachada. Otro muro.
-Mijo, ¿por qué ya no traes nunca a una muchacha como antes? ¿Por que no sales con nadie? –pregunta, con el corazón palpitándole. Y él la mira, altanero, elevando el mentón, como dispuesto a contarle, a explicarle. Y ella siente miedo.
-¿En verdad quiere que hablemos, mamá? ¿Quiere saber de mí? –pregunta desafiante; y entiende que no, la mira escurrirse en su mirada. ¿Qué tanto sabría, o sospechaba, ella? Eso que debería mortificarlo como a todo el que oculta algo, no logra alterarlo, no con ella, con su mamá. De forma innata sabe que de ella no debe temer nada. Ella jamás se pondría contra él.- Déjeme solo, mamá. –termina, poniéndose de pie, dándole la espalda y volviendo a la barra con un cansino salto. Le duelen todos los músculos.
Ella entiende que no hablará, no más. y levemente mortificada se aleja. Tenía miedo, miedo de que Justino, su marido, el brutal padre de los muchachos, se metiera. Pero tal vez debería hacerlo al final de cuentas. Lo mira subir y bajar en esa barra, suspirando, ¡qué difícil eran os hijos! Todos daban problemas a su manera, y eso que Joaquín era de los mejorcito. Pero siempre andaba amargado, colérico… excepto por estos últimos días. No sabía (o no quería darse por enterada) qué había variado, pero había notado esos cambios. Lo escuchaba silbar mientras se duchaba, y a veces cantaba, algo inconexo, pero ligero, sintiéndose realmente feliz, y sus baños eran largos, restregándose a conciencia. Lo veía afeitarse bien, revisando su rostro una y otra vez al espejo, pasando sus dedos por la leve sombra de barba y bigote que gustaba dejarse y que le quedaba bien; usando únicamente ropa no sólo limpia, sino que oliera a suavizante.
Lo veía mirar el reloj, inquieto, expectante, atento a su teléfono, sonriendo cuando recibía esos mensajes de textos que nadie más leía. Esa sonrisa, ese brillo en los ojos le gustaba, y la asustaba. Lo veía salir erguido, lleno de vida, de dicha. A veces no regresaba en toda la noche. Justino andaba contento, pero ella… Y lo veía regresar, como aliviado, descargado de rencores, de los viejos odios que le arrugaban muchas veces la frente. Lo veía caer en un sillón durante largos minutos, sonriendo, evocando cosas gratas, momentos felices. Pero todo había terminado bruscamente desde ayer. Algo (¿una pelea?, su labio parecía hinchado) había sucedido y ahora parecía tan seco como siempre, pero también acongojado. Ella no se engañaba, lo percibía en sus ojos. Joaquín sufría.
Ya se le pasaría, se dice como para consolarse, entrando en la enorme cocina, llena de corotos y muebles, algunos muy viejos, como la nevera que daba toques eléctricos si algún descuidado se le recostaba descalzo. Disgustada mira el lavaplatos lleno de peroles. Todos comieron y bebieron como cerdos en porqueriza, y se fueron si pensar siquiera en ayudarla a asear. Nadie lo hacía nunca. Todos parecían creer que ese era su deber, su misión en la vida; tal vez imaginaban que se sentía realizada haciéndolo. Desde que Mary, la mayor de las hembras se había casado, yéndose con su marido, no tenía ningún auxilio en esa casa.
Nadie pensó, esa noche por ejemplo, en darle la sorpresa de lavar los corotos, aunque… de entrar y encontrar que alguien más lo hizo, seguramente la impresión la habría matado. Y debía ser horrible caer muerta en medio de la cocina, con su bata de bolsillos rotos, la pantaleta demasiado ancha de cintura amarrada con un nudo (no se animaba a botarla) y el cabello sin lavar. Sin embargo, sonríe amarga, semejante peligro no existía, no el morir, eso siempre andaba allí, sino que a sorprendieran ayudándola. De alguna manera en la que ella no reparaba, se había creado un patrón… sus otros hijos no se sentían obligados a asear el lugar donde comían, dormían y vivían. No veían la necesidad, no se sentían obligados a ello, estilo de vida que seguramente llevarían con ellos a cualquier otro lado a donde fueran en el futuro. Pero eso escapaba a su razonamiento, ella misma, después de ser una mujer que obligaba a las hijas de niña a ayudarla lavar los baños, había pasado a ser una mujer que no contaba con ayuda para nada, y ya no podía imponerse. Y le parecía normal. De forma inconexa vuelven sus pensamientos a Joaquín, e intuía que había algo, que sucedía algo, que no era del todo normal con él. Y cierta fotografía vuelve a su memoria, incomodándola, llenándola de aprensión.
……
-Mira lo que hiciste, imbécil. –grazna, duro, Armando, sosteniendo a la semi desmayada Vicky por un brazo. El otro joven lo mira fulminante, tocado en una herida abierta que siempre intenta disimular.
-No me digas imbécil, maricón, o te caigo a co…
-Basta. –gime la joven entre ellos, entendiendo que lo mejor era sobreponerse a la debilidad provocada por la sorpresa (¡estaban considerando que ella podía ser de ambos!), o lo perdería todo en esta disputa. Sin embargo sus piernas temblorosas la obligan a tomar asiento en el primero de los escalones, casi halándolos con ella.- No quiero que discutan entre ustedes, no saben cuánto me lastima, como me duele cuando lo hacen.
-Él comenzó. –replica con infantilismo, Enrique.
-Y tú debes ponerle fin, cariño. No quiero que lastimes a Armando, no es tan fuerte como tú.
-¡No soy un tullido! –replica este, pero sin mirar al otro, quien en verdad podría sacarle brillo a todas esas escalinatas barriendo el piso con él. Y es a él, al menos alto, al menos fornido, el más lastimado por todo aquello, a quien la joven mira.
-¿Es verdad lo que dijo Enrique? ¿Estás dispuesto a…? –no halla las palabras. Él sonríe con una mueca, amarga, rencorosa, nada cariñosa.
-¿Qué otro camino tengo, Victoria León? –la mira ahora, con ojos centelleantes, tantos que la acobardan un tanto.- Te metiste en mí, en mi carne de una manera que ya no sé si podré sacarte, o si vale la pena seguir después de hacerlo. –desvía la mirada, torturada, sorprendiéndola como siempre cuando la nota cerrada, oculta, ¿qué había en la vida de Armando que jamás dejaba que ella lo alcanzara totalmente? No lo sabe, pero intuye algo grave, algo muy doloroso y previo a su legada.- Le diste sentido a lo que nunca antes lo tuvo. Le diste luza una noche oscura, una noche que había durado demasiado y que yo pedía una y otra vez que se terminara. Y ahora esto…
El abatimiento de sus palabras, de su gesto, impresionan aún a Enrique, quien lo mira ceñudo, no entendiendo de dónde saca todas esas palabras que… sonaban idiotas, pero también agradables. La mirada de Vicky, quien se aparta los cortos cabellos que el viento insiste en meter en sus ojos, lo estudia con tanto cariño en esos momentos que se alarma; la joven siente la necesidad de ceder, de ser débil, acunarlo y decirle que lo ama por encima de todas las cosas, que por él haría lo que fuera, que a él lo amaría hasta el último momento de su vida. Pero no lo hace. No puede, porque aunque todo ello es verdad… también estaba Enrique. A él también lo amaba. Una manita de la joven cae sobre la pierna del muchacho en taje, quien se tensa, quien se alerta, pero también arde, su toque basta para despertar sus sentidos, sus emociones. Enrique traga saliva, una que es amarga, seca, arenosa.
-Yo te quiero, Armando, con todo mi corazón. –reconoce ella, con una leve sonrisa de ternura.- Me lastima verte así.
-No, no es verdad. Me hieres a propósito. –la acusa, con ojos brillantes de una humedad que contiene.- Estás conmigo y estás con él. Para ti soy un juego… un tipo con el que pasas un rato.
-No es así. –es enfatiza, simple.- Contigo me siento segura, adorada, importante. Tu también lo eres para mí. Eres mi vida.
-¿Y él?
-También lo amo. –admite, sosteniendo su mirada que se nubla de rencor, de rabia. La sostiene, la resiste hasta que nota su vergüenza, su retirada. Entonces se vuelve hacia el otro.- Enrique es una persona maravillosa, un ser humano increíble. –le sonríe, le gusta notar como todo disgusto desaparece del más fornido con tan sólo mirarlo. Se vuelve al primero.- Cuando lo conozcas mejor, lo entenderás, sabrás de su corazón limpio de niño buena gente, de compañero constante y fiel. Con Enrique en nuestras vidas habrá risas, camarería, compañía. Él y yo estaremos ahí para ti, para sostenerte cuando estás decaído, para sacarte de tus melancolías. Con él y conmigo jamás estarás solo.
-No… no… Conmigo que no cuente. –grazna Enrique enfático, desviando la mirada, todo eso era demasiado. No le gustaba para nada lo que decía su nena. Él era un carajo normal, un tipo que le gustaba la buena comida, la buena cama y las mujeres. La deseaba y adoraba a ella, no quería conocer a ese sujeto, ni mucho menos… estimarlo.
-Si, cariño. Él contará contigo, como lo haré yo misma. –parece convencida. En su mirada, en su sonrisa, en sus gestos hay algo que los asusta a ambos, porque les parece entrever un mundo distante, uno donde ellos dos estarían demasiado cerca.- Y tú y yo contaremos con él, verás lo organizado, lo fiable, lo protector que puede llegar a ser. Con Armando en nuestras vidas habrá estabilidad, serenidad; él te dará una mano cuando las cosas estén mal, porque él es así, más bajito, menos fornido, pero hecho de acero.
-Lo que dices es una locura. –jadean casi a dúo, mirándose alertas, incómodos al concordar en algo.
Ella, sonríe como una conversa a una religión extraña, como una niña muy feliz, casi febril, sabiendo que camina sobre hielo fino, sobre terreno resbaladizo y nuevo, pero necesario. Sus manitas toman las de ellos, sus muñecas descansan en los muslos masculinos. Y conformaban una triada extraña, sentados allí, muy cerca. Ellos dos como los típicos machitos, muy abiertos de piernas como si sus pelotas fueran demasiado grandes, viéndose jóvenes y agradables. Casi aprisionada entre ellos, ella, bella, esbelta, grácil, femenina, sonriente, atrapando sus manos. Hay tanta intimidad y electricidad que varias personas parecen presentirlos, observándolos al pasar.
-Sé que suena difícil de creer. Pero resultará. –le dice a Armando; se vuelve hacia enrique.- Estoy convencida de que juntos, los tres, seremos felices. De que los tres podemos ser muy dichosos, queriéndonos.
-Vicky, por Dios…
-Nena, no es posible… -jadea cada uno de ellos, pero es más como un lamento de temor.
Cada uno llegó a esa cita imposible porque amaba a esa mujer, no lo habían dicho, ni siquiera a ellos mismos, pero había ocurrido. Cada uno se enamoró de ella, la idolatraba y esperaba el momento oportuno para declarárselo, casarse en una prefectura y vivir juntos hasta que la muerte los separara. Pero ella había resultado loca, esa nena bella y femenina, dulce y de apariencia frágil había resultad una tigra; a uno le presentó el otro y dijo que los amaba a los dos, desatando un infierno de rabias, rencores, angustias, llantos y desesperación.
Cada uno había decidido intentar seguir, olvidarla, mandarla al coño. Cada uno lo intentó, pensando que podría, pero lo que eran, sus vidas, lo que fueron, los ataba. Cada uno tenía su historia, y ella era el bálsamo que había brindado paz, ternura, pasión y dependencia. A su manera cada uno la amaba, eso habría sido suficiente para seguir luchando por su amor, pero ahora, además, que sabían del otro, tampoco podían separarse así como así. Enrique no deseaba que Armando triunfara, y Armando prefería morirse a dejar que Enrique (a quien ya consideraba su peor enemigo en este mundo) se quedara con Vicky.
Sin saberlo seguían el camino trazado por la joven. Por ello hablaron, intentaron llegar a un acuerdo donde no se mataran mutuamente hasta que Vicky tuviera la oportunidad de rectificar y elegir a uno de ellos. Y a eso iban a dedicar sus vidas, a que ella lo eligiera a él (se decía cada uno) botando al otro como el perro sarnoso e inútil que era. Sin embargo esa joven menuda, de ojos brillantes, tenía sus propios planes. Y no iba a detenerse hasta conseguirlo, y mientras sonríe viendo de uno al otro, en su mente desfila toda una vida, una donde tomando una ducha en la mañana para salir a trabajar, Enrique entra porque tiene prisa, y Armando se les une por el mismo motivo; puede verse preparando algo de cenar mientras los observa, en la salita en penumbras, mirando la televisión donde algún tonto partido de fútbol era transmitido, como amigos, como colegas, esperando por ella. Sí, Vicky León tenía sus propios planes y no se detendría hasta alcanzarlos.
……
En cuanto su madre desapareció dentro de la vivienda, Joaquín la olvidó. No por mala gente o mal hijo, sino porque así era, ninguno de ellos le brindaba a la doñita un pensamiento mas allá del normal. Era mamá y punto. De haber estado enferma de algo malo o de haber muerto súbitamente, seguramente habría entendido cuánto la amaba e iba a dolerle y pesarle no prestarle más atención antes. Pero la gente era así, el ser humano no estaba programado para pensar en felicidades ajenas mucho tiempo, lo primordial era la propia, era una ley egoísta de supervivencia. Flexionando sus brazos sobre la barra de ejercicios, el joven intenta concentrarse en las mil cosas que tiene que hacer. El y los otros debían ir a las concentraciones para explicar las ventajas del nuevo curriculun estudiantil, de la democratización de las universidades. Era importante que…
-Maldita sea… -grazna con rabia, soltándose. No importaba cuánto torturara su cuerpo, su mente adolorida clamaba más.
Nuevamente se deja caer en el banco. Bañado en sudor, jadeando por la boca abierta. Oye risas detrás del muro, oye conversaciones, música. Era sábado en la noche, todos saldrían a bailar, pasear, amar. Estaba convencido de que muchas citas de cama se resolverían en esos últimos momentos. Todos parecían divertirse menos él. Pero no puede pensar en eso, no quiere, porque lo único que venía a su mente era el rostro de ese tonto, engreído y medio mentepollo muchacho que se le había metido en la piel. Era ese rostro sonriente, a veces altivo y chocante, muchas veces tierno e infantil lo único que podía ver. Lo recuerda gritándole, inmutándolo de esa manera tan dura que tenía, por lo que tuvo que callarlo, de la única forma que pudo, a golpes. No sabe por qué lo alteró tanto, otros le habían gritado antes cosas peores, pero en ese momento…
Fue porque era él. Se molestó porque le dolió lo que dijo, no le molestó o alteró, le lastimó. Le dolió porque era Adrián quien las gritaba. Cuánto poder tenían para lastimar aquellos a los que se amaba, recordó esa frase no sabe si leída o escuchada. Dios, cuánto daría por poder llamarlo, por preguntarle si estaba bien (¿y si lo jodí? Coño, pude sacarle un diente o algo; y pensar en esa posibilidad le encoge el corazón en el pecho). Le gustaría tanto llamarlo y oírle decir que lo siente, que siente todo lo ocurrido, y que lo citara para que hablaran. Sí, desea eso, que Adrián diga que deben hablar, que no podían terminar así. Pero sabe que no lo hará. Adrián era una pequeña cucaracha testaruda e intransigente, jamás lo llamaría. Se yergue en la silla; él podía dar ese paso, pero nunca lo haría. Si la vaina debía terminarse, que se acabara, pero no iba a rebajarse llamándolo. No él.
Pero dolía. Ese vacío, esa sensación de querer gritar, correr, golpear o aullar como un perro con rabia era algo nuevo para él. Esa sensación de insatisfacción, de pesar, de casi malestar para respirar era desconocida. Lo sentía ahora, lo sufría ahora… porque Adrián ya no estaba. Temblando, con la boca abierta cierra los ojos. Lo recuerda esa noche, hace como tres semanas cuando salieron huyendo de aquel bar, ocultándose en ese callejón, riente como idiota, como si no entendiera que en verdad pudo pasarles algo malo. Él estaba furioso, con él, con esostipos que buscaron la camorra. Deseaba golpear a alguien, regresar y caerles a coñazos, o al tonto muchacho; pero al verlo reír de espaldas contra esa sucia pared, como si aquello fuera una aventura de colegial, lo desarmó. Se veía tan joven, tan insensato, tan alegre, tan… hermoso. Fue a reclamarle, pero el otro le había rodeado el cuello con sus brazos, con fuerza, y lo había besado, de forma cálida, no impulsiva, tampoco suave, parecía excitado, y todo su mundo giró, dejó de pensar, de estar molesto, y se aplastó contra él, clavando sus dedos en esa baja espalda. Llenándose con su calor, con su olor, tan duro de ganas que temió estallar literalmente dentro de sus ropas.
Pero eso era pasado. Esa historia había concluido, y su final no había sido nada feliz. Se ahoga y tiene que lanzar un alarido, llevándose las manos a al nuca y cepillando con furia su cráneo con sus dedos. ¿Por qué…? ¿Por qué…? ¿Por qué nada le salía bien? ¿Por qué coño’e la madre todo tenía que malogrársele siempre? ¡No era justo! No era justo, carajo… Y sin embargo, la primera vez que había visto a Adrián, lo había odiado con todo su corazón, de una forma caliente, apasionada. Era su enemigo y deseaba lastimarlo en ese instante. Recordaba que fue en…
……
CONTINUARÁ…
Julio César.