Distante, callado… esperando el momento.
Todos quieren saber. Todos parecen intrigados. ¿A dónde vas cada tantos meses, Ennis del mar? ¿Qué es eso que te obliga a dejarlo todo, aún mejores trabajos y desaparecer? ¿Por qué corres cada vez cuando llega el momento? ¿Por qué esa mirada ardiente, ansiosa, esperanzada y feliz? ¿Por qué sonríes pensativo cuando está cerca el momento de desaparecer? ¿Y esa expresión soñadora que traes cuando vuelves? ¿Es una aventura, Del mar? ¿Es eso? ¿Corres a otros brazos, callado y tosco peón? Y sonríen, con picardía, aún aquellos que te conocen de los días cuando estabas casado con Alma Beers. ¿Cómo explicarles que no era únicamente piel contra piel? Sí, vas y corres en busca de otros brazos, de otra pasión. De otro amor. Pero es más que eso, ¿verdad mi reservado amigo? Necesitas llegar con urgencia porque estás muriendo a cada paso y nadie lo nota, agonizas segundo a segundo mientras llegas a su lado.
Te secas, te mueres de sed como la planta que jamás riega el rocío, la lluvia o un llanto cercano. Por eso debes correr dándote tanta prisa, jadeante, ilusionado mientras te diriges a esa pequeña fuente de vida, de alegría, de amor. A veces piensas en resistir, en no ir más, pero tienes que hacerlo, debes visitarla para saciar con unas pocas gotas de dicha la sed que te produce una vida larga y solitaria, estéril, vacía y sin piedad. Corres por esas pocas gotas de dicha, de sentirte pleno, de ser real, de notar que cuando te toca te estremeces, tu piel se eriza y arde y desea continuar siendo tocada. El camino de tu existencia, muchas veces arenoso y yermo, florece en esos momentos, cuando tus labios toman aquellos otros, bebiendo aliento, jadeos y saliva… Tomando de su calor y color. Esa fuente que jamás se seca o agota para ti, es todo lo que puedes tener en la mente durante los meses que estas lejos, amargado, desengañado; entonces, ¿cómo no correr cuando sabes que está allí para ti, con una sonrisa en labios y ojos, con un: “Ennis, te esperaba… Que bueno que llegaste”? No, sólo te queda eso, mi amigo, apresurar el paso.
Julio César.