Venezuela es un país que siempre se mueve al borde del abismo, creándose problemas de forma perenne, de los cuales quiere librarse después de forma milagrosa. El actual régimen es una clara muestra de ello. Aunque voces autorizadas advirtieron que esto terminaría como la dictadura cubana, ya en años tan lejos como el noventa y siete y el noventa y ocho, nadie quiso oírlo y terminamos como estamos. Algo similar sucedió en las elecciones que ganó por segunda vez, Carlos Andrés Pérez. Muchas voces dijeron que era un error histórico, que el hombre era un ladrón, un mentiroso, un ser sin escrúpulos. Pero nadie quiso oírlo, la gente sólo recordaba que durante su primer gobierno se botó real del bueno, y eso bastaba. El resultado era previsible, y sin embargo el país pareció sorprendido e indignado con el hombre cuando hizo exactamente lo contrario de lo prometido; de donde viene aquello de que cada país tiene el gobierno y los gobernantes que se merecen. Es irrebatible.
Personalmente siempre sentí desprecio por los adecos (los militantes del partido ACCIÓN DEMOCRÁTICA), en general, y de Carlos Andrés Pérez en particular. Todo ello me vino de leer, siendo muy joven, un libro corto y terrible escrito por el difunto Argenis Rodríguez, LA AMANTE DEL PRESIDENTE. Era brutal. Allí se describía no sólo a la amante del hombre, la barragana como también le dicen, sino los vicios a los que se arrastró toda la dirigencia de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, muchos empresarios, militares e industriales de este país, por plata. Ese libro me traumatizó y esa gente me llenó de asco, creo que fueron otro motivo para que yo fuera socialista en esos años.
Los delitos de ese hombre estaban tan bien documentados y descritos, que para mí fue realmente una sorpresa, una muy mala, cuando volvió a ganar. ¡Era presidente de la República otra vez! No podía creerlo. Esa noche, al saber el resultado, intercambié palabras muy feas que un muchacho no debe decir jamás a su progenitora. El país lo sabía un delincuente, pero esperaba que multiplicara peces, panes y billetes (como prometió), lo demás, no importaba. Hay que entender, por otro lado, que Venezuela nunca ha sido un país muy disciplinado, cosas como ahorro y trabajo, o trabajo sostenido, parecen dichas en un idioma como el mandarín, del que nada se entiende. Somos muy dados al golpe de suerte, a esperar que el azar resuelva las cosas, y en última instancia dejamos todo a la velita prendida a los santos, o a la consulta con la bruja.
Recuerdo el momento del traspaso de poder, en el teatro Teresa Carreño, en lo que se llamó más tarde la coronación. Todo el que era alguien en el mundo, estuvo presente, ¡cómo le haló mecate Fidel Castro a Carlos Andrés Pérez ese día! ¡Y la gente del PSOE español! El mundo, y el país todo, lo amaban con furia. Ah, pero después el hombre salió con el vallenato de que no había dinero, de que las reservas internacionales estaban acabadas, que la banca internacional no nos prestaría ni para comer si no se aplicaban un conjunto de medidas tendentes a rectificar la economía. Uno no entendía muy bien de qué hablaba, pero arrugaba la cara, sospechando que el Gobierno había hecho la engañosa oferta de la abundancia, sabiendo que lo que venía era la carraplana.
Las fulanas medidas económicas, llamadas el paquete, porque amarraban y ataban a todos los venezolanos, se aplicaron con el vigor de un veneno. Dos aspectos fueron dramáticos y terribles para la gente común. Uno, se liberaron las tasas de intereses de los créditos hipotecarios, y así todo el que pagaba casa, apartamento o alquiler, se vio con que si pagaba cinco mil bolívares mensuales, con esfuerzo y disciplina, debía pagar de golpe y porrazo quince y dieciocho mil, ¿cómo si los sueldos no habían sido tocados? Mucha gente perdió sus casas; las personas veían llegar el fin de mes con la angustia, la rabia y el temor de no poder pagar esa cuota del crédito, viéndose llevado frente a un abogado de cobranzas. Lo otro fue el precio del dinero, el interés que se llegó a cobrar por las tarjetas crédito llegó al sesenta y setenta por ciento, momento en que casi todo el mundo picó su tarjeta.
Lo que perdió al Gobierno frente a la opinión pública fue que la gente se dio cuenta de que los muy ricos, se hacían todavía más, y que los jerarcas del régimen y sus entornos íntimos, no sólo no ahorraban o hacían sacrificios, sino que mostraban desvergonzadamente lo que pillaban, riendo mientras paseaban por las calles, viendo salivar de hambre a los demás. La apariencia de normalidad que el país aún conservaba estalló, para siempre, la madrugada del veintisiete de febrero de mil novecientos ochenta y nueve, con un tumulto popular que comenzó en la vecina ciudad de Guarenas, a pata de mingo de Caracas, llamado después, impropiamente, el CARACAZO. ¿Quién no recuerda esos días terribles, y al mismo tiempo tan… justificados? Para mí, de los saqueos, del pillaje y de la represión, quedará para siempre aquella imagen dantesca de un niño, sólo un muchacho, tirado boca abajo en el piso, en medio de un charco de sangre, muerto, con una lata de sardinas casi en la mano, lo que había logrado pillar; ¡había muerto por una lata de sardinas! Una maldita lata de sardinas y lo habían matado de un disparo por la espalda. Dios, qué arrechera…
El país estaba herido y dividido. Cada día había una protesta popular de gente que sufría los rigores del hambre, el temor de perder su casa, su empleo e incluso la vida ante una nueva arremetida del hampa que salió a ganarse también el sustento, creados de la oleada de nuevos marginales sin nada, en un país donde la vida se hacía cada vez más dura; mientras tanto el entorno presidencial iba por su lado. La gente sabía, por la guerra dada por la prensa para desenmascararlos (cosa que ahora nadie recuerda con ese toque de insensatez que jamás nos ha dejado crear un país serio) de los negocios que la amante del presidente, Cecilia Matos, hacía con los perros de la guerra, donde ordenaba compra de armas y otros periquitos que no eran entregados, que estaban sobre facturadas por centenas de millones de bolívares, pero de las cuales a ella y a su gente le quedaban buenas comisiones.
La gente supo de las persecuciones contra intelectuales, gente notable del país y de reporteros que criticaban esas actuaciones delictivas. Los notables, Arturo Uslar Pietri, Rafael Caldera, Castro Leiva, Maza Zabala, y muchos, muchos otros hombres y mujeres de probada decencia y patriotismo que exigían rectificaciones, sólo recibían ataques por los medios de información tarifados (al menos no estaba la sordidez y escatología de LA HOJILLA y los enfermos que la manejan actualmente). El periodista Rafael Poleo, crítico y opositor de todos los gobiernos desde la Independencia para acá, fue acusado de esto y aquello, su casa fue allanada y se le quería detener. Muchos diarios fueron allanados y sus articulistas asediados. Un país se llenaba de rabia, de arrechera, y una clase política dominante hasta ese momento, borracha en sus vicios y estupidez, no se daba cuenta del cambio de la marea (como no lo hacen ahora tampoco, cuando arrecian en sus desmanes y abusos para mantenerse en el poder contando con el apoyo y complicidad de gobiernos promilitaristas como Brasil, Argentina, Chile y España).
Recuerdo muy bien ese cuatro de febrero de mil novecientos noventa y dos. Mirando hacia atrás, intentaré transmitirlo como lo sentí, sin dejarme llevar por lo que ahora sé y pienso. Para esa fecha, un día martes, desperté a las cinco y media de la mañana, ya que vivía fuera de Caracas y debía subir a la capital para llegar antes de las siete de la mañana al trabajo. Entiendo, porque me lo han dicho aunque no lo crea, que hay personas que despiertan agradeciéndole a Dios por un nuevo día, e incluso encienden una velita al ángel de la guarda. Por mi parte, cuando ese despertador sonaba a las cinco y algo, siempre tenía el mismo pensamiento: maldita sea, ya amaneció. Abría los ojos y dejaba la cama, pero mi mente seguía ahí. Tomaba café, me duchaba, más café, me vestía, más café, y salía, pero con el cerebro dormido. No escuchaba noticias ni nada, así que ignoraba lo que sucedía ese día en especial.
Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que algo extraño ocurría; a esa hora tan temprana notaba que había muchas casas iluminadas y que la gente se movía de aquí para allá en sus interiores, como presas de gran excitación. Otra cosa curiosa era que todos parecían sintonizar las televisoras. Las calles estaban solitarias, cuando lo común eran los carros y busetas que iban de aquí para allá, con sus tempraneros viajeros. Llegué al Terminal y ahí no había gente ni vehículos. Intentando saber qué sucedía, caminé hasta un céntrico puesto de periódicos donde siempre había alguien, y ahí lo escuché: ¡el Ejército estaba dando un golpe de estado!
No sé como decirles esto, como explicarlo para que lo entiendan, ¿cómo podría comprender un ciudadano de un país serio y demócrata que tal cosa me emocionara de esa forma? Para ello deberían imaginar un sistema de vida que al ciudadano común le diera asco, le repugnara. Pero sí, cuando escuché lo del golpe de estado, sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, que me estremecía, que la piel se me erizaba. ¡Estaban dando un golpe de estado! Por fin. ¡Estaban tumbando al degenerado de Carlos Andrés Pérez! No cabía en mí de felicidad. Un hombre que estaba allí dijo algo duro y extremo, pero nadie lo censuró: ojalá atrapen al ladrón ese y le peguen tres tiros por la calva. Huelga decir que salí corriendo para mi casa para saber exactamente qué ocurría.
Al parecer un comando de tanquetas había salido de Maracay, en la noche del tres de febrero, reclutando a jóvenes conscriptos. Según versiones dadas más tarde por los soldados, algunos oficiales les dijeron a los muchachos que en Caracas ocurría una situación irregular y que Miraflores, el palacio presidencial, había sido tomado por delincuentes que debían ser desalojados, detenidos y encarcelados. La caravana partió de noche, al parecer nadie les preguntó para dónde iban o hacer qué. Nadie los detuvo al entrar a Caracas, bordeando Fuerte Tiuna. Todo esto hizo suponer que muchos generales sabían lo que ocurría, pero lo dejaron hacer. Las humillaciones que el Ejecutivo y su círculo íntimo había infligido a los uniformados había sido terrible, llegándose a los extremos de que coroneles y capitanes debían cargar las maletas de la amante del presidente, o usar aviones de las fuerza aérea para ir comprar hielo y llevarlo a fiestas del entorno presidencial en la isla de La Orchila, como en las bacanales de la decadente Roma imperial (o como ahora, cuando Huguito, el hijo de quien les conté, hace sus fiestas allí, tan revolucionario él).
Los generales sabían de la conspiración, de la asonada y la dejaron correr. Carlos Andrés Pérez llegó esa noche de Brasil, y en Maiquetía lo recibió el Ministro de la Defensa, advirtiéndole que se gestaba un golpe. Carlos Andrés Pérez, soberbio y creyéndose un predestinado, mal del que parece sufren todos, se negó a oírlo o creerle. ¡Él era Carlos Andrés Pérez,nadie se le alzaba, carajo! Horas después, metido en Miraflores, enfrentó los primeros disparos y el empuje de las tanquetas que se abatían contra el venerable edificio. ¡Estaban allí! ¡Habían ido por él! Aterrado, contando únicamente con la Guardia de Honor, el Presidente intentó comunicarse con Fuerte Tiuna y con el Ministro de la Defensa, sin que nadie lo atendiera.
En medio del caos, del desorden, de gritos de muchachos heridos en un absurdo enfrentamiento fraticida, un viejo caudillo de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, de los viejos, de los que tienen tabaco en la vedija, Alfaro Ucero, cruzó entre las tanquetas, lo alzados y los que defendían al Presidente. Llegó donde Carlos Andrés y le dijo que debía salir y huir, pues el que lo capturaran sería terrible, que fuera a una de las televisoras y denunciara el golpe, llamando a la gente a las calles, a defender el Sistema Democrático. Con lo que queda dicho que ni aquel señor sabía realmente lo qué ocurría en Venezuela para ese momento. Años después, cuando abusando de su poder de forma dictatorial, el presidente Chávez ordena el cierre de RCTV, y al enfrentar las protestas estudiantiles, el hombre llamó a las barriadas a salir a las calles a enfrentar a los jóvenes y apalearlos, para que los ‘pobres’ defendieran su revolución. El resultado, antes y ahora, fue el mismo, nadie acudió al llamado.
Acompañado del general Carratú, Carlos Andrés Pérez abandona Miraflores por los sótanos y corrió hacía VENEVISIÓN, canal de televisión que debió acogerlo. Desde allí, todo ojos, con rabia y temor denunció el golpe. La gente, que lo odiaba como un día lo quiso, decía que la camisita blanca le temblaba del miedo que tenía. Dentro de Miraflores, todo era caos. Los atacantes no podían entrar y sus defensores no podían expulsarlos, sólo iban quedando los heridos y muertos de uno y otro bando, cayendo los tontos para que los líderes gozaran su momento de gloria. Alfaro Ucero, en el salón presidencial, impartía órdenes: Miraflores no debía caer. Doña Blanca (Blanquita) Rodríguez de Pérez, esposa legítima de Carlos Andrés, una matrona estimada y respetada por el pueblo venezolano, se vio de pronto rodeada de jóvenes de la Casa Militar que le preguntaban: ¿qué hacemos, señora, ahora que hacemos?
Según testigos que más tarde echaron el cuento, la doña dijo que había que resistir, repitiendo tal vez sin saberlo, que Miraflores no debía caer. Tal vez leyenda ya sea la parte en la que pidió un arma para defender el palacio ella misma. Pero tal vez no, doña Blanquita estaba en palacio con sus hijas, de las cuales una estaba muy enferma, y no hay leona más peligrosa que la que lucha por su prole; por otro lado, ella venía del mismo molde de donde salieron doña Menca de Leoni, o doña Alicia de Caldera, mujeres que sabían muy bien cuál era su lugar, prestándole brillo, prestigio y dignidad al cargo de primera Dama de la Republica, tan distintas a las barraganas o a esta última que padecimos.
Eduardo Fernández, secretario general del mayor partido opositor, COPEI, se lanzó a la defensa del Sistema Democrático, haciendo desesperados llamados a la ciudadanía para que entendieran que ese no era el camino, pero cometiendo el error fatal que le costaría la vida entera jamás ser el presidente de Venezuela, cuando ya olía a eso unos meses antes, el de amarrar el destino de su partido no a las instituciones, sino al presidente Pérez, apuntalando todo lo que la gente percibía como sucio, ruin y delictivo en la República. Porque ni él, ni los otros, entendieron realmente lo que sucedía. Pensaban que la gente se asustaría ante palabras como dictadura o fin del hilo democrático. No entendían que la población estaba cansada de vicios, crímenes y mañas desde el poder. Ni siquiera el hecho de que la gente no salió a defender al Gobierno, copando aceras, calles y avenidas, o se lanzaran a censurar a los alzados, les dijo nada. Eran una clase obsoleta y necia, destinada a desaparecer aunque hicieron esfuerzos inauditos para que eso no ocurriera, impidiendo los cambios y acuerdos que hubieran hecho de Venezuela una nación más sana democráticamente, con los anticuerpos necesarios para resistir a los bárbaros. Cerraron toda puerta, todo escape, y democracia, partidos, políticos y Sistema, se convirtieron en sinónimos de basura, de porquería.
Poco a poco las fuerzas institucionalitas fueron imponiéndose sobre los alzados en los dos grandes núcleos de ataque capitalino, Miraflores y el puesto aéreo de La Carlota. Yo me sentía desanimado, aunque ver a tanta gente corriendo, gritando, llorando, era terrible y uno deseaba que también terminara. Luego llegaron nuevas noticias. Arias Cárdenas, otro de los comandantes alzados, había tomado el Zulia, controlándolo totalmente, habiendo puesto preso al gobernador, todo dentro del orden y el respeto que logra una persona capaz. Las noticias que venían de Valencia eran aún más emocionantes. Urdaneta no había logrado apoderarse del estado, y replegándose con su gente tuvo que atrincherarse en la universidad de Carabobo. Luego se supo que gran cantidad de personas, mayoritariamente estudiantes, habían saltados los muros de la casa de estudio, pidiendo armas y uniéndose a la asonada.
Venezuela era eso, entre la sorpresa y el desconcierto, el país supo que a Carlos Andrés Pérez habían intentado tumbarlo, y quienes no se alegraron decididamente, lo miraron con simpatía; porque a ese hombre que un día se le amó, ahora se le odiaba demasiado. Por ladrón, por mentiroso, por haber dejado a sus secuaces solazarse en las carnes de la patria de forma grosera y abusiva. Pero de cierta forma la gente deseaba que todo terminara de una vez. Las imágenes eran dolorosas. El joven herido que gritaba echado contra un muro cerca de La Carlota, mientras un grupo atacaba al suyo, donde todo se detenía porque un compañero del herido salía corriendo, lo cargaba y lo sacaba de la línea de fuego, fueron momentos dramáticos que nos tocó ver gracias al increíble trabajo de los periodistas, quienes más tarde serían satanizados por un dizque régimen revolucionario. Más tarde se sabría de las balas que entraron por techos y ventanas, de los muertos en casas humildes, del llanto sin consuelo de las madres que miraron a sus hijos sangrando dentro de sus uniformes en una calle.
Todo terminó cuando un hombre de tez morena, rostro limpio, delgado, de voz gruesa, llanera, apareció flanqueado por el Ministro de la Defensa. Era el comandante Hugo Rafael Chávez Frías. El hombre llamaba a sus camaradas alzados, pidiéndoles que entregaran las armas, que la asonada había fracasado por ahora. Ese hombre tomó renombre nacional, alzándose entre los demás. Y supo sacarle provecho a esos minutos de fama. Esa declaración enérgica, ese por ahora, y el haber hecho algo que en Venezuela nadie había hecho jamás hasta ese momento, ni volverían a hacerlo después, se responsabilizaba por el golpe, deslumbró al país. Los venezolanos, con las bocas abiertas de sorpresa, escucharon a un hombre que se responsabilizaba de algo, de lo que fuera, y decía que enfrentaría las consecuencias; todo eso fue suficiente para catapultarlo en los afectos de la gente. Y aunque en el fondo nos alegraba que no hubiera triunfado, lo quisimos. Ese día, Venezuela amó a Chávez Frías.
Más tarde llegaron las preguntas de bocas de los opositores de siempre, los perros guardianes de la verdad, pero nadie quiso oírlas, porque iban contra el mito que deseábamos creer por encima de todo, la esperanza que deseábamos conservar. Pero los propios alzados se preguntaban, ¿por qué Chávez no encabezó el ataque contra Miraflores o La Carlota? ¿Por qué no estaba allí? ¿Dónde estuvo durante todo ese tiempo? Luego se supo que se había ocultado nada más comenzar la batalla dentro del Museo Militar, donde tuvieron que sacarlo casi a la fuerza. Sus compañeros lo acusaron de cobarde y de traidor. El historiador Manuel Caballero, con ese aire mordaz e irónico que siempre usa, lo bautizó como el héroe de la batalla del museo militar. Pero en ese momento nadie quiso escuchar nada. Sólo deseábamos oír que eran ángeles justicieros, vengadores decentes y austeros que deseaban lavar la cara de la patria herida. El nombre de Chávez se transformó en sinónimo de rectificación, de esperanza, el hombre sencillo y centrado, espartano y honrado que un día liderizaría el gran cambio. Todo lo que no era Carlos Andrés Pérez, ni los partidos políticos o las instituciones.
Venezuela comenzó una carrera demente para terminar en los brazos del nuevo Mesías. Desde medios de información, grupos civiles y militares, se inició un ataque sistemático y constante contra la democracia, se le acusaba de arpía, de sucia, de mala madre; en una dura campaña de descrédito total. Todo lo que el Gobierno hacía o decía era malo, ruin, un truco (generalmente lo era). Todos estaban de acuerdo con los alzados, con sus manifiestos, con lo que quisieron decir. ¿Cuántas veces no se desplazó Napoleón Bravo, el irreverente y valiente periodista venezolano, patriota por encima de todo, hacía la cárcel de Yare ante la más pequeña denuncia de que algo se intentaba contra Chávez y su gente? Ahora Napoleón no puede aparecer en televisión, y se le mantienen juicios en una judicatura caricaturesca, perseguido por Chávez.
El tiempo que Carlos Andrés Pérez pudo sostenerse en el poder, apuntalado por ACCIÓN DEMOCRÁTICA y COPEI, sólo sirvió para terminar de erosionar la fe en el Sistema. El venezolano no quería saber nada más de esa gente, y torció los ojos en otros derroteros. Pocos podíamos imaginar durante esos años toda la traición, entreguismo y horror que terminaría instalándose en el país de mano de un régimen títere, lacayo y cachorro de Cuba, con su aparato de represión y envilecimiento.
Pero ese cuatro de febrero, cuando en Caracas, el Zulia y Valencia se alzaban los militares, se dejaba oír el fusil y el traquetear de las tanquetas, se pensó que podíamos escapar de la pesadilla que era Carlos Andrés Pérez y su régimen delictuoso. Nuevamente mirábamos el atajo, el golpe del azar para ver si la pegábamos y se nos resolvía la vida, corrigiendo el error de toda una población no sólo necia e irresponsable, sino sumergida en esa moral laxa de quienes creen que un delincuente puede manejar una empresa porque al parecer multiplica la plata. Carlos Andrés Pérez, y su régimen, como el que ahora padecemos, no llegaron del Cielo por un castigo, sino voto a voto en unas elecciones que todos celebraron, en tiempos donde todavía se podía creer en resultados electorales. Muchos repetíamos, tiempo después, hasta con lágrimas en los ojos o un nudo en la garganta, el estribillo de aquella canción:
El cuatro de febrero, todo sucedió,
tomamos las armas, el fusil habló.
Dije por ahora todo fracasó…
Julio César.